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jueves

Giro histórico entre EE UU y Cuba



La historia de la relaciones de Cuba con Estados Unidos es en gran medida la historia del surgimiento de Estados Unidos como potencia imperial y la desaparición de España como imperio dominante en el Atlántico y el Pacifico. Porque la firma del Tratado de París en 1898, que ponía fin a la guerra hispano-estadounidense, significó el fin de la dominación española sobre Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pero al mismo tiempo abrió el proceso de dominación estadounidense sobre esas naciones.
En el caso cubano, fue el comienzo de una relación que haría eclosión después del 1° de enero de 1959, cuando la guerrilla comandada por Fidel Castro tomó el poder en La Habana luego de la huída del dictador Fulgencio Batista. El gobierno del general estadounidense Dwight Eisenhower se apuró a reconocer a las nuevas autoridades. La dictadura de Batista era políticamente insostenible y en Washington pensaban que todo iba a cambiar para que todo permaneciera, como había sido desde fines del siglo XIX.
La Casa Blanca no tardó mucho en darse cuenta de que la Revolución Cubana iba a ser inmanejable para los intereses estadounidenses, al punto que ya a mediados de 1959 el propio Fidel Castro viajó a Estados Unidos y mostró su postura sobre el comunismo y la Unión Soviética. El rechazo de Eisenhower no se hizo esperar y la respuesta de Castro también fue endureciéndose.
Fue la hora de la nacionalización de empresas estadounidenses y de la reforma agraria. Las elecciones presidenciales no hicieron más que tensar la cuerda en Estados Unidos, que en 1960 disputaba la primera magistratura entre el vicepresidente Richard Nixon y la fulgurante promesa demócrata, John F. Kennedy. En ese marco, Eisenhower apoyó planes de invasión pergeñados por la CIA con grupos de cubanos que se habían exiliado en Miami por su odio visceral a los revolucionarios. Un odio nacido de la pérdida de privilegios de décadas, sustentados en su relación con los intereses estadounidenses. El proyecto que venía elucubrando la CIA corría paralelo a los planes de eliminación física del líder cubano, que incluyeron propuestas que solo podrían entenderse en el marco de la Guerra Fría. El caso es que Kennedy, que asumió en enero de 1961, se encontró con un plan de intervención a medio armar y no tuvo el coraje para abortarlo, aunque tampoco le puso todas las fichas que habrían colocado los republicanos en la misma situación.
En abril de ese año se produjo el intento de invasión a la isla en Playa Girón. Fue el triunfo más resonante de la Revolución, que pudo derrotar a un grupo de aventureros apoyados por Estados Unidos en forma encubierta. La respuesta de La Habana fue profundizar la relación con la URSS y el anuncio de que Cuba había elegido el camino socialista. Es cierto que en otras situaciones Estados Unidos había recurrido sin culpas a una invasión desembozada o a un golpe de Estado. ¿Por qué en este caso todo terminó en un fracaso? En primer lugar porque Playa Girón (o Bahía de Cochinos, para la nomenclatura estadounidense) demostró el apoyo popular con que contaba la Revolución. No es casual que el argentino Ernesto Che Guevara y los hermanos Fidel y Raúl Castro hubieran estado en la Guatemala de 1954, cuando la CIA organizó el golpe contra Jacobo Arbenz. Tampoco que Fidel haya sido testigo de la situación colombiana cuando a la par que se creaba la Organización de Estados Americanos (OEA), era asesinado el líder liberal Jorge Eliecer Gaitán, en 1948. La historia algo enseña. En este caso, cómo se manejaba el imperio en estas circunstancias. Pero, además, la URSS ya había dado su apoyo a la Revolución Cubana.

