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viernes

Obama, un Nobel entre el humo de la metralla

"Parte de nuestro desafío es reconciliar estos dos hechos aparentemente irreconciliables: que la guerra a veces es necesaria y que la guerra es, de cierta manera, una expresión de desatino humano." La frase resonó en el soberbio edificio de la municipalidad de Oslo, la capital de Noruega. Fue hace cinco años, el 10 de diciembre de 2009, y el que hablaba era el presidente Barack Obama, que había asumido el cargo once meses antes y era todavía una promesa de cambio al punto que le estaban entregando el Premio Nobel de la Paz. Fue más claro aun ese día, como para que ahora nadie se escandalice por lo que hizo desde entonces: "Los instrumentos de la guerra tienen un papel en mantener la paz."
La administración de Obama recomenzó en estos meses una escalada belicista que, muchos creyeron, venía para clausurar un lustro atrás. La enumeración puede resultar redundante, pero los conflictos más candentes sin duda están en el Medio Oriente y Ucrania. Y los ejes para entender lo que ocurre llevan al petróleo –como siempre– y a la geopolítica. Y ambos aspectos se dan la mano en este aniversario del Nobel a Obama.
El presidente Vladimir Putin, en su discurso sobre "el estado de la Nación", avisó ayer que "Rusia no se doblegará ante las presiones de Occidente". El mismo día que un ataque en Chechenia dejaba 20 muertos y el oro negro amenazaba con nuevas bajas, el presidente insistió: "O somos soberanos, o nos disolveremos en el mundo. Y, por supuesto, otras naciones deben entenderlo también."
Cuando el mandatario frenó el ansia de Obama por derrocar al presidente sirio Bachar al Assad, los europeos tuvieron la sensación de que el viejo Oso Ruso volvía a ser una amenaza.
Cierta o no, esa imagen llenó publicaciones académicas, mesas de estrategia y la fantasmagoría popular en los últimos tres siglos, desde el zarismo. Luego el Oso fue rojo y comunista. Pero a la caída de la Unión Soviética, por unos años el plantígrado parecía apaciguado. Fue en ese marco que la Unión Europea y la OTAN, la alianza militar que encabeza Estados Unidos, fueron avanzando hacia territorios de la ex órbita socialista.
Hasta que un día, Putin avisó que los rusos querían volver a ser considerados como potencia. La crisis ucraniana tiene mucho que ver con el intento europeo de marcarle la cancha. La respuesta fue la recuperación de Crimea, un símbolo nacional para los rusos, como ayer recordó Putin. El resto es historia actual: el este de Ucrania quiere anexionarse a la Federación, mientras que el oeste está cada vez más inclinado hacia Europa.
La penúltima jugada de Kiev fue elegir a mediados de año como presidente a un empresario de la industria de la golosina, Petro Poroshenko. Esta semana, el gobierno del "Rey del chocolate", como se lo conoce, designó un nuevo Gabinete con el declarado objetivo de acercarse más a la UE. Para lo cual debió nacionalizar de urgencia a tres extranjeros. Como si fuera poco, que habían trabajado para otros gobiernos. Si se tratara de seleccionados de fútbol, la FIFA los hubiera descalificado: ningún jugador puede integrar equipos de dos nacionalidades distintas.
Natalie Jaresko es hija de ucranianos que emigraron a Estados Unidos. Hizo carrera en el Departamento de Estado tras recibirse en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard y luego en Chicago. En la actividad privada fue miembro del staff del Western NIS Enterprise Fund y después fundó Horizon Capital, otro fondo de inversiones. Como diplomática, formó parte de la embajada estadounidense en Kiev, donde se mudó definitivamente en 1992, y apoyó con todos los recursos a la Revolución Naranja. Luego encontraría conchabo en el gobierno del luego derrocado Viktor Yushchenko. Ahora estará al frente de la cartera de Finanzas.
En Economía fue nombrado Aivaras Abromavicius. Nacido en Vilna, Lituania, el hombre está casado con una ucraniana y se autodefine como un patriota de la tierra de su esposa. Fue socio y gestor de fondos en East Capital, el más grande de Ucrania. Como quiera que sea, Jaresko y Abromavicius tienen residencia desde hace años en ese país. El caso más complicado de explicar para cualquier ley de residencia es el del nuevo titular de Salud. Aleksandr Kvitashvili nació en Georgia, donde ocupó el mismo cargo entre 2008 y 2010 con el entonces presidente Mijail Saakashvili. En su CV presenta graduación en la Universidad de Tbilisi y en la Robert Wagner de Nueva York. Los tres tuvieron que renunciar a sus anteriores ciudadanías para tomar el cargo, pero no se les exigió saber el idioma, como es de práctica en cualquier país del mundo. Es que Kvitashvili, aunque asegura amar a ese país,  no habla una palabra de ucraniano.
Mientras tanto en Estados Unidos, el gobierno anunciaba la postulación de Ashton Carter como nuevo secretario de Defensa para remplazar al republicano Chuck Hagel. Se dijo que Hagel se iba por su oposición a la estrategia de la administración demócrata sobre Irak y Afganistán. El analista Philip Giraldi, un ex CIA especializado en contraterrorismo que ahora es columnista televisivo, sostiene que Hagel –que participó en la guerra de Vietnam– "sabe lo que es la guerra" y por lo tanto no tiene como primera opción a la respuesta militar. Cosa que no ocurre "con el círculo íntimo de Obama", todos ellos académicos de hogares privilegiados cuyos "hijos no van a estar muriendo en algún agujero del infierno" y para los cuales el humo de la metralla "es una completa abstracción".
Carter, egresado también de la Escuela Kennedy de Harvard, fue socio senior en Global Technology Partners, una consultora integrada por ex oficiales del Pentágono que se dedica a asesorar en cuestiones de defensa e inversiones aeroespaciales, y tuvo contrato con Goldman Sachs, el mayor de los bancos de inversiones del mundo. En el gobierno de Bill Clinton fue secretario adjunto de Defensa.
La elección de Obama representa un mentís a su Premio Nobel, porque es volver a los representantes del aparto militar industrial que, por lógica, necesita alimentar sus ingresos mediante la guerra. Pero además es gente que aprovecha ese sistema que el uruguayo Eduardo Galeano considera uno de los mayores inventos actuales, la puerta giratoria.
"Robert McNamara encabezó la empresa Ford, donde hizo lo que pudo contra la naturaleza y contra los peatones distraídos, hasta que un giro de puerta lo lanzó a dirigir la matanza de Vietnam, durante unos cuantos años, y culminó su carrera exterminando países desde el Banco Mundial; Donald Rumsfeld fue jefe de gabinete del gobierno de los Estados Unidos, desde allí la puerta giratoria lo arrojó a una fábrica de Monsanto, la serial killer multinacional, donde legalizó venenos que habían sido prohibidos, hasta que la puerta giró nuevamente y apareció conduciendo la guerra de conquista del petróleo de Irak; Dick Cheney encabezó el Pentágono en el gobierno de Bush Padre y regaló jugosos contratos militares a su empresa Halliburton, y de ahí pasó al gobierno de Bush hijo, donde se ocupó de la demolición y la reconstrucción de Irak en beneficio de Halliburton, siempre en el centro de su generoso corazón."
Como frutilla del postre, los ministros de Relaciones Exteriores de los 28 países de la OTAN votaron el miércoles la creación de una nueva fuerza de acción rápida destinada a intervenir en Ucrania. "Es el mayor fortalecimiento de nuestra defensa común desde el fin de la Guerra Fría", reveló sin recelos el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.
El petróleo, en tanto, se mantenía a la baja. En 1971 Richard Nixon dejó de lado la convertibilidad con el oro y para sostener al dólar como moneda como reserva internacional, acordó con los países árabes –especialmente Arabia Saudita– que la venta de petróleo se haga "en verdes". A cambio, garantizó protección militar y política.
Ahora, Arabia lideró el rechazo de la OPEP al planteo venezolano de reducir la producción para incrementar el precio del crudo. La mayor producción mundial, dicen los expertos, se debe a la extracción de esquistos en Estados Unidos mediante el fracking. Desde la ocupación de Irak y Libia, dos grandes productores de la OPEP, el negocio es más controlable para los grandes centros de poder. Por otro lado, el grupo Estado Islámico, que ocupó zonas de explotación en la región, lo vende a precio vil al mercado europeo, alertó el jefe del Servicio Federal de Seguridad de Rusia (FSB), Alexánder Bórtnikov, en un foro en Kazajstan. La baja de precios amenaza a las economías de Venezuela y Rusia, en primer lugar. El rublo ya sufrió las consecuencias y Putin no lo ignora. En Oslo, Obama no había hablado de ese asunto, pero también esta puede ser una amenaza de males mayores.

