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viernes

Obama, un Nobel entre el humo de la metralla

"Parte de nuestro desafío es reconciliar estos dos hechos aparentemente irreconciliables: que la guerra a veces es necesaria y que la guerra es, de cierta manera, una expresión de desatino humano." La frase resonó en el soberbio edificio de la municipalidad de Oslo, la capital de Noruega. Fue hace cinco años, el 10 de diciembre de 2009, y el que hablaba era el presidente Barack Obama, que había asumido el cargo once meses antes y era todavía una promesa de cambio al punto que le estaban entregando el Premio Nobel de la Paz. Fue más claro aun ese día, como para que ahora nadie se escandalice por lo que hizo desde entonces: "Los instrumentos de la guerra tienen un papel en mantener la paz."
La administración de Obama recomenzó en estos meses una escalada belicista que, muchos creyeron, venía para clausurar un lustro atrás. La enumeración puede resultar redundante, pero los conflictos más candentes sin duda están en el Medio Oriente y Ucrania. Y los ejes para entender lo que ocurre llevan al petróleo –como siempre– y a la geopolítica. Y ambos aspectos se dan la mano en este aniversario del Nobel a Obama.
El presidente Vladimir Putin, en su discurso sobre "el estado de la Nación", avisó ayer que "Rusia no se doblegará ante las presiones de Occidente". El mismo día que un ataque en Chechenia dejaba 20 muertos y el oro negro amenazaba con nuevas bajas, el presidente insistió: "O somos soberanos, o nos disolveremos en el mundo. Y, por supuesto, otras naciones deben entenderlo también."
Cuando el mandatario frenó el ansia de Obama por derrocar al presidente sirio Bachar al Assad, los europeos tuvieron la sensación de que el viejo Oso Ruso volvía a ser una amenaza.
Cierta o no, esa imagen llenó publicaciones académicas, mesas de estrategia y la fantasmagoría popular en los últimos tres siglos, desde el zarismo. Luego el Oso fue rojo y comunista. Pero a la caída de la Unión Soviética, por unos años el plantígrado parecía apaciguado. Fue en ese marco que la Unión Europea y la OTAN, la alianza militar que encabeza Estados Unidos, fueron avanzando hacia territorios de la ex órbita socialista.
Hasta que un día, Putin avisó que los rusos querían volver a ser considerados como potencia. La crisis ucraniana tiene mucho que ver con el intento europeo de marcarle la cancha. La respuesta fue la recuperación de Crimea, un símbolo nacional para los rusos, como ayer recordó Putin. El resto es historia actual: el este de Ucrania quiere anexionarse a la Federación, mientras que el oeste está cada vez más inclinado hacia Europa.
La penúltima jugada de Kiev fue elegir a mediados de año como presidente a un empresario de la industria de la golosina, Petro Poroshenko. Esta semana, el gobierno del "Rey del chocolate", como se lo conoce, designó un nuevo Gabinete con el declarado objetivo de acercarse más a la UE. Para lo cual debió nacionalizar de urgencia a tres extranjeros. Como si fuera poco, que habían trabajado para otros gobiernos. Si se tratara de seleccionados de fútbol, la FIFA los hubiera descalificado: ningún jugador puede integrar equipos de dos nacionalidades distintas.
Natalie Jaresko es hija de ucranianos que emigraron a Estados Unidos. Hizo carrera en el Departamento de Estado tras recibirse en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard y luego en Chicago. En la actividad privada fue miembro del staff del Western NIS Enterprise Fund y después fundó Horizon Capital, otro fondo de inversiones. Como diplomática, formó parte de la embajada estadounidense en Kiev, donde se mudó definitivamente en 1992, y apoyó con todos los recursos a la Revolución Naranja. Luego encontraría conchabo en el gobierno del luego derrocado Viktor Yushchenko. Ahora estará al frente de la cartera de Finanzas.
En Economía fue nombrado Aivaras Abromavicius. Nacido en Vilna, Lituania, el hombre está casado con una ucraniana y se autodefine como un patriota de la tierra de su esposa. Fue socio y gestor de fondos en East Capital, el más grande de Ucrania. Como quiera que sea, Jaresko y Abromavicius tienen residencia desde hace años en ese país. El caso más complicado de explicar para cualquier ley de residencia es el del nuevo titular de Salud. Aleksandr Kvitashvili nació en Georgia, donde ocupó el mismo cargo entre 2008 y 2010 con el entonces presidente Mijail Saakashvili. En su CV presenta graduación en la Universidad de Tbilisi y en la Robert Wagner de Nueva York. Los tres tuvieron que renunciar a sus anteriores ciudadanías para tomar el cargo, pero no se les exigió saber el idioma, como es de práctica en cualquier país del mundo. Es que Kvitashvili, aunque asegura amar a ese país,  no habla una palabra de ucraniano.
