La oposición faltó a la cita con el presidente Nicolás Maduro,
argumentando que sólo acepta un encuentro para hablar de pacificación
"con una agenda de asuntos relevantes al interés nacional, y con la
participación de un tercero de buena fe, nacional o internacional, que
facilite, garantice y, de ser necesario, medie, para que ese diálogo sea
fructífero". El mandatario interpretó inmediatamente que la dirigencia
más radicalizada de la MUD no quiere la paz y busca seguir empiojando
las calles y provocar de ese modo reacciones peligrosas para el sistema
democrático en ese país.
La cuestión, como se viene diciendo desde estas páginas, excede a
Venezuela y se enmarca en el proceso de autonomía que vienen
desarrollando los países de la región. De allí que no sea inocente la
exigencia de la oposición no sólo de insistir en desconocer el triunfo
del chavismo tanto en abril como en diciembre pasado, sino en pedir un
mediador externo. En realidad, son dos caras de la misma moneda: "No nos
sentamos con un gobierno ilegítimo. Tanto lo es que sólo aceptamos
hablar de pacificación con alguien de afuera", sería la traducción del
reclamo de la MUD. Suena a esa necesidad que tienen algunas parejas de
recurrir a una terapia de ayuda ante una crisis de convivencia.
Normalmente, el primer punto será determinar cómo se elige al
profesional. Si es por el ofrecimiento de alguien relacionado con uno u
otro "contendiente". La experiencia indica, por otro lado, que en el
mejor de los casos el terapeuta puede lograr que no se maten, pero no
siempre evitará el divorcio.
En ese camino, el gobierno de Panamá, en manos del empresario Ricardo
Martinelli, pidió una reunión de la OEA para debatir la situación
venezolana. Tal vez en este intríngulis haya un trasfondo fundamental
para entender qué se juega en las calles venezolanas. Porque la
Organización de Estados Americanos, la entidad formada en 1948 a gusto y
necesidad de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, últimamente
dejó de tener el peso político y sobre todo ideológico que solía.
Como muestra baste decir que ya no podría quitar la membrecía a
Venezuela como sí pudo hacerlo con Cuba en 1962. Pero tras la
reincorporación de la isla caribeña en 2009, a insistencia del resto de
los países latinoamericanos, a fines de enero pasado, por primera vez
tuvo que viajar a La Habana un secretario de la OEA. Y nada menos que
para asistir a una cumbre del organismo creado para vaciarla de
sustancia, la CELAC, la última contribución de Hugo Chávez a la
integración americana… sin Estados Unidos ni Canadá.
El canciller Elías Jaua apuró un viaje a los países del Mercosur para
explicar personalmente a los diversos mandatarios cuál es la situación
venezolana desde la óptica del Palacio Miraflores. Hasta ahora el
gobierno de Maduro había elegido intentar una solución a la crisis
política por sus propios medios, entendiendo que recurrir a los
instrumentos de protección democráticos de los distintos estamentos
regionales podría interpretarse como una muestra de debilidad.
La CELAC todavía no tuvo su bautismo de sangre, como quien dice, pero la
Unasur, que nuclea a 12 naciones sudamericanas, probó su eficacia para
detener la intentona golpista de la media luna del Oriente boliviano en
2009, y luego el putsch policial contra Rafael Correa en 2010. Era
natural que ahora apareciera como paso imprescindible para reforzar a la
democracia en Venezuela. Y a eso enfila la minigira de Jaua. Por eso
pide una reunión de la Unasur, que es el organismo natural, entre pares,
donde debatir su caso.
Ese pedido de Jaua llega al mismo tiempo que desde la OEA se abortaba la
convocatoria a los representantes de cada país en su sede de Washington
para expresarles el pedido panameño de llamar a una cumbre de
cancilleres. La explicación oficial de esta marcha atrás merece entrar
en el catálogo de las excusas más sorprendentes: cuando fue realizada la
convocatoria, el presidente del Consejo Permanente, el dominicano Pedro
Vergés, no se encontraba en el edificio para recibirla, y las normas
formales establecen que el funcionario debe estar físicamente presente
para recibir el petitorio a una reunión. La suspensión de esta
iniciativa es sin fecha. Lo que oculta tamaña puntillosidad es que no
había quórum para que los delegados de Estados Unidos y Canadá pudieran
"meter baza" en ese foro afín a sus intereses, para debatir la
problemática de un adherente rebelde. Y que el rechazo venezolano tiene
su peso.
Ayer también se conoció un informe del Departamento de Estado que
advierte sobre "la impunidad, las restricciones a la libertad de prensa y
la debilidad de los sistemas judiciales" en los países andinos. Un
dossier "muy oportuno" que refleja la posición oficial del gobierno de
Barack Obama sobre cuestiones muy sensibles para la opinión pública, y
que le permite al canciller estadounidense, John Kerry, mostrarse
"ecuánime", ya que cuestiona tanto a las autoridades de Ecuador y
Bolivia como a las de Perú y Colombia. Ni qué decir sobre Venezuela.
Tanto cabe una crítica por la "ineficiencia del sistema judicial"
colombiano como la violencia contra mujeres y niños en el Perú. A
Bolivia, un país en permanente tensión con Washington, le achaca
"problemas de Derechos Humanos" por mala aplicación de la ley debido a
las condiciones carcelarias de los imputados o condenados.
Como es de imaginar, sobre Venezuela destaca "limitaciones prácticas en
las libertades de expresión y de prensa" y acusa al gobierno de
"utilizar el sistema judicial para intimidar y perseguir de manera
selectiva a líderes de la sociedad civil que son críticos con el
gobierno". Un muy conveniente rosario de reproches para abonar los
argumentos de la oposición venezolana, replicado en estas tierras por
sectores de la derecha, que cada vez muestran un sesgo más antichavista
como reflejo de su inveterado antikirchnerismo. Como la presidenta apoya
a Maduro, analizan, es conveniente estar con la oposición para no
aparecer como furgón de cola del populismo latinoamericanista.
Si es lícito desplegar sospechas en torno de quienes son los que tienen
algo por ganar con un crimen, el gobierno de Obama está mostrando en los
últimos tiempos una eficacia en política exterior que ya envidiaría
George W. Bush. Porque lo hace sin entrar en una guerra declarada e
incluso reduciendo presupuesto. Cierto es que tuvo que "besar la lona"
en su deseo de intervenir en Siria. Pero se desquitó con creces del
presidente ruso Vladimir Putin en Ucrania, donde se supo que Kerry
planteó el nombre del que debía ser el nuevo primer ministro, cosa que
la dirigencia ucraniana cumplió al pie de la letra.
Tras haber "perdido" en el encuentro de la CELAC en La Habana, podría
decirse que se tomó revancha en Sudamérica, haciendo temblar al gobierno
brasileño con marchas violentas en las calles, y ahora mantiene en vilo
a los impulsores de la integración ensayando un jaque temerario contra
el sucesor de Hugo Chávez.
Que la jugada en Venezuela excede los límites del país se verifica
también en que, tras el ingreso del último integrante del Mercosur,
todavía los miembros del club atlantista no lograron juntarse en una
cumbre, un encuentro que se viene demorando desde el intrincado retorno
de Paraguay luego de las elecciones que llevaron al poder a Horacio
Cartés.
