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martes

La democracia muerta en Europa

Si hay alguien que entendió claramente de qué venía el juego entre Grecia y la Eurozona fue el ex ministro de Finanzas Yanis Varoufakis. Economista y docente de prestigio en su país, Gran Bretaña y Australia, Varoufakis pronto encontró rechazo en su par germano Wolfgang Schäuble, que reclamó expulsarlo de las reuniones conjuntas. Tenía dos buenas razones: no es fácil embaucarlo porque sabe de lo que habla. Pero lo peor es que publicó en su twit todo lo que se discutía puertas adentro, y eso es particularmente irritativo para las "fuerzas oscuras" de la troika.
En un reportaje a la publicación británica New Statesman, Varoufakis tira un puñado de frases que desnudan el trasfondo que llevó al premier Alexis Tsipras a convertirse en la contracara de lo que prometía. "Los 'poderes reales' son como temías…"; "quizás los países endeudados simplemente deberíamos dejar de celebrar elecciones"; "nuestra Eurozona es un lugar muy inhóspito para la gente decente".
La pregunta que se hacen todos quienes apoyaron a Syriza y le habían dado crédito al último discurso antes del referéndum del 5 de julio es: ¿Por qué Tsipras se entregó tan rápidamente? ¿Es que no tenía opciones? Mejor aún: ¿Para qué la consulta popular?
Que la deuda griega es impagable se sabe desde hace cinco años. Las comparaciones con la Argentina del 2001 no son posibles, pero es bueno recordar cómo Néstor y Cristina respondieron ante las amenazas de los acreedores: doblando la apuesta. Así demostraron que cuando hay voluntad política se puede mucho más de lo que parece.
¿Tsipras pensó que podía correr a Schäuble con un referéndum demoledor? Para eso faltó la última puntada, doblar la apuesta. Pero pidió a Varoufakis que diera un paso al costado y después llevó al parlamento una serie de recortes que mostraban sus temores. Era muy probable que en ese contexto desde Bruselas le respondieran que no era suficiente.
A Grecia se le pide disciplina fiscal y económica. Pero en realidad se le exige simplemente disciplina, acatamiento, humillación. ¿Por qué Tsipras no aceptó ofertas de ayuda que le hizo Vladimir Putin? ¿Por qué no aceptó convites de los BRICS de hace unos días?
Grecia tiene mucho más en común con el mundo europeo oriental que con el occidental. Desde la religión ortodoxa hasta los caracteres con que escriben. ¿Es que no quería convertirse en la Ucrania del Mar Egeo? Varoufakis dice que en sus cinco meses de gestión le vio la cara al poder real. Y que esos "poderes oscuros" son como se los imaginaba. ¿Tsipras entendió que los griegos no se querían ir del euro ni de Europa? ¿Comprendió que la democracia ya estaba muerta y fue un gesto inútil convocarla hace apenas diez días?