Tiempo Argentino
Diciembre 5 de 2014
Ilustró Socrates


lunes

Un siglo de una guerra sin fin


http://www.accion.coop/wp-content/uploads/2014/06/149-4.jpgLas fechas para dar como inicio de la Primera Guerra Mundial pueden ser imprecisas: tal vez el 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, heredero del imperio austro-húngaro, fue asesinado en la ciudad bosnia de Sarajevo a manos de un integrante de un grupo nacionalista serbio. O cuando Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia, el 28 de julio. O quizás cuando, luego de varias escaladas bélicas, Inglaterra hizo lo propio contra Alemania, el 4 de agosto. Algunos historiadores amplían el panorama y entienden que la llamada Gran Guerra, en realidad, fue la ruptura de un precario equilibrio conseguido tras la guerra franco-prusiana de 1871 y del mal resuelto reparto del mundo establecido entre las potencias imperiales en la conferencia de Berlín, en 1884. Incluso hay quienes retrotraen los antecedentes a resquemores crecientes desde el Congreso de Viena, que trazó nuevas esferas de influencia en Europa tras la derrota de Napoleón, en 1814.
Más difícil se hace ponerle fecha de finalización, porque hay coincidencia absoluta en que la Segunda Guerra fue una nueva batalla de esta perenne disputa para dirimir en los campos de batalla la preponderancia económica, política y militar entre las potencias centrales. Incluso se puede aventurar que episodios mundiales recientes –como la situación en Oriente Medio, en Ucrania y en las regiones de África que fueron colonias francesas, al igual que antes en Libia y en los países árabes del norte del Sahara– dan cuenta de que la Gran Guerra no terminó. Mal que le pese a quienes pronosticaban el fin de la Historia.
Así lo entiende Juan Manuel Karg, licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (CCC). «La situación en Ucrania y la interpretación sobre lo que sucede en Siria vuelven a poner en consideración una disputa por la hegemonía mundial entre grandes potencias», adelanta Karg. «El progresivo declive de Estados Unidos en su papel de “hegemón” mundial provocó la emergencia de nuevos polos de poder: hablamos principalmente de China y Rusia, quienes junto con Brasil, India y Sudáfrica crearon el grupo BRICS».
Si de lo que se trata es de recordar el inicio de la Primera Guerra, para entonces Estados Unidos era seguramente el país más poderoso de la Tierra en términos económicos, pero practicaba una política de aislacionismo de los problemas europeos. Más bien estaba interesado en la expansión y consolidación de sus intereses en América Latina y el Pacífico, a través de sus primeras incursiones en Hawai y Filipinas.
El mapa en 1914 era bien diferente del actual y hasta puede decirse que esa bárbara contienda que dejó al menos 20 millones de muertos y millones de mutilados al mismo tiempo fue la tumba de varios imperios que quedaron para los libros de Historia. Pero también dejó a la intemperie otras situaciones que no se terminaron de resolver aún y muestran semejanzas que en el mejor de los casos resultan preocupantes.
Es bueno recordar, con Gabriela Nacht, historiadora y miembro del Departamento de Historia del CCC, que «la paz armada de los primeros años del siglo XX se basó en un delicado sistema de alianzas que, más que evitar la confrontación, llevó a la carrera armamentista y, finalmente, a la Gran Guerra. Fundamentalmente, por un lado, se encontraban Francia, Gran Bretaña y Rusia (la Triple Entente), y enfrente, las potencias centrales, Alemania y Austria-Hungría. Pero otros países también estaban implicados. Todos tenían entre sí tensiones territoriales e intereses en pugna en territorios europeos colonizados o zonas comercialmente estratégicas. Era como una fila de dominó: volteada la primera, todas caerían sucesivamente».
La primera fue, claro, el homicidio del archiduque de Austria. Un nativo de Sarajevo, la ciudad donde se encendió aquella «mecha», el director Emir Kusturica, lejos de considerar el ataque de Gavrilo Princip como un acto terrorista lo califica de «tiranicidio», sin medias tintas. «El tiro que mató a Francisco Fernando tiene también su dimensión social y fue, de hecho, el inicio de la liberación de los pueblos que vivían en la esclavitud en Bosnia-Herzegovina», señaló el director de Underground y Gato negro gato blanco, dos joyas del cine universal.