La derecha argentina –pero también las de Paraguay y Uruguay– viene
coqueteando, todavía de un modo elemental pero pertinaz, con la Alianza
del Pacífico (AP), ese conglomerado de tinte neoliberal que integran
Chile, Perú, Colombia y México. Los medios concentrados muestran a la AP
como la panacea para todos los males de la economía vernácula. Aunque
ocultan que se ofrece como continuadora de la idea del ALCA, la
"regional" que capotó en Mar del Plata, en 2005, a instancias de Chávez,
Néstor Kirchner y Lula da Silva.
Se entiende que el gobierno de Maduro apueste a tratar el hostigamiento a
su gestión en la Unasur. Que no será un estricto mediador ni un
terapeuta de pareja, pero sí puede servir como freno para las apetencias
antidemocráticas de la oposición, tal como lo demostró en los casos
boliviano y ecuatoriano. No pudo cumplir un mismo rol en Paraguay para
defender a Fernando Lugo, y esa deuda todavía se paga. Pero se supone
que ese fracaso también debió de enseñar, aunque en medio del fárrago
cotidiano esto aún no sea fácil de determinar.
En este delicado tablero regional, Maduro, está claro, no iría a la OEA
para no volver a legitimar su existencia. ¿Irían Henrique Capriles o
Leopoldo López a la Unasur, donde deberían comprometerse a acatar las
reglas del juego latinoamericanista?
Tiempo Argentino
Febrero 28 de 2014
viernes
Piedras en el camino de la democracia venezolana
Las cartas están sobre la mesa. A nadie escapa la
importancia política y estratégica que tiene Venezuela para el resto de América
Latina y sobre todo para esta etapa del proceso de integración regional. Por
eso, los actores de esta trama están poniendo toda la carne en el asador en su
intento de modelar el futuro próximo de la región luego de una década de
avances que parecían indefinidos. La cruda realidad es que el camino para la
construcción de la Patria Grande es largo, sinuoso y está plagado de obstáculos.
Sin embargo, es bueno verificar que quienes se oponen a esta necesidad
inexorable de los pueblos latinoamericanos no tienen el menor interés en dejar
que las cosas transiten plácidamente. Por eso no les preocupa el costo en vidas
humanas que pueda dejar la controversia. Como que entre ellos están los
cultores de cuanta matanza hubo en este sufrido continente.
La escalada de violencia en Venezuela, no por casualidad,
comenzó muy poco después de que el gobierno lograra un triunfo importante en
las municipales del 8 de diciembre. Presentada como un plebiscito por la
oposición unificada detrás de la MUD, el resultado demostró que una amplia
mayoría de la población apoya al chavismo y le dio una diferencia de nueve
puntos sobre la oposición (48,69 a 39,34%). Luego del ajustado triunfo de
Maduro en abril de 2013 (apenas 1,49% a favor), la tentación de dar un batacazo
electoral que permitiera apurar un referéndum revocatorio era grande. Pero no
pudo ser y ya no tenían espacio para denunciar fraude, porque la oposición ganó
en distritos clave como nunca antes.
Recuerda mucho a lo que ocurrió en el Chile de Allende,
cuando el 4 de marzo de 1973 se renovaba el Parlamento. El médico socialista
había llegado al poder en 1970 con un muy ajustado margen (1,33% sobre el
segundo, aunque sumando el 36,62% de los sufragios). Los cambios que a pesar de
esa exigua diferencia había implementado despertaron los peores instintos de la
derecha, acostumbrada a cumplir con sus deseos e intereses o, en el peor de los
casos, a manipular a los gobiernos que se intentaran rebelar. Casi tres años
después, esperaban obtener dos tercios del congreso para hacerle juicio
político a Allende. Pero la oposición unificada no pudo superar el 52 por
ciento. Lo relevante fue que la Unidad Popular oficialista alcanzó el 46%, diez
puntos más que cuando llegó al Palacio de la Moneda.
Como se sabe por los documentos desclasificados del gobierno
estadounidense, el Departamento de Estado, entonces a cargo de Henry Kissinger,
juntó las cabezas de la derecha más retrógrada y de los medios afines para
boicotear desde el primer día al gobierno socialista, generando el caos
económico y el escamoteo de productos esenciales, condiciones necesarias pero
no suficientes para que la sociedad perdiera capacidad de reacción. Aun así,
había apoyado a Allende. No tardaron mucho más de seis meses para hundir al
país en un océano de sangre.
Una década antes, en Brasil, João Goulart –que era el
vicepresidente de Jânio Quadros y había llegado al poder en 1961 luego de su
renuncia y con las facultades políticas mermadas tras un acuerdo bajo presión
de militares formateados en la Escuela de la Américas– convocó a un plebiscito
para legitimarse ante la ciudadanía. El referéndum no era en apoyo de Goulart;
buscaba el acuerdo popular para volver al presidencialismo o continuar con un
parlamentarismo a la europea que los uniformados habían forzado con la pistola
en la nuca. El 6 de enero de 1963, ganó la propuesta de Goulart por alrededor
del 78% (9,4 millones de votos contra 2,1 por el Parlamento). Poco más de un
año después, y ante la popularidad que alcanzaba el gobierno con sus medidas progresistas,
los militares se sentaron en el Planalto, de donde no se irían hasta 1985.
Goulart murió en la provincia argentina de Corrientes en diciembre de 1976. En
pocas semanas se confirmará si fue asesinado en el marco del Plan Cóndor, como
las presunciones indican.
Otro dato a tener en cuenta es que el golpe de ese año,
1976, en la Argentina, se produjo con un gobierno desprestigiado y en un clima
de violencia política, pero cuando se acercaban las elecciones que la
desgastada presidenta había anunciado para fin de año como un modo de aliviar
la crisis. Y cuando el progresismo avanzaba electoralmente.
En todos los casos, hubo sectores claves de la sociedad que
no podían hacerse del gobierno por las buenas y recurrieron a militares
formados en la ideología de la Seguridad Nacional en Panamá para mantenerse en
el poder. Y con un sólido apoyo de los medios más influyentes (el año pasado, O
Globo hizo un mea culpa, tardío aunque sugestivo, de su apoyo a la interrupción
democrática del '64).
Cada golpe cruento siguió el mismo libreto, como para no
dejar lugar a dudas. La derecha latinoamericana no es democrática y no tiene
problemas en recurrir al genocidio con tal de imponer sus intereses. Como
colofón, los medios concentrados bailan la misma terrorífica serenata. Y la
frutilla del postre: no pueden lograr sus objetivos sin el apoyo externo. Sin
este sustento no serían nada.
Algo de eso se ve cotidianamente incluso en editoriales de
diarios "serios" como The Washington Post y The New York Times, que
suman barro al lodazal en que ubican al populismo, al chavismo en general y a
Nicolás Maduro en particular. Desde los medios locales y también en el resto
del mundo, un coro de horrorizados actores periodísticos y políticos siguen
este guión sin cuestionarlo. Sin rascar un poco en la información que aparece
para ver qué tanto de verdad guardan.