Tiempo Argentino
Julio 14 de 2015



viernes

La guerra por los recursos


Difícilmente Grecia, sea cual fuera el resultado de la negociación que encara el premier Alexis Tsipras tras el referéndum del domingo pasado, pase al olvido tan rápidamente como quisieran los popes de la troika europea. Porque la crisis helénica desempolvó viejas rencillas en el mundo académico y desató controversias a granel entre los expertos en esa tan difusa disciplina social que es la economía, con el rol del Estado en el centro del debate.
Los que se anotaron esta vez con una carta abierta a la canciller alemana Angela Merkel son cinco economistas de renombre: un alemán, un estadounidense, un británico, un turco y un francés. Este último, Thomas Piketty, es el autor del best seller El capital en el siglo XXI, y aparece en los medios donde se difundió el texto como el gestor de esta iniciativa a contracorriente de lo que los organismos europeos están exigiendo a Grecia.
"Se le pide al gobierno griego que se ponga una pistola en la cabeza y apriete el gatillo. Tristemente, la bala no sólo acabará con el futuro de Grecia en Europa. El daño colateral matará a la zona euro como un faro de esperanza, de democracia y prosperidad, y podría conducir a largo plazo a consecuencias económicas en todo el mundo", dicen los economistas. Entre las razones para instar a rever la política de austeridad a cualquier precio, recuerdan que "el impacto humanitario (en Grecia) ha sido colosal, el 40% de los niños ahora viven en la pobreza, la mortalidad infantil se disparó al cielo y el desempleo juvenil está cerca del 50 por ciento".
Tras detallar cómo se llegó a esta situación, entre ellas corrupción y fraude en la contabilidad cometida por anteriores gobiernos, más los posteriores recortes salariales, de gastos públicos y pensiones, señalan que los programas de ajuste "infligidos a Grecia han servido sólo para producir una Gran Depresión como no se vio en Europa desde 1929 a 1933. El medicamento prescrito por el Ministerio de Finanzas alemán y Bruselas ha desangrado al paciente, pero no ha curado la enfermedad."
Los otros autores del texto son un ex secretario de Estado del Ministerio de Hacienda germano, Heiner Flassbeck; un catedrático de la Universidad de Oxford, Simon Wren-Lewis;  y dos que en su momento se ocuparon, desde rincones dispares, de la explosión globalizadora a fines del siglo XX –para mejor decirlo, de la doctrina del shock económico-: Dani Rodrik y Jeffrey Sachs, hijos dilectos de la Universidad de Harvard.
Sachs tuvo su cuarto de hora de fama desde que se puso a asesorar al sindicato polaco Solidaridad cuando su líder, Lech Walesa, aspiraba a la presidencia, en1989. También fue "partícipe necesario" en la transición entre la Unión Soviética y la creación de la Rusia capitalista, con Boris Yeltsin, y de las políticas que terminaron por llevar al caos a Yugoslavia, por esos años. Por supuesto, el entonces ministro de Economía argentina Domingo Cavallo también se ufanaba de tenerlo entre sus consejeros. En esa época, Sachs promovía el paso urgente a las políticas de mercado porque el neoliberalismo era la panacea para todos los males. Lo que incluía el desguace de todo lo estatal, a la mayor velocidad posible. Eso que en criollo se llama "desplumar la gallina antes de que chille".
Tardó poco, Sachs, en arrepentirse de su entusiasmo por ese modelo de apertura sin límites. Lo que le llevó darse cuenta de que las mismas instituciones que le habían dado empuje para tirar por tierra con el sistema económico socialista, le daban la espalda cuando comenzó a advertirles sobre los excesos que cometían. Comprendió, entonces, que la teoría fue apenas un buen fluido para llevar adelante reformas que sólo beneficiaron al sistema financiero internacional.
El que lo sabía era Rodrik, cuando se asombró de la perspicacia del Banco Mundial por su "invención y su comercialización del concepto de ajuste estructural", que "incluye en un mismo paquete reformas tanto microeconómicas como macroeconómicas". Y directamente apuntó al corazón de la teoría del shock. "No ha habido un solo caso significativo de reforma librecambista en un país en desarrollo en la década de 1980 que se haya producido fuera del contexto de una crisis económica grave."
