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martes

Nueva era en las Américas

Si algo dejó la VI Cumbre de las Américas de Panamá fue la comprobación de que Estados Unidos ya no puede imponer su voluntad sobre el resto de los países del continente como solía hacerlo hasta hace 10 años. Lo supo Barack Obama, quien en su último encuentro como mandatario estadounidense debió aceptar no solo que Cuba existe, sino que debía hacerse cargo del reclamo de los gobiernos latinoamericanos para una nueva relación con los vecinos a los que despectivamente su secretario de Estado, John Kerry, todavía llama «patio trasero».
Como una parábola perfecta para el inquilino de la Casa Blanca, en su primera participación en este encuentro de presidentes, en 2009, recibió de Hugo Chávez un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina, libro clave de Eduardo Galeano para entender el despojo que durante siglos padecieron los pueblos al sur del Río Bravo. En Panamá, varios de sus colegas le recordaron en diferentes tonos y sin mencionarlo explícitamente que América Latina había cambiado. Como para que la muerte de Galeano, unos días más tarde, sonara a cierre de una etapa que ya parece irreversible para la región.
Esta serie de rondas de jefes de Estado americanos, que comenzó en Miami en 1994 para poner en marcha el proyecto neoliberal expresado en el Consenso de Washington, viró 180 grados en Mar del Plata en 2005. Allí, al enterrar el Área de Comercio de las Américas (ALCA), frente al propio George W. Bush, la integración latinoamericana comenzó a andar.
Hay varios acontecimientos que no se pueden entender sin ese paso inicial. En principio, sería justo preguntarse hasta qué punto la crisis que se desató primero en Estados Unidos y que luego se extendió a Europa no tuvo su origen en la clausura de ese proyecto pensado para beneficio de la economía estadounidense en detrimento de los pueblos latinoamericanos.
Es más evidente, en cambio, que la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) hace 8 años, y luego la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) es la consecuencia más directa e irrefutable de este avance. En ambos casos, las organizaciones cumplieron un rol destacado en defensa de la democracia y del estrechamiento de lazos entre los pueblos sin la participación de los países sajones, Estados Unidos y Canadá. Un hecho del que tomaron en cuenta los estrategas de Washington para decidir que Obama diera un paso que los 10 presidentes que lo antecedieron no se atrevieron a dar: sentarse a conversar con el gobierno de la Revolución Cubana para intentar restablecer relaciones diplomáticas.
Esta nueva era convirtió la OEA, el organismo del que había sido expulsada Cuba en 1962, en una cáscara vacía. Lo mismo que las cumbres presidenciales. ¿Qué sentido tiene un encuentro de jefes de Estado de países que poco y nada tienen en común, salvo que comparten la región con la principal potencia económica y militar del planeta?
El sentido se lo dieron en Panamá los líderes regionales que le pusieron al presidente estadounidense  «los puntos sobre las íes», como se dice popularmente. Fueron categóricos especialmente Rafael Correa, Daniel Ortega y  Evo Morales. Obama se ausentó en dos ocasiones, una cuando Nicolás Maduro le reclamaba por haber calificado a Venezuela como una «amenaza a la seguridad de Estados Unidos». La otra cuando habló Cristina Fernández, que hizo una encendida defensa de la dignidad cubana para soportar el embate norteamericano durante más de 60 años pero que también habló de Malvinas, otra causa latinoamericana contra un aliado de Washington.
A los pocos días, Obama envió al Congreso la recomendación de retirar a Cuba de la lista de naciones patrocinadoras del terrorismo. Y prometió hacer lo necesario para levantar el embargo. No las tiene fácil el presidente de los Estados Unidos con un Legislativo opositor en el último tramo de su gestión. Sobre todo porque la voz cantante entre los republicanos la tienen representantes extremos del Tea Party, como Marco Rubio y Ted Cruz –precandidatos a suceder a Obama en 2017– e Ileana Ros Lehtinen, de origen cubano.
Se entiende entonces el pedido de Raúl Castro de creer en las buenas intenciones de Obama.


