sábado
Cuestión de consensos
Como buen anfitrión, el hombre se vio en la necesidad de explicar al vecino “inconveniente” del barrio por qué no lo iba a invitar a una fiesta que se organizaba en su casa. Cuestiones de “consenso”, le dijo a Raúl Castro. Lo mismo le repitió a Hugo Chávez, cuando lo abrazó en su centro de internación. El bolivariano, como se sabe, impulsa la presencia de los cubanos en la Cumbre de las Américas que se celebra el mes próximo en Cartagena de Indias y como integrante del ALBA apoya un boicot al encuentro en caso de una negativa.
Finalmente, el canciller cubano agradeció públicamente la gestión de Santos para que la reunión presidencial expresara verdaderamente la unidad de todos los países y no el deseo caprichoso de Washington. Cosa que Bruno Rodríguez Parrilla se encargó de dejar bien en claro. “Cuba nunca pidió ser invitada a ninguna de las llamadas Cumbres de las Américas. Se limitó a responder que, de ser invitada en igualdad de condiciones y con plenos e iguales derechos, actuaría con apego a los principios y a la verdad, con todo respeto, como hace siempre.” A renglón seguido, dijo que no querían convertir a la isla en una piedra en el zapato de los asistentes. Y todos en paz.
La primera Cumbre de las Américas, convocada por la Organización de Estados Americanos fue en 1994, en pleno Consenso de Washington, con el objetivo de “resolver los problemas del continente”. Participan 34 países americanos, pero desde el vamos fue excluida Cuba. La razón era que la isla había sido expulsada de la OEA en 1962. La excusa entonces fue que había adherido públicamente al marxismo-leninismo, lo que según los dirigentes de entonces, “es incompatible con el Sistema Interamericano y el alineamiento (de Cuba) con el bloque comunista quebranta la unidad y solidaridad del hemisferio”.
Pero las cumbres –que se pretendieron una continuidad histórica del Panamericanismo nacido con las revoluciones latinoamericanas de 1810 y fomentado luego desde Simón Bolívar a José Martí– no eran más que una preparación para conformar un mercado común de Alaska a Tierra del Fuego. No por casualidad el primer encuentro fue en Miami, cuna de la derecha hispanoamericana más radicalmente pro estadounidense.
Sin embargo, a medida que las ideas neoliberales fueron dejando el tendal de miseria y destrucción –con la crisis argentina como el mayor exponente de esa tragedia social– los gobiernos surgidos en el siglo XXI intentaron dejar de lado tanto el consenso neoliberal como la sumisión a la Casa Blanca.
Mucho tuvo que ver Chávez con este derrotero. Pero fundamentalmente Néstor Kirchner, que en la famosa Cumbre de las Américas de Mar del Plata, en 2005, como anfitrión de un encuentro donde se suponía que iba a plasmarse definitivamente el ALCA, articuló con el venezolano y el brasileño Lula da Silva la forma de sepultar ese mercado común que sólo prometía más hambre y devastación. Ante las narices de George W. Bush, que comenzaba su segundo mandato, esta vez sí refrendado en las urnas y no como la primera vez, en que sólo pudo llegar al Salón Oval mediante el fraude en las urnas de Miami.
Lo que siguió fue un notable avance en la integración regional y un fuerte posicionamiento de los países latinoamericanos frente a los deseos imperiales, tanto de Bush como luego de Obama, que en la Cumbre de 2009, en Trinidad-Tobago, cuando recién asumía su gestión, prometió nuevas relaciones con el “patio trasero”.
Para ese entonces, la exclusión de Cuba alcanzaba un rechazo casi unánime entre los asistentes, la Unasur era una realidad palpable y se estaba gestando la CELAC, una organización creada con el deliberado propósito de armar una fiesta en la que no serían invitados ni los Estados Unidos ni Canadá. Y que nació a fines del año pasado en Caracas.
La trabajosa unidad de la región intentó mostrar los dientes cuando el golpe de estado en Honduras, apenas dos meses después de aquel encuentro de los presidentes con Obama. Y tal como se había hecho con Cuba hace 50 años, se expulsó al gobierno de facto hondureño de la OEA. Si lo de Cuba no era democrático, al decir de los disciplinados a Washington, no tendría por qué serlo un gobierno surgido del derrocamiento de un presidente elegido constitucionalmente, al que se sacó del país en pijamas. A cambio de volver a aceptar nuevamente a Honduras en la OEA, los países del continente votaron dejar sin efecto la expulsión de Cuba. Con lo que se reparó en parte una deuda histórica con los cubanos.
En ese 2009 también se fue tensando la relación del entonces presidente colombiano, Álvaro Uribe, con Chávez, por la instalación de nuevas bases militares en su territorio. Uribe, un hombre servil a los designios estadounidenses, casi produce un enfrentamiento bélico un año más tarde, a poco de dejar su cargo en manos de su ex ministro de Defensa.
Si bien Santos tuvo un actuación bastante ominosa en la incursión de tropas colombianas en territorio ecuatoriano para matar al entonces número uno de las FARC, Raúl Reyes, Uribe intuía que una “guerrita” con el “dictador” Chávez obligaría a que el futuro gobierno siguiera un rumbo más ligado a la Casa Blanca. Pero la intervención del secretario de la Unasur, el argentino Kirchner, fue decisiva para salvar la paz y fomentar, de paso, esa nueva amistad que, por lo que se ve, ninguno quiere perder.