Mientras tanto en Estados Unidos, el gobierno anunciaba la postulación de Ashton Carter como nuevo secretario de Defensa para remplazar al republicano Chuck Hagel. Se dijo que Hagel se iba por su oposición a la estrategia de la administración demócrata sobre Irak y Afganistán. El analista Philip Giraldi, un ex CIA especializado en contraterrorismo que ahora es columnista televisivo, sostiene que Hagel –que participó en la guerra de Vietnam– "sabe lo que es la guerra" y por lo tanto no tiene como primera opción a la respuesta militar. Cosa que no ocurre "con el círculo íntimo de Obama", todos ellos académicos de hogares privilegiados cuyos "hijos no van a estar muriendo en algún agujero del infierno" y para los cuales el humo de la metralla "es una completa abstracción".
Carter, egresado también de la Escuela Kennedy de Harvard, fue socio senior en Global Technology Partners, una consultora integrada por ex oficiales del Pentágono que se dedica a asesorar en cuestiones de defensa e inversiones aeroespaciales, y tuvo contrato con Goldman Sachs, el mayor de los bancos de inversiones del mundo. En el gobierno de Bill Clinton fue secretario adjunto de Defensa.
La elección de Obama representa un mentís a su Premio Nobel, porque es volver a los representantes del aparto militar industrial que, por lógica, necesita alimentar sus ingresos mediante la guerra. Pero además es gente que aprovecha ese sistema que el uruguayo Eduardo Galeano considera uno de los mayores inventos actuales, la puerta giratoria.
"Robert McNamara encabezó la empresa Ford, donde hizo lo que pudo contra la naturaleza y contra los peatones distraídos, hasta que un giro de puerta lo lanzó a dirigir la matanza de Vietnam, durante unos cuantos años, y culminó su carrera exterminando países desde el Banco Mundial; Donald Rumsfeld fue jefe de gabinete del gobierno de los Estados Unidos, desde allí la puerta giratoria lo arrojó a una fábrica de Monsanto, la serial killer multinacional, donde legalizó venenos que habían sido prohibidos, hasta que la puerta giró nuevamente y apareció conduciendo la guerra de conquista del petróleo de Irak; Dick Cheney encabezó el Pentágono en el gobierno de Bush Padre y regaló jugosos contratos militares a su empresa Halliburton, y de ahí pasó al gobierno de Bush hijo, donde se ocupó de la demolición y la reconstrucción de Irak en beneficio de Halliburton, siempre en el centro de su generoso corazón."
Como frutilla del postre, los ministros de Relaciones Exteriores de los 28 países de la OTAN votaron el miércoles la creación de una nueva fuerza de acción rápida destinada a intervenir en Ucrania. "Es el mayor fortalecimiento de nuestra defensa común desde el fin de la Guerra Fría", reveló sin recelos el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.
El petróleo, en tanto, se mantenía a la baja. En 1971 Richard Nixon dejó de lado la convertibilidad con el oro y para sostener al dólar como moneda como reserva internacional, acordó con los países árabes –especialmente Arabia Saudita– que la venta de petróleo se haga "en verdes". A cambio, garantizó protección militar y política.
Ahora, Arabia lideró el rechazo de la OPEP al planteo venezolano de reducir la producción para incrementar el precio del crudo. La mayor producción mundial, dicen los expertos, se debe a la extracción de esquistos en Estados Unidos mediante el fracking. Desde la ocupación de Irak y Libia, dos grandes productores de la OPEP, el negocio es más controlable para los grandes centros de poder. Por otro lado, el grupo Estado Islámico, que ocupó zonas de explotación en la región, lo vende a precio vil al mercado europeo, alertó el jefe del Servicio Federal de Seguridad de Rusia (FSB), Alexánder Bórtnikov, en un foro en Kazajstan. La baja de precios amenaza a las economías de Venezuela y Rusia, en primer lugar. El rublo ya sufrió las consecuencias y Putin no lo ignora. En Oslo, Obama no había hablado de ese asunto, pero también esta puede ser una amenaza de males mayores.

