Mostrando entradas con la etiqueta Cataluña. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cataluña. Mostrar todas las entradas

domingo

Jose Ignacio Torrealba: "Hay una exportación de las ideas latinoamericanas hacia Europa"

José Ignacio Torreblanca es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid, columnista en el diario El País y dirige la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, “un intento de construir un pensamiento paneuropeo”, explica, con lo que se puede considerar el Ricardo Forster de Europa. De hecho, en su paso por Buenos Aires, además de una serie de charlas, mantuvo un encuentro con el titular de Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional.
“El discurso tradicional de la izquierda europea  no ha bebido de los movimientos latinoamericanos. Pero ahora hay gente como Pablo Iglesias, que ha estado en México, con el zapatismo, con el chavismo, y estamos viendo un influjo, una exportación de esas ideas a Europa”, adelanta Torreblanca. Podemos, el partido de Iglesias, amenaza desbancar a los tradicionales PP y PSOE.
-¿Qué le plantea ese Latinoamericanismo a Europa?
-Tiene el diagnóstico de que la socialdemocracia se entregó, que bajó los brazos y que fracasó tanto por la democracia representativa -que no representa porque las elites se aíslan- como por el mercado, porque el proyecto político de mercados libres es como se diría destituyente. Ese doble diagnostico es el que articula con movimientos como el de Podemos, donde veo mucho más latinoamericanismo del que ha sido tradicional en los eurocomunistas o el de las izquierda escandinavas.
-Se siente un dejo de nostalgia es ese análisis.
-No digo yo que fracasó, no convalido el análisis, solo describo lo que dicen esos populismos de izquierdas, que se contraponen a nuestros populismos de derechas, xenófobos, excluyentes. Cuando ves una crisis tan grave como la del euro y miras los niveles de gasto social, participación del Estado en el PBI, esperanza de vida, los europeos nos quejamos y desde afuera puede parecer que decimos que el sistema ha fracasado, pero hay que ver dónde pone uno el umbral. La socialdemocracia ha sido enormemente exitosa a la hora de embridar el capital y generar democracias incluyentes con cohesión social. El grado de movilidad social que hemos visto en España en los últimos 30 años no tiene precedentes en la historia, en cohesión y redistribución de la renta.
-Pero siempre un alto nivel de desocupación. Ese modelo de flexibilización incluso se importó en la Argentina de los 90.
-Hubo un choque entre un pasado ligado a la permanencia en determinadas empresas y la necesidad de flexibilidad, y se hizo un pacto que yo creo perverso en el que quedó gente con contratos para toda la vida y 45 días de indemnización por año trabajado con otros que tuvieron contratos sin indemnización por seis meses. No puedes tener un sistema tan dual con unos privilegiados y otros sin privilegio ninguno, como es el caso de los jóvenes. Ahí es donde comienza una lucha ideológica y un debate profundo. Los escandinavos dicen que no pasa nada en que el mercado sea muy flexible si a cambio tienes un estado que recoge a la gente que queda afuera. “Puedo aceptar una lógica precarizante porque tengo un estado fuerte detrás”, dicen. En ese pacto entra la izquierda y la socialdemocracia escandinava, pero en otros países se quedan simplemente con la precarización: “no, no va a haber un estado fuerte porque eso es insostenible”. Creo que hay repetición a escala local de una contienda avanzada de lo que le va a pasar a todo el mundo.
-¿Qué quiere decir con eso?
-Es que a los chinos les va a pasar lo mismo. Ya crecieron, ya sacaron a la gente de la pobreza, los brasileños también. Ahora tendrá que decidir cuánto redistribuyen, con qué servicios sociales, qué hacen con las pensiones, con la educación, con el seguro de desempleo, cual es el balance adecuado entre protección social y competitividad.
-Suena duro para los trabajadores…
-Solo puedes legitimar un proyecto político sobre la base de la inclusión, eso está claro, sobre todo porque hay algo evidente y es que la gente vota cada cuatro años…
-Pero en muchos lugares la gente votó algo y después los gobiernos hicieron otra cosa, como en Francia con François Hollande. En Argentina un presidente dijo que si decía la verdad no lo votaban.
-Esa es precisamente la consecuencia más negativa desde el punto de vista político. En algunos países se generó un círculo vicioso entre democracia y populismo, que se alimentan mutuamente. Todo lo que la gente quiere no es posible y lo que es posible la gente no lo quiere. Eso genera que uno cambie de gobierno pero el nuevo adopta las mismas políticas porque perdió el margen de maniobra.
-Cambia el mandatario pero no la política.
-Nosotros tenemos una oportunidad de recuperar la capacidad de emisión en Europa.  La política monetaria se hace en el Banco Central Europeo, donde el voto del gobernador del BC griego vale lo mismo que el del BC alemán. Esta institución se puede legitimar, a pesar de ser técnica, si defiende el interés general de los europeos incluso pasando sobre Alemania. Estamos en un momento único en que mucha gente tiene la sensación –y esa es la tesis de mi libro ¿Quien gobierna Europa?- de que la democracia se ha vaciado de contenido en el ámbito nacional y esta intentando rearmarse en el ámbito supranacional, con las instituciones europeas. Pero se ha quedado en una especie de tierra de nadie, porque se acusa a las instituciones de tecnócratas.
