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sábado

Israel-Palestina: ¿dos estados imposibles?



Norman Finkelstein nació en Nueva York, hijo de sobrevivientes del gueto de Varsovia  de campos de concentración nazis.  Daniel Baremboim nació en Buenos Aires, donde sus padres buscaron refugio de las persecuciones en Rusia. David Grossman nació en Jerusalén y perdió un hijo, soldado, en un ataque de Hizbullah en el sur del Líbano en 2006. Carlos Escudé nació en Buenos Aires y se convirtió al judaísmo cuando ya había pasado largamente el medio siglo de vida. Son cuatro casos apenas que a su modo reflejan posturas tan claras como diferenciadas en relación con el conflicto en Medio Oriente.
Para Finkelstein, entender la cuestión es sencillo: las relaciones internacionales se ordenan de acuerdo a legislaciones más o menos consensuadas en la Organización de Naciones Unidas (ONU) y el Tribunal de La Haya y a esta altura Israel lleva desoídas varias de sus resoluciones, con lo que cualquier solución debe ser política. Baremboim, que tiene pasaportes como argentino, español, israelí y también palestino, piensa que "no es un conflicto político, sino uno humano entre dos pueblos que comparten la profunda y aparentemente incompatible creencia de que tienen un derecho sobre el mismo pequeño pedazo de tierra".
Grossman lamenta que vayan creciendo los israelíes que en su país ahora descreen de una solución posible para un conflicto que ya se llevó miles de vidas y lo sigue haciendo de un modo brutal con regularidad escandalosa. Escudé, en cambio, dijo alguna vez que “no todos los problemas humanos tienen solución, y el de Medio Oriente es un conflicto que tal vez no la tiene”.
Como en todo análisis que intente no caer en el pesimismo, es bueno partir desde algún punto para desmenuzar las divergencias en torno de esta delicada cuestión. Delicada por las consecuencias humanas y políticas que acarrea y por las pasiones que despierta en sectores de lo más disímiles.
Es bueno entonces recordar que árabes y judíos no han sido a lo largo de la historia enemigos irreconciliables. Más aún, los períodos de oro de la cultura árabe coincidieron en Al Ándalus, la región del sur de España más cercana al África, con la era dorada de la cultura judía.
Moros y sefaradíes convivieron durante ocho siglos en la península ibérica y pudieron alumbrar a pensadores de la talla del árabe Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd (más conocido en su versión castellana de  Averroes) con el judío Moshé ben Maimón (Maimónides), nativos los dos de Córdoba. Salvo aislados incidentes, la coexistencia fue pacífica y ambos pueblos –ambas culturas- tuvieron destino de exilio cuando los reyes católicos lograron derrotar al Reino musulmán de Granada. Justo en ese 1492 cuando la España imperial también llegaba a América, de la mano del navegante genovés Cristóforo Colombo.
La expulsión de islamitas y judíos privó a España de los dos pilares más desarrollados de la cultura ibérica. Recién hace un par de meses el gobierno de Mariano Rajoy aceptó un reconocimiento histórico al aprobar una ley que permite a los descendientes de sefaradíes obtener la ciudadanía española, donde quiera que hayan terminado sus ancestros. Muchos otros tuvieron que convertirse al catolicismo o padecer el fanatismo criminal de la Inquisición, al igual que los creyentes de Alá.
Los judíos sufrieron persecuciones en el resto de los países de Europa, sobre todo en las regiones del este. “Pogrom” es una palabra que se traduce como devastación o disturbio y se aplicó a los violentos ataques contra poblaciones judías. La palabra es rusa y las persecuciones eran en la época zarista. “Ghetto” es un término que remite a los barrios cercados durante el nazismo, pero es una palabra en italiano que se relaciona con los vecindarios judíos de Venecia, desde donde el vocablo se trasladó al resto de la  Europa central y  oriental. Ninguno de los dos términos se relaciona con la cultura árabe.
El sionismo, por otro lado, es un movimiento político desarrollado por el húngaro Teodoro Hertzl tras el llamado Caso Dreyfuss, por el capitán del ejército francés que terminó condenado por un delito que no había cometido, víctima de un clima antisemita creciente en la Francia de fines del siglo XIX.
Fue entonces que los judíos europeos tomaron conciencia de que en un contexto de avance de los nacionalismos –era el período de las formaciones nacionales modernas, tras la unificación de Italia y Alemania fundamentalmente – había pocas esperanzas de que pudieron desarrollarse en un espacio de libertad y seguridad personal. Era una época de oro para la cultura europea  -¿o habría que hablar de cultura judía?- con el florecimiento de figuras de la talla de Einstein, Freud, Marx, Buber por citar solamente a algunos.