Siria. El derrumbe del Imperio Otomano generó nuevos escenarios de disputa. (Khatib/AFP/Dachary)
Pero básicamente, esa fue una guerra por los mercados y por las colonias. Con un capitalismo en su período de más crudo expansionismo de la mano de una nueva etapa de la Revolución Industrial, con avances impresionantes en la tecnología; la «locomotora» alemana competía con la todavía poderosa industria británica. Eso sin dejar de lado resquemores nacionalistas que se mantenían latentes desde siglos. «Francia guardaba resentimiento contra Alemania por su derrota en la guerra franco-prusiana y añoraba las provincias perdidas de Alsacia y Lorena. Los alemanes, a su vez, veían con disgusto el desequilibrio entre su poder marítimo y colonial y el del Imperio Británico», sostiene Enrique Manson, docente e historiador del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego. Alemania –en rigor de verdad, el II Reich– era fuerte en el continente, pero Gran Bretaña era la dueña de los mares. Era un equilibrio que no podía durar mucho.
A la hora de ponerle cifras a la cuestión, Nacht acota que «para 1909 el Imperio Británico controlaba el 20% de la superficie y el 23% de la población mundiales». Por otro lado, los otros dos grandes imperios multinacionales, el zarista y el otomano, eran poderosos sólo en cuanto a extensión y a una cierta capacidad bélica basada en el número de soldados que podían disponer prontamente en un campo de batalla, pero a nivel de desarrollo social e industrial estaban poco menos que en la Edad Media. Sin embargo, en sus áreas de influencia se llevarían a cabo transformaciones que cambiarían el sentido del siglo XX y todavía representan un foco de tensiones permanentes».
Baste decir que la excusa para la guerra surgió en un territorio en disputa –los Balcanes– que hasta no hacía mucho había pertenecido a los turcos y que había sido motivo de anteriores guerras con Rusia, que reivindicaba la defensa de la población eslava, y con la casa real de los Habsburgo; cristianos ortodoxos unos y católicos los otros, en oposición a musulmanes. Además, todo el Oriente Medio –que incluye a la actual Siria y, por supuesto, a Israel y Palestina– había estado en manos del Imperio Otomano desde al menos 1520. Muchos de los problemas actuales no se habían manifestado por entonces.
El desmembramiento de la Sublime Puerta de Estambul –como se denominaba a la sede del gobierno otomano y que devino en sinónimo del imperio– llevó consigo a la creación de la Turquía moderna, pero también implicó la pérdida de territorios y, en el camino, el exterminio de buena parte de la población armenia desde 1915. Como colofón, dejó a la deriva a regiones de población mayoritariamente árabe que aún no se habían planteado la creación de un estado nacional. Es el caso de los pobladores de Palestina, que comenzaban a recibir las primeras oleadas de judíos de la diáspora que buscaban su lugar en el marco de las persecuciones que se hacían más frecuentes en el centro de Europa.
En Rusia, la implosión de Imperio zarista en medio de una guerra devastadora que se consumía a generaciones enteras de habitantes pobres –que eran, obviamente, los que integraban la tropa– generó las condiciones para la toma del poder por los bolcheviques, en octubre de 1917. La firma de la paz con los imperios centrales implicó la cesión de territorios en el oeste, y en primera fila de Ucrania. Fue la cesión temporal que facilitó la creación del estado soviético.
En 1917, Estados Unidos recién entraba en la guerra del lado de sus aliados «naturales»: Gran Bretaña y Francia. Recuerda Enrique Manson que no fue esa la única «incorporación» al teatro de operaciones desde el inicio de la conflagración. «Movidos por causas diversas o por la influencia de las potencias dominantes, al bando de Berlín y Viena se sumaron Turquía y Bulgaria, y a los “aliados”, Bélgica, Japón, Grecia, Rumania, naturalmente Serbia, y Portugal. Italia, aliada en tiempos de paz de Austria-Hungría y Alemania, terminó luchando junto con ingleses y franceses».

Máquinas para la muerte
La Gran Guerra se caracterizó por la utilización de la tecnología más sofisticada conocida hasta entonces. Desde aparatos bélicos, como los tanques y los aviones, hasta gases mortales. Nada se ahorró para crear verdaderos infiernos en cada batalla. Sin embargo, otra de las características es que se trató de una guerra de posiciones. Los ingenios destructores resultaban tan precisos que la antigua guerra en los campos de batalla ya no era provechosa. Con fusiles de alcance de hasta 2.000 metros, las tropas debían establecerse en trincheras. Algunos de los hitos más importantes y recordados, como las batalles de Verdún (ver aparte), Marne o Somme, resultaron en meses de prolongado estacionamiento, sólo quebrado por algún milagroso avance, o en tendales de víctimas hoy día impensables. En ese escaso margen de maniobra, y sin la posibilidad de medicamentos –la penicilina y otros antobióticos aún no se habían descubierto–, los heridos que morían por infecciones y gangrenas que poco después serían curables se contaron por millones. Pero además se produjeron arsenales químicos –como los que ahora se obligó a destruir al gobierno sirio– que llevaron los confines éticos en la guerra a niveles desconocidos por la civilización europea dentro de su propio territorio.
Nacht agrega que, además, «fue la primera guerra de masas, porque movilizó material y efectivamente a naciones enteras, y la desmovilización posterior se llevó a cabo en cada país a través de fuertes conflictos sociales. Quedó trazado, también, un nuevo mapa europeo: como producto de la desintegración de los imperios centrales, del zarismo y del otomano, se crearon los estados de Yugoslavia, Checoslovaquia (hoy también diluidas), Polonia, Austria, Hungría, Letonia, Estonia, Lituania y Finlandia. Las potencias vencedoras se repartieron los viejos dominios asiáticos de los turcos».
Ucrania. El centro de Europa vuelve a sufrir las consecuencias de enfrentamientos ancestrales por el dominio de la región. (Supinsky/AFP/Dachary)
Pero hay un detalle no menor que apenas 20 años más tarde culminaría en la segunda etapa de esa brutal contienda, con una furia criminal aún más sofisticada, cuando las tropas nazis atacaron Polonia en 1939. «La paz firmada en Versalles en junio de 1919 haría recaer toda la responsabilidad de la Primera Guerra en los vencidos, generando un desequilibrio que hizo ineficiente a la Sociedad de las Naciones (primer antecedente de la ONU) y que llevaría, crisis económica mediante, a la Segunda Guerra Mundial», señala Nacht.