-Pero es que están ligadas e intereses financieros internacionales, como Goldman Sachs y otros.
-Todos entendemos que hay instituciones que deben estar en manos de técnicos, como serla el caso de un consejo de seguridad nuclear.
-También hay quienes ironizan que la economía es algo demasiado serio para dejársela a los economistas.
-Es verdad que estas instituciones independientes se deslegitiman cuando son incapaces de probar que son independientes de aquellos que deben regular y que son capturadas por intereses particulares. Ese es un problema clásico de la política, toda institución tiende a ser capturada por intereses particulares. La forma de legitimarse es no sirviendo a esos intereses sino al interés general, ahí es donde entra el control democrático
-Que es lo que estaría faltando.
-Estos últimos años hemos visto la toma de conciencia de que una cosa es la independencia técnica y de gestión de un órgano y otra el control de sus responsabilidades. Es una pelea enormemente difícil y complicada de la cual va a salir una articulación mayor y la ganancia de espacios políticos para la ciudadanía. Para muchos el conflicto del control político en Europa es un síntoma de una degeneración. Pero quizás es por fin la toma de conciencia de que el viejo despotismo ilustrado de que “gobiernan para ti pero sin ti” abre el espacio para la captura de determinadas instituciones por ciertos intereses y que el que se queda en su casa no cuenta. En las últimas elecciones hemos empezado a elegir proyectos bien diferenciados. La Comisión Europea no termina de ser un gobierno ni Europa termina de armar un sistema político completo, pero ese paso es mucho mejor que aislarse tecnocráticamente y refugiarse en esas instituciones.
-Pero al mismo tiempo surgen movimientos antieuropeos y xenófobos.
- Aunque distorsiones mucho la realidad, ellos nos devuelven una imagen lo suficientemente dislocada o irracional y contraria a los valores europeos que puede tener un efecto reconstitutivo. Es verdad que muchos han sentido que el proceso de integración ha ido demasiado lejos y se ha convertido en una amenaza a sus identidades nacionales. Pero esos populismos de derecha han hecho más visible que Europa debe ser un espacio de valores y democrático y la necesidad de contrarrestar eso con políticas inteligentes. No podemos dar por perdido que un 20 o 30% del electorado se refugie en este tipo de opciones.
-Para los latinoamericanos tiene un profundo significado esa necesidad de encontrar una identidad. ¿Europa también la está buscando?
-Lo que se ha aprendido en esta crisis es que este populismo de derechas es una elección, no es natural ni fatalista ni algo predeterminado. Porque en los países del sur, donde las tasas de desempleo han sido más altas es donde menos extrema derecha tenemos. Hay quienes dicen que esta crisis va a ser como la de los 30 y que la gente se va a echar en manos del fascismo. Eso será en los países ricos, en los países pobres no ha ocurrido. España, con la tasa de desempleo más alta de la UE,  convive con una tasa de inmigración elevadísima y no ha habido ningún incidente.
-Sin embargo, en España está el problema con Cataluña.
-Hay un elemento histórico, un independentismo estable, generacional, que se ha nutrido y aprovechó la crisis para engordar con un discurso que me parece fácil y victimista de que España tiene la culpa y “sin ella nos iría mejor”. Yo creo que todo ese discurso del expolio fiscal en el fondo es un lamento de país rico, parecido al de Alemania cuando dice que los pobres somos unos vagos y que trabaja para subsidiarnos.  No digo que todo el independentismo sea así, pero el discurso de ERC (Izquierda Republicana de Cataluña) es que la única solución es el independentismo. Resulta difícil entender que a la comunidad internacional se le haya pasado que desde 1714 a 2014 hubo una colonia que es Cataluña oprimida por una potencia colonial que es España, de la que debe independizarse.
- Pero si se crean instituciones supranacionales ¿ por qué voy a depender de Madrid o de Londres como el caso escocés, pudiendo depender directamente de Bruselas?.
-Ese argumento también funciona al revés. Es curioso que cuando has conseguido dentro de un estado como puede ser el español, el régimen de descentralización y autonomía casi más alto de Europa, cuando tienes el 90 % de la capacidad de gobierno y queda solo un 10 %, digas “tengo que romper la baraja y salirme”. Es para reflexionar por ambas partes. España es un estado miembro de la UE, no puedo concluir tratados comerciales, no determino mi cuadro macroeconómico, no tengo moneda. No tengo nada. Quedan muy pocas cosas a la estatalidad autónoma y de todas maneras alguien dice que es un estado enorme y opresivo. Creo que es posible construir una estatalidad sin tener que salirse de lo que hay para luego pedir el reingreso.  España es un estado que no termina de construirse completamente. ¿Pero quien cumple su estado de forma completa, Francia que arrasó con todas las lenguas?