El colombiano –que viene de una familia poderosa, propietaria en su momento del grupo que editaba el influyente diario El Tiempo, y está ligado a héroes de la independencia y algún presidente del siglo XIX– prometió que va a luchar en Cartagena por la inclusión de Cuba en los futuros encuentros vecinales y por ponerle fin al bloqueo económico a la isla, que ya cumplió medio siglo.
Funcionarios estadounidenses insistieron hace unos días en que Cuba no cumple con los requisitos que se exigen para estar en la Cumbre. “Ellos no se ajustan a la definición de los países democráticos”, afirmó la secretaria de Estado Hillary Clinton. Un portavoz de la ministra de Estado de Canadá para el continente, Diane Ablonczy, declaró a su turno que “Cuba no cumple con las condiciones democráticas unánimemente adoptadas en la Cumbre de las Américas de 2001 (en Quebec)”.
Por ahora esa unanimidad (consenso) da para que Cuba no se haga presente en Cartagena. Pero todo indica que no será por mucho tiempo. En todo caso, otras fiestas esperan a los países latinoamericanos. Sin esos vecinos tan molestos del norte.
Tiempo Argentino
Marzo 10 de 2012
Los dìas contados
El presidente estadounidense, que espera renovar su mandato en noviembre próximo, evaluó en una entrevista publicada ayer que “Siria es un país muy grande, muy sofisticado y más complicado que Libia”, pero se mostró convencido de que finalmente podrá, con sus aliados europeos –Francia y Gran Bretaña, como antes–, imponer un nuevo gobierno “pacífico, estable y representativo”.
Si es por mirarse en el espejo libio, una comisión investigadora de la ONU concluyó que, tanto las fuerzas leales al coronel Muammar Khadafi, como los insurrectos libios junto con efectivos de la OTAN, cometieron crímenes de guerra durante los combates que se desarrollaron hace un año en las arenas norafricanas. Los khadafistas, dice el informe presentado ayer,“ejecutaron y torturaron hasta la muerte a miles de prisioneros civiles, por lo que constituyen delitos de lesa humanidad”. Pero a renglón seguido indica que los llamados rebeldes “ejecutaron y torturaron hasta la muerte a leales a Khadafi y a supuestos mercenarios que no eran miembros del Ejército. Durante el conflicto armado, esto (también) constituye un crimen de guerra.”
Las voces críticas de esta salida para la crisis en Siria apuntan datos que inscriben las acciones militares dentro de un programa más delicado y trascentente. La periodista Felicity Arbuthnot, quien conoce como pocos el conflicto de Irak, no tiene dudas de que el plan que le tocó encabezar a Obama viene de lejos y destaca que uno de los principales estrategas de esta solución es el teniente coronel retirado Ralph Peters.
A los 60 años, Peters es un personaje importante en el mundo de la seguridad global estadounidense. Obtuvo sus primeros galones en las bases de EE UU en Alemania, donde llegó a ser un especialista en la Unión Soviética, para terminar su carrera como jefe adjunto de Inteligencia del Estado Mayor. Además de haber escrito numerosos libros de estrategia militar que lo convierten en una voz influyente dentro y fuera del Pentágono, es también autor de novelas de espionaje bajo el seudónimo Owen Parry. Entre ellas figuran Bravo Romeo, El soldado perfecto, La guerra después del Armagedón, Nuestros simples regalos: cuentos de la Guerra Civil, Los rebeldes de Babilonia y el Club de los oficiales.
Peters elaboró en 2006 –cuando Obama era apenas una promesa de los demócratas para retornar a la Casa Blanca– un mapa del Asia en un intento por rediseñar las fronteras hasta alcanzar, explicó, una paz duradera pero por sobre todas las cosas, conveniente para Washington. Si bien su trabajo se basa en planes que desde hace un siglo dibujaron el desguace del entonces Imperio Otomano, lo presentó como un modo de resolver actuales situaciones de inestabilidad perpetua en esos confines que llamó Fronteras Sangrientas.
Propone, entre otras cosas, dividir Irak en dos naciones, una chiíta y otra sunnita. Y crear dos nuevos países sobre la base de pueblos que ancestralmente luchan por constituirse en un Estado. Uno de ellos es Beluchistán, con parte del territorio de Pakistán, Irán y Afganistán. El otro, el Kurdistán, implicaría tomar parte de Irán, Irak y Turquía. Para la zona mediterránea, plantea un Israel dentro de las fronteras de 1967, mientras que aumenta la superficie de Líbano y Jordania, convirtiendo a Siria en un país sin salida al mar.
Peters, que ha publicado en los diarios más grandes del país, tiene una columna en el New York Post y es analista en Fox News. El hombre no es de andar callándose las cosas y en un artículo de 1997 para la revista de la Escuela de Guerra de Estados Unidos escribió: “No habrá paz. En todo momento del resto de nuestras vidas, habrá múltiples conflictos en formas cambiantes en todo el mundo. Los conflictos violentos dominarán los titulares, pero las luchas culturales y económicas serán más constantes y en última instancia más decisivas. El papel de las fuerzas armadas de Estados Unidos será de hecho mantener el mundo seguro para nuestra economía y abierto para nuestro asalto cultural. Con ese fin, cometeremos una buena cantidad de asesinatos.” El lema de Peters es “si no puedes ganar limpio, gana sucio” (If you cannot win clean, win dirty).