 Orgullo y prejuicio
Coinciden historiadores y en su momento el fiscal Jim Garrison, el único que investigó la red que sustentó a los exiliados que participaron en la frustrada invasión –es la tesis que se muestra en la película JFK de Oliver Stone–, que el asesinato de John Kennedy, en noviembre de 1963, fue una operación de los grupos descontentos con la falta de apoyo del demócrata a la intentona, y que apañó la agencia de espionaje e incluso el FBI del ultra-anticomunista Edgard Hoover. Es que Cuba, a 90 millas de Florida, era un golpe que, más allá de cuestiones geopolíticas, lastimaba al orgullo nacional.
Lo que vino después fue una escalada de los sucesivos gobiernos estadounidenses por asfixiar el proyecto cubano. Así fue que se desarrollaron leyes cada vez más restrictivas contra la economía, al tiempo que Cuba era expulsada de la OEA, en 1962. Es bueno recordar que en gran medida el derrocamiento de los presidentes Arturo Frondizi y Juscelino Kubitschek en Argentina y Brasil tuvo como componente principal el rechazo de las cúpulas militares de cada nación a la reunión que ambos mandatarios mantuvieron con el Che Guevara. Ninguno aceptaba expulsar a Cuba del organismo interamericano ni romper relaciones con su gobierno, pero ya era fuerte en la región la Doctrina de la Defensa Nacional que desde la Escuela de las Américas formateaba a los uniformados latinoamericanos.
A nivel internacional, lo que vino luego fue el deterioro y la debacle de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, hace 25 años. Contra todos los pronósticos, mientras los países del bloque socialista, incluida Rusia, iban inclinándose hacia el modelo capitalista, los cubanos se «arremangaron» y en lo que se conoció como el «período especial» apostaron a mantener el socialismo a pesar de los vientos en contra.
Fue un momento duro y crucial y mientras desde Washington se estrechaba el cerco económico y financiero, poco a poco Cuba iba logrando persistir con renovados ímpetus. Fue cuando apostó por las investigaciones y las industrias ligadas con la medicina y la salud, al tiempo que con el apoyo de empresas europeas y canadienses impulsó el potencial turístico de la isla.

 Patria grande
Con el nuevo siglo, Cuba se fue integrando cada vez más a la región. La llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela fue como un oasis, por el espaldarazo económico que significaron los acuerdos comerciales de intercambio de los avances científicos cubanos por el petróleo venezolano. Lo mismo hizo Lula desde el gobierno brasileño. Fueron empresas brasileñas con crédito oficial las que construyeron el Puerto Mariel, a 40 kilómetros de La Habana, un emprendimiento destinado a recibir capitales extranjeros para desarrollar la industria y expandir el comercio cubano.
Las nuevas medidas para la actualización del modelo económico fueron una señal de cambio contundente que daba Raúl Castro, quien reemplazó a su hermano Fidel en julio de 2006. Pero el avance esperado por los propios cubanos choca continuamente con el bloqueo, que no solo impide el comercio de estadounidenses con Cuba sino que penaliza a empresas extranjeras que hagan lo propio o a bancos que realicen transacciones financieras con la isla. El costo del embargo, según computan las autoridades cubanas, supera el billón de dólares desde que se implementó inicialmente, en 1962. Esa cifra es aproximadamente el doble del PBI argentino.
En los últimos 18 meses se fueron acelerando conversaciones entre representantes de los gobiernos de Obama y de Castro fomentadas por Canadá pero también y principalmente por el papa Francisco, como reconocieron específicamente ambas delegaciones. La última votación en la ONU a favor de levantar las sanciones fue de 188 a favor de Cuba y apenas 2 por Estados Unidos: uno el voto propio y otro el de Israel. Un resultado que se viene repitiendo desde hace años.
Se trataba entonces de encontrar coincidencias para cambiar este aislamiento que, como admitió Barack Obama, se volcó en contra de la nación que lo promovió.
Desde 1998 cinco agentes cubanos permanecían presos en Estados Unidos acusados de integrar una célula de espionaje. Conocidos en Cuba como «Los cinco héroes», por orden de La Habana se habían infiltrado en organizaciones de exiliados («gusanos» para los revolucionarios) que venían realizando una serie de atentados contra bienes y personas en la isla. Denunciaron a los autores de los ataques ante el FBI y el resultado fue que los condenados terminaron siendo ellos. Dos ya habían podido volver a Cuba, restaban tres que seguían reclamando por un proceso viciado por la intervención de los organismos de seguridad estadounidenses que no querían dar el brazo a torcer.
En 2009, el contratista Alan Gross era detenido en La Habana acusado de formar parte de una red de espionaje bajo la máscara de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Cualquier acercamiento debería pasar por un canje de prisioneros al mejor estilo de la Guerra Fría.
Y así ocurrió el 17 de diciembre: en un operativo sincronizado al detalle, mientras Gerardo Hernández, Ramón Labañino y Antonio Guerrero viajaban para reencontrarse en total libertad con Fernando y René González, Gross viajaba hacia Florida. Pasado el mediodía, Obama y Raúl Castro aparecían ante las pantallas de televisión para anunciar un histórico acontecimiento: luego de 53 años,  reanudarían relaciones. No por casualidad, fue cuando se llevaba a cabo en Paraná la cumbre de presidentes del Mercosur. Señal de que Obama también quiere terminar con el aislamiento del resto de los países latinoamericanos.
«Es hora de poner fin a una política hacia Cuba que está obsoleta y que ha fracasado durante décadas», se justificó Obama. Sus palabras parecían calcadas de la serie de editoriales que The New York Times venía publicando desde antes de los comicios de medio término de noviembre pasado. Castro respondió recordando que aún faltaba resolver el problema más acuciante para Cuba, el bloqueo.
Fidel, en 1961, había dicho: «Algo sí podemos comunicarle al señor Kennedy: que primero verá una revolución victoriosa en Estados Unidos, que una contrarrevolución victoriosa en Cuba». Obama reconoció que «en la actualidad Cuba está gobernada por los hermanos Castro y el Partido Comunista, igual que en 1961». Y remató: «Estos 50 años de aislamiento no han funcionado, es momento de cambiar de postura. No creo que debamos hacer lo mismo durante otras cinco décadas y esperar un resultado distinto».

