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viernes

Los griegos votan con una pistola en la cabeza

A Herman Goering, uno de los más encumbrados barones del nazismo, se le atribuye la frase "cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola". Alemanes más modernos y derechistas, aunque no nacionalsocialistas -como la canciller Angela Merkel y el ministro de Hacienda Wolfgang Schäuble- podrían decir hoy que "cuando oigo la palabra democracia, saco mi pistola".

A Herman Goering, uno de los más encumbrados barones del nazismo, se le atribuye la frase "cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola". Alemanes más modernos y derechistas, aunque no nacionalsocialistas -como la canciller Angela Merkel y el ministro de Hacienda Wolfgang Schäuble- podrían decir hoy que "cuando oigo la palabra democracia, saco mi pistola".
El llamado a referéndum del gobierno de Alexis Tsipras en relación con las exigencias de la troika por el pago la deuda griega pone incómoda a la dirigencia europea. Sobre todo al eje París-Berlín, que comanda el núcleo duro en la Unión Europea, que al decir del premier heleno, no está tan interesado en solucionar un tema mínimo como el del default y la posible salida del euro de uno de los socios como por castigar sus irreverencias y las de cualquier otro que quiera seguir su camino.
El tema de las decisiones democráticas es un puñal clavado en la historia de la UE. Es que la consolidación de la entidad como una asociación política fue acelerada en los inicios del siglo, tras crearse la moneda común. Los ciudadanos de cada país debía plesbicitar una Constitución Europea. Todo iba relativamente bien –consultas con poca asistencia pero con aprobación mayoritaria- hasta que le tocó el turno a franceses y holandeses. Entre mayo y junio de 2005, hace justo diez años, galos y neerlandeses dijeron que no. Y la arquitectura armada para sustentar la creación de un estado supranacional se vino abajo. Fue en ese contexto que se suspendieron las consultas programadas para Gran Bretaña e Irlanda, cosa de no ir a un fracaso, mientras la dirigencia del momento armaba un plan B. Ambos referendos fueron suspendidos ilimitadamente y la única consulta sobre el asunto será el año que viene, en el Reino Unido. Pero para saber si los británicos quieren permanecer o no en la UE. Los irlandeses fueron hace poco a las urnas, pero para aprobar el matrimonio igualitario.
¿Cómo se resolvió el tema de la Constitución? De un modo no tan prolijo pero a todas luces efectivo: se elaboró un documento que contempla las mismas prerrogativas y obligaciones de una Carta Magna tanto para países como a ciudadanos. El Tratado de Lisboa se firmó el 1 de diciembre de 2009 y de la Constitución Europea no se habla casi ni en los libros de historia. Ese tratado habla de la composición y funciones del Banco Central Europeo, uno de los malos de esta película que se despliega sobre la península helénica.
Las controversias entre Schäuble y su par griego, Yanis Varoufakis, comenzaron ni bien Syriza llegó al gobierno en Atenas, en enero pasado. Como se recordará, esa elección fue forzada por la crisis política de los partidos que habían comandado el país desde la caída de la dictadura militar en 1974 y que eran los responsables de una deuda impagable. En esa ocasión la dirigencia europea amenazó con los peores infortunios si los griegos no votaban a un candidato del establishment. No lo decían directamente, pero se trataba de que no eligieran a quien no prometiera pagar bajo sus reglas.
Tsipras, con una coalición de centroizquierda, venía creciendo en la consideración popular por los fracasos del bipartidismo. Pero especialmente por la caracterización que lograron incorporar al sentido común griego sobre la naturaleza y el origen de la crisis. Los recortes continuos y la miseria que se extendía sobre capas cada vez mayores de la población hicieron el resto.
En su discurso del viernes, donde explicó las razones para llamar a referéndum, Tsipras recordó que en los seis meses su gobierno "estuvo librando una batalla en condiciones de asfixia económica sin precedentes, con el fin de poner en práctica su mandato". Y protestó contra lo que consideró una extorsión de la troika (FMI, BCE y la Comisión Europea, el Poder Ejecutivo establecido en aquel acuerdo de Lisboa). Agregó, lapidario, "Grecia es, y seguirá siendo, una parte integral de Europa, y Europa en una parte integral de Grecia. Pero una Europa sin democracia será una Europa sin identidad y sin brújula."
Fue una respuesta contundente a las versiones que indicaban que el objetivo de Syriza es irse del euro o de la UE si no se aceptan sus pedidos de extender créditos y hacer una quita de la deuda. Los alemanes –no sólo el gobierno de Merkel- consideran que la crisis es culpa absolutamente de los griegos. Por su indolencia, por haber dilapidado dinero a raudales en la época de las vacas gordas. La realidad es algo diferente: Grecia disfrutó algo del Estado de Bienestar y seguramente hubo dispendio en el uso de fondos públicos. Pero si alguien dibujó los presupuestos fue la banca Goldman Sachs, que ayudó a maquillar las cuentas para cumplir con las imposiciones del Tratado de Maastricht, otra de las bases estructurales de la Unión. Así fue que los gobiernos conservadores y demócratas socialistas obtuvieron más crédito del que les hubiese correspondido de mostrar los papeles en regla. Cuando estalló la crisis, en 2008, se reveló la amarga verdad. Hubo algunas publicaciones que señalaron la responsabilidad de la banca de inversión y hasta de organismos de control de la UE. Pero era más fácil culpar a los griegos. Y ni siquiera a todos: a los pobres, que de acuerdo a las exigencias, han sido y deberían seguir siendo los que paguen los platos rotos de la fiesta.
Varoufakis, que no anda con vueltas, dijo todo esto en las reuniones con los popes de Bruselas desde que fue ungido ministro. Cómo será de irritativa su posición en esos lares que en los últimos encuentros el propio Schäuble exigió que saliera de la sala. No sólo eso, "fuentes" de Bruselas filtraron a la prensa masiva aspectos de la negociación que hacían quedar mal parados a los gobernantes griegos. Varoufakis publicó con pelos y señales cómo se desarrollaron esas negociaciones en su blog (http://yanisvaroufakis.eu/), para no ser tergiversado.
Tsipras salió reiteradamente a informar a la población sobre qué se discute y de qué va el referéndum. Para contrarrestar los presuntos "arrugues" que le atribuyen la delegación griega para llegar a un acuerdo, la forma de desprestigiar públicamente a Syriza. "Propusimos un acuerdo más justo socialmente y que haya una negociación sobre la deuda. Si esto no lo aceptan, ¿qué podemos hacer?", se lamentó el premier.
"Rechazamos las propuestas de las instituciones del 25 de junio por una variedad de razones poderosas. La primera es la combinación de austeridad y de injusticia social que impondrían sobre una población ya devastada por ... la austeridad y la injusticia social", puntualizó Varoufakis, para luego revelar en una entrevista con el portal Bloomberg que antes de firmar nuevos recortes presupuestarios se cortaría un brazo. Luego prometió que si el domingo ganara el SI a los ajustes él se iría a su casa. Tsipras, tras reclamar el voto por el no, dijo que aceptará el resultado, pero que si su postura resultara perdidosa dejaría el gobierno. "No voy a firmar un acuerdo así, pero si nos vamos seguramente haya otros que lo hagan".
Ambos dirigentes, que llevan la voz cantante en este entuerto, varias veces dijeron que la solución está cerca, pero que el problema no es económico sino político. Que quieren castigar a Grecia por desafiar el pensamiento único vigente en Europa. Y si, Syriza es un mal ejemplo que podrían copiar los españoles y quién sabe, también los italianos –que tienen un gobierno hace lo contrario de lo que prometió- y los franceses, que quizás olvidaron su rechazo a la Constitución de hace una década y no encuentran explicación a lo que en sectores del oficialismo se tilda directamente de traición de François Hollande a sus electores y al socialismo francés.
Una de las primeras medidas que tomó Tsipras en el gobierno fue reabrir la televisión pública, cerrada en el marco de los planes de ajuste perpetuo. Es una herramienta esencial para poder mostrar su versión de los hechos ante el embate nervioso y criminal de los medios privados, donde las amenazas y presiones de la UE encuentran cauce privilegiado. Mientras tanto, los griegos irán a las urnas con una pistola en la cabeza. En enero no le tuvieron miedo, habrá que ver cómo influye en ellos una semana de corralito.