En otra oportunidad consideró explícitamente la necesidad de que los militares utilicen su arsenal contra los periodistas. Su argumento fue que “aunque parezca impensable ahora, las guerras del futuro pueden requerir la censura, bloqueos informativos y, en última instancia, los ataques militares contra los medios de comunicación partidistas”.
Peters, quien aparece en cables filtrados por WikiLeaks incitando directamente al homicidio del creador de ese sitio, Julian Assange, piensa también que “las fronteras internacionales nunca son completamente justas. Pero el grado de injusticia que infligen a quienes ellas obligan a reagruparse o a separarse, crea una enorme diferencia, con frecuencia la diferencia entre libertad y opresión, tolerancia y barbarie, imperio de la ley y terrorismo, o incluso entre paz y guerra.”
Uno de los admiradores del prolífico estadounidense es, en el mundo hispanohablante, Rafael Bardají, cercano al Partido Popular español y miembro de dos fuertes think tanks de la derecha, la Fundación para el análisis y los estudios sociales (FAES) y el Grupo de Estudios Estratégicos (GEES). Bardají, quien fue asesor del ex presidente de gobierno José María Aznar, piensa que “la lógica radical de la revolución de los asuntos militares nos conduce, no sólo a una nueva faz de la guerra, sino a una nueva guerra, la guerra de la información, con su peculiar campo de batalla, el ciberespacio, y donde las batallas se librarán con virus y software, no con cañones y balas”.
Según Bardají, “Peters sabe muy bien que los soldados reales, de carne y hueso, no los cibersoldados de bata blanca y salas oscuras, son los que se están enfrentando a oponentes también reales en diversas partes del mundo. De hecho (sabe que tal vez) las armas burdas, como el machete, sean poco elegantes comparadas con un misil de crucero o un láser cegador, pero matan igualmente.” Experto también el cuestiones bélicas, el español, sin embargo, no muestra la hilac ha tanto como su mentor: “en un ambiente donde la ley y el orden son inexistentes, donde la distinción entre población civil y combatiente clara no es, ni mucho menos, donde el enemigo luchará con sus armas, normalmente sucias, y no con las limpias y sofisticadas, las preferidas por nuestras fuerzas armadas, será el entrenamiento y la capacidad de aguante lo que marque la diferencia real, no la mayor o menor precisión de las armas”.
Las palabras de Obama no parecen vagos testimonios de ocasión. En verdad, a como están las cosas, pocos apostarían por la continuidad de Al Assad. Pero pocos también estarían en condiciones de augurar un período de paz y respeto por la vida humana en la región. La situación de constantes conflictos entre chiítas y sunnitas en Irak tras el retiro del grueso de las tropas estadounidenses y la denuncia de la ONU en Libia muestran que quien pensaba en tiempos mejores no tiene mucho para festejar.
Tiempo Argentino
Marzo 3 de 2012
Connivencia con el enemigo
En Londres, mientras tanto, el actor Sean Penn explicaba a través de una columna en el diario The Guardian que cuando habló en Buenos Aires en defensa de las negociaciones entre Argentina y el Reino Unido para resolver la cuestión de la soberanía de Malvinas: “Como ciudadano estadounidense, cuya posición (o incluso cualquier derecho a tener una posición) ha sido puesta en duda en forma muy transparente por la máquina de propaganda corrupta y no diligente de gran parte de la prensa británica, que tergiversó mis palabras en una flagrante manipulación a pesar de contar con un registro completo de video.”
Los medios británicos lo habían tratado como un entrometido izquierdista extranjero que nada sabía sobre el tema y quería aprovecharse de la situación con fines ideológicos. Un mero simpatizante filocomunista que pretendía que los habitantes de Malvinas fueran deportados o reubicados del archipiélago que reclama Argentina.
Penn señaló, en cambio, que había cuestionado el viaje del príncipe Guillermo, porque la zona es un “área de operaciones donde muchas madres británicas y argentinas perdieron sus hijos e hijas”. Y porque, además, con el príncipe llegarían como es de protocolo, buques de guerra. Pero el protagonista de Río Místico y Mi nombre es Sam fue más incisivo al criticar los vínculos de Londres con Pinochet y las dictaduras sudamericanas. Gente que, escribió Penn, “ponía ratas vivas en los genitales de mujeres y torturaba con descargas eléctricas los testículos de hombres”.
Desde Buenos Aires, un grupo de 17 intelectuales y periodistas argentinos presentaba al mismo tiempo un documento que busca fijar una posición diferente a la del gobierno nacional en torno de la disputa por la soberanía en el Atlántico Sur. Un manifiesto cuya idea central es el pedido al gobierno nacional de que tenga en cuenta el principio de autodeterminación de los isleños.
“Un análisis mínimamente objetivo demuestra la brecha que existe entre la enormidad de estos actos (reivindicativos de las autoridades) y la importancia real de la cuestión-Malvinas, así como su escasa relación con los grandes problemas políticos, sociales y económicos que nos aquejan”.