 Revista Acción
Mayo 1 de 2015

viernes

La verdadera amenaza de Venezuela a EEUU

Tras el encendido discurso de Nicolás Maduro pidiendo poderes especiales para enfrentar la amenaza esbozada por el gobierno de Barack Obama, surgió un chisporroteo con la flamante administración frenteamplista en Uruguay. Un malentendido entre el presidente venezolano y el vice oriental, Raúl Sendic, sobre la injerencia estadounidense en el país bolivariano retrasó la reunión de cancilleres de la Unasur para tratar esa suerte de declaración de guerra estadounidense. El entuerto alentó esperanzas de quiebre entre los opositores a  esta sólida unidad regional que se observa en la última década en el sur americano. El desafío es mantener el principio de asociación y no caer en la tentación que se les ofrece desde el establishment basado en Miami.
La controversia era sobre el cariz que cada uno le da a la intromisión de Estados Unidos en Venezuela. Como para aclarar las palabras que cuestionó Maduro por timoratas, bien que sin nombrar al hijo del mítico líder guerrillero tupamaro,  el ex presidente y actual senador José Mujica señaló que no necesita mayores evidencias de la actitud estadounidense: "No necesito pruebas de que los norteamericanos se meten, ¡si se meten en todos lados! Acá estamos podridos de que se metan."
Otro que salió a respaldar a Maduro fue el arzobispo de Caracas, Jorge Urosa. "Parece una exageración del gobierno norteamericano afirmar que Venezuela sea una amenaza para la seguridad interna de los Estados Unidos. Esa afirmación es inaceptable por las consecuencias que puede tener para todos los venezolanos, no solamente para el gobierno nacional." El cardenal primado de Venezuela condenó que justo cuando Cuba y Estados Unidos abrieron un diálogo para normalizar sus relaciones diplomáticas, se tensen las relaciones entre Caracas y Washington. Y por una declaración del gobierno de Obama que Urosa no dudo en calificar de "deplorable".
Es bueno detenerse en el contexto en el que se despliega esta escalada belicista. El 10 y 11 de abril próximos se desarrollará en Panamá, la VII Cumbre de las Américas. La gran novedad de ese encuentro de mandatarios de países de la Organización de Estados Americanos será la asistencia de Cuba, por primera vez desde que fuera expulsada por presión de Estados Unidos en 1962. Antes, el miércoles que viene, la OEA deberá elegir a su nuevo secretario general, en remplazo del chileno José María Insulza.
El seguro remplazante será el uruguayo Luis Almagro, canciller durante la gestión de Mujica y gestor de una buena relación con la administración Obama, al punto que fue el encargado de llevar adelante la negociación para el traslado de presos de Guantánamo y también colaboró para abrir canales de diálogo entre La Habana y Washington.
Para tener una dimensión de lo que se juega conviene ver lo que piensan no en el Salón Oval sino entre los que le "pasan letra" acerca de la relación con América Latina. Y sin dudas uno de los más caracterizados voceros de la derecha proestadounidense es el argentino Andrés Oppenheimer, quien reside en ese país desde 1976 y editorializa desde el Miami Herald y el canal CNN hacia el resto del continente. En una columna que reprodujo el porteño La Nación, Oppenheimer fustiga a Almagro, pero sobre todo a los gobiernos, por no tener otros candidatos para ofrecer. Fundamentalmente porque para el autor de La hora final de Castro, un libro que en 1992 se pretendió premonitorio –sin éxito como demostró la historia– Almagro no es un personaje confiable para la OEA.
¿Lo ve poco apto para ocupar el cargo? Nada de eso. Se sincera el columnista que cuando lo consultó sobre si una vez electo pediría "la liberación de (Leopoldo) López y otros presos políticos venezolanos, como lo han hecho (…) Insulza y las Naciones Unidas", la respuesta lo sacó de eje. Almagro le dijo simplemente: "Nosotros hemos trabajado este tema en el marco de la Unasur (y) en el marco de la Unasur vamos a ajustar las variables."
Y aquí viene lo sustancioso de alguien que vale la pena seguir por su "sinceridad brutal". Por un lado, Oppenheimer sostiene que "la OEA sigue siendo una institución más grande y potencialmente más importante que la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), un grupo que fue creado para excluir a los Estados Unidos y México de las decisiones regionales." A continuación apunta que "la OEA tiene una Carta Democrática y una respetada Comisión de Derechos Humanos. Además, cuenta con más de una docena de agencias especializadas en drogas, seguridad ciudadana y educación", pero, reconoce, "en los últimos años, ha sido eclipsada por la Unasur en las principales crisis regionales".
Parte de esta argumentación es seguida por personeros de la derecha a pie juntillas. Sin embargo hay un par de cuestiones que explican por qué Unasur sí y la OEA no. Desde la ominosa expulsión de Cuba en 1962 en adelante, ningún  golpe de Estado de los tantos que hubo en América Latina implicó una respuesta drástica en defensa de la democracia de ese organismo.
Es bueno recordar que las deliberaciones para la creación de la OEA –cuyo nacimiento se produjo en mayo de 1948 en Bogotá– son coincidentes con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril, que desató el Bogotazo, un levantamiento popular que dejó un saldo de entre 500 y 3000 muertos por la represión, según las fuentes que se consulten. Son pocos los que creen en la casualidad de ambos acontecimientos, sobre todo porque según algunos historiadores, en la agenda de Gaitán para el día en que lo mataron figuraba una entrevista con un líder estudiantil cubano: Fidel Castro.
Hay analistas de sectores progresistas que no ven a Almagro con buenos ojos. Interpretan que su llegada a la Secretaría de la OEA forma parte de un acuerdo macro entre Montevideo y Washington que incluye no sólo el traslado de presos de Guantánamo sino un puente que a través del acercamiento Cuba –EE UU lime asperezas con el resto de la región, ostensiblemente opuesta a los pasos que da Obama y sobre todo su secretario de Estado.
Es que todavía resuena la frase de John Kerry ante el Congreso hace justo dos años, calificando a sus vecinos del sur como el "patio trasero" de Estados Unidos.  Si a esto se agrega la declaración de Venezuela como "una amenaza para la seguridad nacional" no parece el mejor comienzo para una "bella amistad".
Puede entenderse que la afrenta del premier israelí Benjamin Netanyahu en el Capitolio fustigando la negociación por el plan nuclear con Irán haya golpeado en el orgullo del mandatario demócrata. También que aceptar el reingreso de Cuba puede herir susceptibilidades de los exiliados en Miami. Pero atacar a Venezuela en represalia suena a justificación infantil. El problema es que los halcones que se afilan los dientes para desgarrar el país bolivariano no son criaturas fastidiadas. La historia latinoamericana que detalló Maduro ante la Asamblea Nacional recuerda el carácter criminal de los golpistas.
La crítica de Oppenheimer a Almagro pasa por otro lado. "No estoy seguro de que la OEA podrá recuperar un rol de liderazgo con un secretario general según el cual la crisis de Venezuela deberá resolverse 'en el marco de la Unasur'", dice el también autor de Cuentos chinos, de 2005.
Este sábado, en Quito, los 12 cancilleres de la Unasur buscarán consensos para armar una cumbre presidencial. El ecuatoriano Ricardo Patiño activó el encuentro frustrado en Montevideo desde su cuenta de Twitter, donde refrendó al "viejo luchador Eloy Alfaro", otro liberal asesinado, en 1912, quien decía que "en la demora está el peligro". Y sí, conviene apurar una reunión de mandatarios en la que se dará la formal respuesta que la mayoría de los presidentes ya expresó en forma individual.
Se sabe que Tabaré Vázquez no es Mujica, y que su canciller Rodolfo Nin Novoa tampoco es Almagro. Pero Montevideo, además de estrechar vínculos con Washington, quiere a Almagro en la OEA.  Una respuesta contundente de la región podría ser no asistir al cónclave de Panamá. O, en su defecto, ir para armar lío, como pide el Papa Francisco. Maduro dijo que no va a tener problema en viajar, Cuba, por ahora, tampoco.
Las cartas están echadas, y el reconocimiento de que Unasur –una creación de Hugo Chávez– tiene peso en la región es, de por sí, un triunfo para los latinoamericanistas. Tal vez en el nerviosismo que genera esta certeza haya que buscar la grosera declaración de Obama. En el fondo puede que esta sea, en realidad, la verdadera amenaza que Venezuela entraña para Estados Unidos. Que le da sentido a la integración. 