Por supuesto que son indefendibles la muerte y el caos. El
caso es quién los promueve o, para ser más precisos, a quién beneficia el
crimen. Y habrá que coincidir que perjudican principalmente al gobierno de
Maduro. Hay influyentes comunicadores que se rasgan las vestiduras hablando del
peligro que representa "una sociedad dividida, en medio de una grieta
social de imprevisibles consecuencias". Si el sistema es la democracia y
en las urnas el oficialismo venezolano salió airoso hace apenas 73 días, ¿qué
es lo que se discute en las calles? ¿De qué dictadura hablan, cuando en 15 años
de gestión el chavismo fue a las urnas 16 veces y perdió sólo una? Con ese tono
de políticamente correctos, desde todas las fronteras sostienen que debe primar
el diálogo. Es cierto, en democracia debe primar el diálogo. ¿Cómo se hace para
sentar a la misma mesa que Maduro a los opositores que no lo reconocen como
presidente porque dicen que ganó en comicios fraudulentos? ¿Por qué esquivan
ese dato esencial para comprender el dilema venezolano?
Que la situación política en el país es dramática, nadie lo
duda. Que incluso la situación socioeconómica es preocupante, tampoco. Pero
está claro que la política de la derecha es respirarle al chavismo en la nuca
para hacerle cometer errores. Y sobre todo, para no dejarlo gobernar, con lo
cual el caos puede ser aun mayor. No discuten si Maduro es o no el hombre
adecuado. La estrategia opositora busca impedir que construya su propio
espacio. La sombra de Hugo Chávez es enorme y su figura irremplazable. Pero una
buena gestión del sucesor que eligió en su última aparición pública puede
construir consensos suficientes como para profundizar la obra que dejó inconclusa.
Y eso es precisamente lo que intentan evitar los opositores, tanto el que hasta
ahora lideró al sector, Henrique Capriles (que funge de civilizado dirigente,
una suerte del Lonardi de la Fusiladora argentina de 1955), como el ahora preso
Leopoldo López (el duro de la historia, quizás el Aramburu venezolano).
Es probable que sea un error político, como piensan algunos,
haber apresado al ex alcalde de Chacao, porque así se lo convierte en un héroe.
Para otros, puede ser una jugada para que salga a la luz como el extremista que
es, de modo que termine siendo perjudicial para su propio partido.
Tiene razón Dilma Rousseff en preocuparse por los actos de
vandalismo que se puedan generar en las calles brasileñas de aquí al Mundial de
Fútbol y más allá. Brasil sufrió como pocas veces en su historia
manifestaciones violentas, amparadas en errores de gestión del PT, pero
peligrosamente desestabilizadoras. Tiene razón también Rafael Correa cuando
advierte sobre la necesidad de estar atentos a los golpes blandos en la región.
A esa escalada de tensiones que poco a poco hace crecer la tentación por el
facilismo de aceptar una salida por arriba del laberinto. Y mucha más razón
tiene cuando recuerda que no se pueden sostener semanas de violencia sin un
fuerte financiamiento detrás.
Se suele decir irónicamente que en Estados Unidos no hay
golpe de Estado porque no hay embajadas de Estados Unidos. Hoy se podría
agregar que no hay manifestaciones violentas en las calles de Estados Unidos
porque allí no hay embajadas de Estados Unidos ni pululan ciertas ONG de apoyo
a la democracia.
Tiempo Argentino
Febrero 21 de 2014
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La oposición venezolana dirime su interna en las calles
En el fárrago de violencia en que se convirtió Venezuela en
estas horas, habrá que decir que la posición más civilizada resulta ser
la del ex candidato presidencial y gobernador del estado de Miranda,
Henrique Capriles. Porque la oposición venezolana –en un enfrentamiento
que salió a la luz en las últimas semanas– está dirimiendo su interna en
las calles del país, a un costo en vidas humanas que nadie sabe a
cuánto podría ascender.
El estallido que se produjo el miércoles, cuando se celebraba el Día de la Juventud (un homenaje a la Batalla de La Victoria, que el 12 de febrero de 1814 ganaron los patriotas ayudados por jóvenes del Seminario y de la Universidad de Caracas), involucró a miles de muchachos que marcharon en todo el país, al principio en forma pacífica. Pero poco a poco las cosas se fueron de madre entre grupos chavistas y furibundos opositores. El gobierno denunció el incendio de vehículos, muchos de ellos oficiales, y el ataque indiscriminado contra edificios estatales.
Lo más grave, sin embargo, es la muerte, hasta ahora, de tres personas, dos de ellos estudiantes y el otro, un militante del chavismo, Juancho Montoya, un agente policial que estaba de civil y recibió un disparo en la cabeza y otro en el pecho frente al Banco Caroní, de La Candelaria, en el centro de la capital venezolana. Entre las víctimas fatales también hay un chico de 24 años, alumno de la Universidad Alejandro Humboldt, y otro que cursaba Derecho en la Universidad Central de Venezuela.
Al igual que los incidentes registrados en abril del año pasado, cuando el presidente Nicolás Maduro le ganó a Capriles por escaso margen en el primer comicio sin Hugo Chávez, entre los muertos en los choques con la oposición aparecen militantes del oficialismo. Se computaron, en ese momento, una decena de chavistas caídos. Lo que debería a esta altura ser índice claro de dónde viene la violencia y quiénes la padecen.
Que algo iba a pasar este miércoles, se olía en el ambiente. Durante varios días, los principales referentes de la oposición debatieron la cuestión primero en sordina, luego en tweets y más tarde en forma pública. Los que llevaron la voz cantante fueron María Corina Machado Parisca y Leopoldo López Medina. El ex alcalde de Chacao habló sin tapujos de copar las calles hasta encontrar "una salida inmediata" al gobierno de Maduro. Machado se preguntaba, insidiosamente, "¿hasta cuándo, hasta cuándo vamos a esperar?". Es cierto que suena a apriete destituyente, y que además es una peligrosa jugada golpista.
López es una suerte de Enrique Peña Nieto venezolano: joven, elegante y pintón. A los 42 años, ya fue alcalde en el municipio caraqueño de Chacao por dos períodos consecutivos. Economista, graduado en Ohio y luego en políticas públicas en Harvard, quedó relegado de la función pública tras el intento de golpe de 2002 contra Chávez, que como se recordará estuvo fogoneado por la dirigencia empresarial del país y la cúpula de la empresa PDVSA, que no quería aceptar las nuevas reglas del gobierno. Emparentado con el mismísimo Bolívar y con el primer presidente del país, Cristóbal Mendoza, López fue acusado de haber recibido una donación de la petrolera –donde su madre era gerente de Asuntos Públicos– para una ONG que regenteaba. El caso terminó en la CIDH, que apoyó la moción de López, quien sin embargo sigue interdicto.
La diputada Machado proviene de sectores similares de la sociedad venezolana. Es ingeniera y la mayor de las hijas del empresario del acero Enrique Machado Zuloaga. Se graduó también en Estados Unidos, en su caso en Yale, en el Programa de Líderes Mundiales. George W. Bush la recibió en su despacho en mayo de 2005, provocando la reacción del presidente Chávez.