Cierto es que el grupo del que forma parte Beatriz Sarlo no habla de renunciar a la soberanía y aporta argumentos que pueden resultar incluso atendibles. Habría que decir que esos planteos –sin dudas inspirados en la fuerte oposición que todos los firmantes no ocultan con el gobierno kirchnerista, y hasta un notorio antiperonismo– en otros contextos menos democráticos o liberales (en el buen sentido) bien podrían ser acusados de connivencia con el enemigo.
Porque en el encuadre de la recuperación de las islas como cuestión de Estado coinciden el oficialismo y la mayoría de la oposición representada en el Parlamento. Con el radicalismo, que ostenta como su orgullo haber logrado la resolución 2065 de la ONU del año 1965, que pide negociar la soberanía entre ambos países. Y tal vez eso sea lo que molesta en algunos sectores políticos argentinos más vinculados con el mitrismo explícito a través de los medios hegemónicos que con el sistema de partidos políticos.
Hacen recordar a aquellos exiliados porteños que desde Montevideo conspiraban contra Juan Manuel de Rosas, sin que les temblara la pera por hacer alianzas con Francia o Gran Bretaña.. Para los rosistas eran traidores a la patria. Cabría decir que del mismo modo fue catalogado el general Felipe Varela y tantos otros que se negaron a luchar en la guerra genocida contra el Paraguay de Solano López. Pero ellos invocaban la patria latinoamericana, que ahora se encolumna detrás del reclamo argentino.
Sucede que tanto los exiliados de la generación de 1837 como los mitristas en 1866 y, más acá en la historia nacional –tan rica en ejemplos de estas disputas internas en que uno de los sectores necesita de la ayuda de “amigos” del exterior para resolver las diferencias– ahora con el documento “Malvinas: una visión alternativa”, no se hace mención de un hecho insoslayable. No se trata de posiciones meramente ideológicas las que están en disputa. No es sólo por la libertad como hecho filosófico que luchaban aquellos argentinos, sino por cuestiones económicas y hasta geopolíticas. Cuestiones de poder, de influencia y distintas visiones sobre el país que intentaban construir.
Tenía que ser el actor y director estadounidense quien lo pusiera en blanco sobre negro: “es difícil imaginar que no hay correlación entre el posible descubrimiento de reservas de petróleo y este mensaje de intimidación preventiva (el viaje del príncipe y su comitiva de naves de guerra) de Gran Bretaña a la Argentina”.
El documento de los émulos del unitarismo –grandes divulgadores aquellos de la explotación de la mano de empresas británicas de los recursos mineros, por otro lado– se reconoce como la expresión de “miembros de una sociedad plural y diversa que tiene en la inmigración su fuente principal de integración poblacional”, por lo que “no consideramos tener derechos preferenciales que nos permitan avasallar los de quienes viven y trabajan en Malvinas desde hace varias generaciones, mucho antes de que llegaran al país algunos de nuestros ancestros”. Y agrega a continuación que “la sangre de los caídos en Malvinas exige, sobre todo, que no se incurra nuevamente en el patrioterismo que los llevó a la muerte ni se la use como elemento de sacralización de posiciones que en todo sistema democrático son opinables”.
El problema es que esa sangre caída en Malvinas fue, en su gran mayoría, de soldaditos con varias generaciones más de raíces en esta tierra que los intelectuales. Lo que seguramente no da derechos en la vida democrática, como señala el documento, pero algo dice en el contexto de la historia argentina.
Porque esos hijos de la tierra que, como se sabe, también fueron humillados y maltratados por los pulcros oficiales que los mandaban en esos terribles días de 1982, son descendientes directos de los mismos que lucharon en las guerras de la independencia. Y estaban emparentados con los soldaditos paraguayos que acompañaron hasta su último combate a Solano López el 1 de marzo de 1870.
Tiempo Argentino
Febrero 25 de 2012
El fin de la República española
Tiempo Argentino
Febrero 18 de 2012
viernes
La paz lennoniana
El concepto nace por extensión del de Pax Romana, acuñado por el historiador Edward Gibbon para explicar el período del imperio romano comprendido entre el año 29 aC y el 180 dC. Dos siglos desde que el emperador Augusto proclamó el fin de las guerras civiles dentro de ese extendido territorio de más de 5 millones de kilómetros cuadrados alrededor del Mediterráneo, hasta la muerte de Marco Aurelio. Fueron dos centurias en que los emperadores lograron mantener la paz interior bajo la rígida ley romana y apoyados en la férrea disciplina impuesta por las tropas imperiales. No era una paz consensuada entre pares, sino la eliminación de las guerras intestinas clausuradas mediante el convincente poder de las armas.
Hubo un siglo en que el Reino Unido consiguió repetir, con las diferencias del caso, ese momento en la Vieja Europa. Fue entre la derrota de Napoleón, en 1815, y el asesinato del archiduque de Austria en Sarajevo, en 1814. Se conoce a esta época como la de la Pax Britannica. Alí le cuenta a Stone los detalles de cómo Estados Unidos se convierte en un jugador global y cómo los ingleses se ven obligados a ir transfiriendo los resortes del poder mundial a cambio de la imprescindible ayuda para derrotar a los alemanes y luego intentar frenar al bolchevismo que prometía extenderse desde la naciente Unión Soviética. También explica la relación especial que une a los dos imperios desde entonces, cosa que se vio claramente cuando Galtieri y sus secuaces creyeron que contaban con anuencia estadounidense para ocupar Malvinas en 1982.