Tiempo Argentino
Diciembre 5 de 2014
Ilustró Socrates


Europa debate cómo tratar al Oso Ruso

Horas antes de la ceremonia de celebración del 70º aniversario del Desembarco en Normandía, representantes de Estados Unidos y la Unión Europea se vieron en la obligación de amenazar al gobierno de Vladimir Putin por lo que catalogan como "actos de agresión" de Rusia en Ucrania. Moscú se apuró a decir que la declaración, en la que además amenazan con más sanciones, es "cínica". El encuentro del grupo G-7, que burlonamente podría denominarse G-8 menos 1, sirvió para mostrar los dientes de cara al encuentro que no podrán evitar hoy en París para recordar la invasión a territorio galo, el inicio de la recuperación de territorios que habían caído en manos del nazismo en la Segunda Guerra Mundial.
Luego de la caída de la Unión Soviética, es la primera vez que los mandatarios de los países que participaron de la contienda llegan al encuentro con un cuchillo bajo el poncho. Y esa es precisamente la novedad desde que la Guerra Fría comenzó a ser recuerdo. Más de dos siglos después de haberse acuñado el término "Oso Ruso" para alarmar a la población europea atribuyéndole a Rusia unas peligrosas ansias de dominio sobre el resto del continente, Putin se convirtió en el nuevo cuco de medios y dirigencias europeas. Y si fuera por el estado en que se encuentran las relaciones –al menos en el plano visible– Barack Obama, François Hollande, David Cameron y Angela Merkel hubieran debido esquivar el festejo a Putin. Principalmente porque desnuda sus propias contradicciones.
Y ese es justamente un detalle importante para entender por qué, luego de todo lo que se vienen diciendo y de las continuas amenazas de represalias bajo la batuta de Washington, se dan la mano protocolarmente en Normandía como si nada ocurriera.
Es que no haber invitado a Putin luego de que en esa guerra, que se desarrolló en las regiones donde ahora se juegan en gran parte los destinos europeos, hubiese sido una declaración de hostilidades. La última gran guerra unió más por espanto que por cariño a Stalin con Roosevelt, De Gaulle y Churchill. Pero las mayores bajas estuvieron en campos de batalla de la ex URSS –se calcula que hubo allí 20 millones de muertos– y en menor medida en Francia, donde por otro lado gobernaba el régimen pro nazi de Vichy. Salvo los bombardeos a Londres con cohetes V2, Gran Bretaña no padeció ataques en sus territorios. Estados Unidos directamente no sintió el olor a pólvora dentro de sus fronteras.
La OTAN, desde 1991 en adelante, avanzó hacia la frontera de la Federación Rusa con un escudo de misiles en Polonia y los países bálticos y amenazaba con extenderse a Ucrania, otra razón de queja para los rusos. En estas jugadas de ajedrez, el encuentro del G-7, que debió haberse realizado en Sochi, donde se hicieron los juegos olímpicos de invierno, pasó a Bruselas. No era el momento y mucho menos el lugar de mostrarse amigos, cuando en Crimea la situación se ponía cada vez más tensa.
Es así que Rusia, que se había sumado ininterrumpidamente hace 17 años al G-7+1, fue deliberadamente excluida ahora como forma de mostrar el disgusto por su reacción a los acontecimientos en Kiev. "Que les aproveche", dijo despectivamente Putin cuando le preguntaron sobre esa fiesta a la que no fue invitado.
El primer ministro Dmitri Medvedev, en tanto, replicó un documento del G-7 que apoya "operaciones moderadas para el restablecimiento de la ley y el orden" de Kiev en el este del país. "Los llamados siete se refieren a las `acciones moderadas` del Ejército ucraniano sobre su propio pueblo: esto es un cinismo que apenas se puede superar", dijo. Y bastante de razón tiene, ya que entre las tropas que se envían a las regiones pro-rusas hay un alto componente de mercenarios que según las denuncias tienen bastante poco apego a los Derechos Humanos.