TiempoArgentino
Noviembre 2 de 2014

viernes

Vecinos con patente del Mercosur

Es un gran paso adelante hacia la integración que en un par de años comiencen a circular los vehículos con patentes del Mercosur. Puede parecer un avance mínimo, una nimiedad incluso, pero sin dudas representa el fortalecimiento de un proyecto fundamental de cara a la sociedad de cada una de las naciones que integran el organismo regional. Es la bandera de la unidad sudamericana en cada auto, en cada ciudad, en cada rincón. Un mensaje de pertenencia que hace falta en un organismo que parece por momentos languidecer en disputas que los medios concentrados se encargan de magnificar pero muchas veces los gobiernos no alcanzan a resolver para bien del conjunto. La Unión Europea puso en marcha un mecanismo similar en 1992, casi una década antes que la moneda común y bastante después de haberse lanzado a la unión aduanera.
Cierto que con la patente no alcanza. En Europa, donde el proceso de integración está a todas luces mucho más adelantado, a las tensiones secesionistas en algunos sitios clave como Cataluña y Escocia se suman grandes capas de la sociedad que ven con sospecha o resquemor a la unión, a la que culpan de muchos de sus males. En todo grupo todos tienen que ceder algo a favor del bien del equipo. El problema se sucede cuando los vientos soplan en contra, como ocurre en muchos países del viejo continente. Es allí que las acusaciones se esparcen sobre los socios. Es entonces que aparecen sobre la mesa aquellas renuncias originales y en grandes sectores son muchos los que creen que estarían mejor fuera del paraguas de la UE que adentro.
Los británicos marchan a la cabeza entre los que dudan de las ventajas de seguir en la UE y no sería extraño que vayan a un referéndum para su continuidad dentro del organismo paneuropeo  en 2016. Partidos derechistas de Francia –el Frente Nacional– y de Holanda se posicionan de un modo similar, al igual que grupos más inclinados a la izquierda en Grecia. Lo que demuestra que el camino hacia la integración está más sembrado de espinas de lo que se cree en su inicio.
Sin haber llegado a niveles como los alcanzados del otro lado del Atlántico, hay que admitir que nuestros organismos regionales –Mercosur en primer lugar, pero Unasur y CELAC a continuación– enfrentan dificultades luego de una década de avances. En el caso del Mercado Común al que adhieren Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, a las tensiones propias de un nuevo rumbo para el organismo creado durante el decenio neoliberal se agrega el complicado ingreso de Venezuela como nuevo miembro. Además, los países más chicos mantienen históricos reclamos contra los dos socios mayores que, lejos de solucionarse, con el recrudecimiento de la crisis internacional, se fueron agravando. Lo que debería quedar claro para las dirigencias, con todo, es que la mejor opción siempre es la unidad. No hay otra forma de plantarse frente a los poderosos de turno.
En Brasil, las élites industriales, que desde la llegada de Lula da Silva a Planalto, en enero de 2003, pudieron desarrollarse a nivel global mediante políticas de apoyo, créditos oficiales y la ampliación de su mercado interno, nunca dejaron de ser críticas del PT. Lula solía decir que no le perdonaban que alguien que jamás había pasado por una academia universitaria le diera el progreso que él le había dado a Brasil. Tal vez sea que no toleran que un hombre nacido en la pobreza, y que por lo tanto estaba destinado a no trabajar de otra cosa más que de tornero, haya dado vuelta al país con un partido que demuestra su capacidad de ser el más adecuado para gobernar un territorio de ese tamaño y contradicciones. Tampoco le toleran el acercamiento a sus socios vecinales y a las naciones que buscan un nuevo orden mundial, como las del BRICS.