Cómo será de mal vista la opción de la "lucha callejera" en grandes sectores opositores a Maduro, que Capriles –a quien nadie fuera de sus mismos compañeros de ruta podría acusar de timorato– lo viene cruzando a López desde que se celebraron las municipales, en diciembre pasado. Hace un par de días, en su cuenta de Twitter, el gobernador de Miranda incluso aconsejó a sus seguidores la lectura de un artículo de un periodista de su palo: "A ntros seguidores RT @prodavinci: #LosMásLeídos Venezuela, los dilemas de la Oposición; por Fernando Mires http://is.gd/zkNg53", escribió el 10 de febrero en @hcapriles.
El artículo en cuestión hace un repaso crítico de las controversias de la Mesa de Unidad Democrática (MUD). "Hay que aceptarlo, es normal, es lógico y puede que hasta sea necesario: la oposición venezolana se encuentra dividida", comienza Mires, que si bien no se permite calificar al dúo López-Machado de golpistas, sí los acusa de recurrir a una respuesta demasiado fácil, como es la de forzar la lucha política en las calles. "López y Machado lo han planteado en términos inequívocos: Se trata de 'La Salida'. En otras palabras, ambos dirigentes (repito, dirigentes, no líderes) están planteando una salida insurreccional, todo lo pacífica, democrática e institucional que se quiera, pero insurreccional al fin. No otra cosa puede ser una 'salida'". Y le recuerda a la senadora una frase del politólogo alemán Max Weber: "La política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo."
El planteo central de Mires, virtual vocero de Capriles, es que el perdidoso candidato "planteaba la insurrección constitucional en el caso de una victoria y no en el caso de una derrota plebiscitaria, como hoy intentan hacerlo López y Machado". Es que el resultado de las elecciones municipales del 8D plantea, para los "moderados", un llamado de atención sobre las mejores estrategias para derrotar al chavismo. Lo dice claramente Mires: "¿Cuántos trabajadores dejarán a un lado las banderas del chavismo para sumarse a las de López y Machado?" Es decir, para crecer la derecha necesita seducir a descontentos con el gobierno, en un contexto de inflación y escasez de productos básicos en las góndolas de los supermercados. Y confrontar en forma violenta no le parece el mejor escenario.
Uno de los primeros mensajitos en Twitter de Henrique Capriles después de los violentos incidentes del miércoles, no deja lugar a dudas. "Somos millones q queremos cambio sin sangre y muerte! Algo q nunca comprenderán, extremos! Quieren confundir resultados q no les pertenecen." No fue un aviso para el gobierno de Maduro ni los chavistas en su conjunto. Fue una clara advertencia a López y Machado. Un texto que traducido al porteño básico indica: "Es cierto que no derrotamos a Maduro. Pero el resultado de las municipales fue excelente para la MUD porque yo le puse el lomo al desafío. No se peinen para la foto y menos recurriendo a métodos piantavotos."
La Asamblea Nacional, controlada por el chavismo, evaluará la actuación de Machado y su responsabilidad en los incidentes. La jueza caraqueña Ralenys Tovar Guillén dictó la orden de detención contra Leopoldo López pero también contra dos presuntos conspiradores de vieja data: Mario Iván Carratú y Fernando Gerbasi.
Carratú es un vicealmirante retirado que dirigió el Instituto de Altos Estudios de Defensa Nacional y, cuando el intento de golpe de Chávez en 1992, siendo jefe de la Casa Militar, salió en defensa del presidente Carlos Andrés Pérez. Gerbasi es un diplomático de carrera que fue embajador en Corea del Norte, la ex República Democrática Alemana, Brasil, Italia y Colombia. Se fue de la función pública en diciembre de 2002 y ayer, el ex presidente colombiano Andrés Pastrana comenzó a pedir públicamente a su favor.
Las acusaciones contra la dupla López-Machado se explican solas. Contra el otro dúo de conjurados la cuestión viene de más lejos. El gobierno mostró una cinta donde se escucha la voz de ambos en pleno acto de confabulación. En el audio, presuntamente Gerbasi informa a Carratú ("sólo te llamé a ti", explica) sobre planes de la oposición para las marchas del Día de la Juventud, y le indica que va a ocurrir algo similar a lo ocurrido el 11 de abril de 2002, cuando una balacera sirvió de excusa para el efímero derrocamiento de Chávez. "Nada de ir en primera fila, mantente a los lados" recomienda Gerbasi.
"Deben informar quién les dijo lo del 11 de abril y quién los llamó para alertarlos sobre un derramamiento de sangre en Venezuela", se ofuscó Maduro cuando informó sobre el pedido de captura de los agitadores. Gerbasi niega las acusaciones, dice que la conversación nunca existió. Pero en un tweet del 7 de febrero había escrito: "@hcapriles está declarando más como resentido que como líder político. A ponerse las pilas sino su "autobús" lo deja." De más está decir que el autobús que se escapaba era el de las protestas callejeras. "Muchos políticos de la oposición ven al país con encuestas de hace seis meses y no con la realidad de hoy en día", agregó.
"¡Quienes queremos un cambio real y paz en Venezuela no terminaremos secuestrados por grupos violentos!", replicó Capriles. Habrá que ver si le alcanza para frenar el fanatismo de sus cofrades.
Tiempo Argentino
Febrero 14 de 2014
El estallido que se produjo el miércoles, cuando se celebraba el Día de la Juventud (un homenaje a la Batalla de La Victoria, que el 12 de febrero de 1814 ganaron los patriotas ayudados por jóvenes del Seminario y de la Universidad de Caracas), involucró a miles de muchachos que marcharon en todo el país, al principio en forma pacífica. Pero poco a poco las cosas se fueron de madre entre grupos chavistas y furibundos opositores. El gobierno denunció el incendio de vehículos, muchos de ellos oficiales, y el ataque indiscriminado contra edificios estatales.
Lo más grave, sin embargo, es la muerte, hasta ahora, de tres personas, dos de ellos estudiantes y el otro, un militante del chavismo, Juancho Montoya, un agente policial que estaba de civil y recibió un disparo en la cabeza y otro en el pecho frente al Banco Caroní, de La Candelaria, en el centro de la capital venezolana. Entre las víctimas fatales también hay un chico de 24 años, alumno de la Universidad Alejandro Humboldt, y otro que cursaba Derecho en la Universidad Central de Venezuela.
Al igual que los incidentes registrados en abril del año pasado, cuando el presidente Nicolás Maduro le ganó a Capriles por escaso margen en el primer comicio sin Hugo Chávez, entre los muertos en los choques con la oposición aparecen militantes del oficialismo. Se computaron, en ese momento, una decena de chavistas caídos. Lo que debería a esta altura ser índice claro de dónde viene la violencia y quiénes la padecen.
Que algo iba a pasar este miércoles, se olía en el ambiente. Durante varios días, los principales referentes de la oposición debatieron la cuestión primero en sordina, luego en tweets y más tarde en forma pública. Los que llevaron la voz cantante fueron María Corina Machado Parisca y Leopoldo López Medina. El ex alcalde de Chacao habló sin tapujos de copar las calles hasta encontrar "una salida inmediata" al gobierno de Maduro. Machado se preguntaba, insidiosamente, "¿hasta cuándo, hasta cuándo vamos a esperar?". Es cierto que suena a apriete destituyente, y que además es una peligrosa jugada golpista.