Tiempo Argentino
Julio 3 de 2015

Ilustró Sócrates


La tregua entre varias batallas

Hace justo 70 años, el 13 de febrero de 1945, comenzó el que tal vez fuera el ataque más brutal de la Segunda Guerra Mundial contra población civil. Durante tres días la Royal Air Force británica y la Fuerza Aérea de los Estados Unidos descargaron unas 4000 toneladas de bombas y explosivos sobre la ciudad alemana de Dresde, un fuerte centro económico e industrial germano, provocando al menos 35 mil muertos.
Todavía hoy se discute sobre ese ataque a 12 semanas de la rendición del nazismo porque se lo considera un hecho innecesario que daría pie a denuncias por crímenes de guerra si no fuera porque quienes lo protagonizaron fueron los ganadores de la contienda. Paralelamente las tropas soviéticas avanzaban hacia Berlín, acelerando la caída del régimen nazi, lo que justifica que muchos analistas sostengan que el ataque a Dresde fue, en realidad, contra el Ejército Rojo y para marcarle la cancha a Stalin.
Cuarenta años después, la canciller alemana Angela Merkel lidera junto con el presidente francés François Hollande una verdadera cruzada para frenar las ansias armamentistas que reiteradamente se expresan desde Washington. Barack Obama señaló en estos cruciales días que si no se llegaba a un acuerdo por Ucrania estaba dispuesto a enviar armamento letal a Kiev. Curiosa definición para los productos de la industria bélica más poderosa del mundo. ¿Hay armamento que no sea letal? Salvo que hubiera aludido a algún tipo de herramienta cultural, educativa o sanitaria en forma metafórica...
El caso es que ante la negativa de Hollande y Merkel, que le habían pedido unos días más para negociar con el líder ruso Vladimir Putin, Obama se apuró en pedir al Congreso autorización para combatir al Estado Islámico (EI) por un período de tres años. "No es una autorización de otra guerra en tierra", aclaró el mandatario, pero el recuerdo de las guerras de Irak y Afganistán desmiente esta aseveración.
El gobierno de Obama a todas luces busca mostrarse activo y resuelto para enfrentar a la nueva composición del Capitolio, con una mayoría republicana en ambas cámaras que intenta aguarle una sucesión demócrata el 20 de enero de 2017. De allí que en el ámbito exterior intente estar en el centro de la escena, como lo demuestra en las áreas que están bajo control de los yihadistas del EI. Putin no le va en zaga y el martes viajó a El Cairo, donde se entrevistó con el presidente-militar Abdelfatah al Sisi, firmó acuerdos nucleares y hasta le regaló un fusil Kalashnikov, en un gesto sin medias tintas.
El acuerdo alcanzado en Minsk tras 16 horas de negociaciones al máximo nivel, mientras tanto, puede ser el inicio del camino hacia una paz permanente y duradera o el preanuncio de tormentas mayores y definitivas en el futuro cercano. Dependerá de cómo se vayan desmontando los mecanismos que llevaron a esta situación.
"No fue la mejor noche de mi vida, pero creo que la mañana es positiva porque hemos podido coincidir en los temas principales pese a todas las dificultades de las negociaciones", se sinceró Vladimir Putin ante los periodistas. Hollande y Putin consideraron que esta frágil tregua es "un alivio para Europa".
Para que no queden dudas de qué estofado se cocina en esa olla, en forma inmediata la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, anunció un crédito de 17 mil millones de dólares destinados a programa de cuatro años "para apoyar la inmediata estabilización económica de Ucrania, al igual que el conjunto de reformas emprendidas por el gobierno para restaurar un crecimiento económico firme a medio plazo y mejorar los estándares de vida de la población". Si todo marcha al gusto del FMI, habrá otro paquete de "asistencia financiera" que suma 40 mil millones de dólares.
No es un dato para descartar, cuando los organismos financieros europeos están tratando de sofrenar el fuerte rechazo que les viene desde las calles griegas. El primer ministro Alexis Tsipras intentó en Bruselas no romper con la troika pero tampoco al precio de traicionar el mandato de las urnas y el reclamo de los manifestantes, hartos de los recortes a los que Grecia es sometida desde el inicio de la crisis europea.
Los griegos desafiaron las presiones desembozadas en los medios de comunicación del continente y depositaron sus esperanzas en Syriza, una coalición de izquierda que busca resolver la enorme deuda externa con medidas calcadas de la Argentina tras el default de 2001.
A los organismos paneuropeos les resulta difícil demostrar que son demócratas consumados mientras el titular de finanzas alemán diga que no se aceptarán cambios en el programa elaborado desde Bruselas para Grecia. Algo más dispuesta se mostró Merkel, quien al irse de Belarus dijo que habría alguna solución que no lleve la sangre al río, aunque no especificó cuál. Por lo pronto dejaron todo en manos de "expertos", una forma de patear la pelota para adelante. Otra tregua al fin de cuentas.
Tsipras volvió a repetir que Alemania le debe mucho a Grecia desde la Segunda Guerra, cuando tropas nazis ocuparon el país. Se trata de un préstamo obligatorio impuesto por las tropas hitlerianas que los técnicos griegos estiman en 11 mil millones de euros actuales. Además, el reclamo por los daños causados en instalaciones y en la población civil treparía a 160 mil millones más. La mitad de la deuda actual de Grecia.
Cuando están por cumplirse 70 años del fin de la guerra, en Europa reaparecen muchos de los problemas que por siglos la llevaron al incendio. Francia y Alemania coinciden en llevar la batuta, pero Rusia vuelve a cantar presente. Si a la caída de la Unión Soviética la Unión Europea pensó que tenía el mundo a sus pies, este cuarto de siglo demostró que estaban equivocados.
Putin busca recomponer el antiguo papel que desde Pedro y Catalina venía cumpliendo el imperio zarista. Se dice que el PBI ruso es menor que el de Italia, potencia de segundo orden, y es cierto. Pero nunca fue mucho más que eso cuando los Romanov buscaban su lugar la mesa de discusiones del orden mundial. Y buen barullo que hicieron.
Esta escalada en Ucrania, conviene recordar, se produjo luego de que la alianza occidental intentara derrocar al presidente sirio Bashar al Assad, enfrascado en una guerra civil desde 2011. El que frenó la segura invasión fue Putin, quien se plantó frente a Obama para recordarle que Siria es aliada de Rusia desde tiempos de la URSS y que allí hay una base militar de Moscú. Fue después que la UE y la OTAN intentaron avanzar hacia la frontera más íntima de Rusia y apoyaron el golpe contra Víktor Yanukóvich, en febrero pasado. La otra gran base rusa está en Crimea. Parece que se estuviera hablando del siglo pasado, pero la reincorporación de la península a la Federación Rusa se produjo el 18 de marzo de 2014. El levantamiento de los rebeldes pro-rusos del este vendría a continuación.
Esta semana el presidente sirio ofreció una entrevista a la BBC. El entrevistador Jeremy Bowen comenzó el reportaje como "para romper el hielo": le preguntó si ante el avance del grupo yihadista y la pérdida de control de parte de su territorio no creía que Sira era un Estado fallido. Al Assad rechazó esa caracterización, como era de esperarse. El cuestionado mandatario sirio espera poder resistir el embate de los grupos fundamentalistas, pero quién sabe hacia dónde se encamina la situación, con tantas manos metidas en el plato.
Vistas las cosas desde este rincón del mundo, resulta interesante analizar el concepto de Estado fallido, una definición elaborada por la CIA hace 20 años para explicar la situación en diferentes naciones del mundo y justificar así una intervención "civilizadora". Son muchos los que inscriben a México en esta lista, por la violencia desatada en esa nación.
En el caso argentino, hubo quienes en el inicio de este milenio pedían a gritos que alguien de afuera viniera a resolver la endiablada crisis en la que se había caído por la convertibilidad.
Aún se recuerda a la ex secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright reclamando prácticamente una intervención externa en la economía argentina cuando era evidente que los planes pergeñados por el FMI habían llevado al fracaso. En estos días se vuelven a escuchar voces en esa misma línea tras la muerte del fiscal Alberto Nisman. Convendría mirar cómo viene la mano afuera antes de reclamar por lo que aparece de adentro.