Heiner Flassbeck, otro de los autores de la carta, escribió junto con el griego Costas Lapavitsas (ahora integrante del partido Syriza), un libro que exime de comentarios sobre su contenido: Contra la troika. Allí elaboran un plan estratégico para la salida del euro de los países periféricos como única forma de evitar una catástrofe final para unos y otros.
El último de los firmantes es Simon Wren Lewis, quien en su blog http://mainlymacro.blogspot.com.ar/ suele volcar columnas de opinión que reproducen medios de varios países.  Hace algunas semanas hizo una crítica feroz pero esclarecedora de las razones detrás de los últimos recortes del gobierno conservador de David Cameron en Gran Bretaña. "Cuando George Osborne impuso una dura austeridad fiscal en sus primeros dos años como ministro de Hacienda, al menos tenía una excusa. Podía apuntar a Grecia y decir: tenemos que hacer lo que sea necesario para evitar ese destino (…) pero ahora (tras el anuncio de recortar 37 mil millones de libras esterlinas) no hay posibilidad de que el Reino Unido vaya a ser como Grecia". ¿Por qué lo hace entonces? "Es una gran excusa para reducir el tamaño del Estado, sobre todo cuando se ha comprometido a no aumentar la mayoría de los impuestos."
Es que el Estado está en el eje de toda esta presión al gobierno griego, como lo está en los objetivos que la troika exige a todos los países de la eurozona –a la que no pertenece Gran Bretaña pero con cuyos líderes comparte ideales neoliberales- y como está en las exigencias de los buitres financieros.
Michael Hudson (http://michael-hudson.com), presidente del Instituto para el Estudio de Tendencias Económicas de Largo Plazo (ISLET por su siglas en inglés), analista financiero en Wall Street y profesor  Investigación de Economía de la Universidad de Missouri, sostiene que tanto los organismos de crédito como los gobiernos acreedores y los tenedores de bonos "son capturados ideológicamente por guerreros financieros antiobreros y antigubernamentales". Y abunda: "Impuesta por el monopolio de las instituciones financieras intergubernamentales - el FMI, BCE, del Tesoro de EE UU, y así sucesivamente – la influencia financiera del acreedor se ha convertido en el nuevo modo de la guerra del siglo XXI. Algo tan devastador como la guerra militar por su efecto sobre la población: aumento de las tasas de suicidio, esperanzas de vida más cortas y emigración de quienes siempre han sido las principales víctimas de la guerra: los adultos jóvenes”.
"En lugar de ser reclutado por el ejército para luchar contra los enemigos extranjeros –dice el autor de La burbuja y más allá, otro título que evita aclaraciones- son expulsados de sus hogares en busca de trabajo en el extranjero. Lo que solía ser un éxodo rural a las ciudades desde el siglo XVII es ahora un "éxodo deudor" de países cuyos gobiernos deben altas sumas de dinero a los gobiernos acreedores y a los bancos y tenedores de bonos en cuyo nombre se impone su política".
Más aún, estos organismos "transforman la guerra de clases del siglo XIX en una crisis puramente destructiva" con el objetivo casi explícito en Grecia de remplazar al gobierno díscolo de Tsipras por tecnócratas y "ex gerentes  de Goldman Sachs", cosa de imponer "una guerra contra el trabajo -en forma de austeridad- y contra el poder de los gobiernos para determinar su propia política fiscal, su política financiera y su política de regulación pública".
Hudson agrega que "Grecia, España, Portugal, Italia y otros países deudores han estado bajo el mismo modo de ataque como el del FMI y su doctrina de austeridad que llevó a la quiebra a América Latina desde la década de 1970". Y tras proponer nuevas reglas de juego a nivel global, acota que "el derecho internacional debe reconocer que las finanzas se han convertido en el modo actual de la guerra. Sus objetivos son los mismos: la adquisición de la tierra, las materias primas y el monopolio".