La creación en 1945 de la Organización de Naciones Unidas no hizo sino cristalizar la división del mundo que los ganadores de la Segunda Guerra diseñaron en Yalta. El foro donde Argentina reclama contra la militarización británica del Atlántico Sur es, como señala el canciller Héctor Timerman, el escenario donde un grupo de cinco países con derecho de veto mantienen sus privilegios antidemocráticos con la por ahora obligada anuencia del resto de las naciones. Una anuencia que desde hace una década –hay quienes ponen fin a la Pax Americana el 11-S de 2001– es cada vez más cuestionada por bloques de naciones que están alcanzando cada vez más influencia, y entre ellos fundamentalmente los latinoamericanos.
Allí es donde el pedido de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de darle una oportunidad a la paz alcanza su verdadera estatura. Porque se trata de una paz, por así llamarla, “lennoniana”. Con arreglo al respeto por la voluntad y los intereses democráticos de todos los interesados. Algo que los ingleses no están dispuestos a aceptar porque quizás pretenden mantener un enclave colonial en el Atlántico Sur para creer que todavía son un imperio. O más bien porque la relación particular entre Londres y Washington da que es más conveniente para la OTAN que una base militar en esta región tenga bandera británica y no de Estados Unidos, en un contexto regional hostil a seguir aceptando una paz que no sea debatida igualitariamente. Cosa de no repetir el rechazo a las bases estadounidenses en Ecuador, Colombia, Paraguay, y obviamente, Guantánamo. Y que Washington pueda incluso aparecer como garante del diálogo.
El problema es el ocultamiento de la historia, tanto en América del Norte –de eso habla Stone– como en esta parte del continente. Baste citar como ejemplo que en abril de 2011, cuando se cumplían 150 años del inicio de la Guerra Civil estadounidense, la revista Time publicó una encuesta donde se revelaba que la gran mayoría de los pobladores de ese país desconocía la verdadera razón que dio origen a la contienda. No tenían la menor idea de que el motivo principal fue la abolición de la esclavitud.
María Laura Carpineta, colaboradora de Tiempo Argentino desde París, donde culmina un master en el Institut d’Études Politiques, comentaba hace unos días que le llamaba la atención lo poco que sabían los estudiantes sobre su propia historia. Más conocido como Sciences Po, es el lugar donde la dirigencia política francesa suele graduarse, con escasísimas excepciones. “Algún día serán gobernantes e ignoran lo que fue la guerra de Argelia, y están convencidos de que Estados Unidos enseñó a torturar a los militares argentinos”, decía la periodista, que debió explicarles que una investigadora francesa, Marie-Monique Robin, había develado la trama que llevó a viejos torturadores galos con experiencia criminal en Vietnam y Argelia a entrenar a los genocidas argentinos.
Ocurre que una masa crítica de dirigentes y responsables de medios nacionales ignoran o prefieren ignorar la historia de su propio país. O más bien intentan persistir en una versión de la historia acomodada a sus propios intereses que, en el caso de Malvinas, cada vez se ve más que no coinciden con el resto de sus conciudadanos. De otro modo no se entiende que cuando la situación entre ambos gobiernos se tensa, en aras de un supuesto profesionalismo –al que no acudieron durante la dictadura– terminen defendiendo los intereses británicos y se preocupen más por poner un ejemplo brutal, ante la escasez de bananas como resultado de una supuesta amenaza de bloqueo argentino al archipiélago, que por la nuclearización del subcontinente.
Llama la atención que sea el gobierno el que tenga que recordar que hubo varios intentos de invasión del Reino Unido al Río de la Plata. Y que si hubo bloqueo por estas pampas fue cuando una coalición anglofrancesa clausuró la salida del estuario, entre 1845 y 1850, para oponerse a la política proteccionista de Juan Manuel de Rosas. Pero estos medios actuales se sienten más cercanos a aquellos exiliados de la generación de 1837, que conspiraban contra su propio país desde el exterior, que a un gobierno elegido por el voto de las mayorías.
Ese fue un buen argumento presidencial, por otro lado. La democracia es la primera soberanía popular, dijo CFK, “sin esa soberanía no puede haber ningún otro gesto de soberanía, hacia dentro o hacia afuera, de ningún gobierno”. Concepto contundente contra el planteo británico que pretende que todos los habitantes de esta tierra somos responsables por la aventura bélica de una dictadura bárbara que los centros de poder mundial aplaudieron entonces. Otro buen argumento, de paso, es el que desgranó Adolfo Pérez Esquivel en un reportaje con el diario El Cronista. “La resolución de las Naciones Unidas no reconoce a los habitantes de las islas como pueblos originarios y por eso no tienen derecho a la autodeterminación”, señaló el Premio Nobel de la Paz 1980. Alguien a quien no se podría calificar de kirchnerista pero que viene apostando por la paz desde hace décadas. Por una paz para todos y sin amenazas.