Tiempo Argentino
Febrero 13 de 2015

Integradores y desintegrados

Hubo un tiempo en que Europa era un paraíso, pero como suele suceder, no lo sabía. Hasta que la crisis económica se extendió desde el sur del continente a raíz de la explosión de la burbuja inmobiliaria, y quedaron al descubierto ciertas inconsistencias macroeconómicas que los intereses neoliberales se encargaron de magnificar para llevar agua hacia su molino.
En ese tiempo dorado, los europeos, que acababan de levantarse de las ruinas que había dejado la Segunda Guerra Mundial, construían a pasos agigantados un Estado de Bienestar que era mirado desde este lado del mundo con "la ñata contra el vidrio", como quien dice.
Ese arquetipo ideal se formó en torno a sociedades dispuestas a superar diferencias históricas que habían dejado  millones de cadáveres y bajo el influjo de dirigencias políticas que apostaban a un modelo que repartía para conservar. Dirigencias que habían decidido que era mejor negocio aceptar que todos estuvieran económicamente mejor al precio de mantener la paz y el progreso como posibilidades de futuro.
Con la crisis, el modelo cambió rotundamente y ahora muestra un neoliberalismo extremo, que expresa muy bien la alemana Angela Merkel pero que se monta sobre consensos tecnocráticos que van de Bruselas a Frankfurt, de la sede del gobierno europeo a la del Banco Central, sin escalas. Y que castigan a los que, dentro de ese marco conceptual, aparecen como menos eficientes. En esa "bolsa" colocan a las naciones del sur del continente, como España, Portugal e Italia.
Antes, en aquellos buenos viejos tiempos, ganara quien ganara una elección daba lo mismo para las grandes mayorías, porque las garantías sociales eran inconmovibles. Nadie les iba quitar los derechos laborales, o a la salud y la educación,  o a una jubilación digna.
No es que con la crisis se perdieron consensos, más bien que los acuerdos inconmovibles ahora son en perjuicio de los que menos tienen. Da lo mismo quien gane una elección, el caso es que siempre van a implementar un plan de ajustes permanentes y darán de baja conquistas sociales afianzadas en la sociedad.
Lo saben ya los socialistas franceses, que pensaron que François Hollande era la esperanza de recuperar viejas consignas y ahora llegan a decir que apoyan a otro François, el Papa Jorge Bergoglio, toda una señal en un partido que tiene entre sus fundamentos la creación de una sociedad laica. Los van sabiendo también los italianos, que comienzan a develar el camino que emprende Mateo Renzi, por ahora algo más tímidamente.
Como contrapartida a todo eso, surgen movimientos que por ultraderecha rechazan la construcción paneuropea. Porque ante la imposibilidad de cambiar el curso de las cosas por medio de las urnas, son pocas las alternativas a las que puede aspirar una sociedad que por primera vez en décadas ve que sus hijos vivirán peor que ellos. Son grupos que promueven retirarse de la Unión Europea y azuzan tendencias xenófobas de las distintas sociedades. Así crecen el UKIP en Gran Bretaña, el Frente Nacional en Francia y grupos más o menos extremos de Holanda y Grecia, sin ir más lejos.
América Latina, y especialmente los países del Cono Sur, padecieron las políticas del consenso de Washington, aquel proyecto que la Casa Blanca acometió  durante los '90 y que extendió el proyecto neoliberal por todo el continente, con las consecuencias que se conocen sobremanera.
En lo que va del siglo, la región cambió su eje y creó instituciones que se convirtieron en herramientas de cambio, a instancias de un puñado de mandatarios que supieron  interpretar el momento y fueron consecuentes con las medidas que se necesitaban. En el caso del Mercosur, Lula y Néstor Kirchner fueron esenciales para modificar el enfoque aduanero de los '90 por una línea más inclinada a la defensa del trabajo local y del crecimiento con inclusión social. Algo que, por consiguiente, llevó a mantener políticas comunes y posiciones coordinadas en las relaciones exteriores.
Se cumplen nueve años desde que con el apoyo de Hugo Chávez se le dijo No al ALCA, aquel proyecto de mercado común para único beneficio de las multinacionales y el poder financiero.
Las elecciones en Brasil y Uruguay y el clima preelectoral que se vive en Argentina son un espejo donde contrastar la idea de integración que aún mantiene su llama ardiente en Europa y la que defienden los candidatos de las derechas locales.
Aparecen en ese marco electoral voces que claman por abandonar los organismos regionales y que basan su discurso y propuesta en soluciones individualistas. Cierto que la crisis económica deja sus consecuencias incluso de este lado del océano, lo que provocó un menor crecimiento en los principales países y cierto debilitamiento externo en el bloque en general.
Esta realidad permite que empresarios poderosos de todos los rincones del continente ensalcen las posibles ventajas de acomodarse con los centros de poder, como han hecho toda su vida. Un mensaje explícito que distribuyen los medios de comunicación, acicateados por los grupos concentrados que se beneficiaron en los '90 y son conscientes de que su única posibilidad de mantener los privilegios sería la "desintegración" regional.
No es casualidad que la derecha más acérrima fomente la condena a muerte del Mercosur y que sostenga, sin poder dar una sola prueba consistente, las ventajas que habría en ceñirse a las reglas de los organismos internacionales.
Es preocupante, por otro lado, que los grandes fogoneros ideológicos apuesten a destruir eso que con paciencia y oportunidad se fue construyendo desde que Raúl Alfonsín y José Sarney dieron el puntapié inicial al Mercado Común del Sur cuando firmaron el  Tratado de Asunción, en noviembre de 1988.
Es preocupante que esa idea de salvación individual haya prendido como para que propuestas como esas hayan alcanzado importantes cuotas electorales en Brasil y en Uruguay y que incluso se presenten como panaceas electorales. En momentos en que la influencia de los estrategas de campaña es tan determinante para las diligencias políticas, sobre todo entre los candidatos de la derecha, se sabe que nadie se peina sin antes consultar a su asesor de imagen. Los hay que cambiaron la dentadura con la ilusión de ganar un voto.
De modo que ese mensaje antiintegración, que sin dudas busca endulzar los oídos del establishment  –que aporta a los fondos electorales y sustenta los medios de comunicación amigos–, también llega a importantes capas de la población. Seguramente no todos los que votaron por Aécio Neves el domingo pasado lo hayan hecho por su promesa de acercarse a la Alianza del Pacífico y de firmar tratados de libre comercio con Europa por fuera del Mercosur. Pero esa información no los detuvo a la hora de depositar la papeleta. Y fueron más de 50 millones de personas.
También en Europa son muchos los que se quieren bajar del colectivo y de hecho en Gran Bretaña el líder conservador David Cameron promete un referéndum para determinar si los británicos quieren seguir dentro de la Unión Europea. Los grupos xenófobos buscan en el fondo algo parecido, pero en Europa ellos son la derecha de la derecha y no representan a las abrumadoras mayorías. El consenso, con las críticas que cosechan los planes de ajuste, es que la Europa será unida o no será. Hay quienes lo dicen de un modo algo más brutal: "al fin de la Segunda Guerra, el continente estaba cubierto con 25 millones de cadáveres. Ahora son 25 millones de desocupados. Es duro y cruel, pero es un avance."
En América Latina no hubo guerras como esas y las diferencias culturales y nacionales son mínimas. No hay que construir una nacionalidad, hay que reconstruir una Patria Grande que contenga a "todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar este suelo", como dice el preámbulo de la Constitución.
Cierto es que en Brasil y en Uruguay, al fin y al cabo, las elecciones mostraron un consenso mayoritario a favor de la integración y en contra de los medios y de la derecha. Y que además todos y cada uno de los que votaron sí saben lo que eso significa. Pero sigue siendo un dato a tener en cuenta el perfil pro dependiente en muchos sectores de la ciudadanía, acicateados por un establishment que se indigna con el populismo, pero en estos años dorados latinoamericanos "la juntó en pala" sin rubores. Sigue siendo preocupante, en definitiva, esa sensación de que aspiran a llegar al poder para tirar todo abajo y volver al pasado, disfrazado de "cambio de ciclo".