López es una suerte de Enrique Peña Nieto venezolano: joven, elegante y pintón. A los 42 años, ya fue alcalde en el municipio caraqueño de Chacao por dos períodos consecutivos. Economista, graduado en Ohio y luego en políticas públicas en Harvard, quedó relegado de la función pública tras el intento de golpe de 2002 contra Chávez, que como se recordará estuvo fogoneado por la dirigencia empresarial del país y la cúpula de la empresa PDVSA, que no quería aceptar las nuevas reglas del gobierno. Emparentado con el mismísimo Bolívar y con el primer presidente del país, Cristóbal Mendoza, López fue acusado de haber recibido una donación de la petrolera –donde su madre era gerente de Asuntos Públicos– para una ONG que regenteaba. El caso terminó en la CIDH, que apoyó la moción de López, quien sin embargo sigue interdicto.
La diputada Machado proviene de sectores similares de la sociedad venezolana. Es ingeniera y la mayor de las hijas del empresario del acero Enrique Machado Zuloaga. Se graduó también en Estados Unidos, en su caso en Yale, en el Programa de Líderes Mundiales. George W. Bush la recibió en su despacho en mayo de 2005, provocando la reacción del presidente Chávez.
Cómo será de mal vista la opción de la "lucha callejera" en grandes sectores opositores a Maduro, que Capriles –a quien nadie fuera de sus mismos compañeros de ruta podría acusar de timorato– lo viene cruzando a López desde que se celebraron las municipales, en diciembre pasado. Hace un par de días, en su cuenta de Twitter, el gobernador de Miranda incluso aconsejó a sus seguidores la lectura de un artículo de un periodista de su palo: "A ntros seguidores RT @prodavinci: #LosMásLeídos Venezuela, los dilemas de la Oposición; por Fernando Mires http://is.gd/zkNg53", escribió el 10 de febrero en @hcapriles.
El artículo en cuestión hace un repaso crítico de las controversias de la Mesa de Unidad Democrática (MUD). "Hay que aceptarlo, es normal, es lógico y puede que hasta sea necesario: la oposición venezolana se encuentra dividida", comienza Mires, que si bien no se permite calificar al dúo López-Machado de golpistas, sí los acusa de recurrir a una respuesta demasiado fácil, como es la de forzar la lucha política en las calles. "López y Machado lo han planteado en términos inequívocos: Se trata de 'La Salida'. En otras palabras, ambos dirigentes (repito, dirigentes, no líderes) están planteando una salida insurreccional, todo lo pacífica, democrática e institucional que se quiera, pero insurreccional al fin. No otra cosa puede ser una 'salida'". Y le recuerda a la senadora una frase del politólogo alemán Max Weber: "La política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo."
El planteo central de Mires, virtual vocero de Capriles, es que el perdidoso candidato "planteaba la insurrección constitucional en el caso de una victoria y no en el caso de una derrota plebiscitaria, como hoy intentan hacerlo López y Machado". Es que el resultado de las elecciones municipales del 8D plantea, para los "moderados", un llamado de atención sobre las mejores estrategias para derrotar al chavismo. Lo dice claramente Mires: "¿Cuántos trabajadores dejarán a un lado las banderas del chavismo para sumarse a las de López y Machado?" Es decir, para crecer la derecha necesita seducir a descontentos con el gobierno, en un contexto de inflación y escasez de productos básicos en las góndolas de los supermercados. Y confrontar en forma violenta no le parece el mejor escenario.
Uno de los primeros mensajitos en Twitter de Henrique Capriles después de los violentos incidentes del miércoles, no deja lugar a dudas. "Somos millones q queremos cambio sin sangre y muerte! Algo q nunca comprenderán, extremos! Quieren confundir resultados q no les pertenecen." No fue un aviso para el gobierno de Maduro ni los chavistas en su conjunto. Fue una clara advertencia a López y Machado. Un texto que traducido al porteño básico indica: "Es cierto que no derrotamos a Maduro. Pero el resultado de las municipales fue excelente para la MUD porque yo le puse el lomo al desafío. No se peinen para la foto y menos recurriendo a métodos piantavotos."
La Asamblea Nacional, controlada por el chavismo, evaluará la actuación de Machado y su responsabilidad en los incidentes. La jueza caraqueña Ralenys Tovar Guillén dictó la orden de detención contra Leopoldo López pero también contra dos presuntos conspiradores de vieja data: Mario Iván Carratú y Fernando Gerbasi.
Carratú es un vicealmirante retirado que dirigió el Instituto de Altos Estudios de Defensa Nacional y, cuando el intento de golpe de Chávez en 1992, siendo jefe de la Casa Militar, salió en defensa del presidente Carlos Andrés Pérez. Gerbasi es un diplomático de carrera que fue embajador en Corea del Norte, la ex República Democrática Alemana, Brasil, Italia y Colombia. Se fue de la función pública en diciembre de 2002 y ayer, el ex presidente colombiano Andrés Pastrana comenzó a pedir públicamente a su favor.
Las acusaciones contra la dupla López-Machado se explican solas. Contra el otro dúo de conjurados la cuestión viene de más lejos. El gobierno mostró una cinta donde se escucha la voz de ambos en pleno acto de confabulación. En el audio, presuntamente Gerbasi informa a Carratú ("sólo te llamé a ti", explica) sobre planes de la oposición para las marchas del Día de la Juventud, y le indica que va a ocurrir algo similar a lo ocurrido el 11 de abril de 2002, cuando una balacera sirvió de excusa para el efímero derrocamiento de Chávez. "Nada de ir en primera fila, mantente a los lados" recomienda Gerbasi.
"Deben informar quién les dijo lo del 11 de abril y quién los llamó para alertarlos sobre un derramamiento de sangre en Venezuela", se ofuscó Maduro cuando informó sobre el pedido de captura de los agitadores. Gerbasi niega las acusaciones, dice que la conversación nunca existió. Pero en un tweet del 7 de febrero había escrito: "@hcapriles está declarando más como resentido que como líder político. A ponerse las pilas sino su "autobús" lo deja." De más está decir que el autobús que se escapaba era el de las protestas callejeras. "Muchos políticos de la oposición ven al país con encuestas de hace seis meses y no con la realidad de hoy en día", agregó.
"¡Quienes queremos un cambio real y paz en Venezuela no terminaremos secuestrados por grupos violentos!", replicó Capriles. Habrá que ver si le alcanza para frenar el fanatismo de sus cofrades.
Tiempo Argentino
Febrero 14 de 2014
Giro conservador en Francia

Maten a De Gaulle
Recordar que el no menos conservador Chirac fue en 2003 uno
de los adalides en la oposición a la invasión del Irak de Saddam Hussein
–capitaneada por Estados Unidos y Gran Bretaña pero también por la España de
José María Aznar– es toda una lección para cualquier francés de hoy en día.