La postura anti-rusa de Obama, por otro lado, para algunos suena a impostada, luego de que el año pasado tuvo que recular en su intento de intervención en Siria. Pero dentro de Estados Unidos son muchas las voces que se van sumando en contra del perfil que le está imprimiendo a la relación con Rusia. En uno de los sitios donde se difunden estas críticas, washingtonblog, se anota un detalle a tener en cuenta: "Dick Cheney ha dominado la política de EE UU hacia Rusia durante décadas, y Obama está siguiendo el libro de estrategias de Cheney". Maik Withey, un analista que publica en Information Clearing House, señala a otro estratega de esta política de condena al "Oso Ruso", el ex asesor del presidente Jimmy Carter, el conocido Zbigniew Brzezinski, quien viene repitiendo desde hace décadas que "la cuestión que la comunidad internacional enfrenta ahora es cómo responder a una Rusia que se involucra en el uso flagrante de la fuerza con mayores objetivos imperiales: reintegrar el antiguo espacio soviético bajo control del Kremlin y cortar el acceso occidental al Mar Caspio y a Asia Central".
Cheney había comenzado su carrera en la administración pública con el gobierno de Gerald Ford, el que sucedió al renunciante Richard Nixon. Luego fue secretario de Defensa con Bush padre y más tarde vicepresidente de Bush hijo. Entre una y otra gestión, y como para no quedarse de brazos cruzados, consiguió empleo en Halliburton, una de las proveedoras de servicios para la industria petrolera más grandes del mundo. Cuando Cheney –uno de los halcones republicanos– volvió a tareas gubernamentales, recibió una indemnización de 36 millones de dólares. Pero siguió percibiendo compensaciones por casi 400 mil dólares, aun cuando era vicepresidente. Los millonarios contratos que consiguió Halliburton tras la invasión a Irak seguramente lo justifican.
La "doctrina Cheney" tiene dos pilares, por un lado la Guerra preventiva, que popularizó George W Bush, y por el otro lo que se llamó la estrategia "del lado oscuro". Esto es, de las operaciones encubiertas de inteligencia hechas de tal modo que si algo falla, el presidente pueda decir sin ponerse colorado que no sabía nada de lo que estaba ocurriendo.
El caso Brzezinski es algo más profundo, ya que el ex asesor presidencial es uno de los teóricos en estrategia política más reputados del mundo. Él mismo se considera un discípulo de Henry Kissinger. Ambos comparten una visión y están atravesados por un sentimiento similar sobre lo que debería ser el centro de Europa. Kissinger, nativo de Alemania, tuvo que huir del nazismo con sus padres. Los Brzezinski, huyeron de Polonia y se refugiaron en Canadá. Zbigniew haría carrera posteriormente en Estados Unidos. Cheney y Brzezinski creen en la política de equilibrio de las potencias que pergeñó en el siglo XIX el conde austríaco Klemens  von Metternich y la estrategia de la contención que elaboró el estadounidense George Frost Kennan en 1946. En tal sentido, Cheney va un paso más allá y desarrolló la idea del ataque preventivo que popularizó luego George W. Bush. En cualquiera de estos contextos, Rusia es presentada como un enemigo a contener. Un temible Oso a punto de atacar.
Sin embargo, hay algunas particularidades en este análisis. En principio, Putin cuestiona la forma en que la Unión Europea forzó un acuerdo con el gobierno de Viktor Yanukovich y luego lo destituyó –violando acuerdos previos– cuando no pudo avanzar con su propuesta originaria.
Por otro lado, una estrategia de contención a lo Metternich debería implicar el compromiso de los socios europeos hacia un fin común.
Ocurre que la celebración de Normandía servirá de excusa para que Merkel y Putin busquen limar asperezas en torno de la provisión de gas ruso antes de que llegue el invierno boreal. Con Hollande, Putin tiene pendientes contratos para la compra de buques de guerra tipo Mistral por unos 1200 millones de euros. Ni qué decir las críticas que recibió Hollande, que se justifica en que la crisis no permite lirismos.
Mientras tanto, Putin firmó con las autoridades chinas un convenio para proveer de gas durante 30 años al gigante asiático a partir de 2018. El contrato implica un monto de 400 mil millones de dólares, pero en monedas locales. La "desdolarización" del mundo también es una forma de lucha, y de las más contundentes.