Romper el cerco
Raúl Castro le recordó a Obama que la normalización de relaciones es un paso decisivo. Pero agregó dos puntos fundamentales. Uno es que todavía falta resolver la cuestión del bloqueo. El otro es que este acercamiento no implica renunciar al socialismo. «Debemos aprender a convivir con nuestras diferencias», aleccionó. Castro deslizó luego que el presidente estadounidense tiene herramientas para avanzar en la liberación total, pero faltaría ponerle fin a 53 años de reglamentaciones superpuestas que coinciden en castigar a un país que no se sometió a los intereses de Estados Unidos. El paquete de medidas que anunció Obama implica una suavización del embargo, pero no la eliminación. La decisión de levantar el cerco económico corresponderá a un Congreso que está en manos de los republicanos.

Revista Acción
Enero 2 de 2015

viernes

El desafío de lo nuevo en Brasil y Uruguay



El domingo se plebiscitan dos proyectos políticos que atraviesan América Latina casi desde que este puñado de naciones inició su vida independiente. Uno vinculado a clases dominantes y el otro, a las grandes mayorías. En ambos casos, el núcleo político que desafía al establishment es un conglomerado de partidos y sindicatos creados en el curso de los últimos 40 años. En ambos casos, llegaron al gobierno luego de varios traspiés electorales. El precio pagado, además, se hizo sentir e interpela en términos ideológicos hacia el futuro.
El Frente Amplio es una construcción que comenzó en Uruguay en febrero de 1971, cuando esta parte del mundo estaba atravesada los embates de la Guerra Fría y los militares se formaban en la Escuela de Panamá, donde la materia principal era la identificación del enemigo como quien luchaba por los derechos sociales y las reivindicaciones populares.
Gran parte de los militantes del FA fueron presos o debieron exiliarse durante la dictadura. Con el retorno de la democracia, en 1984, y con su líder histórico Líber Seregni de candidato, nunca superó el 22 % de los votos. Escasos como para subir a la cima pero suficientes como para dar testimonio. Dos veces fue candidato y dos veces perdió el médico oncólogo Tabaré Vázquez, aunque el Frente seguía creciendo y en 2004 dio el batacazo: ganó en primera vuelta con casi el 51 por ciento. Era la primera vez en 174 años que alguien por fuera de los tradicionales partidos ocupaba democráticamente el gobierno. Un golpe difícil de asimilar para la derecha uruguaya.
En Brasil la historia fue diferente. El golpe militar de 1964 arrasó con lo que quedaba del Estado Novo creado por Getulio Vargas en 1930 y los intentos progresistas de Juscelino Kubischek y Joao Goulart de principios de los '60. Los viejos gremios ligados al varguismo también se esfumaron en medio de un golpe feroz que había llevado a la cárcel a líderes guerrilleros como la actual presidenta Dilma Rousseff o José Dirceu.
Eso evitó grandes conflictos gremiales en los primeros años del régimen militar, pero a la vez facilitó la creación de nuevos sindicatos, más influidos de propuestas socialistas y marxistas. En ese marco fue ascendiendo en el cinturón industrial de San Pablo el liderazgo de un joven e impetuoso dirigente metalúrgico, Lula da Silva, que por una de esas casualidades del destino, había perdido parte del índice de su mano izquierda en una prensa hidráulica en el mismo año en que se produjo el golpe.
Para 1980, Lula fundaba el Partido de los Trabajadores, una herramienta política a la que se fueron adosando dirigentes e intelectuales de izquierda que en muchos casos ya comenzaban a retornar al país con la tenue apertura que permitía para entonces la dictadura. En abril de ese año, Lula encabezó una huelga de 41 días en las fábricas automotrices y terminó preso y procesado.
Otra vez la Guerra Fría se coló en la historia de estos pueblos: en octubre de 1978 el polaco Karol Wojtyla había sido ungido Papa. Indisimulable anticomunista, Juan Pablo II se reunía semanalmente con el jefe de la CIA, William Casey, para analizar la situación detrás de "la cortina de hierro". También comenzaban los tiempos del neoliberalismo, de la mano de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña.
La gran apuesta de la agencia de inteligencia –y de la Casa Blanca– era un líder también metalúrgico, aunque polaco, Lech Walesa. El hombre había creado Solidarnosc (Solidaridad), y dirigía las protestas contra el régimen comunista. Era el primer sindicato opositor en un país del bloque soviético y la punta de lanza de la ofensiva sobre la Unión Soviética que los estrategas de Washington encontraron para perforar el mundo del socialismo real.