Tiempo Argentino
Marzo 13 de 2015

Ilustró Sócrates


jueves

Otra agenda argentina



El 5 de noviembre de 2005 es considerado por muchos analistas como el hito fundacional de un proceso de integración regional sin precedentes. Ese día, en Mar del Plata, los entonces presidentes Néstor Kirchner, Luiz Inacio Lula da Silva y Hugo Chávez, acompañados por el uruguayo Tabaré Vázquez y el paraguayo Nicanor Duarte Frutos, le dijeron No al Alca, poniendo una pica en el sistema de libre comercio continental que se había pergeñado una década antes en Washington y sepultando el proyecto de George W. Bush de hacer un mercado común «desde Alaska a Tierra del Fuego» que fogonearon los líderes neoliberales de los años 90 desde la capital de los Estados Unidos.

Quienes conocían más cercanamente a Kirchner, ese dirigente peronista patagónico que sorpresivamente alcanzó la primera magistratura en marzo del 2003, sostienen aún hoy que no le interesaba la política exterior. Que su máxima preocupación estaba fronteras adentro y que las relaciones con el resto del mundo prefería dejárselas a otros, más avezados. Sin embargo, sus primeros movimientos desde que llegó al poder –de manera no solo sorpresiva sino también en una situación de cierta debilidad, en vista de que había obtenido apenas 22% de los votos, 2,1% menos que el ex presidente Carlos Menem, quien resignó la posibilidad de presentarse al balotaje– indican todo lo contrario.

La prueba más evidente la dio el mismo Kirchner unos días antes de que Carlos Menem oficializara que se bajaba de la segunda vuelta ante la evidencia de que se estaba quedando sin aliados. Antes aún de confirmar que se vestiría la banda presidencial, el entonces gobernador santacruceño tomó un avión y bajó en Brasilia, en lo que sería su primer encuentro con Lula, que había asumido el gobierno unos meses antes, el 1° de enero de 2003. «Nuestro futuro está en la integración política de América Latina, no en las relaciones carnales, y esa será mi decisión si la ciudadanía me acompaña», dijo Kirchner al pie de la escalerilla.

Ya ungido presidente, hizo un segundo viaje a Brasil en junio y fue entonces cuando ambos mandatarios ultimaron los detalles del Consenso de Buenos Aires, un documento con espíritu independentista y claramente latinoamericanista que se firmaría el 16 de octubre de 2003. En 4 carillas y 22 artículos, Lula y Kirchner declaran, entre otras cuestiones, «que la integración regional constituye una opción estratégica para fortalecer la inserción de nuestros países en el mundo, aumentando su capacidad de negociación» y añaden que «una mayor autonomía de decisión nos permitirá hacer frente más eficazmente a los movimientos desestabilizadores del capital financiero especulativo y a los intereses contrapuestos de los bloques más desarrollados, amplificando nuestra voz en los diversos foros y organismos multilaterales». Y al mismo tiempo que adhieren a lo que llamaron «nuestro compromiso histórico con el fortalecimiento de un orden multilateral fundado en la igualdad soberana de todos los Estados», rechazan «todo ejercicio de poder unilateral incompatible con los principios y propósitos consagrados por la Organización de las Naciones Unidas.»

Toda una declaración de principios que se fueron cumpliendo durante el gobierno de Kirchner y Lula y que sus sucesoras, Cristina Fernández y Dilma Rousseff, mantuvieron y hasta profundizaron. Es que más allá de diferencias e, incluso, en algunas circunstancias, de divergencias, para hablar de los últimos 12 años de política exterior argentina es inevitable recordar la confluencia en los lineamientos con los gobiernos del

No es que el eje Buenos Aires-Brasilia haya digitado lo que ocurrió en el resto del continente durante esos años. Pero el apoyo de Kirchner fue importante, por ejemplo, para que el Frente Amplio ganara las elecciones que llevaron al poder a Tabaré Vázquez en marzo de 2005, rompiendo así con 174 años de bipartidismo y abriendo un espacio para la centroizquierda del otro lado del río. La relación se tiñó de sinsabores con el avance de las obras de las plantas elaboradoras de pasta de papel frente a las costas de Gualeguaychú, pero la situación se fue encauzando durante la gestión de José Mujica. La vuelta de Tabaré en estos días encuentra a ambas naciones en otro momento histórico.

También sería importante el apoyo argentino para el ascenso y la permanencia de Evo Morales en el poder en Bolivia. Ganador de los comicios de fines de 2005, Morales se calzó la banda presidencial en Tiwanaku el 22 de enero de 2006, pero desde el inicio debió enfrentar todo tipo de boicots y levantamientos de la oligarquía boliviana. Como el presidente boliviano se encarga de repetir, fue crucial el envío de alimentos y combustible argentino durante los aciagos días de la rebelión de la derecha del Oriente en 2008 para que no se profundizara la crisis desatada en esos días, y también la postura política de la recién creada Unasur (Unión de Naciones Suramericanas), ante lo que podría haber sido un golpe de Estado o una escisión territorial.

La entidad, una institución política supranacional impulsada por el venezolano Hugo Chávez cuyo tratado constitutivo se firmó el 23 de mayo de 2008 en Brasilia, cumplió un papel importante. Néstor Kirchner ocupó la secretaría durante un corto lapso, desde el 4 de mayo de 2010 hasta el día de su muerte, el 27 de octubre de ese año. El organismo nucleó a países con gobiernos tan disímiles como la Venezuela bolivariana y la Colombia de Álvaro Uribe; el Perú de Alan García con el Chile de Michelle Bachelet o de Sebastián Piñera. Y fue Kirchner el que, en agosto de 2010, encabezó el acercamiento del recién electo Juan Manuel Santos y Hugo Chávez, después de que Uribe hubiera tensado peligrosamente las relaciones entre Colombia y Venezuela. También el ex presidente argentino fue clave para abortar la intentona golpista en Ecuador contra el presidente Rafael Correa en setiembre.