Tiempo Argentino
Junio 6 de 2014
Con el placer de compartir la ilustración de Sócrates

Nuevas anexiones en el escenario de otro día D

El portavoz de la Cancillería rusa, Alexander Lukashevich, fue bastante preciso: No hay ninguna petición de los distritos rusoparlantes que el domingo pasado aprobaron su independencia de Ucrania. "En los medios se escribe mucho sobre eso, pero oficialmente no llegó ninguna petición de ese tipo", recalcó el funcionario desde Moscú. Mientras tanto, el gobierno provisional de Kiev confirmó la realización de elecciones presidenciales el 25 de mayo, a pesar de que el este del país es una zona de conflicto a punto de estallar. ¿Qué ocurrirá en esa zona del mundo tan sensible? ¿Habrá una inminente anexión a Rusia o el presidente Vladimir Putin preferirá esperar acuerdos gasíferos con Europa y demorarse hasta que las aguas se aquieten para actuar en consecuencia? Preguntas por ahora sin una respuesta razonable.
Mientras tanto, y si bien nadie garantiza que una mirada a la historia permita prever lo que ocurrirá, al menos como ejercicio lúdico no está mal ver cómo actuaron algunas de las potencias involucradas en este entuerto en un pasado no tan remoto. Y en sus propias fronteras.
Por lo pronto, el nacimiento de Rusia está tan íntimamente vinculado con el de Ucrania que no está mal decir, a la manera de José Mujica en relación a Argentina y Uruguay, que son hijos de la misma placenta. En efecto, el que con los siglos sería uno de los territorios imperiales más extenso bajo la dinastía de los Romanov, nació en el llamado Rus de Kiev, alrededor del año 880 de nuestra era. De hecho, algunos historiadores traducen la palabra eslava "krajina", de la que derivaría Ucrania, como "región de la frontera".
La expansión rusa crece de manera asombrosa desde Iván el Terrible, a mediados de 1500, y se consolida luego del 1700 con el zar Pedro el Grande, llamado así porque realmente medía poco más de dos metros, según las crónicas. Entre esos años y en el próximo siglo los zares llegarían a administrar un territorio de más de 21 millones de kilómetros cuadrados -casi como toda Latinoamérica- que iba desde Polonia, en Europa, hasta Alaska, en América del Norte. Ya era una potencia que amenazaba las ansias imperiales de Francia y Gran Bretaña en el corazón de Europa.
La guerra de Crimea, en 1854, significó un límite inesperado para el imperio zarista, sin embargo la batalla de Sebastopol representaría un hito para la nacionalidad rusa por el valor con que tropas menos pertrechadas resistieron a los ejércitos mejor preparados de los imperios occidentales.
Las consecuencias de la contienda perdida se hicieron sentir económicamente en Moscú y esa sería una de las razones para que en 1867 el zar Alejandro II decidiera aceptar la oferta del secretario de Estado norteamericano, William Seward, de comprar Alaska por 7,2 millones de dólares de entonces.
Estados Unidos acababa de terminar la guerra civil dos años antes, y continuaba con una política expansionista que en algunos casos se desarrolló a través de la compra de territorios, como había ocurrido en 1803 con la región central del país, conocida como la Luisiana, al gobierno del propio Napoleón Bonaparte, en 15 millones de dólares. Como se escribió en otra columna, el sobrino nieto del Corso, Napoleón III, había ordenado la invasión de México en 1862 con las tropas remanentes de Crimea, en un intento por interceder y, quién sabe, tomar ventaja en medio del conflicto que devastaba a Estados Unidos desde 1860.
Con sólo haber visto un par de películas, cualquier latinoamericano sabe que la guerra civil estalló en torno del deseo de los estados sureños por mantener la esclavitud como modo de producción económica. El gran Arturo Jauretche la llamó "la guerra de las camisetas", porque decía con bastante buen tino que se luchó para determinar si el algodón cosechado en el sur iba a alimentar la industria textil del norte o terminaría en los talleres de Gran Bretaña. Lo que suele olvidarse de un modo igualmente puntilloso, es que el esclavismo había sido un problema en toda esa amplia región desde cerca de medio siglo antes.
Bajo el dominio español, Texas y Coahuila formaban un mismo territorio dependiente de México. Mayormente despoblado, hacia allí fueron a parar las tribus indígenas de comanches, kiowas y apaches, cuando los estadounidenses comenzaron a perseguirlos para colonizar Luisiana.
Hubo entonces un fenomenal crecimiento de la flamante república federal asentado en un detalle que desde estas pampas anotó Domingo Faustino Sarmiento y llegó a publicar en las polémicas con Juan Bautista Alberdi en torno de la Constitución de 1853.