Walesa, católico militante, fue el estandarte del "mundo libre" en contra de la "opresión comunista". ¿Podía, en ese contexto, un aliado incondicional de Estados Unidos como Brasil tener entre rejas a otro metalúrgico que reclamaba derechos? Así fue como Lula fue liberado y terminó desprocesado.
Tras la primera ronda electoral luego del retiro de los militares, el PT decidió que era hora de participar en la lucha por el poder desde la democracia establecida. Tres veces se presentó Lula y tres veces perdió contra candidatos de la derecha, en 1989, 1994 y 1998. El sistema electoral pergeñado por los dictadores no dejaba demasiados resquicios por donde llegar al gobierno. Como detalle a anotar, las últimas dos derrotas del PT fueron ante Fernando Henrique Cardoso, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), un intelectual de fuste en los movimientos progresistas de los '60 que debió exiliarse pero terminó siendo defensor del modelo neoliberal tres décadas más tarde.
Fue en ese contexto que grupos internos del PT, entre los cuales Dirceu fue quizás el más influyente, resolvieron aliarse con sectores tradicionales para dejar de ser un partido testimonial. Fue así que el Partido del Movimiento de la Democracia Brasileña (PMDB) se convirtió en el principal socio del laborismo brasileño. El PMDB es la continuación del movimiento "opositor" legalmente aceptado por el régimen militar y en tal sentido resultó el ganador del primer comicio tras la dictadura, en 1985. Sarney era el candidato a vicepresidente de Tancredo Neves, el abuelo de Aécio, el mismo que ahora disputa la presidencia con Dilma. Pero Tancredo enfermó tras la elección y murió antes de poder asumir.
Mediante la coalición con sectores centroderechistas, el 1º de enero de 2003 por primera vez un obrero industrial podría llegar al gobierno en un país americano. Pero allí comenzarían también algunos de los problemas que arrastra esta nueva reelección para el PT. Dirceu y encumbrados dirigentes del partido, entre ellos el tesorero, resultaron acusados de pagos irregulares a partidos afines para sacar las leyes que necesitaba el gobierno de Lula. La causa se inició en 2005 con la denuncia de uno de los personeros de esos socios políticos y generó ríos de tinta en los medios concentrados, entre ellos la revista Veja. Culminó con la condena de todos ellos por la Suprema Corte, en 2012.
Cuando Dilma sucedió a Lula, en enero de 2011, sabía que el tema de la corrupción sería un asunto central en su gestión. Por eso obligó a renunciar a todo funcionario que resultara acusado de no ir por el camino correcto. De ese modo, se fueron siete ministros en el primer tramo de su gestión. Todos de partidos aliados. Las condenas a Dirceu y al presidente del PT José Genoino golpearon de lleno en el partido de Lula.
El tema de la corrupción fue, como se esperaba, central en la campaña tanto en la primera vuelta como en la segunda. Pero en ese sentido, nadie quedó exento de acusaciones, como la presidenta se encargó de recordar en los debates televisados a su oponente, quien fuera gobernador de Minas Geraes y a quien le caben también las generales de la ley.
En Uruguay, los avances que logró el FA no se vieron manchados por denuncias y el inefable José Mujica, resistido por algunos sectores de la sociedad en su momento debido a su pasado guerrillero y sus gestos inusitados, deja el cargo con una imagen favorable del 80%, la misma que tenía Lula cuando entregó la banda presidencial.
Tabaré, un socialista moderado, lleva once puntos de ventaja sobre su inmediato perseguidor, el representante del Partido Blanco Luis Lacalle Pou, hijo del ex presidente Luis Alberto Lacalle. El tercero en discordia, Pedro Bordaberry, es hijo del dictador civil Juan María Bordaberry, quien siendo electo presidente dio un golpe institucional en 1973.
Como eje de todas las campañas, aparte de la corrupción y la inseguridad –en Uruguay hay también un referéndum por la baja en la edad de imputabilidad– figura en lugar destacado la cuestión social. Todos los opositores prometen dejar este esbozo de Estado de bienestar nacido al calor de los gobiernos de Lula y el primer Tabaré. Todos se presentan, también como "lo nuevo".
El recuento de esta historia muestra que nada hubo de nuevo bajo el sol en Brasil y en Uruguay hasta los gobiernos del PT y el FA. Pero que deberán renovar lo nuevo para que esa bandera no la enarbole la derecha, vaciándola de contenido. Un gran porcentaje de los votantes estaba en la escuela primaria cuando lo nuevo llegó al poder, tal vez necesiten más persistencia en el mensaje para percatarse de cómo eran las cosas antes. Y de cómo pueden volver a ser en cualquier momento.