Mientras tanto, las Naciones Unidas se convertirían en estos años en el foro internacional más importante para los mandatarios argentinos. Desde allí, Néstor Kirchner y Cristina Fernández pidieron cada año la reanudación de las negociaciones con Gran Bretaña por la soberanía en las islas Malvinas, un reclamo con características de política de Estado que ambas administraciones asumieron como desafío.

El estrado de la ONU en Nueva York también fue escenario del constante pedido para que Irán extraditara a los acusados por el atentado a la AMIA del 18 de julio de 1994. Luego lo sería para las negociaciones del más alto nivel en torno del Memorándum de Entendimiento para lograr por la vía de la negociación una solución al entuerto judicial. Pero esta agenda fue paralela a la elaboración –sobre todo en el período de Cristina– de extensas argumentaciones acerca del mundo multipolar que Néstor Kirchner y Lula da Silva ya habían adelantado. La ONU sería, además, como se había establecido en el programa del Consenso de Buenos Aires, el marco al cual se llevaría la disputa con los fondos buitre. Allí se logró imponer una resolución contra el accionar de los holdouts y otra para la resolución de la deuda soberana de los países frente al embate de los grupos especuladores. Por otra parte, el G-20 fue el lugar propicio para que la presidenta desplegara su visión de una economía enfocada en la distribución y no en el ajuste presupuestario.

Esta posición, que en gran medida resulta confrontativa, despertó airadas críticas de sectores políticos y mediáticos internacionales afines a Washington pero también de dirigentes locales enrolados ideológicamente en el establishment mundial. En ocasión de anunciarse la firma del Memorándum con Irán, la diputada Elisa Carrió declaró que el gobierno argentino cambiaba su política exterior «por influencia de Chávez».

Luego del último discurso de Cristina en la ONU, el jefe de Gobierno porteño y aspirante al sillón de Rivadavia, Mauricio Macri, declaró: «Salimos al mundo y en un par de horas nos peleamos con Estados Unidos, con Alemania y con la comunidad judía. Ese no es el camino, el camino de la Argentina es encontrar el lugar en el mundo que nos corresponde. Es absurdo pensar que nuestro único lugar es peleándonos con todo el mundo». Macri no explicó cuál sería ese lugar pero Diego Guelar, su jefe de Relaciones Internacionales, embajador en los Estados Unidos, Brasil y ante la Unión Europea de Carlos Menem –por lo tanto representante diplomático durante los años de las llamadas «relaciones carnales»– asegura que lo que debe primar de aquí en más es un «multipolarismo consensuado» con las nuevas potencias internacionales, con sede en Washington, Beijing, Berlín, Moscú, Nueva Delhi y Brasilia.

Otro postulante a la sucesión del kirchnerismo, el diputado Sergio Massa, indicó oportunamente que «el destino económico de Argentina es con el mundo, no contra el mundo». «Creo que Argentina –dijo–, si tiene que diseñar su estrategia como país, tiene que mirar primero al Mercosur, por una cuestión de relación histórica y de sinergias en las economías, después al resto de América y establecer una relación madura, en la cual tenemos cosas que consolidar». Y agregó:  «Todo lo que hagamos para salir de ese esquema por el cual el mundo solo nos ve ligados con Venezuela e Irán, es bueno»

Los recientes acuerdos comerciales con China son un capítulo más de este debate. Ni bien la presidenta partió hacia Beijing surgieron críticas desde diversos sectores ante lo que consideran una relación perjudicial con el gigante asiático. Desde grupos empresariales enrolados en la Unión Industrial Argentina cuestionaron la presunta «sumisión» de un país supuestamente débil como la Argentina a una potencia que hasta estaría en condiciones de enviar su propia mano de obra para realizar trabajos comprometidos en las represas de Santa Cruz o en la planta nuclear acordada en Atucha.

La cuestión, desde lo económico, es bastante más intrincada. De hecho, para algunos sectores productivos nacionales, China es lo mejor que podría haber ocurrido desde la caída del Imperio Británico. Es así que, a pesar de críticas feroces, el titular de la Sociedad Rural, Luis Miguel Etchevehere, reconoce que a la segunda potencia económica mundial «año a año llega el 80% de las exportaciones argentinas de soja». No ahorra críticas hacia la política económica del Gobierno, al tiempo que pide medidas para poder exportar más frutas y otros productos agroindustriales.

La preocupación del presidente de la SRA pasa por lo económico. En tanto, la de Joaquín Morales Solá, sin dudas la principal espada ideológica del diario La Nación, es de índole geopolítica. En este sentido, una reciente columna de opinión del editorialista, que resume las principales objeciones del establishment a la política exterior implementada en la última década, podría entenderse como una suerte de ultimátum a cualquier potencial futuro gobierno. Luego de anotar ciertas diferencias actuales con Brasil, señala que «los amigos actuales de Cristina Kirchner son China, Rusia e Irán. No son amigos para presentar en ninguna sociedad democrática del mundo (se trata de países gobernados por regímenes autoritarios que violan derechos humanos esenciales), pero son los únicos que soportan amablemente las extravagancias del cristinismo argentino. Esa será otra herencia que le dejará al próximo gobierno: reordenar la dirección de la política exterior de acuerdo con los alineamientos históricos del país». Se trata, precisamente, del alineamiento que Lula y el propio Kirchner buscaron clausurar hace 12 años.