Los judíos europeos, según el historiador israelí Zeev Sternhell,  tenían en ese momento dos opciones: integrarse a sus países de nacimiento o fundar su propio estado. Bloqueada la posibilidad de integrarse como consecuencia de los pogromos y de la suerte corrida por el militar francés, quedaba la respuesta de un Estado Nacional, ¿pero dónde?  La elección fue volver a la Tierra Prometida, el Eretz Israel. Fue así que comienzan a llegar a Palestina las primeras oleadas de inmigrantes durante la llamada Primera Aliyá, en 1882.
No es que en Palestina no hubiera judíos, pero la mayoría de la población era musulmana. En ese momento el territorio formaba parte del Imperio Otomano. No había mayores conflictos ni raciales ni religiosos, al punto que la guerra de Crimea de 1854 se comenzó a gestar en el plano ideológico –toda guerra es económica y geopolítica en primer término pero se fundamenta en cuestiones culturales- a partir del reclamo que hacían los zares de protección a los peregrinos cristianos ortodoxos que querían visitar los Santos Lugares.
Pero la Gran Guerra se llevó puesto al último sultán otomano y para el fin de la contienda, los británicos habían logrado repartirse con los franceses el control de la región. La Declaración de Balfour de 1917 prometía “los mejores esfuerzos” para apoyar la creación de un “hogar nacional para el pueblo Judío” en Palestina. Pero casi en simultáneo el alto comisionado británico para Egipto, Henry McMahon, con el fin de que los árabes se rebelaran contra el Imperio Otomano para apoyar a los Aliados en la Primera Guerra Mundial, también le había prometido el control de la región al Sharif de la Meca, Hussein.
Como sea, siguieron llegando inmigrantes judíos cuando el territorio quedó como Protectorado británico, al fin de la guerra. Y los nuevos pobladores fueron creando instituciones que cumplían funciones estatales, como la Histadrut. Las oleadas de perseguidos que se fueron sumando, sobre todo desde que el nazismo tomó el poder en Alemania, fue cada vez mayor.
La segunda guerra dejó como saldo horroroso el Holocausto de seis millones de judíos. Fue la prueba más contundente de que quienes pensaban que Europa no era un lugar seguro tenían razón. Fue, también, el momento en que la dirigencia del Eretz Israel –encolumnada detrás de Ben Gurión-decidió dar la última puntada para la creación del estado judío.
Como recordaba Rodolfo Walsh en una serie de artículos escritos en 1973 para el diario Noticias, los que llegaban a Medio Oriente eran los judíos pobres, que habían sido los que pudieron sobrevivir a los campos de concentración y vagaban sin rumbo porque lo habían perdido todo. Eran masas de desesperados en busca de un lugar donde poder soñar con un futuro de paz.
La visión para los palestinos era bien otra. Los que llegaban no lo hacían a un territorio vacío. Podrían considerarse, siguiendo a la Biblia, que eran un pueblo originario. Pero eso también podría argumentar los árabes nativos, que por otro lado comparten raíces semíticas. Suele decirse que así como los mexicanos, peruanos o bolivianos descienden de los pueblos originarios, los argentinos descienden de los barcos. Algo similar podrían sostener los palestinos de entonces: los israelitas también descendían de los barcos.
Hay muchas semejanzas entre la forma en que Palestina fue recibiendo nuevas oleadas de población venida de otros lares y el modo en que españoles pobres y luego italianos y anglosajones míseros vinieron a América en busca de un destino mejor. Porque una cosa es el trabajador que emigró para huir de la miseria y otra los imperios lanzados a la conquista de las riquezas sin la menor consideración humana.  Esos imperios invasores destruyeron culturas, se apropiaron de recursos incalculables pero sobre todo asesinaron y sometieron a los peores vejámenes a millones de indígenas desde casi ese mismo año de 1492 en lo fue que uno de los mayores genocidios en la historia de la humanidad. ¿Se los debería poner en la misma lista que la de los que vinieron a ganarse la vida?
También el África negra sufrió y sufre las consecuencias de la codicia y la barbarie. Dos “virtudes” bien occidentales que los europeos suelen enmascarar de progreso civilizador. La Biblia y el garrote, dos instrumentos de sometimiento brutal que provocaron otro genocidio imposible de estimar en términos matemáticos. Es que los pueblos donde se produjeron las sangrías no tenían posibilidad de dejar registro porque eran ágrafos.