Nacionalismos en alza
La Gran Guerra también generó transformaciones sociales. Porque la Europa de entonces estaba efectivamente recorrida por un fantasma, el de la revolución socialista, que desde la creación del soviet ruso hizo temer a la dirigencia europea que los privilegios que no se perdían en los campos de batalla se podrían perder en manos de sus propios trabajadores. En efecto, el nacimiento de la Unión Soviética aceleró la firma de la paz mucho más que el ingreso del refresco que implicó el arsenal y los ejércitos que desplegó Estados Unidos.
No hay que olvidar que los sentimientos nacionalistas que se iban consolidando en el territorio europeo desde fines del siglo XIX, cuando se hacía evidente que las casas reales más antiguas del continente ya no estaban en condiciones de dar respuesta a la situación, pronto degeneraron en climas fascistas y en el surgimiento de las más bestiales xenofobias, encarnadas en muy poco tiempo en el nazismo alemán y el fascismo italiano, con reminiscencias en sectores xenófobos de Francia y los países nórdicos.
El resultado de las últimas elecciones para la Eurocámara hace temer a muchos analistas un déjà vu de aquellos momentos trágicos, esta vez con un continente militarmente copado por la OTAN, que obedece a los dictados del Pentágono, pero económicamente sometidos a la potencia industrial del continente, Alemania. La unidad europea, fruto del entendimiento entre franceses y germanos en torno de las riquezas que los enfrentaban desde la Revolución Industrial, el carbón y el acero de Alsacia y Lorena, devino en un fuerte crecimiento de los alemanes y en menor medida de los galos. Pero las leyes de la economía, a través de Bruselas, se establecen con mano de hierro desde Berlín.
Para Gabriela Nacht, el gran ganador de la Primera Guerra fue Estados Unidos, «el único de los países vencedores cuyo territorio no se vio afectado por la guerra, y que pudo aprovechar el espacio dejado por las potencias debilitadas». Es precisamente en la década del 20 que los capitales estadounidenses se derraman por todo el planeta, señala la historiadora del CCC. Allí sentaría los primeros pilares de su hegemonía mundial, que se consolidaría tras derrotar a Alemania y Japón dos décadas más tarde. «Sólo el fortalecimiento de la Unión Soviética significaría un contrapeso en el siglo XX, además de la contención de los conflictos territoriales en el este europeo».
Pero la desintegración de la URSS en 1991 volvería a poner sobre la agenda la cuestión nacional. «Yugoslavia estalló en todos los pedazos que la integraban forzadamente. Y esos pedazos sacaron a relucir enemistades mortales y seculares. Menos cruenta fue la división entre checos y eslovacos», apunta Manson. La Unión Europea, junto con la OTAN, tuvo un papel preponderante en el desmembramiento del país creado en 1918 en los Balcanes y desarrollado como un socialismo autónomo con el liderazgo del mariscal Tito desde los años 40. También lo tienen ahora con el acelerado «corrimiento» de la frontera europea más cerca de Moscú, mediante la incorporación de Polonia y los países bálticos al escudo de misiles desperdigados a voluntad de Estados Unidos por la organización atlántica.
«Frente a este escenario –entiende Karg– Estados Unidos negocia en secreto un tratado de libre comercio con la UE, llamado TAFTA (Trans-Atlantic Free Trade Agreement). El dato no es menor: un acuerdo entre ambos en este tema representaría una asociación de más del 40% del PBI mundial, junto con un tercio de los intercambios comerciales mundiales». El objetivo que parece evidente es crear un contrapeso a los emergentes que se nuclean en los BRICS, que representan al 40% de la población, y que en un contexto de crisis muestran economías en crecimiento».
La piedra en el zapato de esta jugada en el tablero estratégico es que en varias naciones de Europa la población cada día da más muestras de rechazo al plan pergeñado en los escritorios de Bruselas, Washington o Berlín. Fundamentalmente porque no les sirve para resolver los problemas de la vida cotidiana, en medio de una crisis interminable. Lo demostraron al apoyar en algunos distritos a euroescépticos por derecha y xenófobos, como la francesa Marine Le Pen, los británicos del partido UKP, los ultras dinamarqueses y, en menor medida, el holandés Geert Wilders, pero también al votar a contestatarios por izquierda como los griegos de Syriza o los españoles de Podemos.
Karg recuerda una frase reciente del ex canciller alemán, Helmut Schmidt, uno de los más fuertes impulsores de la unidad continental durante su gestión, entre los 60 y los 80, al analizar este panorama en el contexto de los desafíos que se le presentan al proyecto europeísta: «El riesgo de que la situación se agrave como en agosto de 1914 crece día a día».

Entrevista Patricio Geli, historiador
DESDE LA INDIA A MALVINAS

http://www.accion.coop/wp-content/uploads/2014/06/149-6-RECUADRO.jpgEs historiador y profesor de Problemas del Mundo Contemporáneo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, pero principalmente es un entusiasta investigador sobre los cambios que produjo aquel conflicto bélico iniciado en 1914.
–¿Por qué dice que fue la primera guerra realmente mundial?
–Nosotros, como país de inmigración, conocemos el escenario europeo, donde efectivamente hubo grandes matanzas. Pero no se repara en la cantidad de muertos en Asia o en África. Se decía que habían muerto unas 10 millones de personas, pero la cifra llega al doble si sumamos las otras regiones. En India, los ingleses vaciaron poblaciones enteras para llevar tropas a lugares donde sentían amenazadas sus posiciones. Un historiador africano me decía en un congreso: «Estuve paseando por Alemania y Francia y me he puesto a admirar los cementerios y pensaba qué suerte que tienen los europeos que tienen dónde enterrar a sus muertos en la guerra. En África, la gente moría y allí quedaba. Nosotros no podemos reconstruir la cantidad de muertos que hubo, porque no tenemos registros escritos. Los que hay son de los europeos, que, como son racistas, no nos toman en cuenta».
–Qué dato impresionante.
–Él me contaba que lo que saben de aquella época es por tradición oral. En las colonias francesas, por ejemplo, se coaccionaba a la población en un retorno de la esclavitud para ir a la guerra y los llevaban de 40 grados a 20 bajo cero en las trincheras. Eso despertó el racismo de los alemanes, que consideraban que franceses y británicos faltaban al fair play porque llevaban a combatir a razas inferiores. Por eso se puede decir que desde los campos de Somme (la batalla donde murieron más de un millón de soldados) y el genocidio armenio, uno puede llegar hasta Auschwitz e Hiroshima. Pero hubo otras consecuencias asociadas.
–¿Cómo cuáles?
–Se desarrolla una epidemia de gripe española propagada por las tropas de Estados Unidos, pero que se extendió muy rápidamente y que hace estragos hasta en China. Se supone que murieron unas 17 millones de personas a raíz de esto.
–¿Cómo afectó a Argentina?
–Económicamente, porque el país dependía del comercio exterior, pero además había una presencia importante de alemanes. Los ingleses destacaban barcos en la entrada del Río de la Plata para vigilar qué salía del país. No querían que los granos fueran a Alemania.
–Pero el país se mantuvo neutral.
–Hay que decir que Hipólito Yrigoyen defendió muy dignamente la neutralidad a pesar de las presiones que se daban desde la prensa y la oposición, que eran aliadófilos. Pero hubo una batalla importante en Malvinas.
–¿Cómo fue eso?
–Inglaterra tenía los mares controlados con su flota. Los alemanes no podían burlar ese bloqueo, pero un pequeño convoy logró salir y hubo un enfrentamiento frente a la Isla Coronel, en Chile, que sigue al sur de Malvinas, entre el archipiélago y las Georgia. Ganaron los británicos, que tenían mejores cañones y destruyeron a esa avanzada alemana.