Señala el sanjuanino que el estado central dictó leyes para la entrega gratuita de tierras a inmigrantes en las regiones incorporadas, con la salvedad de que no podían ser demasiado extensas. El promedio rondaba menos de una milla cuadrada, algo así como 260 hectáreas. Dice Sarmiento –en un texto que la oligarquía terrateniente no suele resaltar como aquel en que pedía no ahorrar sangre de indios– que la cifra "puede chocar con nuestras ideas de ocupación de tierras y división de las leguas por esa mezquindad y pequeñez de las propiedades de los Estados Unidos, pero con aquella pequeñez sabiamente calculada se aviene las riquezas pasmosa de aquel país, su rápido engrandecimiento y el acrecentamiento instantáneo de la población". Interesante reflexión que además fue escrita antes de la mal llamada "conquista del desierto".
Esta percepción sarmientina también había seducido a las autoridades españolas en la primera década del siglo XIX y a los gobiernos criollos posteriores, que para 1820 aceptaron el petitorio de un inversor estadounidense, Moses Austin, para poblar y explotar amplias extensiones en Texas en términos que se prometían tan exitosos como los del otro lado de la frontera. Su hijo Stephen sería el encargado de negociar la concesión con el gobierno mexicano del efímero emperador mexicano Agustín de Iturbe. Los colonos debían convertirse al catolicismo, hablar castellano, ser hombres probos moralmente, obtener nacionalidad mexicana y "traducir" sus nombres a su versión hispana. Cada uno recibió 1600 hectáreas y se puso manos a la obra.
Hubo un par de pequeños problemas: nunca se asimilaron realmente al mundo hispánico y para colmo, la Constitución mexicana de 1824 prohibió la esclavitud y daba libertad de vientres. Luego de ingentes esfuerzos, negociadores aceptaron cambiar el modo de contratación: en lugar de esclavitud, un contrato por 99 años. Que es lo mismo.
Como consecuencia de nuevos cambios en la situación mexicana, los colonos angloparlantes se declararon independientes en 1836, tras una breve guerra. Al mando de Antonio López de Santa Anna, las tropas mexicanas debieron enfrentar las milicias de los colonos, reforzadas con mercenarios que por paga recibían ricas y amplias parcelas. Pidieron la pronta anexión a Estados Unidos, pero en Washington interpretaron que esa medida crearía problemas con las potencias de entonces y no vieron prudente embarcarse en una nueva contienda.
No habían pasado diez años cuando fue elegido presidente James Knox Polk, un ferviente partidario de la expansión territorial hacia el Pacífico, quien asumió en 1845 con el mandato de repartirse el Oregón con Gran Bretaña y de sumar a Texas. En 1846, el Congreso aceptó el pedido de los texanos, lo que desató la guerra con México, que todavía esperaba la forma de recuperar un territorio que le pertenecía. Dos años más tarde, Estados Unidos se quedaba además con la Alta California, Arizona, Nevada, Utah, Nuevo México y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. El sueño imperial se hacía realidad, aunque como parte del arreglo con Texas, el tema de la esclavitud fue barrido debajo de la alfombra.
Si de algo conocen los gobernantes rusos es de historia de su país. Saben, por lo tanto, del valor de la paciencia. Lo mismo ocurre con la dirigencia estadounidense. Desde la caída de la Unión Soviética, Moscú fue cediendo poder real y, como se sabe, en política no hay espacios vacíos. La OTAN, la Unión Europea y sobre todo Estados Unidos fueron ocupando rápidamente esos rincones.
Hace algunos meses Putin decidió que es tiempo de mostrar los dientes. El conflicto en Ucrania es, por supuesto, una jugada mucho más grande que involucra a los mismos que vienen disputando el poder mundial en los últimos dos siglos. Por un lado está Rusia, que reclama su lugar en las grandes ligas, al igual que China y la India, socios mayores del grupo BRICS junto con Brasil y Sudáfrica. Por el otro la alianza occidental, que el 6 de junio conmemora el 70 aniversario del desembarco en Normandía. Pero que antes tiene otro Día D en las europarlamentarias, cruciales para el futuro de la unidad continental.