El senador mendocino Ernesto Sanz, uno de los precandidatos a la presidencia de las alianzas que se proponen desde la Unión Cívica Radical, no le va en zaga al columnista de La Nación y, en un artículo publicado por el portal Infobae, inscribe a las relaciones con China en el mismo marco que las que en otros tiempos el país tuvo con naciones del bloque socialista. «Así como en aquella época fue la Unión Soviética, por estos años los elegidos han sido Angola, Azerbaiján, Rusia, Irán y China. Muchos de esos acuerdos son pintorescos, porque sencillamente no tienen más efecto que el publicitario. Otros son graves por lo que transmiten, y allí podemos inscribir esos abrazos amistosos con Putin, tal vez el líder global más cuestionado en estos momentos. Pero el caso de China es especialmente grave, por lo que muestra, por lo que esconde y por lo que proyecta».

Una visión diametralmente opuesta es la del diputado por Nuevo Encuentro porteño, Carlos Heller. «Tanto la relación con China como con Brasil son procesos importantes de integración comercial, y también complicados, dado que cada país desea obtener las máximas ventajas; se trata entonces de ir avanzando y persiguiendo el beneficio mutuo en estos acuerdos, en especial, una fórmula equilibrada que permita incrementar el comercio y que genere potencialmente nuevas oportunidades de exportación con alto valor agregado para nuestro país, asociado con un incremento en la capacitación y utilización de nuestra fuerza laboral», señala Heller.

Tras la denuncia y posterior muerte del fiscal Alberto Nisman, sumadas a la ola de atentados que se registran en Europa luego del ataque a la redacción del semanario Charlie Hebdo, la política exterior ocupará, como pocas veces en la historia, un lugar central en la campaña. Los discursos sobre la necesidad de alinearse con Europa y Estados Unidos serán, seguramente, un componente clave de la discusión política. El rechazo a Irán, a Venezuela y a Rusia también. Pero el país bolivariano es miembro pleno del Mercosur, mientras que tras las sanciones contra Moscú, Rusia representa una oportunidad de negocios que a la hora de la verdad pocos podrían desestimar. China es una cuestión aparte: si bien la relación comercial es deficitaria, para el complejo agroindustrial el comercio con esa milenaria nación es ineludible. En tanto, mientras las empresas familiares de uno de los candidatos tienen fuertes negocios tanto en Argentina como Uruguay con empresas chinas, y sectores como los representados por Sociedad Rural se ven beneficiados por las millonarias exportaciones de soja al gigante asiático, las declaraciones públicas parecen ir por otro carril. Sobre todo en tiempos preelectorales, cuando formadores de opinión y dirigentes políticos van marcando la cancha acerca de sus intenciones frente a la cercanía del fin del mandato de Cristina Kirchner. Sin dudas, la campaña no girará, como es previsible en toda elección, en torno de la economía, sino también acerca de los alineamientos en los que el país debería encolumnarse en los próximos años.
 

Consensos y alianzas

La firma del Consenso de Buenos Aires entre Néstor Kirchner y el presidente Lula da Silva, en octubre de 2003, fue un claro ejemplo de hacia dónde pensaba dirigir sus esfuerzos el mandatario recién asumido. Hubo otros dos reclamos permanentes en la agenda del Gobierno: la soberanía de Malvinas y el reclamo a Irán por el atentado a la AMIA.

Pero sin este acuerdo argentino-brasileño, cuando aún el gobierno de George W. Bush estaba en su esplendor –a dos años de los atentados a las Torres Gemelas–, los gestos de independencia regional tomados con posterioridad resultarían difíciles de contextualizar.

Esa alianza permitió que en noviembre de 2005 se clausurara en Mar del Plata el proyecto neoliberal de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Un mes más tarde, en otra operación coordinada, Lula anunció el pago total de la deuda que Brasil tenía con el FMI y dos días después, el 12 de diciembre, hizo lo propio Kirchner. En el caso argentino, sería el comienzo del proceso de reestructuración de la deuda externa.

Sin embargo, mientras se iba fortaleciendo el proyecto regional, una nube ensombreció las relaciones con Uruguay. La instalación de plantas elaboradoras de pasta de celulosa frente a Gualeguaychú, tras varias marchas y cortes de los pasos a Uruguay, generó un piquete que interrumpió entre 2007 y 2010 el paso hacia el puente internacional a Fray Bentos. El conflicto enturbió la relación de Kirchner y el presidente uruguayo Tabaré Vázquez y terminó en la Corte de La Haya, que laudó por Uruguay. Pero también motivó la intervención del rey español Juan Carlos y del entonces primer ministro José Luis Rodríguez Zapatero, ya que una de las pasteras ese origen.

Más allá de este entuerto, la integración regional se fue plasmando en organizaciones como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), que desde su constitución, en mayo de 2008, fue clave para el apoyo a los procesos constitucionales en esta parte del continente y logró contener a gobiernos de signos disímiles, cuando no contrapuestos.

Unasur fue clave para evitar un golpe de Estado en Bolivia cuando los sectores oligárquicos del Oriente –Santa Cruz de la Sierra, Beni y Pando– propugnaban la escisión territorial. El país acompañó, en conjunto con las demás naciones de la región, cada una de las votaciones en la ONU por el levantamiento del bloqueo a Cuba y por el reconocimiento del Estado Palestino, en 2012. Y un año más tarde, en ese foro repercutió el Memorándum de Entendimiento firmado con Irán por la causa AMIA. De inmediato, la embajada argentina solicitó que se incluyera el tema en las negociaciones entre Washington y Teherán por el plan nuclear iraní, algo a lo que el gobierno de Barack Obama se negó.

Con Cristina Fernández, además, el G20 fue escenario de fuertes reclamos contra los fondos especulativos. Y cuando se conoció el fallo del juez Thomas Griesa, la ONU sería nuevamente el sitio donde Argentina encontraría apoyo, al lograr que se aprobara por amplia mayoría una resolución que condena a los fondos buitre, en setiembre pasado.

Paralelamente, el país se fue acercando a China y Rusia, miembros del grupo BRICS, en la búsqueda de socios comerciales y estratégicos. Las visitas de Cristina a Moscú y Beijing y la devolución de gentilezas de Vladimir Putin (julio de 2014) y Xi JInping (febrero de 2015) son muestras de ello.