Tiempo Argentino
Julio 10 de 2015

Ilustró Sócrates


La tregua entre varias batallas

Hace justo 70 años, el 13 de febrero de 1945, comenzó el que tal vez fuera el ataque más brutal de la Segunda Guerra Mundial contra población civil. Durante tres días la Royal Air Force británica y la Fuerza Aérea de los Estados Unidos descargaron unas 4000 toneladas de bombas y explosivos sobre la ciudad alemana de Dresde, un fuerte centro económico e industrial germano, provocando al menos 35 mil muertos.
Todavía hoy se discute sobre ese ataque a 12 semanas de la rendición del nazismo porque se lo considera un hecho innecesario que daría pie a denuncias por crímenes de guerra si no fuera porque quienes lo protagonizaron fueron los ganadores de la contienda. Paralelamente las tropas soviéticas avanzaban hacia Berlín, acelerando la caída del régimen nazi, lo que justifica que muchos analistas sostengan que el ataque a Dresde fue, en realidad, contra el Ejército Rojo y para marcarle la cancha a Stalin.
Cuarenta años después, la canciller alemana Angela Merkel lidera junto con el presidente francés François Hollande una verdadera cruzada para frenar las ansias armamentistas que reiteradamente se expresan desde Washington. Barack Obama señaló en estos cruciales días que si no se llegaba a un acuerdo por Ucrania estaba dispuesto a enviar armamento letal a Kiev. Curiosa definición para los productos de la industria bélica más poderosa del mundo. ¿Hay armamento que no sea letal? Salvo que hubiera aludido a algún tipo de herramienta cultural, educativa o sanitaria en forma metafórica...
El caso es que ante la negativa de Hollande y Merkel, que le habían pedido unos días más para negociar con el líder ruso Vladimir Putin, Obama se apuró en pedir al Congreso autorización para combatir al Estado Islámico (EI) por un período de tres años. "No es una autorización de otra guerra en tierra", aclaró el mandatario, pero el recuerdo de las guerras de Irak y Afganistán desmiente esta aseveración.
El gobierno de Obama a todas luces busca mostrarse activo y resuelto para enfrentar a la nueva composición del Capitolio, con una mayoría republicana en ambas cámaras que intenta aguarle una sucesión demócrata el 20 de enero de 2017. De allí que en el ámbito exterior intente estar en el centro de la escena, como lo demuestra en las áreas que están bajo control de los yihadistas del EI. Putin no le va en zaga y el martes viajó a El Cairo, donde se entrevistó con el presidente-militar Abdelfatah al Sisi, firmó acuerdos nucleares y hasta le regaló un fusil Kalashnikov, en un gesto sin medias tintas.
El acuerdo alcanzado en Minsk tras 16 horas de negociaciones al máximo nivel, mientras tanto, puede ser el inicio del camino hacia una paz permanente y duradera o el preanuncio de tormentas mayores y definitivas en el futuro cercano. Dependerá de cómo se vayan desmontando los mecanismos que llevaron a esta situación.
"No fue la mejor noche de mi vida, pero creo que la mañana es positiva porque hemos podido coincidir en los temas principales pese a todas las dificultades de las negociaciones", se sinceró Vladimir Putin ante los periodistas. Hollande y Putin consideraron que esta frágil tregua es "un alivio para Europa".
Para que no queden dudas de qué estofado se cocina en esa olla, en forma inmediata la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, anunció un crédito de 17 mil millones de dólares destinados a programa de cuatro años "para apoyar la inmediata estabilización económica de Ucrania, al igual que el conjunto de reformas emprendidas por el gobierno para restaurar un crecimiento económico firme a medio plazo y mejorar los estándares de vida de la población". Si todo marcha al gusto del FMI, habrá otro paquete de "asistencia financiera" que suma 40 mil millones de dólares.
No es un dato para descartar, cuando los organismos financieros europeos están tratando de sofrenar el fuerte rechazo que les viene desde las calles griegas. El primer ministro Alexis Tsipras intentó en Bruselas no romper con la troika pero tampoco al precio de traicionar el mandato de las urnas y el reclamo de los manifestantes, hartos de los recortes a los que Grecia es sometida desde el inicio de la crisis europea.