Los dos candidatos con mayor caudal de votos tras la presidenta Dilma Rousseff en las elecciones del domingo pasado decidieron sumar voluntades para derrotar al PT luego de 12 años en el poder. Más allá de las críticas sobre las que se asienta su discurso opositor en todos los planos, ambos hicieron hincapié en la necesidad de nuevas alianzas y miran hacia el Pacífico. Si es cierto, como los mismos sondeos indican, que la unión regional no es el principal tema de agenda en las encuestas, la única explicación para semejante compromiso antes del balotaje sería lograr el apoyo de los grandes jugadores económicos tanto brasileños como regionales.
Las élites gobernantes, que son las mismas que en los '90, cuando Fernando Collor de Melo y Carlos Menem firmaron el Tratado de Asunción que dio origen al Mercosur, apoyaron en su momento la creación del espacio común. Las empresas multinacionales también, porque les resultaba y resulta beneficioso planificar e intercambiar libremente entre los socios y con protección externa común. Entonces también firmó el uruguayo Luis Alberto Lacalle y el paraguayo Andrés Rodríguez, que poco antes había desplazado a su consuegro, el dictador Alfredo Stroessner.
Pero desde la llegada de Néstor Kirchner y Lula da Silva el enfoque con que se manejó el Mercosur fue cambiando hacia una mayor integración industrial. Que no favoreció a todos los socios pero le dio un perfil más autonómico en relación con las potencias centrales, además de haber avanzado hacia posiciones sociopolíticas más progresistas.  Sobre esta base es que crecen las críticas en Uruguay y Paraguay. Un guante que recogió el candidato opositor oriental Luis Lacalle Pou, hijo del mandatario que firmó en Asunción y que ahora intenta canalizar las quejas por lo que reclaman los uruguayos.
En Brasil el rechazo es más bien porque los caballeros de la industria paulista consideran que Mercosur es un freno para un país que, creen, está para cosas mayores. Sueñan con volver al "primer mundo". Pero fundamentalmente saben que con organismos regionales sólidos y una integración más profunda a nivel social y económico pierden privilegios obtenidos de su conexión con el establishment global.
Este domingo hay elecciones en Bolivia y nada indica que Evo Morales vaya a tener menos votos que hace cinco años, cuando se alzó con el 64% de los sufragios. Es posible, incluso, que el triunfo sea por un porcentaje mayor, con el dato adicional de que ganaría en Santa Cruz de la Sierra, que fuera foco de la resistencia a su gobierno y donde se llegó a plantear el secesionismo de la mano de sectores vinculados a la oligarquía más reaccionaria.
No es inocuo que Evo se convierta en el mandatario que más tiempo estuvo en el poder en su país desde la independencia, superando al general Andrés de Santa Cruz, quien gobernó entre 1829 y 1839. Pero aquellos eran otros tiempos y para ocupar un despacho en la casa de gobierno era necesario mucha voluntad política y bayonetas fieles, algo que nadie logró desde entonces, al punto de que en los 180 años anteriores al triunfo del MAS, en 2005, hubo 84 mandatarios –34 de ellos de facto– a un promedio de 172 días en el cargo para cada uno.
Morales encarnó las transformaciones más profundas desde la Revolución de Paz Estenssoro en 1952 y tiene el más firme apoyo popular. Hay razones para su éxito. Uno es la sólida alianza de los sectores populares y las organizaciones sociales, que ahora son un factor de poder relevante y con conciencia de su rol. También por la nacionalización de los recursos hidrocarburíferos, que le permitió disponer de un excedente para inversiones sociales y desarrollo, cuando antes iban a bolsillos privados.
Pero hay una realidad a esta altura histórica que explica este momento: en el tramo más duro del enfrentamiento en la Media Luna próspera de Oriente, Morales contó con el apoyo de las instituciones regionales y de los gobiernos de Argentina –estaba ya en el poder Cristina Kirchner– y de Lula da Silva en Brasil. ¿Podrá tener la misma tranquilidad si cambia la ecuación política en el vecino mayor y más poderoso? ¿Qué ocurriría si en Argentina llegara a ganar alguno de los candida