 Tiempo Argentino
Octubre 31 de 2014

Ilustró Socrates


Europa debate cómo tratar al Oso Ruso

Horas antes de la ceremonia de celebración del 70º aniversario del Desembarco en Normandía, representantes de Estados Unidos y la Unión Europea se vieron en la obligación de amenazar al gobierno de Vladimir Putin por lo que catalogan como "actos de agresión" de Rusia en Ucrania. Moscú se apuró a decir que la declaración, en la que además amenazan con más sanciones, es "cínica". El encuentro del grupo G-7, que burlonamente podría denominarse G-8 menos 1, sirvió para mostrar los dientes de cara al encuentro que no podrán evitar hoy en París para recordar la invasión a territorio galo, el inicio de la recuperación de territorios que habían caído en manos del nazismo en la Segunda Guerra Mundial.
Luego de la caída de la Unión Soviética, es la primera vez que los mandatarios de los países que participaron de la contienda llegan al encuentro con un cuchillo bajo el poncho. Y esa es precisamente la novedad desde que la Guerra Fría comenzó a ser recuerdo. Más de dos siglos después de haberse acuñado el término "Oso Ruso" para alarmar a la población europea atribuyéndole a Rusia unas peligrosas ansias de dominio sobre el resto del continente, Putin se convirtió en el nuevo cuco de medios y dirigencias europeas. Y si fuera por el estado en que se encuentran las relaciones –al menos en el plano visible– Barack Obama, François Hollande, David Cameron y Angela Merkel hubieran debido esquivar el festejo a Putin. Principalmente porque desnuda sus propias contradicciones.
Y ese es justamente un detalle importante para entender por qué, luego de todo lo que se vienen diciendo y de las continuas amenazas de represalias bajo la batuta de Washington, se dan la mano protocolarmente en Normandía como si nada ocurriera.
Es que no haber invitado a Putin luego de que en esa guerra, que se desarrolló en las regiones donde ahora se juegan en gran parte los destinos europeos, hubiese sido una declaración de hostilidades. La última gran guerra unió más por espanto que por cariño a Stalin con Roosevelt, De Gaulle y Churchill. Pero las mayores bajas estuvieron en campos de batalla de la ex URSS –se calcula que hubo allí 20 millones de muertos– y en menor medida en Francia, donde por otro lado gobernaba el régimen pro nazi de Vichy. Salvo los bombardeos a Londres con cohetes V2, Gran Bretaña no padeció ataques en sus territorios. Estados Unidos directamente no sintió el olor a pólvora dentro de sus fronteras.
La OTAN, desde 1991 en adelante, avanzó hacia la frontera de la Federación Rusa con un escudo de misiles en Polonia y los países bálticos y amenazaba con extenderse a Ucrania, otra razón de queja para los rusos. En estas jugadas de ajedrez, el encuentro del G-7, que debió haberse realizado en Sochi, donde se hicieron los juegos olímpicos de invierno, pasó a Bruselas. No era el momento y mucho menos el lugar de mostrarse amigos, cuando en Crimea la situación se ponía cada vez más tensa.
Es así que Rusia, que se había sumado ininterrumpidamente hace 17 años al G-7+1, fue deliberadamente excluida ahora como forma de mostrar el disgusto por su reacción a los acontecimientos en Kiev. "Que les aproveche", dijo despectivamente Putin cuando le preguntaron sobre esa fiesta a la que no fue invitado.
El primer ministro Dmitri Medvedev, en tanto, replicó un documento del G-7 que apoya "operaciones moderadas para el restablecimiento de la ley y el orden" de Kiev en el este del país. "Los llamados siete se refieren a las `acciones moderadas` del Ejército ucraniano sobre su propio pueblo: esto es un cinismo que apenas se puede superar", dijo. Y bastante de razón tiene, ya que entre las tropas que se envían a las regiones pro-rusas hay un alto componente de mercenarios que según las denuncias tienen bastante poco apego a los Derechos Humanos.
La postura anti-rusa de Obama, por otro lado, para algunos suena a impostada, luego de que el año pasado tuvo que recular en su intento de intervención en Siria. Pero dentro de Estados Unidos son muchas las voces que se van sumando en contra del perfil que le está imprimiendo a la relación con Rusia. En uno de los sitios donde se difunden estas críticas, washingtonblog, se anota un detalle a tener en cuenta: "Dick Cheney ha dominado la política de EE UU hacia Rusia durante décadas, y Obama está siguiendo el libro de estrategias de Cheney". Maik Withey, un analista que publica en Information Clearing House, señala a otro estratega de esta política de condena al "Oso Ruso", el ex asesor del presidente Jimmy Carter, el conocido Zbigniew Brzezinski, quien viene repitiendo desde hace décadas que "la cuestión que la comunidad internacional enfrenta ahora es cómo responder a una Rusia que se involucra en el uso flagrante de la fuerza con mayores objetivos imperiales: reintegrar el antiguo espacio soviético bajo control del Kremlin y cortar el acceso occidental al Mar Caspio y a Asia Central".
Cheney había comenzado su carrera en la administración pública con el gobierno de Gerald Ford, el que sucedió al renunciante Richard Nixon. Luego fue secretario de Defensa con Bush padre y más tarde vicepresidente de Bush hijo. Entre una y otra gestión, y como para no quedarse de brazos cruzados, consiguió empleo en Halliburton, una de las proveedoras de servicios para la industria petrolera más grandes del mundo. Cuando Cheney –uno de los halcones republicanos– volvió a tareas gubernamentales, recibió una indemnización de 36 millones de dólares. Pero siguió percibiendo compensaciones por casi 400 mil dólares, aun cuando era vicepresidente. Los millonarios contratos que consiguió Halliburton tras la invasión a Irak seguramente lo justifican.
La "doctrina Cheney" tiene dos pilares, por un lado la Guerra preventiva, que popularizó George W Bush, y por el otro lo que se llamó la estrategia "del lado oscuro". Esto es, de las operaciones encubiertas de inteligencia hechas de tal modo que si algo falla, el presidente pueda decir sin ponerse colorado que no sabía nada de lo que estaba ocurriendo.
El caso Brzezinski es algo más profundo, ya que el ex asesor presidencial es uno de los teóricos en estrategia política más reputados del mundo. Él mismo se considera un discípulo de Henry Kissinger. Ambos comparten una visión y están atravesados por un sentimiento similar sobre lo que debería ser el centro de Europa. Kissinger, nativo de Alemania, tuvo que huir del nazismo con sus padres. Los Brzezinski, huyeron de Polonia y se refugiaron en Canadá. Zbigniew haría carrera posteriormente en Estados Unidos. Cheney y Brzezinski creen en la política de equilibrio de las potencias que pergeñó en el siglo XIX el conde austríaco Klemens  von Metternich y la estrategia de la contención que elaboró el estadounidense George Frost Kennan en 1946. En tal sentido, Cheney va un paso más allá y desarrolló la idea del ataque preventivo que popularizó luego George W. Bush. En cualquiera de estos contextos, Rusia es presentada como un enemigo a contener. Un temible Oso a punto de atacar.
Sin embargo, hay algunas particularidades en este análisis. En principio, Putin cuestiona la forma en que la Unión Europea forzó un acuerdo con el gobierno de Viktor Yanukovich y luego lo destituyó –violando acuerdos previos– cuando no pudo avanzar con su propuesta originaria.
Por otro lado, una estrategia de contención a lo Metternich debería implicar el compromiso de los socios europeos hacia un fin común.
Ocurre que la celebración de Normandía servirá de excusa para que Merkel y Putin busquen limar asperezas en torno de la provisión de gas ruso antes de que llegue el invierno boreal. Con Hollande, Putin tiene pendientes contratos para la compra de buques de guerra tipo Mistral por unos 1200 millones de euros. Ni qué decir las críticas que recibió Hollande, que se justifica en que la crisis no permite lirismos.
Mientras tanto, Putin firmó con las autoridades chinas un convenio para proveer de gas durante 30 años al gigante asiático a partir de 2018. El contrato implica un monto de 400 mil millones de dólares, pero en monedas locales. La "desdolarización" del mundo también es una forma de lucha, y de las más contundentes.