Yendo un poco más atrás en la historia de esa nación, fue durante la gestión
del también derechista Valery Giscard D’Estaing, en 1975, cuando se aprobó la
ley de aborto. Eran épocas en que Francia mantenía una política exterior
«independentista» en relación con el imperio anglo, como solía mencionarlo Charles
De Gaulle. Francia ni siquiera participaba de la OTAN –de donde se había
retirado en 1966– y mientras el general de la Resistencia vivió, rechazaba el
ingreso del Reino Unido a la Comunidad Europea, por la permanente desconfianza
hacia Londres. Pero algo fue cambiando en la mentalidad de los descendientes de
Astérix para que en 2009 Sarkozy lograra aprobar el regreso a la Organización
del Tratado del Atlántico Norte, el organismo militar creado con la vista
puesta en el bloque soviético. Durante la gestión del XXII presidente francés
–recordado por su agitada vida privada y su histrionismo en la arena
internacional– comenzaron los recortes presupuestarios y se inició el
desmantelamiento del Estado de Bienestar, con la excusa de la crisis financiera
que se había desatado en 2008, un año después de su llegada al Elíseo.
Paralelamente, se iban extendiendo concepciones más extremas en lo social, al
punto que el país fue objeto de no pocos tirones de orejas de los organismos de
la Unión Europea por el maltrato y la expulsión de las comunidades gitanas rom,
que se habían asentado en ese país en busca de una vida mejor al amparo de las
políticas de libre circulación de personas que garantiza la integración
continental.
Competencia feroz
Cierto es que el giro xenófobo y racista del electorado les
marcaba a las autoridades de entonces que algo estaba cambiando en la otrora
cuna de los derechos humanos y la igualdad. Pero poco hizo Sarkozy para
revertir el discurso retrógrado en la sociedad. Más bien buscó competir con él
para mantenerse en el poder.
No le alcanzó en 2012 frente a la oferta de Hollande de
volver a los postulados del progresismo. Pero pronto el nuevo gobernante, como
se dice, «mostró la hilacha». Y de su ímpetu inicial de voltear el tratado de
austeridad que se conoció irónicamente como Merkozy, por la estrecha alianza en
los ajustes que habían sostenido la canciller alemana Angela Merkel con su
antecesor, pasó sin una transición suave a una política adecuada a los
designios de Berlín, aunque con un toque francés. Hubo recortes y el impuesto a
las riquezas se quedó a mitad e camino. Además, promovió la creación de una
zona euro exclusiva para los socios más influyentes de la Unión Europea (otra
vez Berlín-París), luego de haberse presentado como defensor de las castigadas
repúblicas del sur (España, Italia, Grecia).
Pero el gobierno de Hollande mantenía al menos el deseo de
imponer algunas de sus propuestas sociales. Es el caso de la ley de Matrimonio
Igualitario, que, luego de intensos debates en sesiones interminables, fue
aprobada en abril pasado. Sin embargo, no había pasado una semana de la puesta
en vigencia de la normativa cuando las calles de todo el país se poblaron de
cientos de miles de ciudadanos indignados por lo que consideraron un atentado
contra los valores de la familia occidental. Según los organizadores de las
marchas –agrupaciones ultracatólicas junto con sectores de la derecha más
tradicional– sólo en París había un millón de personas, una cifra que la
policía rebajó a 150.000. Quizá ninguno de los dos dijo la verdad, pero de
cualquier modo se trata de una cantidad abrumadora de ciudadanos que
sorprendieron a propios y ajenos dada la imagen de sociedad abierta que Francia
se había sabido construir a lo largo de su historia moderna.
Sucede que el partido de Marine Le Pen, la nieta del anciano
líder ultranacionalista Jean-Marie Le Pen,
en las elecciones del 2012, había crecido hasta arañar los 20 puntos con
un discurso extremo. En un contexto de oscuras expectativas económicas, prende
por su rechazo a la «invasión» de gitanos o norafricanos, que en esa versión
simplona de la economía les quitan trabajo a los franceses. En setiembre de
2013, incluso, el FN ganó un municipio clave por lo que representa
simbólicamente, Brignoles, donde históricamente triunfaban los sectores más
progresistas. Pero la desocupación es allí una realidad concreta y demoledora
que no permitió el debate ideológico.
Para peor, las encuestas afirman que el partido de Le Pen mantiene una
intención de voto cercana al 24% y aparece en primer lugar para las
parlamentarias europeas de mayo.
Gitanos go home
Será por eso que el ministro de Interior de Hollande, Manuel
Valls, apareció en el centro de las críticas para esa misma época, cuando
ordenó expulsar a una familia gitana. El caso provocó protestas estudiantiles
porque entre los deportados estaba Leonara Dibrani, de 15 años, que iba a un
colegio destinado a la integración. El gobierno tuvo que salir a relativizar
las palabras de Valls, de origen catalán, quien había dicho, sin que le
temblara la pera, que los rom tenían que volver a sus países de origen. Los
Dibrani son kosovares. En un intento de resolver la cuestión, el gobierno
autorizó el regreso de la adolescente, aunque sin sus padres, que están
acusados de haber violado las leyes de inmigración.
Al giro en la política económica y en cuestiones de
inmigración, Hollande sumó la decisión de mantener el rumbo que le había
impreso a la política exterior Sarkozy, uno de los mas fervientes impulsores de
la invasión a la Libia de Muammar Khadafi en 2011, a pesar de que el líder árabe
–como se reveló por estas semanas– había sido un fuerte sponsor de su campaña
para la presidencia en 2007. Hollande no cambió un ápice esta posición, que une
a Francia con los anglos de los que De Gaulle recelaba. En tal sentido,
exacerbó mucho más que sus «socios» la postura de una intervención armada para
derrocar a Bashar al Assad en Siria. Eso sí, ni bien el presidente
estadounidense Barack Obama aceptó la gestión de Rusia encaminada a un plan de
negociaciones con la oposición, se bajó sin chistar. Ya en enero de 2013
Hollande había mostrado de qué venía su política exterior. Fue cuando desplegó
tropas en la república africana de Mali, inmersa en una guerra civil contra
grupos salafistas que controlan parte del país. La excusa originaria fue
«proteger a sus residentes en Bamako», la capital maliense, y apoyar al
mandatario Dioncunda Traoré. Pero las tropas francesas siguen allí, ahora junto
con una misión de la ONU.
Antes de terminar el año pasado, Hollande ordenó intervenir
en otro conflicto interno en una ex colonia francesa en la misma región, la
República Centroafricana. Durante varias semanas hubo enfrentamientos entre
militantes de Séléka, que en marzo derrocó al presidente François Bozizé, y las
milicias partidarias del mandatario, los «Anti-Balaka» («antimachete» en la
lengua oficial del país). Hubo centenares de muertos y Hollande arguyó motivos
humanitarios para pedir el apoyo de la ONU y desembarcar soldados en ese
territorio.
