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El Nobel, un premio controvertido

El premio Nobel de la Paz se entrega desde 1901 a quienes hayan hecho alguna contribución para el fin a las guerras y la destrucción entre los seres humanos. Enrevesada forma de entender su aporte a la conservación de la especie del inventor de la dinamita, el sueco Alfred Nobel. Como sea, el galardón de este año fue para tres mujeres. Una de ellas, la más joven, porque participa en movimientos contra la tiranía que asuela su país desde que ella nació. Las otras dos, porque al igual que Lisístrata, el personaje de la comedia de Aristófanes, utilizaron su sexo para poner fin a una guerra. Mejor dicho, decidieron dejar de utilizarlo hasta que los hombres no pusieran fin a una guerra civil que había dejado un saldo de no menos de 200 mil muertos al cabo de casi 15 años.
Pero como nada es tan transparente como nuestras mentes sencillas quisieran, en el caso de Ellen Johnson Sirleaf, de 72 años, el premio levantó sospechas. Porque es la presidenta de Liberia, ese país africano creado por Estados Unidos en 1847 para reenviar a los esclavos libertos en un extemporáneo viaje a sus orígenes. Y el martes hay elecciones en las que podría ser reelecta. A la oposición, le sonó a una pequeña ayudita noruega.
La presidenta es conocida en el mundillo internacional como La Dama de Hierro. Un poco por sus convicciones, y otro por su formación de economista en Harvard y sus antecedentes como directiva del Citibank en Nairobi y en el Banco Mundial. Estuvo dos veces exiliada por los vaivenes de la política liberiana y en uno de sus regresos trabajó para Charles Taylor, pero se fue del gobierno a tiempo como para no quedar pegada en los delitos de lesa humanidad por los que el tirano es juzgado en la Corte de La Haya.
Su colega en la premiatura, Leymah Roberta Gbowee, de 39 años, es la activista que puso en marcha la protesta tipo Lisístrata que consiguió terminar con la segunda guerra civil liberiana, en 2003, y que mucho ayudó a que Johnson Sirleaf llegara al poder, en 2006.
La propuesta de huelga sexual había sido lanzada en 2002 y logró que mujeres de todas las etnias y confesiones tomaran parte de las negociaciones de paz. Se ignora si para unirse hicieron el juramento que proponía la comedia griega (“No tendré relaciones con mi esposo o amante aunque venga en condiciones lamentables”). Pero al menos en esa cuestión, el país parece haberse encaminado hacia una convivencia civilizada. Es en el aspecto económico y político donde la gestión de la Dama de Hierro parece no haber rendido los mismos frutos.
La tercera galardonada por el Comité noruego es la yemení Tawakkul Karman, nacida en 1979, titular del grupo de Derechos Humanos Mujeres Periodistas sin Cadenas y una de las activistas más destacadas contra el régimen de Ali Abduláh Saléh. El premio, como ella misma se encargó de destacar, es a la llamada Primavera Árabe, la ola de levantamientos iniciada a fines del año pasado en Túnez y que se extendió por el norte de África hasta Yemen poco más tarde.
Desde que se creó este premio en particular, los debates en torno de los galardonados no cesan de desplegar ríos de tinta. Porque ya en 1906 lo recibió el presidente estadounidense Theodore Roosevelt, “Por su exitosa labor de mediación para finalizar la Guerra Ruso-Japonesa”, dijo entonces el considerando. Ese Roosevelt es el mismo que estableció la política del Gran Garrote, para manejar las relaciones exteriores de su país con el resto de los países del continente y sobre todo de las naciones del Caribe.
En 1919 lo ganó el también presidente Woodrow Wilson por su impulso a la creación de la Sociedad de Naciones, el antecedente más directo de las Naciones Unidas, de la que sin embargo su país nunca formó parte. Es el mismo Wilson que en 1914 ordenó invadir México para sacar del poder a Victoriano Huerta y poner a Venustiano Carranza, en 1915 ocupó Haití, y un año más tarde hizo lo propio en República Dominicana.
Luego de la Gran Guerra, entre 1926 y 1931, fueron recibiendo el Nobel los funcionarios de todas las naciones que establecieron las condiciones para la paz tras la derrota de Alemania. Entre otros, se llevaron uno el canciller francés Aristide Briand y otro el secretario de Estado de EE UU, Frank Billings Kellogg, propulsores del Pacto Briand-Kellogg, que comprometía a no recurrir a la guerra para resolver los conflictos entre las naciones firmantes. No está de más recordar que poquitos años después, Adolf Hitler llegaría al poder en una Alemania devastada por los pagos de las indemnizaciones de guerra y se desataría la Segunda Guerra Mundial.
Como luego de la batalla lo que queda por hacer es reparar los daños, en 1953 recibió el galardón el general estadounidense George Catlett Marshall, quien fuera jefe del Estado Mayor de las tropas que derrotaron al Eje y luego promovió el famoso Plan Marshall, para la reconstrucción de Europa.
Hubo otros premios polémicos, como el que le dieron al ex secretario de Estado Henry Kissinger en 1973, por la firma de los acuerdos de paz de EE UU con Vietnam. Lo compartió con el general Le Duc Tho, que se negó a recibirlo porque dijo que la paz aún no había llegado a su país. Y era cierto.
Pero también es verdad que en muchos casos, el Nobel fue un gesto simbólico que sirvió para alentar a quienes luchaban frente a los abusos y las violaciones de los Derechos Humanos. Como el que en 1980 se le entregó al argentino Adolfo Pérez Esquivel, por su lucha contra la dictadura militar.
Otro argentino había recibido la distinción, en 1936. Fue el canciller Carlos Saavedra Lamas, que tuvo una activa participación en el armisticio que puso punto final a una guerra entre Paraguay y Bolivia desatada por la avidez de las empresas petroleras que causó heridas muy difíciles de reparar entre dos pueblos hermanos.
Otros estadounidenses fueron condecorados en estos 110 años. Como el ex presidente Jimmy Carter, en 2002, “por sus décadas de esfuerzo incansable para encontrar soluciones pacíficas a los conflictos internacionales, y promover la democracia y los Derechos Humanos, así como el desarrollo económico y social”. O el ex vicepresidente Al Gore, en 2007, “por sus esfuerzos para construir y difundir un mayor conocimiento sobre el cambio climático provocado por el hombre, y para sentar las bases de las medidas”.
Pero el más controvertido sin dudas es el que en 2009, recién asumido, recibió Barack Obama. “Sólo muy rara vez una persona tiene el mismo alcance que Obama ha tenido al capturar la atención del mundo y brindarle a su pueblo la esperanza de un futuro mejor”, explicó entonces el Comité. Fue un Nobel al anhelo de que un mandatario estadounidense pudiera efectivamente contribuir a la paz mundial, en vista de que ocupan físicamente gran parte del planeta.
Sin embargo, cuando se cumplen diez años de la invasión a Afganistán, y cuando aún no hizo honor a su promesa de clausurar la cárcel de Guantánamo, Obama no considera lesivo para la paz internacional ordenar asesinatos selectivos en cualquier parte del mundo, como ocurrió hace unos días, cuando fueron muertos dos ciudadanos de Estados Unidos, miembros de la red Al Qaeda. Eliminados sin juicio previo en Yemen, la patria donde Tawakkul Karman clama por libertades, gobernada por uno de los más fieles aliados de Estados Unidos.

Tiempo Argentino
Octubre 8 de 2011

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