Tiempo Argentino
Octubre 24 de 2014

Ilustró Sócrates


Octubre caliente en América Latina


Si es cierto que la crisis es una oportunidad, la región latinoamericana constituyó, en lo que va de este siglo, una prueba palpable de que es posible aprovechar situaciones críticas para avanzar y construir modelos de desarrollo e integración. Fue un ejemplo, además, del modo en que la pérdida relativa de poder e influencia de Estados Unidos permitió un avance importante en los procesos de integración regional hacia la construcción de modelos de desarrollo autónomo como hacía décadas no sucedía en esta parte del mundo.

Sin embargo, no se puede negar que son horas decisivas para la región. Es que en las elecciones de Brasil, Bolivia y Uruguay no se juega solamente la continuidad de esos proyectos políticos en particular, sino de una estrategia común que, con sus altibajos y diferencias, tiñó de un modo inédito este comienzo de siglo.

El resultado de la primera vuelta en Brasil es, en tal sentido, una buena manifestación de las tensiones que atraviesan sociedades, gobiernos y proyectos en danza. Ganó el Partido de los Trabajadores (PT) creado por Luiz Inácio Lula da Silva que, con un conglomerado de partidos aliados de un extenso arco político que incluye desde un conservadurismo moderado hasta una izquierda más radicalizada, gobierna desde hace 12 años.
Aunque el balance final demuestra que el PT perdió votos en relación con elecciones anteriores, también revela que, tras más de una década en el poder, mantiene a casi el 45% del electorado de su lado. La contracara es que la derecha, representada por Aécio Neves, mantiene un 34% de voluntades. A pesar de que una amplia capa de la sociedad pudo mejorar su propia situación y el país en general ya integra el selecto grupo de los «top ten» a nivel mundial por su poderío económico, hay un tercio de la población que parece ser reacio a los cambios.

Con sólo ver en qué consiste el enfrentamiento entre gobierno y oposición en el plano ideológico se puede percibir qué es lo que está en juego. El gobierno de Dilma Rousseff continuó con las políticas de mayor autonomía llevadas a cabo por Lula, aunque enfocadas más a la profundización de su alianza con el grupo de los BRICS (que Brasil integra junto con Rusia, India, China y Sudáfrica) que con sus vecinos. Eso implicó distanciarse aún más de Washington, un tradicional aliado de la burguesía paulista y, sobre todo, del imaginario de pertenencia de las clases dirigentes brasileñas por décadas.