Revista Acción
Julio 1 de 2014

viernes

Nuevas anexiones en el escenario de otro día D

El portavoz de la Cancillería rusa, Alexander Lukashevich, fue bastante preciso: No hay ninguna petición de los distritos rusoparlantes que el domingo pasado aprobaron su independencia de Ucrania. "En los medios se escribe mucho sobre eso, pero oficialmente no llegó ninguna petición de ese tipo", recalcó el funcionario desde Moscú. Mientras tanto, el gobierno provisional de Kiev confirmó la realización de elecciones presidenciales el 25 de mayo, a pesar de que el este del país es una zona de conflicto a punto de estallar. ¿Qué ocurrirá en esa zona del mundo tan sensible? ¿Habrá una inminente anexión a Rusia o el presidente Vladimir Putin preferirá esperar acuerdos gasíferos con Europa y demorarse hasta que las aguas se aquieten para actuar en consecuencia? Preguntas por ahora sin una respuesta razonable.
Mientras tanto, y si bien nadie garantiza que una mirada a la historia permita prever lo que ocurrirá, al menos como ejercicio lúdico no está mal ver cómo actuaron algunas de las potencias involucradas en este entuerto en un pasado no tan remoto. Y en sus propias fronteras.
Por lo pronto, el nacimiento de Rusia está tan íntimamente vinculado con el de Ucrania que no está mal decir, a la manera de José Mujica en relación a Argentina y Uruguay, que son hijos de la misma placenta. En efecto, el que con los siglos sería uno de los territorios imperiales más extenso bajo la dinastía de los Romanov, nació en el llamado Rus de Kiev, alrededor del año 880 de nuestra era. De hecho, algunos historiadores traducen la palabra eslava "krajina", de la que derivaría Ucrania, como "región de la frontera".
La expansión rusa crece de manera asombrosa desde Iván el Terrible, a mediados de 1500, y se consolida luego del 1700 con el zar Pedro el Grande, llamado así porque realmente medía poco más de dos metros, según las crónicas. Entre esos años y en el próximo siglo los zares llegarían a administrar un territorio de más de 21 millones de kilómetros cuadrados -casi como toda Latinoamérica- que iba desde Polonia, en Europa, hasta Alaska, en América del Norte. Ya era una potencia que amenazaba las ansias imperiales de Francia y Gran Bretaña en el corazón de Europa.
La guerra de Crimea, en 1854, significó un límite inesperado para el imperio zarista, sin embargo la batalla de Sebastopol representaría un hito para la nacionalidad rusa por el valor con que tropas menos pertrechadas resistieron a los ejércitos mejor preparados de los imperios occidentales.
Las consecuencias de la contienda perdida se hicieron sentir económicamente en Moscú y esa sería una de las razones para que en 1867 el zar Alejandro II decidiera aceptar la oferta del secretario de Estado norteamericano, William Seward, de comprar Alaska por 7,2 millones de dólares de entonces.
Estados Unidos acababa de terminar la guerra civil dos años antes, y continuaba con una política expansionista que en algunos casos se desarrolló a través de la compra de territorios, como había ocurrido en 1803 con la región central del país, conocida como la Luisiana, al gobierno del propio Napoleón Bonaparte, en 15 millones de dólares. Como se escribió en otra columna, el sobrino nieto del Corso, Napoleón III, había ordenado la invasión de México en 1862 con las tropas remanentes de Crimea, en un intento por interceder y, quién sabe, tomar ventaja en medio del conflicto que devastaba a Estados Unidos desde 1860.
Con sólo haber visto un par de películas, cualquier latinoamericano sabe que la guerra civil estalló en torno del deseo de los estados sureños por mantener la esclavitud como modo de producción económica. El gran Arturo Jauretche la llamó "la guerra de las camisetas", porque decía con bastante buen tino que se luchó para determinar si el algodón cosechado en el sur iba a alimentar la industria textil del norte o terminaría en los talleres de Gran Bretaña. Lo que suele olvidarse de un modo igualmente puntilloso, es que el esclavismo había sido un problema en toda esa amplia región desde cerca de medio siglo antes.
Bajo el dominio español, Texas y Coahuila formaban un mismo territorio dependiente de México. Mayormente despoblado, hacia allí fueron a parar las tribus indígenas de comanches, kiowas y apaches, cuando los estadounidenses comenzaron a perseguirlos para colonizar Luisiana.
Hubo entonces un fenomenal crecimiento de la flamante república federal asentado en un detalle que desde estas pampas anotó Domingo Faustino Sarmiento y llegó a publicar en las polémicas con Juan Bautista Alberdi en torno de la Constitución de 1853.
Señala el sanjuanino que el estado central dictó leyes para la entrega gratuita de tierras a inmigrantes en las regiones incorporadas, con la salvedad de que no podían ser demasiado extensas. El promedio rondaba menos de una milla cuadrada, algo así como 260 hectáreas. Dice Sarmiento –en un texto que la oligarquía terrateniente no suele resaltar como aquel en que pedía no ahorrar sangre de indios– que la cifra "puede chocar con nuestras ideas de ocupación de tierras y división de las leguas por esa mezquindad y pequeñez de las propiedades de los Estados Unidos, pero con aquella pequeñez sabiamente calculada se aviene las riquezas pasmosa de aquel país, su rápido engrandecimiento y el acrecentamiento instantáneo de la población". Interesante reflexión que además fue escrita antes de la mal llamada "conquista del desierto".
Esta percepción sarmientina también había seducido a las autoridades españolas en la primera década del siglo XIX y a los gobiernos criollos posteriores, que para 1820 aceptaron el petitorio de un inversor estadounidense, Moses Austin, para poblar y explotar amplias extensiones en Texas en términos que se prometían tan exitosos como los del otro lado de la frontera. Su hijo Stephen sería el encargado de negociar la concesión con el gobierno mexicano del efímero emperador mexicano Agustín de Iturbe. Los colonos debían convertirse al catolicismo, hablar castellano, ser hombres probos moralmente, obtener nacionalidad mexicana y "traducir" sus nombres a su versión hispana. Cada uno recibió 1600 hectáreas y se puso manos a la obra.
Hubo un par de pequeños problemas: nunca se asimilaron realmente al mundo hispánico y para colmo, la Constitución mexicana de 1824 prohibió la esclavitud y daba libertad de vientres. Luego de ingentes esfuerzos, negociadores aceptaron cambiar el modo de contratación: en lugar de esclavitud, un contrato por 99 años. Que es lo mismo.
Como consecuencia de nuevos cambios en la situación mexicana, los colonos angloparlantes se declararon independientes en 1836, tras una breve guerra. Al mando de Antonio López de Santa Anna, las tropas mexicanas debieron enfrentar las milicias de los colonos, reforzadas con mercenarios que por paga recibían ricas y amplias parcelas. Pidieron la pronta anexión a Estados Unidos, pero en Washington interpretaron que esa medida crearía problemas con las potencias de entonces y no vieron prudente embarcarse en una nueva contienda.
No habían pasado diez años cuando fue elegido presidente James Knox Polk, un ferviente partidario de la expansión territorial hacia el Pacífico, quien asumió en 1845 con el mandato de repartirse el Oregón con Gran Bretaña y de sumar a Texas. En 1846, el Congreso aceptó el pedido de los texanos, lo que desató la guerra con México, que todavía esperaba la forma de recuperar un territorio que le pertenecía. Dos años más tarde, Estados Unidos se quedaba además con la Alta California, Arizona, Nevada, Utah, Nuevo México y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. El sueño imperial se hacía realidad, aunque como parte del arreglo con Texas, el tema de la esclavitud fue barrido debajo de la alfombra.
Si de algo conocen los gobernantes rusos es de historia de su país. Saben, por lo tanto, del valor de la paciencia. Lo mismo ocurre con la dirigencia estadounidense. Desde la caída de la Unión Soviética, Moscú fue cediendo poder real y, como se sabe, en política no hay espacios vacíos. La OTAN, la Unión Europea y sobre todo Estados Unidos fueron ocupando rápidamente esos rincones.
Hace algunos meses Putin decidió que es tiempo de mostrar los dientes. El conflicto en Ucrania es, por supuesto, una jugada mucho más grande que involucra a los mismos que vienen disputando el poder mundial en los últimos dos siglos. Por un lado está Rusia, que reclama su lugar en las grandes ligas, al igual que China y la India, socios mayores del grupo BRICS junto con Brasil y Sudáfrica. Por el otro la alianza occidental, que el 6 de junio conmemora el 70 aniversario del desembarco en Normandía. Pero que antes tiene otro Día D en las europarlamentarias, cruciales para el futuro de la unidad continental.