Tiempo Argentino
Febrero 17 de 2012
domingo
Relaciones carnales en la prensa
Hay una línea de pensamiento que atraviesa la historia argentina y latinoamericana desde sus orígenes, que entiende a los nativos de estas tierras como seres en una etapa inferior de la evolución histórica. La dicotomía civilización o barbarie es la que mejor sintetiza la cuestión.
Enrique Szewach es uno de los personajes que sabe expresar esa ideología afín al establishment del modo más claro. Por eso, desde hace más de dos décadas, este licenciado en Economía de la Universidad Nacional de Buenos Aires siempre tiene a su alcance algún medio disponible donde expresar sus ideas. Y cuando no, es fuente inevitable de consulta para empresas trasnacionales y los sectores vernáculos más ligados a la élite financiera del planeta. Sectores a los que suele asesorar para aprovechar apetecibles nichos de inversión o la mejor manera de defender sus intereses en cualquier foro. Y mejor si el foro es exterior, porque los tribunales criollos no le resultan confiables.
Pero no puede decirse que el hombre, pronto a cumplir sus 58 años, disfrace su pensamiento. Más bien, habrá que reconocerle la persistencia empecinada en sus ideas, que defiende de un modo hasta provocativo. Una prueba es que su sitio web se llama “szewachnomics”. Un modesto homenaje tal vez a las medidas que en los ’80 implementó el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan, las reaganomics, que impulsaron la ola neoliberal que todavía azota a buena parte del “mundo civilizado”.
Hombre con mucho sentido del humor y agradable discurso, fue interlocutor habitual del fallecido Bernardo Neustadt en los años ’80 y ’90, dirigió la revista Panorama y el diario El Cronista y suele ser columnista en medios electrónicos. Es autor, además, de un par de libros que desde el título lo ubican de manera definitiva: La eterna novela argentina y La trampa populista. En su extenso curriculum agrega que es presidente de Evaluadora Latinoamericana, una agencia calificadora de riesgos que desde 1995 aspira a cubrir en esta parte del mundo el rol que en otras latitudes cumplen Fitch o Standard & Poor’s. Olvida mencionar, sin embargo, el rol que tuvo no hace tanto como consejero de empresas trasnacionales que litigaban contra Argentina en el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI).
En su sitio (como se dijo,
Bajo ese auspicio –¿será un canje o le pagarán por el aviso?- Szewach colgó hace unos días un artículo sobre Malvinas que reprodujo el diario La Nación. Una nota que pinta de cuerpo entero su enfoque sobre los problemas argentinos y los de la clase a la que pertenece, y que se suma a una posición que venía expresando el diario creado por Bartolomé Mitre. Allí escribe que, más allá de cuestiones relacionadas con apelaciones que califica de patrioterismo barato, “el verdadero interés (en las islas) surge de la explotación de recursos naturales en el mar y en la posibilidad de que, en algún momento de este siglo, la Antártida sea abierta a dicha explotación, para los países con derechos geográficos o políticos sobre esa zona”.
El texto intenta mostrar otra forma de negociar con los británicos desde el enfoque que Szewach y el periódico quisieran. Por eso agrega luego que “en la Argentina, miles de ciudadanos, muchos más que los que habitan las islas del sur, han preferido tener, además de su ciudadanía local, el pasaporte de una nación extranjera, de su “Madre Patria”, y no por ello tienen menos derechos que el resto de los argentinos, o son denostados o acusados de “vendepatrias”.
Una salida para el intríngulis que agitan las autoridades inglesas sobre respetar el deseo de los kelpers sería entonces, permitirles “conservar su ciudadanía británica y sus costumbres”. Una tesis interesante, y fácil de resolver en la teoría, claro.
Para el evaluador latinoamericano, se debería permitir incluso que los malvinenses puedan optar por manejarse en sus contratos y disputas con las leyes y jueces británicos o con las leyes argentinas. Pero a continuación Szewach despliega toda su artillería (ideológica, se entiende) mediante un paréntesis revelador: “(De hecho, ‘puestos a elegir’, y dado el funcionamiento de la justicia argentina, muchos compatriotas, también preferiríamos, con dolor, aceptar otro marco legal y otros jueces, antes que muchos de los nuestros.)”
Es cierto que la justicia argentina ofrece muchos flancos por donde atacarla, como a la mayoría de las instituciones nacionales. Pero baste mirar el modo en que la justicia española trata el caso Garzón, o el modo en que en Estados Unidos se respetan los derechos de los presos en Guantánamo, para darse cuenta de que por lo menos, en todos lados se cuecen habas. Pero eso no es todo.
Szewach, en los albores del kirchnerismo, apareció como testigo de inversores foráneos contra la Argentina en el CIADI, un organismo donde los estados se someten sumisamente al juicio de un tribunal sin derecho a apelación que defiende invariablemente los intereses de los inversores internacionales. Una rémora de los ’90 del mismo peso específico que los Tratados de Protección de Inversiones, que con la excusa de atraer inversores extranjeros –señores encumbrados que saborean habanos en ambientes climatizados, sin duda– resignó la soberanía de los jueces naturales argentinos en beneficios de instituciones no legitimadas por ninguna sociedad democrática.