Continuará con los siguientes temas:
-La construcción del Estado y el abandono del universalismo.
-Las resoluciones de la ONU y las guerras árabe-israelíes.
-Fronteras seguras y la solución de los dos estados.
-Bloqueo a Gaza y túneles. ¿Es aceptable el argumento de los escudos humanos?
-El modelo boliviano y Nelson Mandela como ejemplos de integración.

Julio 26 de 2014

lunes

Un siglo de una guerra sin fin


http://www.accion.coop/wp-content/uploads/2014/06/149-4.jpgLas fechas para dar como inicio de la Primera Guerra Mundial pueden ser imprecisas: tal vez el 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, heredero del imperio austro-húngaro, fue asesinado en la ciudad bosnia de Sarajevo a manos de un integrante de un grupo nacionalista serbio. O cuando Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia, el 28 de julio. O quizás cuando, luego de varias escaladas bélicas, Inglaterra hizo lo propio contra Alemania, el 4 de agosto. Algunos historiadores amplían el panorama y entienden que la llamada Gran Guerra, en realidad, fue la ruptura de un precario equilibrio conseguido tras la guerra franco-prusiana de 1871 y del mal resuelto reparto del mundo establecido entre las potencias imperiales en la conferencia de Berlín, en 1884. Incluso hay quienes retrotraen los antecedentes a resquemores crecientes desde el Congreso de Viena, que trazó nuevas esferas de influencia en Europa tras la derrota de Napoleón, en 1814.
Más difícil se hace ponerle fecha de finalización, porque hay coincidencia absoluta en que la Segunda Guerra fue una nueva batalla de esta perenne disputa para dirimir en los campos de batalla la preponderancia económica, política y militar entre las potencias centrales. Incluso se puede aventurar que episodios mundiales recientes –como la situación en Oriente Medio, en Ucrania y en las regiones de África que fueron colonias francesas, al igual que antes en Libia y en los países árabes del norte del Sahara– dan cuenta de que la Gran Guerra no terminó. Mal que le pese a quienes pronosticaban el fin de la Historia.
Así lo entiende Juan Manuel Karg, licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (CCC). «La situación en Ucrania y la interpretación sobre lo que sucede en Siria vuelven a poner en consideración una disputa por la hegemonía mundial entre grandes potencias», adelanta Karg. «El progresivo declive de Estados Unidos en su papel de “hegemón” mundial provocó la emergencia de nuevos polos de poder: hablamos principalmente de China y Rusia, quienes junto con Brasil, India y Sudáfrica crearon el grupo BRICS».
Si de lo que se trata es de recordar el inicio de la Primera Guerra, para entonces Estados Unidos era seguramente el país más poderoso de la Tierra en términos económicos, pero practicaba una política de aislacionismo de los problemas europeos. Más bien estaba interesado en la expansión y consolidación de sus intereses en América Latina y el Pacífico, a través de sus primeras incursiones en Hawai y Filipinas.
El mapa en 1914 era bien diferente del actual y hasta puede decirse que esa bárbara contienda que dejó al menos 20 millones de muertos y millones de mutilados al mismo tiempo fue la tumba de varios imperios que quedaron para los libros de Historia. Pero también dejó a la intemperie otras situaciones que no se terminaron de resolver aún y muestran semejanzas que en el mejor de los casos resultan preocupantes.
Es bueno recordar, con Gabriela Nacht, historiadora y miembro del Departamento de Historia del CCC, que «la paz armada de los primeros años del siglo XX se basó en un delicado sistema de alianzas que, más que evitar la confrontación, llevó a la carrera armamentista y, finalmente, a la Gran Guerra. Fundamentalmente, por un lado, se encontraban Francia, Gran Bretaña y Rusia (la Triple Entente), y enfrente, las potencias centrales, Alemania y Austria-Hungría. Pero otros países también estaban implicados. Todos tenían entre sí tensiones territoriales e intereses en pugna en territorios europeos colonizados o zonas comercialmente estratégicas. Era como una fila de dominó: volteada la primera, todas caerían sucesivamente».
La primera fue, claro, el homicidio del archiduque de Austria. Un nativo de Sarajevo, la ciudad donde se encendió aquella «mecha», el director Emir Kusturica, lejos de considerar el ataque de Gavrilo Princip como un acto terrorista lo califica de «tiranicidio», sin medias tintas. «El tiro que mató a Francisco Fernando tiene también su dimensión social y fue, de hecho, el inicio de la liberación de los pueblos que vivían en la esclavitud en Bosnia-Herzegovina», señaló el director de Underground y Gato negro gato blanco, dos joyas del cine universal.