El punto culminante fue la cancelación, por parte de la presidenta Dilma Rousseff, de una visita programada a la Casa Blanca, después de que el ex agente estadounidense Edward Snowden revelara que el gobierno de Barack Obama espiaba a empresas, organismos y hasta  a la presidenta de Brasil. Se trató de una medida extrema, de un fuerte contenido en la diplomacia internacional: un país latinoamericano enfrentaba de igual a igual a la gran potencia mundial.
El Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) que sustenta la candidatura de Neves, es el mismo que aún lidera ideológicamente el ex presidente Fernando Henrique Cardoso. El intelectual desarrollista de los 60, que devino en defensor del proyecto neoliberal «noventista» en dos presidencias consecutivas, entregó en 2002 la banda presidencial a Lula da Silva. Pero nunca renunció a sus últimas posiciones ideológicas, de una cercanía estrecha con Washington. Cardoso es el padrino político de Neves. Y el candidato del PSDB, nieto de Tancredo Neves, primer presidente electo tras la dictadura, que murió antes de poder asumir el cargo en 1985, expresa esta posición sin ambages: promete que si es electo abandonará las alianzas recientes a nivel global y se volcará, en cambio, hacia el norte.

El ex gobernador de Minas Gerais propone una mayor apertura económica pero también un cambio en el sistema de asociaciones continentales. Esto es, acercarse a los países de la Alianza del Pacífico (AP), un grupo de corte neoliberal creado en 2011 a instancias de los gobiernos conservadores del chileno Sebastián Piñera, el peruano Alan García, el colombiano Juan Manuel Santos y el mexicano Felipe Calderón. Una aspiración que comparte con la poderosa central industrial paulista, que ve en el Mercosur actual una traba para lograr acuerdos comerciales fuera del marco regional, a los que imagina más provechosos para el tamaño de la economía brasileña.
Este es un aspecto central de la disputa política que se da en las tres elecciones de este octubre caliente en Latinoamérica. Porque, al igual que el PSDB en Brasil, también los candidatos de la derecha en Bolivia (el empresario Samuel Doria Medina) y en Uruguay (Pedro Bordaberry y Luis Lacalle Pou, hijos ambos de ex presidentes conservadores) proponen respuestas neoliberales a los problemas coyunturales que fueron apareciendo en estos últimos meses en todos los países de la región. Esa convergencia entre las expresiones de la derecha en distintos países de América Latina parece abonar la teoría del presidente ecuatoriano Rafael Correa, quien habla de un intento de «restauración oligárquica» para referirse a este proceso.

 La otra derecha
Es que desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, y de la mano de la consolidación de proyectos de integración regional, los países latinoamericanos fueron ganando crecientes grados de autonomía. Muchos de ellos surgieron al calor del impulso del fallecido líder bolivariano, tomaron vuelo a partir de los gobiernos de Lula da Silva y Néstor Kirchner desde 2003 y se afirmaron con los triunfos del Frente Amplio (FA) en Uruguay y de Evo Morales, con el Movimiento al Socialismo (MAS), en Bolivia.

El gran hito en este rumbo fue, sin dudas, el No al Alca, la primera gran respuesta colectiva al intento de crear un mercado común desde Canadá hasta Tierra del Fuego, impulsado por el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, y otros gobiernos neoliberales, como consecuencia del Consenso de Washington. La IV Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata en 2005 fue el escenario en el que, por primera vez en la historia latinoamericana, los presidentes de las principales naciones de la región expresaron su oposición a un mandatario estadounidense.

Desde entonces se fue consolidando el camino de la integración. Primero con la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), que tendría un rol preponderante ante el intento de golpe contra Evo Morales en 2008 y contra Correa en 2010, y luego con la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), una entidad continental que genera ámbitos de debate y de políticas al margen de Estados Unidos y Canadá.
El proceso de integración no estuvo exento de altibajos. El firme rechazo de la Unasur a los golpes de Estado en Honduras y Paraguay no impidió que se consolidaran gobiernos ligados con las oligarquías locales vinculadas con Estados Unidos. Paralelamente, las negociaciones que se llevan a cabo en Cuba para alcanzar acuerdos de paz definitivos entre la guerrilla de las FARC y el gobierno de Juan Manuel Santos, plebiscitado prácticamente con la reelección del mandatario colombiano, demuestran que otros vientos soplan en América Latina. Santos representa a la derecha, pero una derecha más racional y dispuesta a soluciones democráticas de las controversias políticas.