Como colofón de esta política «anglófila», a fines de enero
el presidente galo se reunió en Londres con el premier británico David Cameron
para tratar el futuro de la UE y hablar
de «seguridad internacional». El dato más relevante fue el anuncio de que
Francia y el Reino Unido construirán aviones no tripulados (drones) y un
sistema misilístico en conjunto. «Ambos vemos el vínculo entre nuestra
prosperidad interna y ser protagonistas activos en la escena mundial y
reconocemos que si aumentamos nuestros presupuestos de defensa, nuestras
fuerzas armadas se beneficiarán de un mejor equipamiento y las industrias
seguirán siendo las líderes del mundo», se explayó Cameron.
Fue el cierre de un acuerdo aeronáutico como no se veía
desde que se clausuró el proyecto
Concorde, el avión de pasajeros supersónico construido por ambas naciones
que voló entre 1976 y 2003, pero ahora enfocado en la vigilancia planetaria. Un
giro copernicano perfecto.
Vidas paralelas
Cecilia Ciganer Albéniz, bisnieta del músico español
Isaac Albéniz, fue la esposa legítima de Nicolás Sarkozy hasta pocos meses
después de haberse convertido en primera dama. Los rumores de infidelidades
circulaban desde la campaña electoral, pero no parecía el mejor momento para
romper una relación que llevaba 11 años. Todo se precipitó cuando se difundió
que ella mantenía una relación oculta con un publicista. Pero él no le iba en
zaga y por entonces vivía un romance con la periodista Anne Fulda, de Le
Figaro. Pocos meses más tarde, Sarkozy se casaría, en cambio, con la ex modelo
y cantante Carla Bruni.
A fines de enero, y antes de viajar a la cumbre con
Cameron en Londres, Hollande anunció que se separaba de la periodista Valérie
Trierweiler. Semanas antes había estallado el escándalo cuando se publicó que
Hollande –quien había sido esposo de Ségolène Royal, la candidata presidencial
por su mismo partido, el PSF, que en 2007 perdió en segunda vuelta con
Sarkozy–, vivía un romance con la actriz Julie Gayet. Hollande declaró
escuetamente que ya no habría primera dama mientras él estuviera en el Palacio
de gobierno.
Revista Acción
Febrero 15 de 2014
El regreso de Bachelet

Como sea, el retorno de Bachelet es también una vuelta de
campana para un país que acaba de cumplir cuatro décadas de la dictadura más violenta
que debieron soportar sus habitantes en los dos siglos de existencia
independiente. Es cierto que la médica graduada en la Universidad Humboldt de
la entonces Berlín oriental ya tuvo una primera gestión que le cedió el lugar a
Piñera. Pero la fuerza de los hechos le indica a la hija del general Alberto
Bachelet –fallecido en un campo de prisioneros de la Fuerza Aérea– que ya no
podrá tener un tranquilo paso por el Palacio de La Moneda. De hecho, su
programa dista de aquel que la llevó al poder en 2006: está corrido a la
izquierda y, además, amplió los apoyos tradicionales de la centroizquierda
desde el regreso del sistema democrático y ahora el PC chileno forma parte de
la Nueva Mayoría, el nombre que adquirió esta coalición que suplanta a la Concertación
que administró el país por 20 años.
El perfume del
poder
De la mano de estas nuevas alianzas, las líderes
estudiantiles del PCCh Camila Vallejo y Karol Cariola obtuvieron sendas bancas
en la Cámara Baja. Lo mismo ocurrió con dirigentes juveniles de otras
tendencias como Giorgio Jackson y Gabriel Boric. No es casual que los ejes que
planteara Bachelet cuando ganó la interna de NM para un programa progresista de
gobierno incluyeran en primer lugar la reforma educativa y la tributaria. Una
está íntimamente ligada con la otra; si no se consiguen más recursos, plantear
una educación gratuita y de calidad es ilusorio. El otro eje de la propuesta
«bachelista» pasa por la modificación de la Constitución, que con algunos
parches sigue siendo sustancialmente la misma que el dictador Augusto Pinochet
dejó casi como condición para el retorno de la normalidad institucional, en
1990.
Pero el tema de este nuevo período ya deja hilachas en su
entorno. Por el olor a nuevos tiempos que se viene, todos se apuran a señalarle
candidatos o a ponerle trabas. Por las dudas. Desde sus aliados de la
Democracia Cristiana, el ex presidente del partido, Gutenberg Martínez, le
envió un mensaje sin dobles sentidos. «Creo que sería un error incorporar al
gabinete a miembros del Partido Comunista», dijo el hombre en un reportaje a
Radio Cooperativa que levantó polvareda. Porque Martínez deslizó que el PC no
representa al modelo de democracia que sustenta la vieja Concertación. Además,
dijo, siguen siendo amigos de los Castro.
Bachelet fue clara al respecto y adelantó que la elección
de los secretarios de gobierno será su «exclusiva atribución». El PC, en tanto,
por boca de su presidente, Guillermo Teillier, dijo que aún no habían decidido
si iban a estar «dentro o fuera» del nuevo gabinete, sin dejar de lado algo que
es cierto: es una atribución presidencial convocar o no. Pero es interesante
decir que la DC fue a internas abiertas con el PS y perdió, mientras que el
PCCh apoyó a Bachelet desde esa misma instancia electoral.
Empresarios
inquietos
Sin embargo, los sectores inclinados a la derecha dentro
de la NM no fueron los únicos que pretendieron condicionar el futuro gobierno
de Bachelet. Lo mismo intentaron hacer desde algunas de las más grandes cámaras
empresariales, que saludaron diplomáticamente el triunfo incuestionable, pero
comenzaron a deslizar que si algo valoran del sistema chileno es lo tranquilos
que habían estado hasta ahora. Así, el presidente de la Asociación de
Exportadores de Manufacturas, Roberto Fantuzzi, políticamente correcto al fin,
dijo que la entidad que dirige no está en contra de ningún cambio, aunque
consideró que «si la reforma tributaria para financiar la educación produce paz
social, un aplauso cerrado, pero dudo». La filial local del banco de inversión
estadounidense JP Morgan tampoco se cuidó de establecer sus pautas y transmitió
el mensaje de preocupación por cualquier «programa más radical que lo
esperado». Desde la Asociación de Exportadores, Ronald Bown consideró que «una
Asamblea Constituyente podría ser una solución, pero no es factible ni en el
corto ni en el mediano plazo», mientras que Patricio Crespo, de la Sociedad
Nacional de Agricultura, pidió mantener las políticas neoliberales porque
«nadie invierte en un ambiente enrarecido». El más exagerado sin dudas fue Sven
von Appen, con importantes intereses en la industria naviera, quien amenazó con
que si la nueva gestión no acierta en la conducción de la economía, «habría que
buscar otro Pinochet». Más aún, consultado por la CNN, consideró que, en el
anterior mandato, Bachelet «no hizo mucho en materia económica comparado con
los que estuvieron antes de ella, especialmente Pinochet».
Divididos
Con todo, los problemas que enfrenta Bachelet se refieren
por ahora sólo a la administración de los deseos y las aspiraciones políticas
de sus allegados. Peor la pasa Sebastián Piñera y la derecha chilena en su
conjunto, que no acierta aún a entender cómo fue que el gobierno se le escapó
de las manos tras solamente un período presidencial. Lejos quedaron los «días
de gloria», cuando los 33 mineros finalmente volvían a la superficie luego de
70 días a 700 metros de profundidad, a 8 meses de haber asumido, en octubre de
2010.