Tiempo Argentino
Octubre 10 de 2014

Ilustró Sócrates


Un reino que ni Harry Potter podría mantener unido

http://tiempo.infonews.com/f/IiU0MDYyIT9ibWF6ZnVjfU8zNDgoeGN2ZGsiMDNtZDUjLHl4enB3YA/untitled_2-9.jpg?v1.0No menos de medio millón de catalanes salieron ayer a copar las principales calles de Barcelona en un claro mensaje hacia Madrid, que se niega a autorizar su referéndum independentista para el 9 de noviembre, y con los ojos puestos al otro lado del Cantábrico, donde los escoceses les marcan en cierto modo el camino con su propia consulta el jueves que viene. Desde allí, sin embargo, llega una imagen que no quieren repetir.
Es que una táctica equivocada y la profundización de la política de recortes presupuestarios llevaron a que a seis días del referéndum en Escocia, este territorio históricamente enfrentado con Inglaterra haya producido una crisis política impredecible que se reflejó en lo que se podría llamar el "efecto tartán", con la caída de la libra y el desplome en la bolsa, arrastradas por lo que se juega en la patria de William Wallace, el héroe vestido con el tradicional kilt de tela de entramado de colores tribales –que eso es el tartán– llevado al cine por Mel Gibson en 1995 en Corazón Valiente.
La difusión de encuestas con un final cabeza a cabeza llevó a la desesperación a la dirigencia política británica, que a última hora puso como líder de la campaña por el No a un nativo de Escocia como el laborista Gordon Brown, que fue primer ministro y confían en que podría inclinar la balanza entre los aún indecisos para la consulta del 18 de setiembre. Pero al mismo tiempo desplegaron todo tipo de promesas y amenazas como para que los "scottish" no vayan tranquilos a las urnas.
Cuando en octubre de 2012 los primeros ministros David Cameron y Alex Salmond firmaron el acuerdo para al referéndum el mundo era otro. El inglés miraba sondeos que daban un 60% de escoceses a favor de mantenerse en el Reino Unido y se dio un par de lujos –pecado de soberbia o Hybris, diría algún griego– que ahora lo hacen maldecir la falta de perspicacia personal y de Westmister, la sede del parlamento británico. Y que asustan en La Moncloa, la sede del gobierno español.
En ese momento Londres dejó en manos de la legislatura escocesa la forma en que se iba plantear la cuestión al electorado y aceptó solo dos preguntas, eliminando la posibilidad de que además de decidir por Sí o por No se pudiera proponer mayores poderes para el gobierno local pero dentro del Reino Unido. A la vez, dejó de lado ciertas trabas legales y ya no hace falta la aprobación de Westminster, como pedía una ley de 1998 –que bueno es decirlo, ya había aprobado mayor autonomía a la región– para eventualmente modificar la constitución hacia una separación formal.
Los nacionalistas decidieron entonces que el plebiscito coincidiera con el 700 aniversario de la Batalla de Bannockburn, cuando las fuerzas escocesas lideradas por Robert the Bruce –Wallace ya había sido bárbaramente torturado hasta la muerte en un tenebroso espectáculo público– derrotaron a los invasores ingleses. En pueblos tan tradicionales como los de esta isla, el dato es otra señal para arrastrar voluntades tras de un símbolo del orgullo nacional.
Cameron había llegado al gobierno mediante una alianza de los conservadores con los demócratas liberales de Nick Clegg para derrotar al laborismo, desgastado tras la gestión de Brown. Ahora, esos mismos personajes se agarran la cabeza tratando de "salvar la Unión". Es así que el ex líder laborista se apersonó a prometer a sus connacionales que Londres está dispuesto a brindar más libertades para que los escoceses sigan "perteneciendo", la opción descartada dos años atrás. Y a abrir la mano para mantener lo que queda del "Estado de bienestar".
Lo que está en juego no es apenas la tradicional disputa entre ingleses y escoceses que la vestimenta de tartán recuerda a cada paso. En los finales de los 70 y los inicios de los 80 el thatcherismo arrasó con las industrias británicas tras doblegar a los mineros del carbón. Muchas de las minas estaban en Escocia, que al igual que las acerías de Glasgow, cerraron por la política económica neoliberal. Los más viejos recuerdan aún que nunca los escoceses votaron a favor de esas decisiones. Siempre en el norte ganaba el laborismo. Los diputados escoceses a Westminster son poco más de medio centenar, acompañados de un solo torie. Pero ni antes ni ahora pudieron mucho contra las mayorías de otras regiones, atadas a políticas de ajuste con gobiernos de derecha como laboristas desde Tony Blair en adelante.