Este periodista le hizo por aquellos meses una entrevista para la revista Veintitrés en su elegante oficina de Leandro Alem al 600. Quería conocer detalles sobre su intervención en el CIADI, pero fundamentalmente, preguntarle si no se sentía un traidor a la Patria, si es que esto significaba algo para él.
Todo se puede preguntar si uno lo hace de buenos modos. Szewach encendió su propio grabador junto con el del cronista, para que no se lo tergiversara. Un aparato digital de esos que todavía no estaban al alcance de cualquier escriba, habituado como estaba uno a mirar el giro monótono de la cinta para quedarse tranquilo de que todo funcionaba correctamente.
Dijo que no se sentía un traidor, que tenía familia e hijos en esta bendita tierra y que buscaba lo mejor para ellos y para el resto de la sociedad. Habló, incluso, de una parva de hijos “de dos gestiones (matrimonios) diferentes” a los que deseaba dejarles un país mejor. Que su intención era explicarles a sus contratantes extranjeros la forma en que podían hacer valer los contratos firmados durante el gobierno de Menem con servicios a un valor de un peso igual a un dólar. “Un país serio debe respetar lo que firma”, cree uno recordar que dijo, firme y definitivo. Nada muy diferente de lo que sigue sosteniendo hoy, justo es reconocer.
En otro tramo del texto referido a Malvinas, Szewach anota que para recuperar el archipiélago nuestro país debe encontrar solidaridad mundial y regional, para lo cual aconseja “dejar de enfrentarse con el mundo en materia de comercio internacional, acatar fallos de organismos internacionales, normalizar, dentro de lo posible y en condiciones razonables, las relaciones financieras, en síntesis, mostrarse como un país ‘normal’ que ‘juega con las reglas’ y no que anda reclamando excepciones hasta en la FIFA. Presentarse al mundo como un país normal que defiende sus derechos, pero que reconoce las limitaciones de la ley y las buenas costumbres y que tiene una propuesta negociadora concreta, más allá de un justo reclamo, le quitará argumentos al Reino Unido y a los habitantes de las islas”, finaliza.
Es decir, lo mismo que propusieron Cavallo y su aluvión de seguidores (Neustadt a la cabeza) para que el país definitivamente entrara en la senda del crecimiento gracias a la montaña de inversiones que vendrían a una nación respetuosa de las reglas de juego neoliberales. Una nación que debía seducir a los dueños del dinero con una promesa de relaciones carnales. Creencia que se demostró tan falsa antes en Argentina como ahora en Grecia, Italia, España, Portugal y el resto de Europa.
Peor aún: con un argumento parecido, la dictadura emprendió la aventura invasora de 1982, cuando pensó que el trabajo sucio hecho en el país y en Centroamérica en pos de las ideas “occidentales y cristianas” le iba a permitir legitimarse cumpliendo con un viejo reclamo del pueblo argentino.
En el Viejo Continente, mientras tanto, los organismos centrales intentan intervenir en la gestión (no en el matrimonio, se entiende) de la crisis de países “menores”. Pero los gobiernos ya empiezan a mostrarles los dientes a las agencias calificadoras como la que quisiera emular Szewach. Y Londres se refugia en su propio archipiélago para no ceder soberanía a la Unión Europea.
Tiempo Argentino
Febrero 5 de 2012
sábado
Fuego amigo en el gobierno de Brasil
Desde hace algunos meses, este concepto se convirtió en un clásico en la política brasileña. El jueves se fue otro miembro del gabinete de Dilma Rousseff, alegando que cayó víctima de conjuras de los medios de información, pero sobre todo del “fuego amigo”, que lo fue limando para quitarlo de en medio en un ministerio clave para los dos proyectos más grandes tendientes a ubicar a Brasil como la potencia del siglo XXI: el Mundial de Fútbol del 2014 y las Olimpíadas de Río de 2016.
Mario Negromonte dejó su cargo en la cartera de Ciudades (algo así como Interior) luego de denuncias sobre sus presuntas vinculaciones con hechos de corrupción de distinto calibre. Hubo una investigación de la revista Veja que lo hace aparecer ofreciendo 30 mil reales a diputados de su propia bandería, el Partido Progresista (PP) para mantener su influencia dentro en la agrupación. Lo demás es lo usual: contrataciones irregulares de parientes y favorecidos, algún vuelto tras un desvío de fondos. En un caso, sin embargo, el tema parece una disputa de intereses comerciales. Se lo acusa de haber autorizado la construcción de una especie de tranvía en Matto Grosso, en lugar de una línea de ómnibus rápidos acordada por una gestión anterior.
Las denuncias, según indica el acusado, habrían surgido de filtraciones de correligionarios. El PP integra la coalición gobernante desde su costado más conservador. Nacido de sucesivas divisiones dentro de la Alianza Renovadora Nacional (Arena), el partido creado por la dictadura militar con el ánimo de perpetuar su proyecto político, llegó a estar en la misma vereda que el inefable Fernando Collor de Melo, obligado a renunciar luego de los escándalos de corrupción más grandes en la historia del Brasil moderno. Luego se acercó a otro Fernando, Henrique Cardoso, también presidente constitucional. Como no pueden estar demasiado lejos del poder, por lo que se ve, integran el frente de doce agrupaciones que armó el Partido de los Trabajadores (PT) con Lula a la cabeza. Y en la última elección obtuvo 44 bancas en diputados y cuatro senadores, convirtiéndose en el cuarto más grande del país.