Siria. El derrumbe del Imperio Otomano generó nuevos escenarios de disputa. (Khatib/AFP/Dachary)
Pero básicamente, esa fue una guerra por los mercados y por las colonias. Con un capitalismo en su período de más crudo expansionismo de la mano de una nueva etapa de la Revolución Industrial, con avances impresionantes en la tecnología; la «locomotora» alemana competía con la todavía poderosa industria británica. Eso sin dejar de lado resquemores nacionalistas que se mantenían latentes desde siglos. «Francia guardaba resentimiento contra Alemania por su derrota en la guerra franco-prusiana y añoraba las provincias perdidas de Alsacia y Lorena. Los alemanes, a su vez, veían con disgusto el desequilibrio entre su poder marítimo y colonial y el del Imperio Británico», sostiene Enrique Manson, docente e historiador del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego. Alemania –en rigor de verdad, el II Reich– era fuerte en el continente, pero Gran Bretaña era la dueña de los mares. Era un equilibrio que no podía durar mucho.
A la hora de ponerle cifras a la cuestión, Nacht acota que «para 1909 el Imperio Británico controlaba el 20% de la superficie y el 23% de la población mundiales». Por otro lado, los otros dos grandes imperios multinacionales, el zarista y el otomano, eran poderosos sólo en cuanto a extensión y a una cierta capacidad bélica basada en el número de soldados que podían disponer prontamente en un campo de batalla, pero a nivel de desarrollo social e industrial estaban poco menos que en la Edad Media. Sin embargo, en sus áreas de influencia se llevarían a cabo transformaciones que cambiarían el sentido del siglo XX y todavía representan un foco de tensiones permanentes».
Baste decir que la excusa para la guerra surgió en un territorio en disputa –los Balcanes– que hasta no hacía mucho había pertenecido a los turcos y que había sido motivo de anteriores guerras con Rusia, que reivindicaba la defensa de la población eslava, y con la casa real de los Habsburgo; cristianos ortodoxos unos y católicos los otros, en oposición a musulmanes. Además, todo el Oriente Medio –que incluye a la actual Siria y, por supuesto, a Israel y Palestina– había estado en manos del Imperio Otomano desde al menos 1520. Muchos de los problemas actuales no se habían manifestado por entonces.
El desmembramiento de la Sublime Puerta de Estambul –como se denominaba a la sede del gobierno otomano y que devino en sinónimo del imperio– llevó consigo a la creación de la Turquía moderna, pero también implicó la pérdida de territorios y, en el camino, el exterminio de buena parte de la población armenia desde 1915. Como colofón, dejó a la deriva a regiones de población mayoritariamente árabe que aún no se habían planteado la creación de un estado nacional. Es el caso de los pobladores de Palestina, que comenzaban a recibir las primeras oleadas de judíos de la diáspora que buscaban su lugar en el marco de las persecuciones que se hacían más frecuentes en el centro de Europa.
En Rusia, la implosión de Imperio zarista en medio de una guerra devastadora que se consumía a generaciones enteras de habitantes pobres –que eran, obviamente, los que integraban la tropa– generó las condiciones para la toma del poder por los bolcheviques, en octubre de 1917. La firma de la paz con los imperios centrales implicó la cesión de territorios en el oeste, y en primera fila de Ucrania. Fue la cesión temporal que facilitó la creación del estado soviético.
En 1917, Estados Unidos recién entraba en la guerra del lado de sus aliados «naturales»: Gran Bretaña y Francia. Recuerda Enrique Manson que no fue esa la única «incorporación» al teatro de operaciones desde el inicio de la conflagración. «Movidos por causas diversas o por la influencia de las potencias dominantes, al bando de Berlín y Viena se sumaron Turquía y Bulgaria, y a los “aliados”, Bélgica, Japón, Grecia, Rumania, naturalmente Serbia, y Portugal. Italia, aliada en tiempos de paz de Austria-Hungría y Alemania, terminó luchando junto con ingleses y franceses».