Eso creó resquemores y en la última década los laboristas fueron perdiendo credibilidad hasta que en 2007 por primera vez el Partido Nacional Escocés (PNE) llegó a la Casa de Saint Andrews, la sede del gobierno local en Edinburgo. Las cartas que mostraba Salmond eran claras pero era difícil que las vieran en Londres.
El ministro principal planteó el rechazo a los recortes y trató de mantener como pudo el servicio de salud y de educación. No se puede decir que sea de izquierda, pero no duda en apoyar el "welfare state", un dato clave en estas circunstancias. Los estudiantes, por ejemplo, no pagan para graduarse, con lo que tras los "hachazos" presupuestarios, muchos ingleses cruzan hacia el norte para estudiar en universidades escocesas. Igualmente ocurre con la salud: no son pocos los que emprenden el viaje en los excelentes trenes británicos para curarse en el país celta.
A favor de la independencia de Escocia fueron apareciendo luego otras motivaciones de peso. El Mar del Norte guarda una fortuna en barriles de petróleo y una cantidad inestimada aún de gas en sus entrañas que serían el principal ingreso del nuevo país y lo catapultarían a convertirse, el menos en producto per cápita, en uno de los más ricos de Europa.
El ingreso petrolero serviría, según los promotores del Sí, para paliar los recortes votados en Londres y construir un país diferente. Por eso los unionistas y sus medios afines –que son todos, incluso los del polémico Rupert Murdoch, que solía apoyar antes a Salmond– lanzaron una verdadera guerra contra la secesión. Y acusan al ministro principal escocés de mentir en casi todo, incluso en la cantidad de oro negro que queda en el mar.
Desde la capital británica ahora doblan la apuesta. Por un lado aseguran que los escoceses deberán hacerse cargo de pagar servicios de defensa para pertenecer a la OTAN y otros gastos burocráticos por una suma que supera los 30 mil millones de libras al año. Además deberían ver qué hacen con la moneda, porque no están dispuestos a compartir la libra con ciudadanos tan esquivos.
No fue casual que la última cumbre de la OTAN se hubiese realizado la semana anterior en Gales. El tema a tratar era la conformación de una alianza para combatir a los extremistas del Estado Islámico. El mensaje del presidente estadounidense Barack Obama y del propio Cameron fue claro: "¿Cómo piensan defenderse los escoceses de las amenazas del terrorismo islámico si quedan fuera de Gran Bretaña?" ¿Será casual también que Obama haya anunciado la ofensiva contra los yihaidistas del Estado Islámico este martes? Tampoco resulta casual que las mayores empresas con sede en Escocia hayan anunciado cierres y despidos masivos si se aprueba el Sí.
Los sondeos dan un final electrizante. Por eso las amenazas desembozadas y las promesas de última hora. Perdidos por perdidos, ricos y famosos dieron también la cara en la campaña por el "No tanks". Es el caso de la escritora J.W Rowling, la célebre autora de la saga de Harry Potter, que propone mantenerse unidos al reino. No pudieron revivir a otros famosos escoceses como Arthur Conan Doyle y Robert Louis Stevenson, creadores de Sherlock Holmes y del Doctor Jekyll y su contracara, Mister Hyde. Pero apelan al recuerdo de 300 años de unidad y la construcción conjunta del imperio para mantenerse en la Unión.
Lo que no queda claro es como quedaría Escocia con la independencia. En todo caso es una respuesta que, como la catalana reflejada ayer en la Diada –300 aniversario de la caída de Barcelona ante las tropas borbónicas– se expresa ante decisiones impuestas en los centros de poder a espaldas de la ciudadanía.
El resultado, en todo sentido, es incierto ¿Qué pasa si la diferencia es mínima, o si hay empate? Tal vez Harry Potter pueda hacer algo al respecto. La reina Isabel II, por ahora, se mantiene en silencio. Después de todo, nadie habla de abandonar la monarquía ni dejar a los miembros de la casa Windsor en la calle. Pero no sólo en Cataluña miran hacia la tierra del tartán con expectación.