Tiempo Argentino
Mayo 16 de 2014
(La ilustración es gentileza del gran Sócrates)

Peligrosas estrategias de guerra en Europa

Cuentan que uno de los primeros fue el Kriegspiel (Juego de Guerra, en alemán), desarrollado en 1824 por un teniente prusiano y que fue muy útil para diseñar el plan de batalla que llevó al triunfo aplastante de las tropas del Káiser ante las francesas en 1870. Pero eran otras épocas.
En 1956, el director de cine francés Albert Lamorisse, que venía de haber estrenado una joyita como El globo rojo, presentó a una productora estadounidense un juego de mesa que haría historia: La Conquista del Mundo. Cuando los Hermanos Parker lograron desentrañar las reglas, lo sacaron a la venta con el nombre de Risk. En Argentina, una variante haría furor desde el año 1976 bajo el nombre de TEG (Plan Táctico y Estratégico de la Guerra) y sirvió como metáfora a otro film, de 2002, Kamchatka, de Marcelo Piñeyro, protagonizado por Ricardo Darín y Cecilia Roth, donde se ofrece una mirada diferente de la dictadura y de su persecución a militantes de izquierda.
Kamtchatka, como sabe cualquier argentino, es uno de los países a conquistar, creado por necesidad de dividir al territorio asiático en una cantidad razonable de objetivos a perseguir por los ejércitos de cada jugador. Algo similar ocurre en el resto de los continentes, de modo tal que Nueva York y California son países a ocupar. En el sur, Brasil, Argentina, Chile, Perú y Colombia es todo a lo que se reduce, según el TEG, la Unasur. Para Europa las cosas son también "fáciles": España, Francia, Italia, Alemania, Rusia, Suecia y Gran Bretaña son toda la UE.
Es interesante indagar en la geopolítica del Risk. América del Sur es Brasil, Argentina, Perú y Venezuela. Algo que parece calcado de los virreinatos de la era colonial. En Europa, en tanto –conviene recordar que el juego fue desarrollado en plena Guerra Fría por un francés pero publicado en Estados Unidos–, existen Gran Bretaña, Islandia, Escandinavia, con una suerte de federaciones llamadas Europa del Norte, del Sur y del Oeste. Lo curioso es que Ucrania incluye a todo el territorio ruso. Por supuesto que es un recurso lúdico, pero también es una estrategia para facilitar los entrenamientos militares que bien refleja una concepción del mundo.
Tal vez a los jerarcas militares y políticos de Europa y Estados Unidos les hicieron falta horas de TEG antes de tomar ciertas decisiones que elevaron la tensión en forma innecesaria. Así al menos lo entienden analistas de todas las pelambres. El presidente ruso, Vladimir Putin, incluso llegó a catalogar a la dirigencia occidental de "poco profesional" por la forma en que activaron la destitución de Viktor Yanukovich y crearon una crisis en su intento de avanzar hacia fronteras que Rusia considera vitales.
Forum Libertas es un periódico digital que expresa a sectores de la Iglesia Católica de España fundado hace diez años por Josep Miró i Ardèvol. Un editorial reciente de ese medio, que se alinea dentro del conservadurismo peninsular, alertaba sobre esta aventura que nadie sabe cómo puede terminar. "A causa de una serie de errores que en buena medida caen del lado de la Unión Europea, nos encontramos en una situación que puede degenerar en un conflicto de tipo balcánico –y ante el cual, recordémoslo, la UE se mostró impotente– a una escala todavía superior; sería un desastre para los ucranianos, pero también para Rusia y los europeos", considera el FL.
El ex secretario de Estado Henry Kissinger, conocido en estas pampas por fomentar las tropelías cometidas por las dictaduras militares en los '70, es otro que se explaya sobre la forma en que fue escalando la situación en Ucrania. Y es una voz que conviene escuchar, al punto que se permite dar un tirón de orejas a la dirigencia occidental por "haber demonizado a Putin", con lo cual no le dejaron demasiadas rutas de escape. "Para Occidente, demonizar a Putin no es una política, sino una excusa por la ausencia de política", detalló en una columna de The Washington Post. Y explica: "Occidente debe entender que para Rusia, Ucrania nunca será simplemente otro país. La historia rusa se origina en el Rus de Kiev, la cuna de la religión rusa. Durante siglos Ucrania fue parte de Rusia."
Para rematarla, el hombre que tuvo que firmar la paz en Vietnam y ganó un premio Nobel por eso, añade que "en mi vida –y ya cumplió los 90– he visto a los EE UU empezar cuatro guerras sin saber cómo terminarlas y de tres de ellas nos retiramos unilateralmente. La prueba de una política está en cómo termina, no en cómo empieza".