Los griegos desafiaron las presiones desembozadas en los medios de comunicación del continente y depositaron sus esperanzas en Syriza, una coalición de izquierda que busca resolver la enorme deuda externa con medidas calcadas de la Argentina tras el default de 2001.
A los organismos paneuropeos les resulta difícil demostrar que son demócratas consumados mientras el titular de finanzas alemán diga que no se aceptarán cambios en el programa elaborado desde Bruselas para Grecia. Algo más dispuesta se mostró Merkel, quien al irse de Belarus dijo que habría alguna solución que no lleve la sangre al río, aunque no especificó cuál. Por lo pronto dejaron todo en manos de "expertos", una forma de patear la pelota para adelante. Otra tregua al fin de cuentas.
Tsipras volvió a repetir que Alemania le debe mucho a Grecia desde la Segunda Guerra, cuando tropas nazis ocuparon el país. Se trata de un préstamo obligatorio impuesto por las tropas hitlerianas que los técnicos griegos estiman en 11 mil millones de euros actuales. Además, el reclamo por los daños causados en instalaciones y en la población civil treparía a 160 mil millones más. La mitad de la deuda actual de Grecia.
Cuando están por cumplirse 70 años del fin de la guerra, en Europa reaparecen muchos de los problemas que por siglos la llevaron al incendio. Francia y Alemania coinciden en llevar la batuta, pero Rusia vuelve a cantar presente. Si a la caída de la Unión Soviética la Unión Europea pensó que tenía el mundo a sus pies, este cuarto de siglo demostró que estaban equivocados.
Putin busca recomponer el antiguo papel que desde Pedro y Catalina venía cumpliendo el imperio zarista. Se dice que el PBI ruso es menor que el de Italia, potencia de segundo orden, y es cierto. Pero nunca fue mucho más que eso cuando los Romanov buscaban su lugar la mesa de discusiones del orden mundial. Y buen barullo que hicieron.
Esta escalada en Ucrania, conviene recordar, se produjo luego de que la alianza occidental intentara derrocar al presidente sirio Bashar al Assad, enfrascado en una guerra civil desde 2011. El que frenó la segura invasión fue Putin, quien se plantó frente a Obama para recordarle que Siria es aliada de Rusia desde tiempos de la URSS y que allí hay una base militar de Moscú. Fue después que la UE y la OTAN intentaron avanzar hacia la frontera más íntima de Rusia y apoyaron el golpe contra Víktor Yanukóvich, en febrero pasado. La otra gran base rusa está en Crimea. Parece que se estuviera hablando del siglo pasado, pero la reincorporación de la península a la Federación Rusa se produjo el 18 de marzo de 2014. El levantamiento de los rebeldes pro-rusos del este vendría a continuación.
Esta semana el presidente sirio ofreció una entrevista a la BBC. El entrevistador Jeremy Bowen comenzó el reportaje como "para romper el hielo": le preguntó si ante el avance del grupo yihadista y la pérdida de control de parte de su territorio no creía que Sira era un Estado fallido. Al Assad rechazó esa caracterización, como era de esperarse. El cuestionado mandatario sirio espera poder resistir el embate de los grupos fundamentalistas, pero quién sabe hacia dónde se encamina la situación, con tantas manos metidas en el plato.
Vistas las cosas desde este rincón del mundo, resulta interesante analizar el concepto de Estado fallido, una definición elaborada por la CIA hace 20 años para explicar la situación en diferentes naciones del mundo y justificar así una intervención "civilizadora". Son muchos los que inscriben a México en esta lista, por la violencia desatada en esa nación.
En el caso argentino, hubo quienes en el inicio de este milenio pedían a gritos que alguien de afuera viniera a resolver la endiablada crisis en la que se había caído por la convertibilidad.
Aún se recuerda a la ex secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright reclamando prácticamente una intervención externa en la economía argentina cuando era evidente que los planes pergeñados por el FMI habían llevado al fracaso. En estos días se vuelven a escuchar voces en esa misma línea tras la muerte del fiscal Alberto Nisman. Convendría mirar cómo viene la mano afuera antes de reclamar por lo que aparece de adentro.