Hay otra derecha que fluctúa entre las reglas democráticas y la salida golpista. Al venezolano Henrique Capriles le cabe este sayo. Heredero de una familia de fortuna y notorio antichavista, en el intento de golpe contra el líder bolivariano de 2002 ocupó con un grupo de seguidores la embajada de Cuba en Caracas y cuestionó la cercanía del «régimen» con la revolución. Hace dos años se puso al frente de una coalición, la Mesa de Unidad Democrática (MUD), que si bien perdió la elección contra el mismo Chávez, tras la muerte del líder venezolano estuvo a apenas un par de puntos de vencer a su sucesor, Nicolás Maduro, a principios de 2013.
Ese resultado estrecho le sirvió para encabezar una campaña de desprestigio que un año después culminó en movilizaciones e intentos de desestabilización que dejaron como saldo más de 40 muertos y una situación que dificultó la consolidación del liderazgo de Maduro. Capriles, que es gobernador de Miranda, hizo campaña comprometiéndose a mantener las conquistas para los menos favorecidos que el chavismo venía poniendo en práctica desde que llegó al Palacio Miraflores, en una sociedad exclusiva y excluyente como era la de Venezuela.

 Juegos peligrosos
Con un discurso similar, la candidata brasileña Marina Silva logró algo más de 22 millones de votos y Neves llegó a la segunda vuelta, con más de 34 millones. En Bolivia, el triunfo de Morales no resultaba cuestionado por ninguna encuesta. El líder cocalero pudo llevar a cabo los cambios más profundos en ese país, hasta no hace mucho convulsionado, al fundar el Estado Plurinacional. Uno de sus mayores logros es haber derrotado –con la ayuda de los vecinos regionales, que bloquearon cualquier intento de golpe– a la derecha más retrógrada, afincada en lo que se conoce como la Media Luna próspera del Oriente, sobre todo en el departamento de Santa Cruz de la Sierra.
Sólo así se puede explicar que, tras una crisis que parecía terminal para la unidad territorial de Bolivia, el MAS esté en condiciones de ganar el comicio departamental y sea la fuerza dominante, como señalaba el investigador Juan Manuel Karg en una charla llevada a cabo en el CCC Floreal Gorini. En ese mismo encuentro, el docente e investigador boliviano Hugo Moldiz señaló que «los grandes empresarios de Santa Cruz que en algún momento quisieron jugar a desestabilizar al gobierno e incidir a nivel político en los destinos de Bolivia, han terminado aceptando el liderazgo de Morales y han dicho “déjanos hacer negocio acá”, dejando de lado lo político». El apenas 14% que logra en los sondeos su más cercano competidor demuestra que algo ocurrió en Bolivia desde que el MAS está en el Palacio Quemado.

En Uruguay sucede algo similar. Hay una derecha que entendió algunos de los cambios que se sucedieron desde que, en 2005, el oncólogo Tabaré Vázquez con el Frente Amplio puso fin a 174 años de bipartidismo entre Blancos y Colorados. Hoy, el propio Vázquez intenta que el FA retenga la presidencia tras el gobierno de José Pepe Mujica.
La derecha parece haber encontrado a su candidato en el representante del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou, hijo del ex presidente Luis Alberto Lacalle, quien gobernó Uruguay durante la década del 90. Lacalle fue, en palabras del investigador del CCC Agustín Lewit, «el presidente que se asocia con la implantación del neoliberalismo en Uruguay. Gobernó entre 1990 y 1995 y fue el encargado de aplicar el recetario neoliberal que también se aplicaba en el resto de los países de la región».
¿Qué propone Lacalle Pou, el favorito de los medios? Según Lewitt, «despegándose de lo que fue la historia del partido Blanco, muy ligado con los sectores agrarios, se presenta como el candidato de la renovación, el candidato de la modernización política. Y centra todo su discurso en la eficiencia de la gestión. En ese sentido es interesante analizarlo y cuadra bastante bien en lo que algunos han empezado a llamar la nueva derecha regional».