Tiempo Argentino
Junio 6 de 2014
Con el placer de compartir la ilustración de Sócrates

sábado

Europa en la trampa del escepticismo


Comienza otra etapa para la institucionalización en la Europa comunitaria, y muchos temen que no sea un inicio demasiado auspicioso. El 25 de mayo, los ciudadanos de los 28 países de la Unión Europea votan en elecciones parlamentarias. La futura Eurocámara será el colectivo legislativo con las mayoras atribuciones desde que en el Viejo Continente se decidió dirimir las cuestiones entre las naciones por vías civilizadas. Pero entre los ultraderechistas que abrirán las sesiones en el edificio Louise Weiss, en Estrasburgo, habrá un conglomerado tan disperso como rebelde, conformado por ultraderechistas, independentistas y descontentos que genéricamente pueden ser catalogados como «euroescépticos». El crecimiento del Frente Nacional de Marine Le Pen en las municipales francesas y de grupos xenófobos en Holanda o en Gran Bretaña terminó de levantar las alertas. Pero la cosa no es nueva.
El Tratado de Lisboa, que prevé entre sus fundamentos darle más atribuciones al Parlamento Europeo, nació como un desesperado plan B luego del fracaso en el intento de aprobar una Constitución Europea una década atrás. El proyecto original consistía en que la Carta Magna continental se votara en referendo en cada uno de los estados miembros y que la aceptación fuera unánime. Todo iba bien hasta que franceses y holandeses rechazaron masivamente la Constitución (69 y 63% en contra respectivamente) entre mayo y junio de 2005. De nada valió el voto en el resto de las naciones.
Fue entonces que los líderes comunitarios decidieron encarar otro camino, menos democrático pero más efectivo: imponer las mismas normativas de una ley fundamental para regir los destinos de los 500 millones de habitantes de la Unión Europea, pero aprobada sólo por los gobiernos, cosa de garantizar que no hubiera incómodas fisuras ciudadanas.
Así fue que en el impresionante Monasterio de los Jerónimos de Belem, en la capital lusitana, en diciembre de 2007 se firmó el Tratado que, en cierto modo, ahora se ve sometido a escrutinio parlamentario. Porque el actual Congreso Europeo, elegido en 2009, tenía la mitad de las responsabilidades legislativas que tendrá el que se vote en algunas semanas. Además, la crisis económica y social que atraviesa a la región no hizo más que profundizar las desconfianzas y el rechazo en grandes capas de la población hacia un organismo que en teoría nació para sumar voluntades detrás de un objetivo común desde fines del siglo XX.
La futura Eurocámara tendrá más prerrogativas para cuestiones legales y aspectos de la vida común de las personas, pero hay un dato que es clave: también se pondrá en vigencia por primera vez la elección del presidente de la Comisión Europea –una suerte de gabinete de ministros que detenta el poder ejecutivo continental–, facultad hasta ahora reservada a los estamentos palaciegos. Esta asamblea elegirá al jefe de Gobierno como se suele hacer en los estados parlamentarios, por acuerdos políticos en la legislatura.  De allí que las encuestadoras vengan trabajando a full desde hace meses en cada uno de los actuales 28 países integrantes de la UE para detectar el mínimo cambio de tendencia que oriente o tranquilice espíritus, y que muchos analistas digan este es el «el adiós a la peor generación de directivos europeos, y el primer paso inequívoco hacia la Europa parlamentaria», como sostiene el «europeísta» e investigador en la Universidad de Londres Dídac Gutiérrez.
Conviene decir, también, que los partidos políticos que participan de esta puja son conglomerados a nivel regional que nuclean a las principales líneas políticas. Así es que hay un Partido Popular Europeo (PPE) que, a la manera del conservadurismo español, representa a la derecha institucional; y un Partido Socialista Europeo (PSE), de tendencia socialdemócrata, más partidos de izquierda más radicalizada y agrupaciones «verdes». Actualmente hay una mayoría «popular» en el congreso continental, aunque el presidente de la Comisión Europea es el socialista alemán Martin Schultz.
Los sondeos de las principales agencias encuestadoras –es el caso de PollWatch– dan un empate técnico entre el PPE y el PSE, con 212 escaños para cada uno en el futuro congreso, que contará con 751 miembros. Los partidos «escépticos» serían la tercera fuerza, si es que deciden juntar posiciones, y podrían sumar cerca de 150 bancas; un peso no desdeñable y suficiente para dificultar la aprobación de cuestiones clave en medio de una crisis que no parece tener fin. No obstante, no es nada que una alianza razonable de europeístas de los diferentes pelajes no pueda enfrentar.

Xenófobos
Cuando los análisis van a la sintonía fina aparecen algunos datos que preocupan hacia adentro de cada país y al conjunto en cuanto a la presión que los grupos menos integracionistas puedan ejercer hacia cada ciudadanía. Por ejemplo, en Francia, donde el socialismo recibió una dura derrota en las municipales, crece el movimiento xenófobo encarnado por Le Pen, que puertas adentro sumó cerca de un 7%, pero de cara a las europeas tiene un porcentaje de adhesión del 22%, apenas un punto y medio menos que el derechista UMP, del ex presidente Nicolas Sarkozy y tres más que el PS, por lo que ya es la segunda fuerza electoral del país galo.
En Gran Bretaña pasa algo similar. El laborismo, enrolado  en el PSE, obtendría 30% de los votos, pero el UKIP, Partido por la Independencia del Reino Unido, sumaría 25 puntos, lo mismo que los «tories». Su líder, Nigel Farage, es un furibundo antieuropeo que reclama alejarse definitivamente de la UE en pos de «independizarse» de utopías que sólo perjudican a Gran Bretaña. Propone, sin ambages, un plebiscito que obviamente ningún gobierno a esta altura desea implementar.  «La UE es un viejo sombrero raído; una solución de 1970 para un problema de 1940 que ha sobrepasado su fecha de caducidad», dice Farage.
El Partido por la Libertad de Holanda, el otro país díscolo en los referendos de 2005, marcha primero en las encuestas en ese país, con 17%, y muy cerca está el centroizquierdista Demócratas 66, con el  16% de las simpatías. El mentor del PL (PVV, su siglas en neerlandés) es Geert Wilders, un  xenófobo que propone prohibir el Corán y el uso del burka, cerrar las escuelas islámicas y, de ser posible, deportar a islamistas «peligrosos».
La situación en Alemania, que aparece en el centro de las protestas tanto de los grupos de izquierda como del nacionalismo más rancio en virtud de su rol en la crisis económica que afecta a los países del sur, ofrece aristas para el análisis. Lo más probable, de acuerdo con los sondeos previos, es que la mayoría de los 96 curules que tiene asignada la «locomotora de Europa» se repartan entre el PPE y el PSE (40 y 26% respectivamente), pero viene en crecimiento un grupo menos propenso a la integración, Alternativa para Alemania, que no concitó más del 4,7% de los sufragios en los últimos comicios internos –que no le permitieron lograr una banca en el Bundestag por muy poco–, pero podría llegar al 7% en las continentales.
La APA (AfD en alemán), fundada por Bernd Lucke, profesor de macroeconomía de la Universidad de Hamburgo, representa a todos aquellos quejosos de los millonarios rescates a los países en quiebra. Consideran que Alemania es un país ordenado y eficiente que finalmente se tiene que hacer cargo de salvar la ropa de los menos competitivos. Por eso, directamente propone expulsar a las naciones en crisis de la eurozona para que no «contaminen» al resto, y, de paso, volver al marco y enterrar al euro, acusado de los males que preocupan a los germanos.
El Partido de la Libertad de Austria (FPO en el original) es otro de los euroescépticos, desde la extrema derecha xenófoba y al borde varias veces de que algunos de sus miembros fueran acusados de pronazis. Ahora está en tercer lugar, con 21% de los votos, pero muy cerca de populares y socialistas.