Razón suficiente para que el remplazante del ministro defenestrado también sea del PP. Se trata de Aguinaldo Ribeiro, un ingeniero en administración de empresas que ocupó un cargo en Medio Ambiente y Recursos Hídricos en Paraíba y no está demasiado bien visto por los sectores ubicados más a la izquierda en el Partido Trabalhista y sobre todo en los movimientos sociales.
La cuenta de ministros que se tuvieron que ir del gobierno desde que Dilma Rousseff remplazó a Lula da Silva el 1° de enero de 2011 es inusual. Son siete los que tuvieron que irse por denuncias de corrupción. Entre ellos, una mayoría cayó, según susurraron, más tarde, víctimas del “fuego amigo”.
Así lo interpretó el primero en tener que irse al túnel, el jefe del Gabinete Civil, Antonio Palocci, hombre con antecedentes como se verá algunas líneas más abajo. Otros, como los titulares de Transporte, Alfredo Nascimento, de Turismo, Pedro Novais, y de Deportes, Orlando Silva, estaban de algún modo vinculados a los planes faraónicos de construcción que el Mundial y las Olimpíadas abren. El ministro de Agricultura, Wagner Rossi, y de Trabajo, Carlos Lupi, que también quedan en descubierto, podrían ser encuadrados como rencillas partidarias.
Ahora está en la picota el mandamás de Hacienda, Guido Mantega. Una suerte de héroe financiero en la gestión del PT, admirado en los centros internacionales y puertas adentro del país. Mantega deberá rendir cuentas ante el Parlamento para explicar las razones de la expulsión del presidente de la Casa de la Moneda, Luiz Felipe Denucci, acusado de haber cobrado monumentales coimas (nada menos de 25 millones de dólares) para beneficiar a empresarios en licitaciones públicas. Dicen que Mantega está armando las valijas para irse del ministerio. En su caso el remplazo será sin dudas del PT. Después de todo, es asesor de Lula desde hace años y remplazó a Antonio Palocci en 2006 con las primeras denuncias en su contra por corrupción. Con lo que se cerraría el círculo a toda una era en la historia brasileña que inauguró en 2003 el dirigente metalúrgico.
El caso más espinoso de resolver será
entonces el del área de Trabajo, que en el reparto de roles de la coalición gobernante le tocaba al Partido Demócrata Trabalhista (PDT). El renunciante Lupi fue remplazado provisoriamente por un funcionario de carrera con un perfil técnico, que a los miembros del PDT no les cae nada bien. Y tienen cómo hacérselo saber a Dilma, quien antes de integrarse al PT, en 2002, formó parte de esta agrupación de tinte laborista que se jacta de ser heredera del legado de Getulio Vargas, y fuera fundada en 1980 por el legendario Leonel Brizola. Por eso presionan a la mandataria por colocar a uno de los suyos en tan estratégica ubicación.
La presidenta, mientras tanto, volvió de una gira por el Caribe, donde demostró una vez más el rol que quiere para su país: visitó Cuba a pocos días del 50 aniversario del bloqueo para firmar acuerdos comerciales que ubican al gigante sudamericano como socio privilegiado de los cubanos. En pocas semanas cargará nuevamente las valijas para una gira que la llevará a Alemania, Estados Unidos, Colombia y la India. Con su colega Angela Merkel inaugurarán una feria de tecnología e innovación digital y en Washington será recibida por el presidente Barack Obama, intercambio de gentilezas luego de la visita que el estadounidense le hizo el año pasado. En Nueva Delhi, Dilma participará de una cumbre de jefes de Estado del grupo BRICS, que integran con Rusia, China y Sudáfrica, y en Cartagena protagonizará la VI Cumbre de las Américas.
Dentro de su país, la aprobación popular, de acuerdo a las últimas encuestas, supera el 59%, a pesar de las continuas crisis ministeriales y de la forma de resolverlas de esta ex presa política: siempre del modo más expeditivo. En su primer año como mandatario, Lula nunca pasó del 42% de aprobación, dato no menor en este caso.
Analistas políticos como Lucas González, de la UNSAM, explican que si bien en el PT muestran los dientes contra las decisiones de Dilma y dentro de la alianza algunos, como el poderoso PMDB, amenazan con boicotear las reformas en el Congreso, “esto no parece estar afectando la gobernabilidad de manera negativa, sino todo lo contrario”. Según esta lectura, la falta de carisma de Dilma la hace encarar las decisiones con más vigor y menos contemplación que el líder obrero, más flexible porque se sabía con espalda política para aguantar el chubasco: “Hasta ahora, los cambios en el gabinete frente a los escándalos han beneficiado a la presidente en términos de aumento en su popularidad y la conformación de un gabinete más cercano a sus preferencias. Quizás sea una estrategia poco ortodoxa y que ha generado varios enojos en Brasilia; pero la ortodoxia no es siempre la mejor aliada de un presidente que quiere alterar el statu quo.”
Tiempo Argentino
Febrero 4 de 2012