Los nuevos liderazgos
Bolivia, según datos que publicó la Cepal y que corroboró el FMI, es el país que más creció en este año, como lo viene haciendo de manera ininterrumpida desde que Evo Morales asumió el poder. El promedio arroja un 5% durante su gestión y para los próximos años apunta a un 7%. Tasas chinas, se solía decir en otras épocas. Al mismo tiempo, redujo la pobreza extrema del 38% al 18%.

En Brasil las cifras son de igual magnitud, con el agregado de que allí se invirtió el tamaño de la ocupación formalizada. La cantidad de trabajadores en negro se redujo aceleradamente al punto que, como señala Amílcar Salas Oroño, investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Universidad de Buenos Aires, se desarrollaron nuevas clases medias que ingresaron al mercado de consumo con el PT –se calcula que son alrededor de 40 millones de personas, entre las cuales hay muchos trabajadores–. «En concreto se crearon 20 millones de puestos de trabajo desde 2008», agregó.


El gobierno del MAS, en tanto, sufrió el embate de la derecha y de instituciones públicas y secretas ligadas con Estados Unidos desde que Evo Morales llegó al gobierno. A la publicidad en contra de Morales por su origen campesino como cultivador de coca, los medios masivos le añadieron su perfil cercano a Chávez y al líder cubano Fidel Castro. Pero, además, logró aprobar una Constitución que a todas luces es revolucionaria y que les da poder a las organizaciones sociales que sustentan este nuevo Estado Plurinacional.


Durante el año de las grandes revueltas contra Morales, el empresario cruceño Branko Marinkovich, de origen croata, era el representante del ala más dura de la burguesía de Santa Cruz y junto con el entonces prefecto del departamento, Leopoldo Fernández, estaba al frente de un movimiento secesionista, ya que no veían posibilidades de recuperar el poder mediante las urnas. La crisis fue finalmente superada con un poco de mano dura desde La Paz, otro poco de ayuda regional y bastante de muñeca política.


Si algo caracteriza a Evo Morales es su capacidad de negociación, adquirida en sus años de dirigente sindical. Una práctica que lo emparenta con Lula da Silva, pero también con Nicolás Maduro, metalúrgico el uno, transportista el otro. Esto implica que saben sentarse a una mesa de diálogo y tensar la cuerda hasta obtener el mejor resultado para quienes representan en una puja con los poderosos. Algo que no suele estar en los cánones de lo que que se espera de la dirigencia política. De allí las acusaciones de «dictadores» que esgrimen la oposición y los publicistas políticos, que pueden calar hondo en ciertos sectores de la sociedad.


¿Por qué la derecha busca canales alternativos para volver al poder si, como sucedió en todos los países de la región tras la llegada de estos movimientos progresistas, los sectores sociales que representan no dejaron de ganar dinero? Quizás sea porque, como señala Salas Oroño, «estas transformaciones golpean por el lado de lo simbólico».
En el caso de Brasil, Bolivia y Uruguay es más evidente. Estos cambios implicaron el ingreso a lugares relevantes en la estructura del poder de dirigentes surgidos de las clases bajas de la población y de algunos que habían participado en los años de plomo en la lucha armada.


Más allá de la historia personal de Dilma o de Mujica, es interesante resaltar el factor que representa la denominada «plebeyización» de la política, un proceso que implicó, además, la pérdida de influencia de los sectores tradicionales, algo difícil de digerir para muchos.


Para Salas Oroño, «de alguna forma el PT ha popularizado no sólo el Parlamento, sino también los ministerios. Ha sido así no sólo por la figura de Lula, porque en Brasil si uno hila un poco más fino y ve quiénes son efectivamente los diputados y quiénes los ministros que llegaron, cuáles son sus orígenes de clase, descubre que también hay una revolución cultural».


Para Salas Oroño, este es «un fenómeno que no es irrelevante, porque no sólo trae autoestima en los sectores populares, sobre todo rompe la visión respecto a que Brasil es un país de las elites, que estaba muy instalada en la sociología. Porque es cierto, Getulio Vargas era un estanciero y ni Joao Goulart ni Juscelino Kubitschek eran personas de origen popular. Entonces, las transformaciones que se dan con Lula, se dan en ese plano simbólico, son impresionantes».

Revista Acción
Octubre 15 de 2014