Máquinas para la muerte
La Gran Guerra se caracterizó por la utilización de la tecnología más sofisticada conocida hasta entonces. Desde aparatos bélicos, como los tanques y los aviones, hasta gases mortales. Nada se ahorró para crear verdaderos infiernos en cada batalla. Sin embargo, otra de las características es que se trató de una guerra de posiciones. Los ingenios destructores resultaban tan precisos que la antigua guerra en los campos de batalla ya no era provechosa. Con fusiles de alcance de hasta 2.000 metros, las tropas debían establecerse en trincheras. Algunos de los hitos más importantes y recordados, como las batalles de Verdún (ver aparte), Marne o Somme, resultaron en meses de prolongado estacionamiento, sólo quebrado por algún milagroso avance, o en tendales de víctimas hoy día impensables. En ese escaso margen de maniobra, y sin la posibilidad de medicamentos –la penicilina y otros antobióticos aún no se habían descubierto–, los heridos que morían por infecciones y gangrenas que poco después serían curables se contaron por millones. Pero además se produjeron arsenales químicos –como los que ahora se obligó a destruir al gobierno sirio– que llevaron los confines éticos en la guerra a niveles desconocidos por la civilización europea dentro de su propio territorio.
Nacht agrega que, además, «fue la primera guerra de masas, porque movilizó material y efectivamente a naciones enteras, y la desmovilización posterior se llevó a cabo en cada país a través de fuertes conflictos sociales. Quedó trazado, también, un nuevo mapa europeo: como producto de la desintegración de los imperios centrales, del zarismo y del otomano, se crearon los estados de Yugoslavia, Checoslovaquia (hoy también diluidas), Polonia, Austria, Hungría, Letonia, Estonia, Lituania y Finlandia. Las potencias vencedoras se repartieron los viejos dominios asiáticos de los turcos».
Ucrania. El centro de Europa vuelve a sufrir las consecuencias de enfrentamientos ancestrales por el dominio de la región. (Supinsky/AFP/Dachary)
Pero hay un detalle no menor que apenas 20 años más tarde culminaría en la segunda etapa de esa brutal contienda, con una furia criminal aún más sofisticada, cuando las tropas nazis atacaron Polonia en 1939. «La paz firmada en Versalles en junio de 1919 haría recaer toda la responsabilidad de la Primera Guerra en los vencidos, generando un desequilibrio que hizo ineficiente a la Sociedad de las Naciones (primer antecedente de la ONU) y que llevaría, crisis económica mediante, a la Segunda Guerra Mundial», señala Nacht.