Decisiones apuradas
En Grecia, seguramente el país más devastado por una crisis a la que no son ajenos bancos y organismos alemanes, marcha primera en las pesquisas la coalición de izquierda Syriza, que tiene a la cabeza a Alexis Tsipras. Fuerte crítico de la política de socialistas y conservadores, Tsipras fue moderando su discurso y, de una posición proclive a abandonar el euro como única forma de resolver el problema de la deuda pública, ahora propone anular el memorando firmado con la troika y negociar en mejores condiciones de pagos, como hizo Argentina desde 2004.
En tercer lugar marcha en España la alianza Izquierda Unida, que también proponía una salida del euro, aunque ahora reclama negociar la pertenencia en condiciones menos onerosas para la población española.  IU tiene un 14% de votos, por debajo de populares y socialistas. El problema con España viene de sus propias entrañas: los catalanes plantearon un plebiscito independentista para el 9 de noviembre que, por lo pronto, la UE ya dijo que será considerado ilegal; esto es, que no reconocerá como miembro a Cataluña si el resultado es positivo. Escocia también tiene agendada una consulta independentista para el 18 de setiembre, pero esa cuestión también deberá dirimirse puertas adentro, porque ni catalanes ni escoceses  pretenden salirse del paraguas paneuropeo.
Como sea, en vista del clima inestable que avizoran los estrategas políticos de la UE, las actuales autoridades ejecutivas y parlamentarias aceleran decisiones consideradas clave para el futuro de la integración regional, pero que podrían resultar trabadas ante una asamblea hostil. Así es que la dirigencia apuró la firma de un acuerdo para acelerar el mecanismo de resolución bancaria que disponga los recursos nacionales en un fondo único. Al mismo tiempo, urge al Mercosur para la firma de un tratado de libre comercio que se viene demorando por la reticencia argentina a aceptar que Europa mantenga subsidios a la producción agrícola
Representantes de la UE recorrieron los países sudamericanos para concretar ese convenio fundamental, como dijeron sin tapujos, para sentarse en otras condiciones frente a Estados Unidos por el denominado Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) que, según se entusiasman en Washington, significará unir los centros económicos y comerciales más poderosos del mundo en un solo mercado. Organizaciones sociales y políticas europeas vienen denunciando los riesgos para la UE de aceptar las condiciones que fija la Casa Blanca. Se parece mucho a los cuestionamientos que recibió en su momento el ALCA en esta parte del mundo.

Ronda de candidatos
Uno de los problemas «colaterales» que preocupan a la dirigencia europea es el de la participación en los comicios. Normalmente, las elecciones no concitan mayor atención y la asistencia no suele llegar ni al 50% de los ciudadanos en condiciones de votar. Esta vez se conformarían con un 40%.
De todas maneras, la ronda de candidatos está a pleno, por más que falten pequeños detalles en cada país. Así, el Partido Popular Europeo ofrece como aspirante a la presidencia de la Comisión Europea a Jean-Claude Juncker. El luxemburgués fue presidente del Eurogrupo entre 2005 y 2013 y es una de las figuras de la centroderecha continental.
Los socialistas llevan como representante a la CE al actual presidente, Martin Schulz, quien es eurodiputado desde hace 20 años. La Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa, un sector de la derecha federalista –que impulsaría de buena gana la creación de los Estados Unidos de Europa–, se encolumna detrás del belga Guy Verhofstadt. El hombre tiene en su CV un libro publicado, Por Europa, escrito junto con el «verde» y ex líder estudiantil del Mayo del 68 Daniel Cohn-Bendit.
El Partido Verde Europeo, en tanto, lleva a Ska Keller y José Bové. Reconocido activista de la llamada «antiglobalización» y con inserción en los sectores agrarios franceses, Bové comparte preferencias con Keller, que ganó las primarias con un récord de votos.
La Izquierda Europea encontró en el griego Alexis Tsipras al candidato ideal para representar un europeísmo de corte solidario, un sitial al que la socialdemocracia renunció hace tiempo a un costo que en cada país se cuenta en millones de votos, que peligrosamente se acercaron al extremismo derechista y no al progresismo.

Revista Acción
Abril 15 de 2014
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viernes