Tiempo Argentino
Mayo 16 de 2014
(La ilustración es gentileza del gran Sócrates)

domingo

El genocidio armenio y las tecnologías para matar

El 24 de abril se cumplen 99 años del inicio del genocidio armenio, cuando al menos un millón y medio de seres humanos fueron asesinados a lo largo de ocho años por el gobierno de los "jóvenes turcos", en el ocaso del Imperio Otomano. Claire Mouradian visitó Buenos Aires invitada al congreso llamado precisamente "En vísperas del centenario", que organizó el Centro de Estudios de Genocidio de la Universidad Tres de Febrero con la Fundación Memoria del Genocidio Armenio, en el Centro Cultural Borges. La académica franco-armenia es directora de investigación en el CNRS, el centro de estudios científicos francés, y docente en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (EHESS). Autora de Cáucaso, tierra de imperios y De Stalin a Gorbachev, historia de una república soviética, Armenia, era una buena oportunidad para que Tiempo Argentino mantuviera una charla en relación con la conflictiva actualidad de la región.
–Llama la atención el título de la conferencia que dio, "El telegrama como herramienta de genocidio".
–La idea era demostrar que el telegrama que hoy es considerado como medio de comunicación de la modernidad, de un tipo de sociedad que avanza, de un tipo de administración, de organización del país, fue también el centro de la organización del genocidio armenio, lo que demuestra la modernidad del genocidio. Es una pieza que demuestra un proceso industrial en que se desarrolló esa matanza. No había cámaras de gas pero sí a través del telégrafo se transmitían órdenes y también fue un elemento útil para la desinformación.
–¿Cómo es eso?
–Había telegramas secretos, reales, encriptados, pero también otros que eran totalmente contradictorios y diferentes. Talaat Pashá, el ministro del interior turco, que dio la orden de exterminio y dirigía todo, mandaba una serie de órdenes verdaderas que luego se destruían. Y otra serie de telegramas camuflados o con desinformación. Eso es utilizado por el negacionismo para decir que no es verdad que se hubieran dado las órdenes. Sin embargo, se sabe que tanto Talaat como Enver Pashá, el ministro de Guerra, y Said Halim Pashá, el primer ministro, tenían un telégrafo en sus despachos y el sultán Abdul Hamid tenía en el palacio su propio telégrafo. 
–¿Fue la primera vez que la tecnología sirvió para la muerte masiva?
–Cada época tiene su propia tecnología disponible para la muerte. Toda tecnología puede servir para el bien o para el mal, depende de cómo se use y quién la use. Lo que muestra la historia del genocidio es que esa tecnología sirvió para ese momento en la administración del genocidio y para el ocultamiento.
–¿Cómo está hoy la situación del revisionismo en Turquía?
–Existe más bien el negacionismo. Aunque con las nuevas tecnologías, antes las autoridades podrían decir lo que querían, pero ahora está Internet y los medios masivos, y ya no es tan fácil.
–No debe ser casualidad que el premier Erdogan desdeñe y prohiba Twitter y YouTube…
–De hecho, Turquía tiene toda una serie de problemas entre los que el genocidio armenio ocupa un lugar más. Ellos tienen que resolver cuestiones con los kurdos, los drusos, los alevíes, los musulmanes, los griegos. Pero las capas intelectuales y gran parte de la sociedad civil comprendieron que hay temas de los que deben hacerse cargo. No por los armenios sino por ellos mismos, porque son temas que atañen a la democracia, es una cuestión que hace a la paz. Hay una lucha entre ellos a raíz de esa lucha y se ven progresos en la sociedad civil pero no en las instituciones. Porque el Estado gasta millones en el negacionismo, sobre todo en Estados Unidos, Francia, Argentina y la sociedad se radicaliza, por un lado muy a favor y otros muy en contra de admitir el tema.
–Pero Turquía quiere entrar en la Unión Europea.
–(Ríe) En ese caso yo pediría asilo en Argentina.
–Es que toda esa parte del Cáucaso cada tanto reaparece como un lugar inestable. Basta pensar en las implicancias de la crisis que se viene desarrolando en Ucrania.
–Esa región, así como el Medio Oriente y los Balcanes, están sufriendo las consecuencias del fin de los imperios. Al desaparecer los imperios coloniales (por el Imperio Otomano y el Zarista) y la Unión Soviética, cada uno de estos pueblos trata de encontrar su lugar bajo el sol, sus derechos. Los que perdieron, ahora quieren recuperar sus zonas de influencia. Rusia llegó al Cáucaso hace cinco siglos, desde la conquista de Kazan y Astrakán, en la desembocadura del río Volga en el mar Caspio.  Después de haberse tomado cinco siglos para conquistar esa región, no la va a abandonar en pocos años.
–Turquía fue tradicionalmente un freno para los zares.
–Sí, pero también era un imperio conquistador. Están allí los que son conquistadores con los conquistados y los que miran de afuera. Es una zona donde se cruzan muchas tensiones, entre antiguos imperios y los imperios actuales, las religiones –musulmanes, cristianos, judíos–, el Este y el Oeste, la Guerra Fría. Es una zona de identidades múltiples, no hay una identidad clara.
–Como quien dice, una suerte de choque de civilizaciones.
–Un choque contradictorio. Hay armenios de Armenia, hay armenios del Cáucaso, conquistados por Moscú en la época soviética. De hecho, hoy en Moscú hay dos millones de trabajadores armenios, pero también azeríes, los llamados "piel negra", que cuando están en Occidente se los considera rusos o soviéticos. Es una región inestable por los juegos de guerra, el ajedrez que continúa de otra manera la Guerra Fría. 
–¿Habrá alguna solución sin una guerra devastadora?