Revista Acción
Febrero 1 de 2015

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viernes

Como decía el Negro Jefe, los de afuera son de palo

Momentos cruciales para América Latina. Si uno releyera textos publicados hace un par de años podría pensar  que hablaban de otro mundo. Eran, aquellos, manifiestos de optimismo en torno del avance de la integración regional. Hoy, con los últimos acontecimientos en Venezuela, Brasil y Argentina, la realidad se manifiesta bastante más hostil.
Es que desde aquellos "años dorados" pasaron algunas cosas. Entre ellas que murieron Néstor Kirchner y Hugo Chávez, dos grandes motores de la integración, y Lula dejó el gobierno y optó por pasar a un segundo plano en ese aspecto. Además, habrá que reconocer que "ellos (la contra)" no estaban derrotados. Fue una batalla que perdieron, pero nadie pensaba que iban a entregar así nomás sus privilegios sólo porque las mayorías se imponen en las elecciones. No es su estilo, como la historia corrobora.
Mucho se avanzó en estos diez años, pero mucho también es lo que falta y en esta encrucijada del destino es bueno anotar algunos de esos puntos. El principal, sin dudas, es el de las creencias. Sería simplista considerar que todas las desventuras que padecen los gobiernos latinoamericanos en este momento obedecen solamente al rol de los medios concentrados. Es cierto que ellos abonan el pensamiento dominante, pero no es menos cierto que hay una enorme masa crítica que comparte esa visión del mundo. Porque vienen formateados desde la infancia por los sistemas educativos y comunicacionales. O porque esa forma de interpretar los valores los identifica.
Conviene recordar que los medios son empresas que defienden intereses, pero están hechos por personas que no solamente trabajan por el dinero a fin de mes. Pensar así implicaría desconocer que quienes no toleraron ese intercambio de dinero por dignidad ya se fueron de los grandes medios hace tiempo. Los que están es porque comparten con los dueños del medio esa perspectiva.
Tienen una misma posición con respecto a lo que las palabras Justicia, Libertad, República, Democracia y Derechos Humanos significan, por ejemplo. Y desde ese lugar expresan a una gran masa de la población, no sólo a sectores de las clases medias. Con todo lo que se avanzó en estos años, esa ideología imperante no pudo ser perforada en toda su dimensión. Cierto que se produjo una grieta –como admiten desde la vereda de enfrente– pero el cristal con que se mira no se quebró del todo como para que la sociedad en su conjunto dé el paso hacia otras concepciones sobre República, Democracia, Justicia, Derechos Humanos y Libertad. En lo que hace a las relaciones exteriores, hay un concepto que cuesta incorporar porque va precisamente en contra de la principal fortaleza neoliberal, que es el individualismo. Se trata de la integración regional.
Las fuerzas opositoras de Venezuela y Brasil son en su discurso especialmente críticos contra organismos de integración como el Mercosur. Si uno se deja llevar por sus discursos, ese organismo creado por gobiernos a los que no se puede catalogar de ultraizquierdistas, debería desaparecer. Como si la experiencia no demostrara que la integración es la mejor opción para que "no nos devoren los de afuera". Naciones con siglos de enfrentamientos como las europeas aprendieron la lección hace más de 50 años y a pesar de las dificultades actuales, son un buen ejemplo de lo que se logra si los vecinos marchan coordinados. Cuanto más si esos vecinos son "hermanos de placenta" como suele decir el todavía presidente uruguayo José Mujica. Porque a no engañarse, los de afuera son potencias imperiales como nunca ha conocido el planeta.
En el caso argentino, las figuras más relevantes de la oposición parecen inclinarse por un Mercosur remozado y con más acercamiento a la Alianza del Pacífico, la entidad creada para ponerle tope a la construcción atlántica de Argentina, Brasil y Venezuela. Sin embargo, cuando algunos de ellos presentan denuncias por acciones del gobierno nacional se apuran a amenazar con recurrir a la OEA, fundada al gusto de Estados Unidos al fin de la II Guerra. Ni pensar en ir a la Unasur o la Celac. Alguno de ellos incluso se ufana de haber pedido consejo en la embajada de los Estados Unidos y en la CIA sobre el mejor candidato para manejar la policía local. El problema es que lo hacen sabiendo que es una buena herramienta de marketing político. O sea que hay mucha gente que acompaña la idea de que es mejor acomodarse con Occidente que atreverse a transitar otros caminos, como hicieron los Libertadores de América.
Sucede que en estos años no solamente avanzó un proyecto de integración que logró subir al mismo bote a gobiernos de derecha y de izquierda de la región, como los que integran la AP y los de Mercosur. Afuera se fue configurando un mundo multipolar que más allá del deseo de la Casa Blanca y el Pentágono, –expresados en la Estrategia de Defensa Nacional que presentó Barack Obama a principios de este mes– no se va a detener. Podrán profundizar la línea de demonización del presidente ruso y de quienes lo sucedan en el futuro, como lo hacen con el chavismo. Pero en tanto China siga creciendo y se fortalezca la alianza Beijing-Moscú y el bloque de Rusia, India y China, que junto con Sudáfrica y Brasil integran el grupo BRICS, hay posibilidades para otro mundo posible.
Esos que añoran volver a las "alianzas tradicionales" en esta parte del mundo no deberían barrer debajo de la alfombra el hecho real y concreto que Europa a pesar de su unidad, y Estados Unidos, ya no son el centro de gravedad del mundo capitalista. Ese foco se desplazó a la región de Asia-Pacífico. No por nada Washington busca con tanto ahínco sellar un acuerdo con la UE para conformar un mercado común, luego de su fracaso en imponer el ALCA hace una década. Ellos comprendieron que es mejor negociar en conjunto que ir cada uno por su parte. Y son una potencia imperial…
En Venezuela la situación se fue poniendo especialmente violenta desde febrero del año pasado. Es innegable la participación de grupos especialmente entrenados en el golpe blando. Pero también hay un caldo de cultivo que permite el crecimiento de estrategias desestabilizadoras. Hay un problema en la economía y la provisión de mercaderías que afecta a grandes capas de la sociedad. Los sectores medios, parafraseando a Perón, quieren comer tortilla pero se niegan a aceptar que para eso "hay que romper algunos huevos". El planteo de pacificar el país y de abrir el diálogo con la oposición resulta peliagudo porque ningún privilegiado está dispuesto a renunciar a sus ventajas, y mucho menos cuando reciben todo el apoyo desde el exterior, como es el caso.
El martes un chico de 14 años fue asesinado por un policía de 23. Un hecho inadmisible en cualquier sociedad civilizada. El gobierno identificó de inmediato al autor y lo puso a disposición de la justicia. Eso no impidió que, ya demonizado desde que en 1999 ganó su primera elección, el chavismo apareciera en los medios como un "régimen criminal".
En las últimas semanas se conocieron varios casos de gatillo fácil en Estados Unidos contra mexicanos. El último caso fue el de un joven de 31 años nativo de Durango que murió baleado por agentes policiales en Gravepine, Texas. Diez días antes otro mexicano, de Michoacán, fue acribillado en Pasco, estado de Washington, por tres uniformados. El año pasado hubo revueltas en varios distritos por el homicidio de un joven negro en Ferguson, Missouri. El caso más dramático fue el 24 de noviembre en Cleveland, cuando policías blancos mataron a balazos a un chico de 12 años negro que portaba una pistola de juguete. No hubo denuncias contra el "régimen" vigente en la principal potencia mundial.
¿Es admisible que unos días antes del crimen del estudiante en Táchira el gobierno de Maduro haya detenido al alcalde metropolitano de Caracas, dos veces electo para ese cargo? Desde el punto de vista judicial es posible que sí, en vista de los antecedentes de Antonio Ledezma. Políticamente suena a una decisión errónea. En todo caso sería un buen tema para debatir en la Unasur, el organismo que debe entender en esas cuestiones entre los países latinoamericanos.
No son estos tiempos para ponerse nervioso. Como en esos partidos difíciles con el estadio en contra, hay que parar la pelota en el medio del campo, pensar la jugada y no dejarse atropellar. Como dijera Obdulio Varela, el mítico Negro Jefe, aquel caudillo uruguayo que se cargó al hombro el seleccionado oriental para llevarse por delante a punta de coraje a Brasil en el Maracanazo de 1950: "No miren para arriba (a la tribuna), el partido se juega abajo. Los de afuera son de palo."