El Tea Party recorre el mundo

Leonarda Dibrani es una adolescente gitana de origen kosovar de 15 años que estudiaba en Doubs, cerca de la frontera con Suiza. Su caso trascendió porque fue expulsada del país en setiembre pasado junto con su familia por no tener los papeles de residencia en regla. Sus compañeros de estudios organizaron ruidosas marchas y concitaron la adhesión de alumnos de escuelas de todo el país reclamando que le permitieran regresar al colegio.
La presión se hizo sentir y finalmente el presidente François Hollande aceptó que volviera para retomar sus estudios. Pero insistió en que no dejaría que los cinco hermanos Dibrani y su padre cruzaran la frontera en sentido inverso. Obviamente, era una solución traída de los pelos que no podría resultar. "No abandonaré a mi familia, el presidente no tiene corazón, no ha comprendido para nada la situación", se quejó la chica.
El entonces ministro del Interior, Manuel Valls, responsable de la medida, no quería aflojar un tranco. Y en un documento de 24 páginas que colgó de la Web de la dependencia, señaló que la expulsión de los Dibrani estaba justificada porque estaban afincados de manera ilegal y ninguno de los recursos que presentó Resat, el padre, habían sido considerados como admisibles.
En una entrevista a radio France Inter, Valls no dudó en asociar a los gitanos con "la mendicidad y la delincuencia", y propuso como solución el desmantelamiento de sus campamentos y la expulsión. Valls, curiosamente, no es nacido en Francia sino en Cataluña y es un reconocido hincha del Barça y de los toros. Pero se ve que a él la legalidad le vino más fácil.
Por varios días, el caso se mantuvo en los medios, luego fue decayendo. No es para menos: las encuestas probaban que el 74% –si, tres de cada cuatro ciudadanos, como se lee– aprobaba la postura del ministro Valls y un 65% rechazaba la posibilidad de que el gobierno dejara volver a la familia gitana. El dato fue tenido en cuenta por todos los sectores políticos y principalmente por Hollande.
El corrimiento a la derecha del electorado francés fue agua para el molino de Marine Le Pen, del Frente Nacional. Hija del polémico fundador del partido, Jean-Marie, alguna vez condenado por negacionista del Holocausto y por decir que la ocupación nazi de Francia no había sido "particularmente inhumana", Le Pen padre llegó a disputar la segunda vuelta presidencial de 2002 contra Jacques Chirac.
Su hija se metió en política con intenciones de aggiornar al partido ("desdiabolizar", en sus términos) y ganó puntos haciendo expulsar del FN a un dirigente que apareció en una foto haciendo el saludo nazi. En las municipales de la semana anterior el partido de Le Pen ganó en once grandes ciudades, algunas de ellas tradicionales bastiones del socialismo, y arañó el 7 % de los sufragios. Su discurso proponía, entre otras cosas, una consulta para una reforma del Código Penal. Los ciudadanos deberían decidir entre una cadena perpetua de cumplimiento efectivo y la pena de muerte para los delitos más graves.
Hollande, que ya venía dejando en el camino sus promesas electorales en el campo económico –está cada vez más parecido a Nicolás Sarkozy– convocó a Valls para el cargo de primer ministro en lugar del más progre Jean-Marc Ayrault. No se decidió por la docencia para explicar a la población que hay valores que debieran honrar a una sociedad como la francesa, por haber sido precursora. Pudo más el resultado del comicio pero sobre todo escudarse en que se pueden perder votos si no se hace lo que la sociedad reclama. A partir de valores propagados por los medios, aunque tengan escaso rasgo humanitario.
Esta forma de hacer política es la que llevó poco a poco a que los republicanos estadounidenses y esa sociedad en general se hayan corrido más a la derecha, si cabe. Apurados por el grupo Tea Party, ese sector anárquico pero poderoso al que no le tiembla la pera a la hora de proponer las ideas más retrógradas, no tuvieron empacho en poner freno a las iniciativas más progresistas de Barack Obama. Jugaron fuerte con el rechazo a la ley de salud y llegaron al bloqueo financiero del Estado, acompañados por el resto de los republicanos que no quisieron arriesgarse a ir contra el supuesto electorado. Un electorado presuntamente nacido de los medios de comunicación derechizados, que también ofrecen solo eso que se supone que el público quiere, sin pensar demasiado en las consecuencias.
Dos multimillonarios, David y Charles Koch, suelen financiar iniciativas como las de Tea Party, un conglomerado de militantes sin líderes aparentes pero con poder de fuego para limar el prestigio de cualquier dirigente con medio gramo de sensatez. Es cierto que son los tiempos que corren, pero son tiempos peligrosos. Y para el Tea Party una de las cuestiones fundamentales es que los ricos paguen cada vez menos impuestos, bajo el argumento de que con el dinero de los contribuyentes los populistas "financian a gente que no quiere trabajar".
El plan de salud, en este contexto, es malo porque beneficia a personas que debieran haberse preocupado por conseguir los fondos que le permitieran tener un plan adecuado. El Estado, para esta derecha ultra-individualista, es el socio molesto que derrama la plata del ciudadano demagógicamente en los bolsillos de los que menos tienen cuando "Hombre, cada uno tiene lo que se merece porque así lo establece el plan de Dios". Palabras más, palabras menos.
EN ARGENTINA. Por esos lugares, la discusión por el rol del Estado va por caminos paralelos, con las diferencias del caso. La última "moda" resulta ser la justificación del linchamiento. El argumento es que quien salió a robar debió prever las consecuencias, la gente honesta está harta y el Estado está ausente. Más sencillo imposible.
El Estado del que hablan es un Estado al que sólo atribuyen un rol punitivo. Y lo dicen dirigentes que mucho tienen que ver con la desaparición de ese otro Estado, orientado a la financiación de la salud o la educación o el desarrollo de los sectores más vulnerables. Con lo que resulta que entienden al Estado como simple garante de la seguridad y la vigilancia de los bienes habidos más que en la resolución de las inequidades o simplemente de la creación y mantenimiento de las fuentes de trabajo. Sin ir más lejos.
Un par de preguntas: ¿Cuándo está ausente el Estado, cuando no vigila en la calle o cuando no garantiza techo, salud, educación y trabajo para los habitantes? Si se tiene en cuenta que más del 60% de los crímenes se producen entre personas que se conocen o familiares y no en ocasión de robo ¿El Estado también debe vigilar en cada casa, en cada habitación? ¿Y cuando el Estado es el criminal, como pasó en la dictadura?
Por eso no llama la atención que el diputado Sergio Massa hubiera hecho coincidir una gira por Estados Unidos con el aniversario del golpe más sangriento en la Historia argentina. Y mucho menos que entre las personas a las que entrevistó hayan estado funcionarios del Banco Mundial, el departamento de Estado, la OEA y hasta el ex alcalde neoyorquino Rudolf Giuliani –cultor de la tolerancia cero en materia penal– o algún miembro del grupo Tea Party como el representante de Arizona Mat Salmon. Tampoco que el ex intendente de Tigre haya publicado fotos con cada uno de ellos, orgulloso, en su cuenta de Tweeter.
También estuvo en algunos think tanks de la derecha mundial, como el Council on Foreign Relations (CFR) tal vez la organización estadounidense no partidista, dedicada a la política exterior, más influyente tanto en Estados Unidos como en los sectores conservadores del continente.
Algunas visitas pueden entenderse como protocolares y para mostrarse aupado por los centros del poder, la política es así. Pero otras, realmente, ¿qué necesidad? A menos que sea una muestra más de que estamos en presencia de un candidato que forma parte de ese selecto grupo que sigue al pie de la letra los dictados de las encuestas. Las que por otro lado reflejan fielmente el run run de los medios, sin filtro, cortapisas ni intervención docente alguna. No sea cosa de remover las olas y se pierda audiencia. O votos.
Dicen por allí que el Tea Party ya se instaló en Francia y podría afirmarse que avanza en Argentina. Amparados en que, parafraseando un término muy común en televisión, los rasgos humanitarios "no garpan" en estos días.
Pregunta final: ¿No será que necesitan forzar un Estado punitivo porque el juego es eliminar todo resquicio de Estado protector?

Tempo Argentino
Abril 4 de 2014

Giro conservador en Francia


A veces los gestos dejan traslucir mucho más de lo que muestran. Que el gobierno de François Hollande haya decidido dejar de lado la discusión sobre una nueva ley de Familia, que permitirá la adopción a parejas homosexuales, en el marco de masivas manifestaciones de los sectores más conservadores de la sociedad, es todo un símbolo.  Cuando se aprobó la ley de Matrimonio Igualitario, el año pasado, la gran sorpresa fue que verdaderas multitudes salieron a las calles a protestar contra lo que sin tapujos llamaron un "ataque a la familia". Sorpresa porque Francia siempre se caracterizó por el espíritu anticlerical y la liberalidad en las costumbres. Pero algo cambió en ese país en forma imperceptible en las últimas décadas, algo que se viene reflejando en un lento pero persistente corrimiento hacia los valores más tradicionales en amplios sectores de la sociedad. Quizás en este corrimiento haya que ubicar también la beligerancia cada vez mayor que muestra el Elíseo en política exterior, a esta altura toda una política de Estado que echa por tierra lo poco que quedaba de las promesas electorales de un presidente que iba a rescatar el ideario de la izquierda luego de varios gobiernos derechistas; promesas que impidieron la reelección de Nicolás Sarkozy, que había colocado al país a la cabeza de las respuestas neoliberales en economía, con un racismo inquietante en lo social mientras al mismo tiempo aprobaba con particular vehemencia las intervenciones militares que propuso la coalición angloestadounidense desde que el inefable mandatario de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) sustituyó a Jacques Chirac en 2007.

Maten a De Gaulle
Recordar que el no menos conservador Chirac fue en 2003 uno de los adalides en la oposición a la invasión del Irak de Saddam Hussein –capitaneada por Estados Unidos y Gran Bretaña pero también por la España de José María Aznar– es toda una lección para cualquier francés de hoy en día. Yendo un poco más atrás en la historia de esa nación, fue durante la gestión del también derechista Valery Giscard D’Estaing, en 1975, cuando se aprobó la ley de aborto. Eran épocas en que Francia mantenía una política exterior «independentista» en relación con el imperio anglo, como solía mencionarlo Charles De Gaulle. Francia ni siquiera participaba de la OTAN –de donde se había retirado en 1966– y mientras el general de la Resistencia vivió, rechazaba el ingreso del Reino Unido a la Comunidad Europea, por la permanente desconfianza hacia Londres. Pero algo fue cambiando en la mentalidad de los descendientes de Astérix para que en 2009 Sarkozy lograra aprobar el regreso a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, el organismo militar creado con la vista puesta en el bloque soviético. Durante la gestión del XXII presidente francés –recordado por su agitada vida privada y su histrionismo en la arena internacional– comenzaron los recortes presupuestarios y se inició el desmantelamiento del Estado de Bienestar, con la excusa de la crisis financiera que se había desatado en 2008, un año después de su llegada al Elíseo. Paralelamente, se iban extendiendo concepciones más extremas en lo social, al punto que el país fue objeto de no pocos tirones de orejas de los organismos de la Unión Europea por el maltrato y la expulsión de las comunidades gitanas rom, que se habían asentado en ese país en busca de una vida mejor al amparo de las políticas de libre circulación de personas que garantiza la integración continental.