Ahora los conservadores llegaron al comicio crudamente
divididos, primero porque el ganador de la interna, Pablo Longueira, no tardó
ni un mes en anunciar que se retiraba de la contienda por problemas depresivos.
Fue entonces que Evelyn Matthei –la hija de uno de los integrantes de la Junta
de Gobierno de la dictadura, el general Fernando Matthei, a la sazón colega y
amigo en algún tramo de su vida de Alberto Bachelet– presionó a Piñera para ser
el reemplazo de Longueira. Luego Piñera presionó a la Alianza, integrada por la
UDI y el RN, para que aceptara a su candidata. Pero la mujer jamás logró
despegar en las encuestas y apenas pasó la primera ronda.
Fue claro que nadie «salvaría la ropa» cuando en la misma
noche de la derrota («la noche de los cuchillos largos», como ironizó alguno)
comenzaron a escucharse las primeras y feroces críticas a los responsables del
fracaso: Evelyn en primer lugar, pero inmediatamente detrás, el propio Piñera.
Entre las críticas, estuvo en primer lugar la de no haber
sabido oír el reclamo de los estudiantes en las calles, que expresaban un
cambio de paradigma como no se había vivido desde la vuelta a la democracia.
Tampoco registraron que a 40 años de su muerte, la figura del presidente
derrocado, Salvador Allende, alcanzaría ribetes de heroísmo en defensa de un
modelo que de un modo sanguinario cambió la dictadura.
Esa es una de las razones para que los conservadores
ahora estén arrojando por la borda, como un lastre inútil, a los viejos
dirigentes que tuvieron participación y simpatías demasiado cercanas con
Pinochet. Es el caso del propio Longueira, que ya se había retirado de la
candidatura. Pero también anunciaron que se van de la política el ex presidente
del Senado Jovino Novoa, el ministro del Interior Andrés Chadwick y el dos
veces candidato presidencial Joaquín Lavín.
Curiosamente –o no– esta movida del pinochetismo coincide
con el recambio en la presidencia de la Corte Suprema de Justicia de Chile. A
10 años de haber saltado a la fama por haber investigado las cuentas secretas y
el origen de la fortuna del dictador Pinochet, el juez Sergio Muñoz Gajardo
dirigirá el supremo tribunal chileno.
Muñoz Gajardo inició su carrera judicial en 1982, y,
entre sus primeros casos, estuvo la investigación del asesinato de Tucapel
Jiménez, líder sindical eliminado por agentes de la policía secreta
pinochetista ese mismo año. Liego probó que los Pinochet se hicieron de 24
millones de dólares en forma ilegal.
En estos días, también, la justicia chilena sobreseyó la
causa abierta contra el general Matthei, por la muerte de su colega Alberto
Bachelet, muerto en 1974 tras una sesión de tortura. Los únicos acusados por el
crimen son los coroneles en retiro de la Fuerza Aérea Edgar Cevallos Jones y
Ramón Cáceres Jorquera. La querella había sido presentada por la Agrupación de
Familiares de Ejecutados Políticos pero no por la familia de Alberto Bachelet,
uno de los pocos militares que se opusieron al golpe contra Allende y que
estaba preso en la Academia de Guerra Aérea, entonces dirigida por Matthei.
La
integración regional
En
su primer encuentro con la prensa extranjera, Michelle Bachelet envió mensajes
bien nítidos hacia el resto de los países latinoamericanos.
Bachelet recordó que cuando se puso en marcha el Arco del Pacífico –antecedente inmediato de la Alianza del Pacífico, que Chile integra con Perú, Colombia y México– el bloque tenía el carácter de un «proyecto comercial hacia la otra ribera del Pacífico, pero nunca como algo contra el Atlántico». Es decir, no era un ariete del neoliberalismo como lo presentan ahora los medios de comunicación concentrados.
Bachelet –la primera presidenta pro témpore de Unasur, con un rol fundamental en la respuesta de ese organismo frente al intento destituyente contra Evo Morales en 2009– recordó que «siempre trabajamos con los gobiernos de Uruguay, Argentina y Brasil pensando en todos los mecanismos de conectividad que permitieran que, a través de los puertos de Chile y de toda la zona del borde del Pacífico de América, pudiéramos ser un puente hacia el Asia Pacífico».
No por nada los primeros saludos de beneplácito por su triunfo provinieron precisamente de los gobiernos de Argentina, Brasil y Venezuela. Pero, aclaró, Chile es miembro asociado de lo que llamó «el Mercosur político», puesto que «en lo comercial tenemos algunos desarrollos distintos que hacen muy difícil que Chile pueda ser un miembro permanente» del bloque atlántico sudamericano. Es que los acuerdos comerciales que el país tiene con el resto del mundo serían un impedimento de peso para acceder al Mercosur.
Entre las primeras cuestiones que deberá abordar en su segundo «inquilinato» en La Moneda figura el dictamen del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya que el 27 de enero entregará su fallo sobre el diferendo limítrofe con Perú. La mandataria electa ya adelantó que apoya lo «hecho y dicho» por Piñera y que, por lo tanto, acatará lo que se dictamine en Holanda. La piedra en el zapato será, como hace décadas, la salida al mar que reclama Bolivia.
Bachelet recordó que cuando se puso en marcha el Arco del Pacífico –antecedente inmediato de la Alianza del Pacífico, que Chile integra con Perú, Colombia y México– el bloque tenía el carácter de un «proyecto comercial hacia la otra ribera del Pacífico, pero nunca como algo contra el Atlántico». Es decir, no era un ariete del neoliberalismo como lo presentan ahora los medios de comunicación concentrados.
Bachelet –la primera presidenta pro témpore de Unasur, con un rol fundamental en la respuesta de ese organismo frente al intento destituyente contra Evo Morales en 2009– recordó que «siempre trabajamos con los gobiernos de Uruguay, Argentina y Brasil pensando en todos los mecanismos de conectividad que permitieran que, a través de los puertos de Chile y de toda la zona del borde del Pacífico de América, pudiéramos ser un puente hacia el Asia Pacífico».
No por nada los primeros saludos de beneplácito por su triunfo provinieron precisamente de los gobiernos de Argentina, Brasil y Venezuela. Pero, aclaró, Chile es miembro asociado de lo que llamó «el Mercosur político», puesto que «en lo comercial tenemos algunos desarrollos distintos que hacen muy difícil que Chile pueda ser un miembro permanente» del bloque atlántico sudamericano. Es que los acuerdos comerciales que el país tiene con el resto del mundo serían un impedimento de peso para acceder al Mercosur.
Entre las primeras cuestiones que deberá abordar en su segundo «inquilinato» en La Moneda figura el dictamen del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya que el 27 de enero entregará su fallo sobre el diferendo limítrofe con Perú. La mandataria electa ya adelantó que apoya lo «hecho y dicho» por Piñera y que, por lo tanto, acatará lo que se dictamine en Holanda. La piedra en el zapato será, como hace décadas, la salida al mar que reclama Bolivia.
Revista Acción
1 Enero 2014
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