Nacionalismos en alza
La Gran Guerra también generó transformaciones sociales. Porque la Europa de entonces estaba efectivamente recorrida por un fantasma, el de la revolución socialista, que desde la creación del soviet ruso hizo temer a la dirigencia europea que los privilegios que no se perdían en los campos de batalla se podrían perder en manos de sus propios trabajadores. En efecto, el nacimiento de la Unión Soviética aceleró la firma de la paz mucho más que el ingreso del refresco que implicó el arsenal y los ejércitos que desplegó Estados Unidos.
No hay que olvidar que los sentimientos nacionalistas que se iban consolidando en el territorio europeo desde fines del siglo XIX, cuando se hacía evidente que las casas reales más antiguas del continente ya no estaban en condiciones de dar respuesta a la situación, pronto degeneraron en climas fascistas y en el surgimiento de las más bestiales xenofobias, encarnadas en muy poco tiempo en el nazismo alemán y el fascismo italiano, con reminiscencias en sectores xenófobos de Francia y los países nórdicos.
El resultado de las últimas elecciones para la Eurocámara hace temer a muchos analistas un déjà vu de aquellos momentos trágicos, esta vez con un continente militarmente copado por la OTAN, que obedece a los dictados del Pentágono, pero económicamente sometidos a la potencia industrial del continente, Alemania. La unidad europea, fruto del entendimiento entre franceses y germanos en torno de las riquezas que los enfrentaban desde la Revolución Industrial, el carbón y el acero de Alsacia y Lorena, devino en un fuerte crecimiento de los alemanes y en menor medida de los galos. Pero las leyes de la economía, a través de Bruselas, se establecen con mano de hierro desde Berlín.
Para Gabriela Nacht, el gran ganador de la Primera Guerra fue Estados Unidos, «el único de los países vencedores cuyo territorio no se vio afectado por la guerra, y que pudo aprovechar el espacio dejado por las potencias debilitadas». Es precisamente en la década del 20 que los capitales estadounidenses se derraman por todo el planeta, señala la historiadora del CCC. Allí sentaría los primeros pilares de su hegemonía mundial, que se consolidaría tras derrotar a Alemania y Japón dos décadas más tarde. «Sólo el fortalecimiento de la Unión Soviética significaría un contrapeso en el siglo XX, además de la contención de los conflictos territoriales en el este europeo».
Pero la desintegración de la URSS en 1991 volvería a poner sobre la agenda la cuestión nacional. «Yugoslavia estalló en todos los pedazos que la integraban forzadamente. Y esos pedazos sacaron a relucir enemistades mortales y seculares. Menos cruenta fue la división entre checos y eslovacos», apunta Manson. La Unión Europea, junto con la OTAN, tuvo un papel preponderante en el desmembramiento del país creado en 1918 en los Balcanes y desarrollado como un socialismo autónomo con el liderazgo del mariscal Tito desde los años 40. También lo tienen ahora con el acelerado «corrimiento» de la frontera europea más cerca de Moscú, mediante la incorporación de Polonia y los países bálticos al escudo de misiles desperdigados a voluntad de Estados Unidos por la organización atlántica.
«Frente a este escenario –entiende Karg– Estados Unidos negocia en secreto un tratado de libre comercio con la UE, llamado TAFTA (Trans-Atlantic Free Trade Agreement). El dato no es menor: un acuerdo entre ambos en este tema representaría una asociación de más del 40% del PBI mundial, junto con un tercio de los intercambios comerciales mundiales». El objetivo que parece evidente es crear un contrapeso a los emergentes que se nuclean en los BRICS, que representan al 40% de la población, y que en un contexto de crisis muestran economías en crecimiento».
La piedra en el zapato de esta jugada en el tablero estratégico es que en varias naciones de Europa la población cada día da más muestras de rechazo al plan pergeñado en los escritorios de Bruselas, Washington o Berlín. Fundamentalmente porque no les sirve para resolver los problemas de la vida cotidiana, en medio de una crisis interminable. Lo demostraron al apoyar en algunos distritos a euroescépticos por derecha y xenófobos, como la francesa Marine Le Pen, los británicos del partido UKP, los ultras dinamarqueses y, en menor medida, el holandés Geert Wilders, pero también al votar a contestatarios por izquierda como los griegos de Syriza o los españoles de Podemos.
Karg recuerda una frase reciente del ex canciller alemán, Helmut Schmidt, uno de los más fuertes impulsores de la unidad continental durante su gestión, entre los 60 y los 80, al analizar este panorama en el contexto de los desafíos que se le presentan al proyecto europeísta: «El riesgo de que la situación se agrave como en agosto de 1914 crece día a día».