Tiempo Argentino
Setiembre 12 de 2014

lunes

Las luchas por la autonomía

La sorpresa por la presentación de las nuevas camisetas del Barcelona, con la imagen de Messi, Iniesta y Puyol luciendo casi desafiantes la casaca suplente con los colores de la bandera catalana, apareció opacada por los dos atentados que pusieron nuevamente sobre el tapete el problema checheno: las explosiones en el maratón de Boston, que causaron la muerte de tres personas, y la de un coche bomba en la capital de Daguestán, que dejó un saldo de ocho víctimas fatales. En ambos casos sobrevoló el fantasma de grupos separatistas de la república, ex integrante de la URSS que buscan alejar a Chechenia de la influencia de Moscú mediante métodos cruentos. Otra pizca de independentismo sobre vuela Escocia, donde se programó un referendo para el año 2014 con anuencia del primer ministro David Cameron. Los ejemplos son tres de las decenas que pueden computarse con algunas características más o menos comunes: son regiones con una fuerte impronta cultural y lingüística insertas en un marco nacional al que grandes capas de la ciudadanía rechaza en busca de autonomías plenas.
El caso catalán tiene hondas raíces en la historia española. En 2014 se cumplirán 300 años de la Guerra de Sucesión en España, cuando la casa de los Borbones ganó a la austríaca de los Habsburgo el trono madrileño y el 11 de setiembre de 1714 Barcelona cayó en manos de la muy centralista y absolutista casa real de origen francés. La Guerra Civil (1936-1939) encontró nuevamente a Cataluña como uno de los centros de la lucha contra el centralismo, junto con el País Vasco. No por casualidad, los pactos de La Moncloa de 1977, tras la muerte del dictador Francisco Franco y la entronización de otro Borbón, Juan Carlos, consolidaron una monarquía parlamentaria en la que los catalanes y otros pueblos de fuerte nacionalismo como los vascos y los gallegos, pasaron a gozar de una amplia autonomía.
Puede decirse que durante el período de crecimiento de España, tras su ingreso a la Unión Europea y la expansión hacia América Latina de los 90, todo marchaba relativamente bien, salvo las incursiones de ETA, que sin embargo no alcanzaron para hacer temblar el orden establecido, al punto que el año pasado propusieron el fin de la lucha armada para incorporarse a la vida política.
Al estallar la crisis financiera, que en la península golpeó como en ningún otro lado por el modo en que la economía se había basado en la burbuja inmobiliaria, los catalanes comenzaron a desarrollar cada vez con mayor empuje la idea de la independencia. Un poco, porque el centralismo ya no es tan atractivo y otro poco, porque las cuentas reflejan que el aporte de la región a las arcas del país es bastante mayor en términos impositivos que el que reciben como servicios.


El color del dinero
Ciertamente, Cataluña es una de las regiones más prósperas de España y el hecho de formar parte de un colectivo la obliga a colaborar para el desarrollo de otras zonas menos favorecidas. Cosa que en tiempos de vacas gordas tal vez no cuente demasiado, pero cuando el cinturón aprieta resulta irritante para grandes capas de la sociedad. Fue así que el 11 de setiembre de 2012, durante la celebración de la Diada de Cataluña, más de un millón de personas salieron a las calles a pedir por la independencia. Una cifra impresionante si se repara en que la región no tiene mucho más de 7 millones de habitantes. Desde entonces, el independentismo viene creciendo fuerte entre las autoridades –que, bueno es decirlo, son las mismas que antes de la marcha de setiembre en Barcelona– y se promueve un referendo para el año próximo. Madrid tampoco ayuda demasiado y además de mensajes bastante autoritarios del gobierno de Mariano Rajoy, aprobó una ley de educación que limita la enseñanza del idioma catalán en las escuelas públicas que no hizo sino irritar aún más al sentimiento nacional.
El caso escocés tiene otras vertientes pero también hay un contenido económico aparte de cualquier otra consideración cultural. Porque a diferencia de los borbones, la casa real británica otorgó ciertas libertades a sus nacionalidades que, salvo en el caso de los irlandeses, lograron por mucho tiempo calmar ansiedades. Una acción mínima, pero de alto valor simbólico, es que tanto escoceses como galeses e ingleses van con sus propios equipos a los campeonatos mundiales de fútbol y rugby. Así y todo, el descubrimiento de petróleo en el Mar del Norte a principios de los 80, puso a los escoceses de cara a la posibilidad de pensar un futuro más beneficioso sin tener que compartir la enorme riqueza con el resto del Reino Unido. «Es el petróleo de Escocia» es uno de los eslóganes más contundentes al que recurren los nacionalistas. Lo aplicó el ministro principal escocés, Alex Salmond, para llegar al poder y lo usa aún para negociar con Cameron los términos del referendo que se hará en 2014.