Tiempo Argentino
Febrero 13 de 2015

Integradores y desintegrados

Hubo un tiempo en que Europa era un paraíso, pero como suele suceder, no lo sabía. Hasta que la crisis económica se extendió desde el sur del continente a raíz de la explosión de la burbuja inmobiliaria, y quedaron al descubierto ciertas inconsistencias macroeconómicas que los intereses neoliberales se encargaron de magnificar para llevar agua hacia su molino.
En ese tiempo dorado, los europeos, que acababan de levantarse de las ruinas que había dejado la Segunda Guerra Mundial, construían a pasos agigantados un Estado de Bienestar que era mirado desde este lado del mundo con "la ñata contra el vidrio", como quien dice.
Ese arquetipo ideal se formó en torno a sociedades dispuestas a superar diferencias históricas que habían dejado  millones de cadáveres y bajo el influjo de dirigencias políticas que apostaban a un modelo que repartía para conservar. Dirigencias que habían decidido que era mejor negocio aceptar que todos estuvieran económicamente mejor al precio de mantener la paz y el progreso como posibilidades de futuro.
Con la crisis, el modelo cambió rotundamente y ahora muestra un neoliberalismo extremo, que expresa muy bien la alemana Angela Merkel pero que se monta sobre consensos tecnocráticos que van de Bruselas a Frankfurt, de la sede del gobierno europeo a la del Banco Central, sin escalas. Y que castigan a los que, dentro de ese marco conceptual, aparecen como menos eficientes. En esa "bolsa" colocan a las naciones del sur del continente, como España, Portugal e Italia.
Antes, en aquellos buenos viejos tiempos, ganara quien ganara una elección daba lo mismo para las grandes mayorías, porque las garantías sociales eran inconmovibles. Nadie les iba quitar los derechos laborales, o a la salud y la educación,  o a una jubilación digna.
No es que con la crisis se perdieron consensos, más bien que los acuerdos inconmovibles ahora son en perjuicio de los que menos tienen. Da lo mismo quien gane una elección, el caso es que siempre van a implementar un plan de ajustes permanentes y darán de baja conquistas sociales afianzadas en la sociedad.
Lo saben ya los socialistas franceses, que pensaron que François Hollande era la esperanza de recuperar viejas consignas y ahora llegan a decir que apoyan a otro François, el Papa Jorge Bergoglio, toda una señal en un partido que tiene entre sus fundamentos la creación de una sociedad laica. Los van sabiendo también los italianos, que comienzan a develar el camino que emprende Mateo Renzi, por ahora algo más tímidamente.
Como contrapartida a todo eso, surgen movimientos que por ultraderecha rechazan la construcción paneuropea. Porque ante la imposibilidad de cambiar el curso de las cosas por medio de las urnas, son pocas las alternativas a las que puede aspirar una sociedad que por primera vez en décadas ve que sus hijos vivirán peor que ellos. Son grupos que promueven retirarse de la Unión Europea y azuzan tendencias xenófobas de las distintas sociedades. Así crecen el UKIP en Gran Bretaña, el Frente Nacional en Francia y grupos más o menos extremos de Holanda y Grecia, sin ir más lejos.
América Latina, y especialmente los países del Cono Sur, padecieron las políticas del consenso de Washington, aquel proyecto que la Casa Blanca acometió  durante los '90 y que extendió el proyecto neoliberal por todo el continente, con las consecuencias que se conocen sobremanera.
En lo que va del siglo, la región cambió su eje y creó instituciones que se convirtieron en herramientas de cambio, a instancias de un puñado de mandatarios que supieron  interpretar el momento y fueron consecuentes con las medidas que se necesitaban. En el caso del Mercosur, Lula y Néstor Kirchner fueron esenciales para modificar el enfoque aduanero de los '90 por una línea más inclinada a la defensa del trabajo local y del crecimiento con inclusión social. Algo que, por consiguiente, llevó a mantener políticas comunes y posiciones coordinadas en las relaciones exteriores.
Se cumplen nueve años desde que con el apoyo de Hugo Chávez se le dijo No al ALCA, aquel proyecto de mercado común para único beneficio de las multinacionales y el poder financiero.