Un académico español, Felipe Sahagún, trae a cuento un texto del analista ruso Sergei Karaganov, donde también muestra que nada es tan fácil como parece. "El presidente Vladimir Putin ha estado intentando restablecer una alianza económica entre la mayor parte los países de la ex URSS para reforzar su competitividad y la inestabilidad que destruyó a la República de Weimar tras la disolución del imperio alemán, pero Occidente ha hecho casi todo lo posible para impedirlo."
Los medios internacionales, desde hace algunas semanas, tienen kilómetros de tela para cortar con la crisis ucraniana. Y en el contexto de simplificaciones a veces inevitables, cunde la sensación de que en cualquier momento todo puede estallar por los aires. Es así que funcionarios de varios gobiernos elevan amenazas, la mayor parte de las veces retóricas, y dictan sanciones que cuesta trabajo entender qué efectividad puedan tener. Tal vez el rumbo verdadero que seguirán las cosas esté marcado en un horizonte de racionalidad que los políticos no están en condiciones de explicitar, pero algunos expertos no tienen drama en poner sobre la mesa.
Timothy Garton Ash, profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, escribió que "el problema es toda Ucrania, no solo Crimea. Vladimir Putin lo sabe. Los ucranianos lo saben. Y nosotros no debemos olvidarlo. Ni nosotros ni el gobierno ucraniano podemos hacer nada para que recupere el control de Crimea. Ahora se trata de luchar por el este de Ucrania." Es decir, lo que ocurrió en la península era inevitable desde que el gobierno de Kiev fue remplazado por uno más partidario de acercarse íntimamente a la UE.
Desde la caída de la Unión Soviética, los países occidentales fueron avanzando sobre territorios que estaban del otro lado de la Cortina de Hierro. A la manera del TEG, ficha a ficha, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), creada en 1949 para combatir al "peligro comunista", lejos de disolverse ante la desaparición del enemigo declarado, fue añadiendo países a su membresía. Y a las 16 naciones que entonces formaban parte de la alianza militar incorporó a otras 12 que habían estado bajo la órbita socialista.
La OTAN fue clave en la ocupación de Libia a fines de 2011 y estaba dispuesta a hacer lo propio en Siria en 2013. Hasta que Putin mostró los dientes. En Siria, como se sabe, hay una base militar, en Tartus, heredada de la época soviética. En Sebastopol, Crimea, hay otra. Ucrania, al decir de Kissinger, era un límite incómodo de digerir para Moscú y no le quedó otra que hacer algo.
¿Cómo sigue la historia? Por lo pronto, los gobiernos europeos no podrán evitar el anuncio de más medidas punitivas, como para no parecer timoratos ante la "opinión pública", espantada ante el satanizado oso ruso. Habrá también duros debates en los organismos internacionales. Pero Obama ya mostró que no quiere meterse en otra guerra de la que no sabe cómo podría salirse. "No sería apropiado que nos enfrentemos militarmente a Rusia", señaló el miércoles.
Por supuesto, no le salió gratis y el senador republicano John McCain, su rival a la presidencia en 2008, le endilga que la crisis es el resultado final "de una política exterior irresponsable en la que ya nadie cree en el poderío de Estados Unidos". Para echar más leña al fuego, tildó a Obama de ser el presidente más naïf que tuvo Estados Unidos. Muchos republicanos comparten esta opinión.
Es cierto es que esta crisis fue creciendo al calor de movidas que algunos apurados pensaron sin consecuencias. Y que esa liviandad representa un error importante. El problema sería poder mantener las cosas acotadas y que nadie cometa la equivocación de apretar algún botón fatal y definitivo.
Para quienes estamos en este otro lado del tablero, el peligro es que, como los aliados no logran avanzar en Eurasia –y no quieren quedar mal parados en su frente interno– decidan meter más presión en América del Sur, atacando las posiciones en Venezuela. Ya tienen sus fichas en Colombia y desde allí atacan con todas las fuerzas disponibles.
Por eso es bueno para todos los jugadores recordar que, como en el TEG, el juego es interminable y siempre es momento de disputar los espacios. Y sobre todo, tratar de descubrir cuál es el verdadero objetivo del enemigo para que no se termine la partida.

Tiempo Argentino
Marzo 21 de 2014