Olor a petróleo
Pero algunos estudios encargados a un grupo de especialistas no son tan optimistas sobre el futuro de Escocia fuera del amparo de la reina Isabel II. Un informe elaborado por un equipo del que formó parte el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz determinó que la secesión es viable, siempre y cuando mantenga como moneda la libra esterlina y no dé el salto al euro en el que pensaban los secesionistas. También el Banco de Inglaterra debería seguir siendo el prestamista de última instancia para ese nuevo país. Entre las propuestas de los expertos contratados por Salmond figura también la creación de un «fondo de estabilidad» para gestionar los ingresos del petróleo del Mar del Norte, que la nueva nación pasaría a controlar en más de un 95%.
También tuvo olor a petróleo la separación de Sudán del Sur, formalizada el 9 de julio de 2011 luego de varias décadas de guerra civil por el control de las ricas regiones del sur sudanés. Tras miles de muertos, los líderes de la Unión Africana lograron convencer al sudanés Omar Hasan Ahmad al-Bashir, acusado de crímenes de lesa humanidad durante el conflicto en Darfur, de que una autonomía del sur descomprimiría una situación bélica estancada que no iba a tener fin. Así fue que en los primeros días de 2011 se realizó un referendo que dio como resultado una casi unanimidad en favor de la creación del Estado número 194 de la Organización de Naciones Unidas.
La ONU, en tanto, tiene un problema de difícil solución en los Balcanes, la región europea donde la última de las guerras civiles europeas –y una de las más violentas– dejó un mosaico de nuevos países tras la caída del comunismo en Yugoslavia. Una de esas naciones, Serbia, considera que Kosovo es una provincia autónoma dentro de su propio territorio, según estableció en su Constitución y según mantiene la Resolución 1.244 del Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, al cabo de otra guerra civil, desde 1999 el territorio está a cargo de la Misión de Administración Provisional de las Naciones Unidas en Kosovo y de la OTAN.
En febrero de 2008, Kosovo se declaró independiente con la anuencia de Estados Unidos y la mayoría de los países de la Unión Europea. La República de Kosovo es reconocida por 98 de los 194 países de la ONU y entre los que se niegan a la secesión aparecen, por supuesto, Serbia, pero también Rusia, China, España y la abrumadora mayoría de los países latinoamericanos.
La negativa española se justifica alegando que aceptar la independencia de Kosovo implicaría tolerar la de Cataluña o el País Vasco. Los chinos tienen su propia complicación en Tibet, una región que goza de autonomía pero busca la independencia desde hace más de 60 años. En Moscú, desde la caída de la Unión Soviética, padecieron una sangría de territorios, entre ellos los países bálticos, Bielorrusia, Ucrania y Georgia, y quieren parar ahí.
Chechenia volvió a ser noticia cuando los hermanos Tsarnaev fueron acusados de haber colocado dos ollas a presión repletas de explosivos cerca de la meta del maratón bostoniano. De una familia originaria de Chechenia, los jóvenes nacieron en Daguestán y fueron criados en Estados Unidos. Según el FBI, el atentado tiene raíz en el fundamentalismo islámico (una venganza por la intervención de tropas estadounidenses en Afganistán e Irak contra el pueblo musulmán, dijeron). Sin embargo, investigaciones periodísticas revelaron que Tamerlán Tsarnaev, el que cayó baleado por la policía, había tenido encuentros en el Cáucaso norte con grupos radicalizados independentistas de Chechenia. Los mismos que hace unos días habrían hecho estallar un coche bomba en aquella ciudad en Makhachkala, la capital daguestaní.


La vía armada
De un modo dramático, Irlanda del Norte padeció durante décadas el azote de la represión del gobierno central británico y el crecimiento de grupos armados como el Ejército Republicano Irlandés (IRA). La respuesta de los grupos paramilitares GAL en España para combatir a la ETA tuvo una orientación similar.
Sin la misma violencia pero con un grado equiparable de insistencia, varios grupos culturales reclaman mayores dosis de autonomía, cuando no la independencia, en otros países europeos. Piensan en algo similar a lo que pudieron lograr, amigablemente, checos y eslovacos en lo que se llamó un «divorcio de terciopelo» en 1993. La Liga del Norte, en Italia, reclama la secesión de la Padania rica e industrializada para no seguir sosteniendo con sus impuestos al sur «pobre y atrasado». Como sucede con catalanes y vascos, hay en este reclamo un fuerte componente de egoísmo federal, aunque en el caso italiano se le agrega una cuota de racismo para nada desdeñable. Son, por lo demás, el ala derecha de la alianza que sostuvo a Silvio Berlusconi en el gobierno.
En Francia, el nacionalismo tiene varias vertientes, algunas vinculadas con España, como la región vasca del noroeste o al sur, en Rosellon, que sería parte de una Gran Cataluña. También ensayan versiones localistas los bretones, donde se propone la igualdad de las lenguas nativas con el francés y un rescate del folklore y los símbolos regionales. Algo similar ocurre en Córcega, la tierra natal de Napoleón. Más drástico, el amplio sur galo reclama la creación del Estado de Occitania, junto con Mónaco y algunos territorios de España (Valle de Arán) e Italia (Valles Occitanos, cerca de Turin).
Un caso particular es el de Canadá, donde la provincia franco hablante de Quebec ya hizo dos referendos para declararse independiente. Pero los secesionistas no tuvieron éxito y siguen bajo el amparo de la corona británica.


Revista Acción
Junio 15 de 2013