–(Ríe) Yo soy sólo historiadora, no política ni vidente. Como ciudadana, pienso que la mejor solución sería una federación, porque son pueblos complementarios con una historia en común. Pero nadie quiere una federación, tienen malos recuerdos de la época zarista, la época estalinista. La federación se asocia a la Unión Soviética y tiene terribles recuerdos. Karabagh (un enclave de mayoría armenia en Azerbaiyán) es un problema para nosotros los armenios, pero ¿quién quiere realmente la paz en Karabagh? El gobierno utiliza la cuestión armenia y azerí como un tema de la seguridad antes de las elecciones, pero no como una cuestión democrática. Los oligarcas del comercio prefieren una situación inestable por cuestión de "business", los mercaderes de armas prefieren la guerra para vender armas. Los diplomáticos prefieren un conflicto para hacer diplomacia. Los grandes poderes prefieren la inestabilidad porque hacen gerencia.
–La paz no resulta sexy.
–No les sirve ni a los comerciantes del tráfico, ni a los mercaderes, ni a los diplomáticos porque pierden su trabajo, ni los grandes políticos ni los grandes poderes. A ninguna persona le conviene, salvo al pueblo común. En la Turquía de hoy día, las jóvenes generaciones y las generaciones medias no han visto armenios. Hay 80 millones de habitantes allí y unos 50 mil criptoarmenios. En Azerbaiyán tampoco han visto armenios, y antes vivían juntos. Le cuento una historia: en 2004, mientras participaban en un curso patrocinado por la OTAN en Budapest, un oficial azerí, Ramil Safarov, asesinó con un hacha mientras dormía a Gurgen Margaryan, un teniente del ejército armenio. Fue condenado a cadena perpetua pero en virtud de convenios internacionales, Safarov fue extraditado a Azerbaiyán en 2012. Allí fue recibido como un héroe, fue indultado por al presidente Ilham Aliyev, y ascendido de grado. ¿Cómo se puede restablecer la confianza para lograr la paz de ese modo? Y la comunidad internacional es ambigua en esto. En Europa había un proyecto de Partenariado Oriental del Cáucaso, una especie de asociación económica y cultural para acercar a los países caucásicos a la Unión Europea. El plan para Azerbayán era que se convirtiera en una especie de Suiza, un país ideal. Ellos les dijeron que para resolver el conflicto con Armenia debería apelarse al derecho a la integridad territorial. Pero a Armenia le pide resolver los conflictos de acuerdo a la autodeterminación de los pueblos, ¿entonces? Armenia tiene un problema con la energía eléctrica, porque hay una central, Medzamor, cerca de la frontera con Turquía, que sufrió las consecuencias de un terremoto en 1988. Producía el 40% de la electricidad del país. Armenia está bloqueada y no consigue recibir energía pero tampoco quieren que se abra la central. Rusia ayudó a abrirla. Ahora (en diciembre pasado, al mismo tiempo que el presidente Vladimir Putin apuraba la firma de un convenio con Viktor Yanukovich lo hacía con el gobierno armenio) se cerró un acuerdo aduanero con Moscú. Iba en paralelo con el que ofrecía la Unión Europea también a Ucrania. Pero la UE no ofrecía ni dinero ni apoyo. Por otro lado, la UE, 40 años después, todavía no logró que Turquía se vaya de Chipre, y Chipre está en Europa. Y además, Armenia no tiene ni gas, ni petróleo, ni riquezas. Armenia hoy no confía ni en Turquía ni en Azerbaiyán, ¿Qué otro camino tiene?
–¿Cuál es el futuro del pueblo armenio, entonces?
–Le cuento cuál es la diferencia entre optimista y pesimista: el optimista dice "qué terrible, no podemos estar peor". El pesimista dice "pero sí, pero sí". En Armenia el pesimista aprende el turco, el optimista aprende el inglés y el realista aprende la kalashnikov (juego de palabras entre aprender y a prender, a tomar, por el fusil). Otras personas dicen que cambiarían una historia gloriosa por un mejor emplazamiento geográfico. Los armenios se mantuvieron cristianos y soportaron las invasiones de persas, medos, azeríes, bizantinos, árabes, selyúcidas, otomanos, drusos, soviéticos, y estamos ahí. A través de la historia vemos que el país se ha reducido pero la población se ha dispersado por todo el mundo. Si Armenia ha sobrevivido es porque eran pequeños reinos y no un Estado nación. Cuando cayó Nínive, el imperio asirio desapareció, mientras que Armenia, cuando caía un centro resurgía otro. Y la diáspora por un lado puede ser una perdición, porque  muchos se van asimilando y las nuevas generaciones devienen franceses o argentinos o estadounidenses. Pero también es una fuerza, porque los partidos políticos armenios se crearon en la diáspora, al igual que el primer diario armenio, que se editó en la India. «
"La idea de patria sin patria"
Oficialmente, dice Mouradian, en Armenia viven 3 millones de personas, "pero la cifra real es menor, quizás de 2,5 millones". La diáspora es, sin dudas, mayor. Hay unos 2 millones en Rusia, 400 mil en Francia, algo más de 100 mil en Argentina. 
–¿Cuál es el secreto de la sobrevivencia del pueblo armenio?
–Buena pregunta. Por un lado la religión nacional y el alfabeto y una idea nacional temprana. La fuerza que tiene la lengua es llamativa, la idea de patria sin patria. Hay gente que en lugar de la cruz colgada al cuello tiene un alfabeto. Y yo creo que la fuerza de los voluntarios es mayor que la fuerza de los mercenarios. Subsiste la idea de que hay una patria, más allá de que hayan ido alguna vez. Es más la fuerza del pensamiento que la fuerza material.  Honestamente yo no sé si el armenio va a sobrevivir, pienso que la situación es muy difícil porque es muy débil frente a los imperios. 
–¿Hay una idea de volver a la tierra prometida?
–Los que volvieron alguna vez se encontraron con que el país ideal era una cosa y el real, otra.Y muchos se van asimilando a donde nacieron.