Las elecciones en Brasil y Uruguay y el clima preelectoral que se vive en Argentina son un espejo donde contrastar la idea de integración que aún mantiene su llama ardiente en Europa y la que defienden los candidatos de las derechas locales.
Aparecen en ese marco electoral voces que claman por abandonar los organismos regionales y que basan su discurso y propuesta en soluciones individualistas. Cierto que la crisis económica deja sus consecuencias incluso de este lado del océano, lo que provocó un menor crecimiento en los principales países y cierto debilitamiento externo en el bloque en general.
Esta realidad permite que empresarios poderosos de todos los rincones del continente ensalcen las posibles ventajas de acomodarse con los centros de poder, como han hecho toda su vida. Un mensaje explícito que distribuyen los medios de comunicación, acicateados por los grupos concentrados que se beneficiaron en los '90 y son conscientes de que su única posibilidad de mantener los privilegios sería la "desintegración" regional.
No es casualidad que la derecha más acérrima fomente la condena a muerte del Mercosur y que sostenga, sin poder dar una sola prueba consistente, las ventajas que habría en ceñirse a las reglas de los organismos internacionales.
Es preocupante, por otro lado, que los grandes fogoneros ideológicos apuesten a destruir eso que con paciencia y oportunidad se fue construyendo desde que Raúl Alfonsín y José Sarney dieron el puntapié inicial al Mercado Común del Sur cuando firmaron el  Tratado de Asunción, en noviembre de 1988.
Es preocupante que esa idea de salvación individual haya prendido como para que propuestas como esas hayan alcanzado importantes cuotas electorales en Brasil y en Uruguay y que incluso se presenten como panaceas electorales. En momentos en que la influencia de los estrategas de campaña es tan determinante para las diligencias políticas, sobre todo entre los candidatos de la derecha, se sabe que nadie se peina sin antes consultar a su asesor de imagen. Los hay que cambiaron la dentadura con la ilusión de ganar un voto.
De modo que ese mensaje antiintegración, que sin dudas busca endulzar los oídos del establishment  –que aporta a los fondos electorales y sustenta los medios de comunicación amigos–, también llega a importantes capas de la población. Seguramente no todos los que votaron por Aécio Neves el domingo pasado lo hayan hecho por su promesa de acercarse a la Alianza del Pacífico y de firmar tratados de libre comercio con Europa por fuera del Mercosur. Pero esa información no los detuvo a la hora de depositar la papeleta. Y fueron más de 50 millones de personas.
También en Europa son muchos los que se quieren bajar del colectivo y de hecho en Gran Bretaña el líder conservador David Cameron promete un referéndum para determinar si los británicos quieren seguir dentro de la Unión Europea. Los grupos xenófobos buscan en el fondo algo parecido, pero en Europa ellos son la derecha de la derecha y no representan a las abrumadoras mayorías. El consenso, con las críticas que cosechan los planes de ajuste, es que la Europa será unida o no será. Hay quienes lo dicen de un modo algo más brutal: "al fin de la Segunda Guerra, el continente estaba cubierto con 25 millones de cadáveres. Ahora son 25 millones de desocupados. Es duro y cruel, pero es un avance."
En América Latina no hubo guerras como esas y las diferencias culturales y nacionales son mínimas. No hay que construir una nacionalidad, hay que reconstruir una Patria Grande que contenga a "todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar este suelo", como dice el preámbulo de la Constitución.
Cierto es que en Brasil y en Uruguay, al fin y al cabo, las elecciones mostraron un consenso mayoritario a favor de la integración y en contra de los medios y de la derecha. Y que además todos y cada uno de los que votaron sí saben lo que eso significa. Pero sigue siendo un dato a tener en cuenta el perfil pro dependiente en muchos sectores de la ciudadanía, acicateados por un establishment que se indigna con el populismo, pero en estos años dorados latinoamericanos "la juntó en pala" sin rubores. Sigue siendo preocupante, en definitiva, esa sensación de que aspiran a llegar al poder para tirar todo abajo y volver al pasado, disfrazado de "cambio de ciclo".

 Tiempo Argentino
Octubre 31 de 2014

Ilustró Socrates