Tiempo Argentino
Febrero 27 de 2015

Ilustró Sócrates


sábado

Miguel Angel Barrios: "Venezuela es la frontera real con Estados Unidos"

En un contexto regional altamente complejo, no viene mal una mirada geopolítica de lo que ocurre en el sur del continente, desde Venezuela, pasando por Brasil y Argentina. "Estamos viviendo un cambio de época", dice Miguel Ángel Barrios, doctor en Educación, en Ciencias Políticas, asesor del Centro de de Estudios Estratégicos para la Defensa, con una serie innumerable de artículos sobre el tema y cursos dictados para fuerzas armadas de varios países latinoamericanos. Barrios escribió uno de los capítulos de Geopolítica y estrategia suramericana, un "insumo estratégico" editado por la Universidad de las Fuerzas Armadas ecuatorianas, e impulsado por Rafael Correa.
"A nivel general podemos destacar tres o cuatro ejes –abunda Barrios– el epicentro político del mundo se ha desplazado hacia el Pacífico; en segundo lugar la crisis del petróleo como generador y motor de una economía-casino mundial; en tercer lugar: el declive relativo de los  Estados Unidos y la emergencia de nuevos poderes continentales que generan un mundo multipolar y en cuarto lugar: la gran posibilidad de América Latina de a través del Mercosur, de la Unasur, y de la CELAC de materializar la Patria Grande por la cual lucharon nuestros libertadores".
–¿Cuáles deberían ser las hipótesis de conflicto en el marco de la Unasur?
–En principio hay una Escuela de Defensa que todavía está en etapa de elaboración de programas. A eso apunta el libro. Lo concreto es la guerra por los recursos: tenemos que generar hipótesis de confluencia. Estados Unidos viene avanzando y muy fuertemente con el apoyo de Canadá, inclusive de México, en querer policializar a las fuerzas armadas para crear una conjunción entre Defensa Nacional y Seguridad Interior. Hoy el peligro es a categorizar a cada uno de nuestros países como "estados fallidos"; áreas sin gobierno, áreas afectadas por catástrofes naturales para instalarse allí a través de misiones humanitarias o de ONG, para ir realizando lo que siempre ha hecho Estados Unidos, dividir para reinar. Porque ellos necesitan tranquilidad en el "patio trasero" para apostar todas sus fuerzas en Eurasia, donde se juega el poder mundial en la lógica de ellos.
–¿Cómo entra en este análisis la reanudación de relaciones de Estados Unidos con Cuba?
–Yo pienso que es un punto de inflexión. (Barack) Obama ve que no hay otra posibilidad que ante la presión interna y el lobby externo del empresariado norteamericano negociar con Cuba para levantar el bloqueo. Cuba está ante una gran oportunidad histórica de volver a Martí. Eso implica la latinoamericanización de Cuba. Ya hemos visto que Cuba ha presidido la CELAC, está participando activamente en las negociaciones de paz con las FARC. Es decir que Cuba, luego de la caída de la Unión Soviética y tras la muerte de Hugo Chávez, tiene la posibilidad de reinsertarse como siempre lo fue en la Patria Grande, siendo éste un hecho paradigmático de la nueva política internacional. Esto a Cuba y exige a los latinoamericanos a un reencuentro histórico, por eso la figura de Martí cobra una gran importancia. Porque Martí ha sido el último libertador de América Latina y el primero que anuncia la emergencia del poder norteamericano en 1895.
–Usted dio cursos en Venezuela para miembros de las Fuerzas Armadas. ¿Cómo ve la situación allá?
–La situación es preocupante porque Venezuela es la frontera real con Estados Unidos. Venezuela tiene una particularidad geopolítica única: es latinoamericana, es sudamericana y es caribeña simultáneamente. Y el que descubrió eso fue Chávez. Hay un saboteo permanente a través de los paramilitares vinculados a Uribe y de los grupos económicos vinculados a los Estados Unidos contra el gobierno. Es una provocación activa, lo que se está tratando de realizar en Venezuela es un golpe blando, para ir luego contra Brasil y contra el Río de la Plata. La muerte de Chávez produjo gran vacío, pero al mismo tiempo hay que destacar la unidad entre Fuerzas Armadas y pueblo a través de algo que acá todavía nos cuesta entender, pero que en Venezuela es cotidiano como es el concepto de la Defensa Integral. Hay cinco componentes: el Ejército, la Fuerza Aérea, la Armada, la Guardia Nacional –que vendría a ser la Gendarmería– y las Milicias Populares. Por supuesto que se vive una crisis económica que no podemos dejar de reconocer y hay un problema de formación de precios de los grandes monopolios, pero al mismo tiempo decir que Venezuela se está cayendo a pedazos es una difamación tremenda.
–El gobierno de Dilma Rousseff en Brasil está sufriendo embates mediáticos y judiciales.