Competencia feroz
Cierto es que el giro xenófobo y racista del electorado les marcaba a las autoridades de entonces que algo estaba cambiando en la otrora cuna de los derechos humanos y la igualdad. Pero poco hizo Sarkozy para revertir el discurso retrógrado en la sociedad. Más bien buscó competir con él para mantenerse en el poder.
No le alcanzó en 2012 frente a la oferta de Hollande de volver a los postulados del progresismo. Pero pronto el nuevo gobernante, como se dice, «mostró la hilacha». Y de su ímpetu inicial de voltear el tratado de austeridad que se conoció irónicamente como Merkozy, por la estrecha alianza en los ajustes que habían sostenido la canciller alemana Angela Merkel con su antecesor, pasó sin una transición suave a una política adecuada a los designios de Berlín, aunque con un toque francés. Hubo recortes y el impuesto a las riquezas se quedó a mitad e camino. Además, promovió la creación de una zona euro exclusiva para los socios más influyentes de la Unión Europea (otra vez Berlín-París), luego de haberse presentado como defensor de las castigadas repúblicas del sur (España, Italia, Grecia).
Pero el gobierno de Hollande mantenía al menos el deseo de imponer algunas de sus propuestas sociales. Es el caso de la ley de Matrimonio Igualitario, que, luego de intensos debates en sesiones interminables, fue aprobada en abril pasado. Sin embargo, no había pasado una semana de la puesta en vigencia de la normativa cuando las calles de todo el país se poblaron de cientos de miles de ciudadanos indignados por lo que consideraron un atentado contra los valores de la familia occidental. Según los organizadores de las marchas –agrupaciones ultracatólicas junto con sectores de la derecha más tradicional– sólo en París había un millón de personas, una cifra que la policía rebajó a 150.000. Quizá ninguno de los dos dijo la verdad, pero de cualquier modo se trata de una cantidad abrumadora de ciudadanos que sorprendieron a propios y ajenos dada la imagen de sociedad abierta que Francia se había sabido construir a lo largo de su historia moderna.
Sucede que el partido de Marine Le Pen, la nieta del anciano líder ultranacionalista Jean-Marie Le Pen,  en las elecciones del 2012, había crecido hasta arañar los 20 puntos con un discurso extremo. En un contexto de oscuras expectativas económicas, prende por su rechazo a la «invasión» de gitanos o norafricanos, que en esa versión simplona de la economía les quitan trabajo a los franceses. En setiembre de 2013, incluso, el FN ganó un municipio clave por lo que representa simbólicamente, Brignoles, donde históricamente triunfaban los sectores más progresistas. Pero la desocupación es allí una realidad concreta y demoledora que no permitió  el debate ideológico. Para peor, las encuestas afirman que el partido de Le Pen mantiene una intención de voto cercana al 24% y aparece en primer lugar para las parlamentarias europeas de mayo.

 Gitanos go home
Será por eso que el ministro de Interior de Hollande, Manuel Valls, apareció en el centro de las críticas para esa misma época, cuando ordenó expulsar a una familia gitana. El caso provocó protestas estudiantiles porque entre los deportados estaba Leonara Dibrani, de 15 años, que iba a un colegio destinado a la integración. El gobierno tuvo que salir a relativizar las palabras de Valls, de origen catalán, quien había dicho, sin que le temblara la pera, que los rom tenían que volver a sus países de origen. Los Dibrani son kosovares. En un intento de resolver la cuestión, el gobierno autorizó el regreso de la adolescente, aunque sin sus padres, que están acusados de haber violado las leyes de inmigración.
Al giro en la política económica y en cuestiones de inmigración, Hollande sumó la decisión de mantener el rumbo que le había impreso a la política exterior Sarkozy, uno de los mas fervientes impulsores de la invasión a la Libia de Muammar Khadafi en 2011, a pesar de que el líder árabe –como se reveló por estas semanas– había sido un fuerte sponsor de su campaña para la presidencia en 2007. Hollande no cambió un ápice esta posición, que une a Francia con los anglos de los que De Gaulle recelaba. En tal sentido, exacerbó mucho más que sus «socios» la postura de una intervención armada para derrocar a Bashar al Assad en Siria. Eso sí, ni bien el presidente estadounidense Barack Obama aceptó la gestión de Rusia encaminada a un plan de negociaciones con la oposición, se bajó sin chistar. Ya en enero de 2013 Hollande había mostrado de qué venía su política exterior. Fue cuando desplegó tropas en la república africana de Mali, inmersa en una guerra civil contra grupos salafistas que controlan parte del país. La excusa originaria fue «proteger a sus residentes en Bamako», la capital maliense, y apoyar al mandatario Dioncunda Traoré. Pero las tropas francesas siguen allí, ahora junto con una misión de la ONU.
Antes de terminar el año pasado, Hollande ordenó intervenir en otro conflicto interno en una ex colonia francesa en la misma región, la República Centroafricana. Durante varias semanas hubo enfrentamientos entre militantes de Séléka, que en marzo derrocó al presidente François Bozizé, y las milicias partidarias del mandatario, los «Anti-Balaka» («antimachete» en la lengua oficial del país). Hubo centenares de muertos y Hollande arguyó motivos humanitarios para pedir el apoyo de la ONU y desembarcar soldados en ese territorio.
Como colofón de esta política «anglófila», a fines de enero el presidente galo se reunió en Londres con el premier británico David Cameron para tratar el futuro de la UE  y hablar de «seguridad internacional». El dato más relevante fue el anuncio de que Francia y el Reino Unido construirán aviones no tripulados (drones) y un sistema misilístico en conjunto. «Ambos vemos el vínculo entre nuestra prosperidad interna y ser protagonistas activos en la escena mundial y reconocemos que si aumentamos nuestros presupuestos de defensa, nuestras fuerzas armadas se beneficiarán de un mejor equipamiento y las industrias seguirán siendo las líderes del mundo», se explayó Cameron.
Fue el cierre de un acuerdo aeronáutico como no se veía desde que se clausuró el proyecto  Concorde, el avión de pasajeros supersónico construido por ambas naciones que voló entre 1976 y 2003, pero ahora enfocado en la vigilancia planetaria. Un giro copernicano perfecto.
 
Vidas paralelas
Cecilia Ciganer Albéniz, bisnieta del músico español Isaac Albéniz, fue la esposa legítima de Nicolás Sarkozy hasta pocos meses después de haberse convertido en primera dama. Los rumores de infidelidades circulaban desde la campaña electoral, pero no parecía el mejor momento para romper una relación que llevaba 11 años. Todo se precipitó cuando se difundió que ella mantenía una relación oculta con un publicista. Pero él no le iba en zaga y por entonces vivía un romance con la periodista Anne Fulda, de Le Figaro. Pocos meses más tarde, Sarkozy se casaría, en cambio, con la ex modelo y cantante Carla Bruni.
A fines de enero, y antes de viajar a la cumbre con Cameron en Londres, Hollande anunció que se separaba de la periodista Valérie Trierweiler. Semanas antes había estallado el escándalo cuando se publicó que Hollande –quien había sido esposo de Ségolène Royal, la candidata presidencial por su mismo partido, el PSF, que en 2007 perdió en segunda vuelta con Sarkozy–, vivía un romance con la actriz Julie Gayet. Hollande declaró escuetamente que ya no habría primera dama mientras él estuviera en el Palacio de gobierno.

Revista Acción
Febrero 15 de 2014