Entrevista Patricio Geli, historiador
DESDE LA INDIA A MALVINAS

http://www.accion.coop/wp-content/uploads/2014/06/149-6-RECUADRO.jpgEs historiador y profesor de Problemas del Mundo Contemporáneo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, pero principalmente es un entusiasta investigador sobre los cambios que produjo aquel conflicto bélico iniciado en 1914.
–¿Por qué dice que fue la primera guerra realmente mundial?
–Nosotros, como país de inmigración, conocemos el escenario europeo, donde efectivamente hubo grandes matanzas. Pero no se repara en la cantidad de muertos en Asia o en África. Se decía que habían muerto unas 10 millones de personas, pero la cifra llega al doble si sumamos las otras regiones. En India, los ingleses vaciaron poblaciones enteras para llevar tropas a lugares donde sentían amenazadas sus posiciones. Un historiador africano me decía en un congreso: «Estuve paseando por Alemania y Francia y me he puesto a admirar los cementerios y pensaba qué suerte que tienen los europeos que tienen dónde enterrar a sus muertos en la guerra. En África, la gente moría y allí quedaba. Nosotros no podemos reconstruir la cantidad de muertos que hubo, porque no tenemos registros escritos. Los que hay son de los europeos, que, como son racistas, no nos toman en cuenta».
–Qué dato impresionante.
–Él me contaba que lo que saben de aquella época es por tradición oral. En las colonias francesas, por ejemplo, se coaccionaba a la población en un retorno de la esclavitud para ir a la guerra y los llevaban de 40 grados a 20 bajo cero en las trincheras. Eso despertó el racismo de los alemanes, que consideraban que franceses y británicos faltaban al fair play porque llevaban a combatir a razas inferiores. Por eso se puede decir que desde los campos de Somme (la batalla donde murieron más de un millón de soldados) y el genocidio armenio, uno puede llegar hasta Auschwitz e Hiroshima. Pero hubo otras consecuencias asociadas.
–¿Cómo cuáles?
–Se desarrolla una epidemia de gripe española propagada por las tropas de Estados Unidos, pero que se extendió muy rápidamente y que hace estragos hasta en China. Se supone que murieron unas 17 millones de personas a raíz de esto.
–¿Cómo afectó a Argentina?
–Económicamente, porque el país dependía del comercio exterior, pero además había una presencia importante de alemanes. Los ingleses destacaban barcos en la entrada del Río de la Plata para vigilar qué salía del país. No querían que los granos fueran a Alemania.
–Pero el país se mantuvo neutral.
–Hay que decir que Hipólito Yrigoyen defendió muy dignamente la neutralidad a pesar de las presiones que se daban desde la prensa y la oposición, que eran aliadófilos. Pero hubo una batalla importante en Malvinas.
–¿Cómo fue eso?
–Inglaterra tenía los mares controlados con su flota. Los alemanes no podían burlar ese bloqueo, pero un pequeño convoy logró salir y hubo un enfrentamiento frente a la Isla Coronel, en Chile, que sigue al sur de Malvinas, entre el archipiélago y las Georgia. Ganaron los británicos, que tenían mejores cañones y destruyeron a esa avanzada alemana.

Revista Acción
Julio 1 de 2014