
Por el lado de los demócratas, que con Barack Obama habían
logrado "correr el arco" algunos centímetros con el primer
afrodescendiente en llegar a la presidencia, el anuncio de que el actual
vicepresidente Joe Biden no se presentará a pelear un espacio calmó las aguas
de la ex secretaria de Estado y ex primera dama, Hillary Clinton. Y tranquilizó
también a los estrategas partidarios, que temen por su propio
"fantasma", el senador por Vermont, Bernie Sander, demasiado a la
izquierda de lo que la media estadounidense estaría dispuesta a aceptar. Así
como en 2008 resultó mejor opción Obama, ahora la oferta pasaría por dar lugar
a la primera mujer que podría sentarse en el sillón de Washington.
Como las fichas ya están jugadas, era previsible que los
medios conservadores, que son los que más audiencia cosechan en aquellos
distritos, comenzaran desde temprano una tarea de zapa para destruir la imagen
de la esposa del ex presidente Bill Clinton. Por eso ni bien se difundió que la
ex canciller estadounidense había usado su correo electrónico personal para
mantener comunicación oficial, todos los cañones apuntaron contra ella, que
había dejado el gobierno en febrero de 2013.
Tanto fue el escándalo generado por la oposición y los
medios que finalmente en septiembre el departamento de Defensa aceptó –no le
quedaba otra- un fallo de la Corte que reclamó la publicación de unas 55 mil
páginas con los correos de la ahora
aspirante presidencial. Hubo una parte considerada como de máxima seguridad que
quedó en secreto, el resto ya son de dominio público.
Pero la ofensiva republicana no terminaba en cuestionar la
supuesta fragilidad de Hillary Rondham Clinton para custodiar la seguridad de
la Nación. Y así fue que iniciaron una embestida para que se presentara a dar
explicaciones por el atentado al consulado en Bengazi de septiembre de 2012 que
costó la vida del embajador estadounidense en Libia, Chris Stevens, y otros
tres diplomáticos. La iniciativa buscaba respuestas no solo por la falta de
previsión sino sobre la información que se dio entonces, ya que en el primer
momento el gobierno de Obama había rechazado la hipótesis de que se trataba de
un golpe terrorista y señaló a un exceso durante una marcha política.
Poco importa para este análisis abundar en la respuesta de
Hillary, que se presentó ayer ante una comisión creada ad hoc en el Capitolio.
Allí asumió su responsabilidad por el hecho, dijo que se hizo lo mejor posible
para reforzar la seguridad y recordó que "no existe riesgo cero" para
los funcionarios de EE UU en el exterior. Lo interesante es que los demócratas
denunciaron una operación republicana que solo busca enlodar la carrera de
Clinton hacia la Casa Blanca sin el menor fundamento. Así fue que el
representante por California Adam Schiff protestó porque el comité, creado hace
17 meses, ya gastó 4,7 millones de dólares de los contribuyentes sin haber
llegado a conclusión alguna. En tal
sentido, la agencia dpa recordaba que otro congresista por California, el
republicano Kevin McCarthy, había reconocido que la comisión se había creado
para "bajar a Clinton en las encuestas". Algo que su colega Trey
Gowdy, titular del comité, negó rotundamente. Como corresponde, por otro lado.
Donde la publicación de los controvertidos mails dejó mucha
tela para cortar fue del otro lado del Atlántico. El domingo pasado, el
conservador Mail on Sunday (Correo del domingo, casualmente) publicó algunos
correos de Hillary Clinton donde aparecen pruebas irrefutables del "pacto
de sangre" que había hecho el primer ministro Tony Blair en 2002 con el
presidente George W. Bush para terminar con el líder iraquí Saddam Hussein y
ocupar Irak con una alianza anglosajona. El material consiste en una serie de
memorandos donde se revelan comunicaciones entre el que fuera secretario de
Estado, Colin Powell, con su jefe donde le cuenta la disposición del premier
laborista para emprender un ataque combinado contra quien consideraba "una
amenaza real" para la seguridad mundial. El pacto se realizó, según los
memos, al cabo de una reunión entre el británico y el estadounidense en el
rancho de los Bush en Crawford en Texas.
A esta altura semejante revelación puede parecer
extemporánea. Pero en Gran Bretaña repercutió de un modo significativo. Es que
Blair siempre había negado ese macabro acuerdo realizado un año antes de la
invasión, de la que todavía se están pagando las consecuencias a nivel regional
y hacia dentro de la sociedad. Más aún, el líder laborista se pasó todo 2002 y
el principio de 2003 asegurando que la salida a la crisis creada contra el
gobierno de Hussein era política y que no tenía entre sus planes hacer entrar
en guerra a los británicos.
Las sucesivas negativas de Blair se sumaron a desaguisados
durante su gobierno y el de su sucesor, Gordon Brown, para la pérdida de
liderazgo de su partido frente al electorado durante el último lustro. De
hecho, el laborismo eligió hace una semanas para liderarlo a un personaje
bastante más inclinado a la izquierda como Jeremy Corbyn, un notorio opositor a
la intervención armada en Irak –si llega al 10 de Downing Street prometió pedir
perdón por la incursión armada- y que se declara cercano a los gobiernos
progresistas latinoamericanos, todo un dato por esos lares. Este martes, otro
súbdito británico como el recién electo primer ministro canadiense Justin
Trudeau, ni bien ganó la elección dijo que iba a iniciar en camino del regreso
para las tropas de su nación de Irak.
Pero hay más: ante las protestas reiteradas contra Blair en
la sociedad y sobre todo de familiares de soldados caídos en combate desde hace
12 años, las autoridades tuvieron que salir a enfrentar los reclamos. Se sabe
que cuando un gobierno quiere que algo NO se descubra, lo más conveniente es
crear una comisión, y eso fue lo que hizo el primer ministro Brown en 2009. El
grupo que se dedica a investigar este caso quedó a cargo de sir John Chilcot,
un respetado ex funcionario público no partidista.
Poco fue lo que se avanzó en este tiempo al punto que hace
unos meses el actual primer ministro, el conservador David Cameron, dijo que
estaba perdiendo la paciencia y urgió a que Chilcot diera un informe sobre la
situación. La Comisión Chilcot lleva gastados 10 millones de libras (casi 15
millones y medio de dólares) y todavía no acusó a nadie. Chilcot se demora y
dice que el caso es complicado por todos los intereses involucrados. En tanto,
los familiares de víctimas del conflicto exigen contar con el informe final
antes de fin de año, caso contrario prometen llevar el caso al Tribunal
Superior de Londres.
Hillary Clinton fue la autora de un proyecto de reforma
sanitaria que no pudo poner en marcha durante la gestión de su esposo
(1993-2001) y que, con enmiendas y disminuciones forzadas por los republicanos,
pudo concretar Obama, en uno de los pocos y endebles triunfos de su mandato. No
se puede decir que Clinton sea más progresista que el actual presidente ni que
represente una amenaza para el establishment. De hecho, en política exterior,
su sucesor John Kerry, fue el que tuvo a su cargo la reanudación de relaciones
con Cuba y el acuerdo nuclear con Irán. Sus mails tal vez tengan más
información sensible que a esta altura no haga más que confirmar lo que ya se
sabía. Aún así, a Hillary ya le mostraron que el camino al Salón Oval, donde
alguna vez Bill tuvo un desliz con una becaria, está sembrado de cascotazos.
Tiempo Argentino
Octubre 23 de 2015
Ilustró Sócrates
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