Tiempo argentino
Abril 20 de 2014

viernes

Crimea y el fin de la historia

Pronto se cumplirá un siglo del 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando de Austria era asesinado en Sarajevo, hoy capital de Bosnia-Herzegovina. Esa fecha aparece en los libros como el inicio de la Primera Guerra Mundial. Si alguien hubiese consultado al Oráculo de Delfos, como hizo en la antigua Grecia Creso, el rey de Lidia, antes de dar batalla a los persas en el año 546 antes de Cristo, la respuesta podría haber sido incluso más clara: "Si entras en guerra, no uno sino cuatro imperios caerán, uno quedará al borde de la desaparición, otro buscará venganza y un tercero se esparcirá por el mundo." La respuesta para Creso fue que uno solo caería, y no lo pensó dos veces. La profecía se cumplió, pero a favor de los persas. Si lo hubieran pensado mejor hace 100 años, tal vez muchos de los horrores que se vivieron entonces en Europa podrían haberse evitado. Pero los intereses económicos, como se sabe, suelen ser más poderosos que las razones.
Esa contienda que envolvió a las mayores potencias europeas es, al decir del historiador británico Orlando Figes, una suerte de continuación de otra que se había iniciado en 1854 en las costas de Crimea, y que comenzó como una lucha de tintes religiosos por el acceso a los lugares sagrados de Jerusalén, entre el Imperio de los Zares y el de los Otomanos. Aquella vez también hubo enfrentamientos en los Balcanes, pero la batalla central, la que todavía hoy conmueve al espíritu ruso, fue en Sebastopol, donde hoy está la principal base rusa en el Mar Negro. Del lado de los turcos estuvieron franceses y británicos, y los zares fueron derrotados, pero pudieron sostenerse todavía medio siglo más en el poder, lo mismo que los sultanes en Estambul.
A comienzos del siglo XX, los jugadores seguían siendo los mismos, pero Alemania e Italia, ya unificadas, buscaban su lugar bajo el sol. Fue así que el Imperio Austro-húngaro –el archiduque era el heredero de la casa los Habsburgo– se alió con el Reich del káiser Guillermo II y la Italia de Víctor Manuel III, en lo que otro historiador inglés, Eric Hobsbawn, clasificó como Triple Alianza –junto con la Turquía imperial– en contra de la Triple Entente, conformada por el Reino Unido,  el Imperio Ruso y la Francia de la Tercera República.
Durante esos cuatro años terribles, en los que murieron quizás hasta 30 millones de personas, fueron devastadas Francia e Italia, y en el camino Turquía perdió sus territorios en los Balcanes y los zares fueron eliminados por la Revolución Soviética de octubre de 1917. Ucrania jugó entonces un papel importante, porque por un corto período quedó en manos de Alemania, que la necesitaba desesperadamente como proveedora de alimentos.
La consecuencia geopolítica de la guerra fue el rediseño del mapa europeo, con el nacimiento de varios países, como Hungría o la primera república polaca, y de otros ya inexistentes como Yugoslavia y Checoslovaquia. Pero también emergería un imperio de carácter global, Estados Unidos, que entró en la contienda cuando las cartas ya se jugaban a favor de los aliados, en abril de 1917. La Gran Bretaña que quedó era un fantasma ajado de sus épocas de esplendor.
Alemania, destruida en1918, terminó devorada por los ganadores y se fue deslizando hacia el partido nazi, que finalmente llegó al poder en 1933. Italia, si bien había resultado triunfante en los papeles, no "aprovechó" las ventajas del éxito y acabó en manos del fascismo, en 1922. Turquía se encaminó a una república ceñida a Anatolia y una punta de Europa, más allá del estrecho de Bósforo, y buscó estabilizarse al precio del genocidio del pueblo armenio. Un antecedente de lo que comenzaría 21 años más tarde en Europa, en otro capítulo, más brutal aún, de esta batalla nunca resuelta por el control del continente.
La caída de la Unión Soviética fue un nuevo punto de inflexión para el mundo y particularmente para la utopía socialista. Nuevas naciones aparecieron incluso en territorios más lejanos como los asiáticos. La última guerra de los Balcanes, en los '90, fue el epílogo no menos cruento del asesinato del archiduque. La desaparición de Yugoslavia se llevó millones de vidas y nuevos genocidios enlutaron el centro de esa Europa que se jacta de portar el faro de la civilización y los Derechos Humanos.
Pero como la historia nunca se detiene –cosa de volver a desmentir a Francis Fukuyama–, continuamente siguen aflorando hilachas de viejos conflictos. Y Crimea vuelve a estar en el eje de las preocupaciones mundiales. Basta fijarse en un mapa para ver que Rusia no tiene otra salida al Mar Mediterráneo que no sea a través del Mar Negro, cruzando el Bósforo. Caso contrario, un barco debe dar la vuelta por el Mar del Norte. La península de Crimea cumple allí un rol fundamental como puerto de control, vigilancia y salida ágil de cualquier armada.
No se está hablando de geopolítica pasada de moda. Por barco se sigue haciendo el 80% del comercio mundial, y más aún, por mar circulan los cargamentos de combustible que mueven la economía y, además, se desplazan pertrechos bélicos de todas las potencias con aspiraciones. Si no que lo digan los británicos, que mientras pudieron controlar los mares, fueron imperio. La base rusa de Sebastopol articula con la de Tartus, en Siria, territorio que, como los de Asia Menor, formó parte del Imperio Otomano hasta el fin de la Primera Guerra.
La dirigencia rusa sabe que si quiere volver a jugar en las grandes ligas, debe impedir el cerco de bases que la OTAN desplegó en la Europa del Este tras la implosión de la URSS. En este esquema, Ucrania vuelve a representar un punto crucial para Moscú. Más aún si se tiene en cuenta que atraviesan ese territorio un par de gasoductos por los que circula el 20% del gas que entibia a los europeos en sus crudos inviernos.
Rusia, el gran proveedor, bombea a través de tres grandes tuberías, la Nord Stream, que va directo a Alemania; la Yamal, por Bielorrusia; y la Soyuz, que atraviesa Ucrania. Por este acosado país cruzan 175 mil millones de metros cúbicos cada día; por las otras dos tuberías, 95 mil millones. No hace falta mencionar la importancia que tiene para Europa contar con el control de esos caños prodigiosos. Ni tampoco el enorme poder de presión que le da a Moscú, cosa que ya probó en dos ocasiones en lo que va de este milenio.
El derrocado presidente, Víktor Yanukovich, primero se mostró dispuesto a aceptar un acuerdo con la UE que lo alejaba de Moscú. Putin le puso los puntos sobre las íes y los vaivenes del mandatario terminaron por enardecer a una capa de la población que no sólo es proeuropea, sino que tiene terribles recuerdos de la época estalinista –se recomienda leer Tierras de Sangre, del historiador Timothy Snyder– y alimenta aún rencores contra todo lo que suene a ruso. Una condición ideal para alimentar un golpe blando, ciertamente, sobre todo si se repara en que Yanukovich no tiene un historial demasiado presentable y, además, sólo aprendió a hablar ucraniano a los 52, cuando se perfiló para dirigir al país.
El exiliado presidente forma parte de una oligarquía que, crecida al calor de la URSS, estaba en el lugar justo y en el momento adecuado para quedarse con las riquezas que el estado soviético había creado y dejó a la iniciativa privada a principios de los '90. Es de la región de Donéts, una de las más industrializadas y con fuertes riquezas mineras y carboníferas. Cuentan que en su pasado pasó un par de temporadas en prisión por robos al estado socialista y que sus amigos movieron los hilos para borrarlo de su legajo cuando fue ascendiendo en la burocracia. Los negocios lo llevaron más lejos y terminó enfrentado con los intereses de quien ahora aparece como la ganadora en esta puja por el control del país, Yulia Timoshenko.
La mujer, por vía de un matrimonio ventajoso, se acercó al poder soviético en los '80 y luiego mostró sus dotes de empresaria, primero con una cadena de alquiler de videos y luego en el negocio más seguro y rentable que pueda pensarse en esa región: una compañía proveedora de gas. Su marido, Alexandr Timoshenko, fue uno de los oligarcas del Dniéper, pero terminó escapando del país envuelto en una serie de escándalos. Ella fue sentenciada a siete años tras la firma de un cuestionado contrato con Rusia cuando era premier. Por supuesto, todo es según el cristal con que se mire y, por lo demás, ninguno en este juego es inocente ni mucho menos impoluto.
La legislatura de Crimea apura un referéndum para la anexión a Rusia, echando más leña al fuego de una confrontación que viene creciendo desde hace meses. Crimea, poblada por habitantes de origen ruso, perteneció al imperio zarista desde 1783. El ex mandamás soviético Nikita Kruschev la cedió a la República de Ucrania en 1954, cuando se cumplía un siglo de aquella guerra.
Kruschev había nacido en una zona fronteriza, había crecido al amparo del Partido Comunista Ucraniano y necesitaba de esa fortaleza para emprenderla contra el estalinismo justo a la muerte del líder. La cesión no fue inocencia socialista; más bien parece un gesto de alguien que también creyó, a su manera, en el fin de la historia.

Tiempo Argentino
Marzo 7 de 2014