–El resultado de la segunda vuelta  mostró que en Brasil todavía hay fuerzas que históricamente no están compenetrados con la visión de integración. Si ganaba la oposición, el Mercosur quedaba destruido. Llama poderosamente la atención que una vez que ganó Dilma, de un hecho de corrupción que pudo haber existido en Petrobras hacen un problema de política mundial. Evidentemente es un ataque sincronizado que está habiendo contra América Latina en el cual no es ajeno también el gobierno argentino, independientemente de que hay que diferenciar la causa AMIA y la muerte de Nisman de la cual, por supuesto, todos nuestros dolores y condolencias. Pero evidentemente, como está comprobado a través de Wikileaks, Nisman respondía a las directivas de la Embajada de los EE UU, entonces todo aparece como un movimiento sincronizado de ataque hacia América Latina del que estar muy atento, que empezó en Venezuela. Tiene que ver con la doctrina del general Gene Sharp, quien ha escrito un libro sobre cómo ir generando procesos de desestabilización a partir de generar incredulidad en el sistema político, saboteando el sistema político, no a través de los golpes de Estado clásicos sino de lo que se llama "golpe blando". Hay un movimiento sincronizado del imperio. Lo dijo John Kerry el año pasado en la comisión de relaciones exteriores de la Cámara de Senadores: "América Latina debe ser el patio trasero nuevamente de los Estados Unidos". No se debe escapar nuevamente como ocurrió con los procesos de integración de Unasur.
–¿Cómo se implementaría ese proyecto?
–El 6 de febrero pasado la Casa Blanca presentó su Segunda Estrategia de Seguridad Nacional (ESN). Algo menos de cinco años después de su Primera ESN, y con dos años más de presidencia, Barack Obama quiere reafirmar el papel de EE UU en un sistema-mundo en transición hacia un nuevo "orden" mundial. En 2010, los EE UU, estaban en el pantano de dos guerras perdidas: Afganistán e Irak, con una grave recesión, un desempleo que superaba el 10% y un déficit de un billón de dólares. Siguiendo las categorías del Pentágono, un Imperio fallido. En el 2015 si uno mira superficialmente se encuentra ante un EE UU supuestamente más potencializado internamente, con la reducción del déficit, con mejores cifras macroeconómicas, y la reducción del desempleo a un 5,5% actual con la creación de más de once millones de puestos de trabajo. Pero esto es un engaño geopolítico, una falsedad estratégica en la que no debemos caer, la nueva ESN reafirma la centralidad de EE UU como nación Indispensable frente a las "amenazas" mundiales. La crisis de Ucrania y la "agresión rusa" como llama el documento, es un fracaso de lo planificado en 2010, ya que allí hablan de la cooperación con Rusia, tal vez pensando en quebrar la dupla Medvedev y Putin, lo que no ocurrió. Además, la aparición de un actor en la política internacional como el Papa Francisco, latinoamericano y partidario de un sistema multipolar y de la Patria Grande como lo deja en claro en su primer Encíclica "El Evangelio de la Alegría" y la irrupción de (Alexis) Tsipras en Grecia, son la demostración elocuente de que la historia fluye, y de que no es un tablero electrónico manejado desde un comando. En esta visión multidimensional de la seguridad, el documento expresa la obsesión de no perder en ningún campo de acción, y en especial en el cibernético. 

Tiempo Argentino
Febrero 21 de 2015

martes

Reencuentros regionales

En un final de año signado en buena medida por la política internacional, la presidenta Cristina Fernández participó de reuniones del más alto nivel en América Latina. Todas ellas marcadas a fuego por una suerte de renacimiento de la integración regional luego de largos meses de demoras y, en algunos casos, de desencuentros. Quizás la cumbre que más huella deje sea la de presidentes de la Unión Suramericana de Naciones (UNASUR), celebrada en Ecuador.
Porque allí se inauguró la sede del organismo en la Mitad del Mundo, el mojón a 14 kilómetros de la ciudad de  Quito por donde pasa la coordenada ecuatoriana del planeta y que simbólicamente pretende erigirse en el centro de un nuevo ordenamiento global nacido de estas latitudes. Simbólico porque el soberbio edificio concebido por el arquitecto Diego Guayasamín –sobrino de Oswaldo, el artista plástico fallecido en 1999– ostenta en su entrada una estatua de Néstor Kirchner y lleva el nombre del ex presidente argentino, quien fue el primer secretario general de UNASUR. Es bueno recordar que la organización, nacida al calor del empuje del venezolano Hugo Chávez, fue constituida en 2008 en Brasilia, cuando Lula da Silva era presidente, pero tenía como disposición primordial que no se pudiera establecer orgánicamente hasta que no fuera aprobada por 9 de los países a través de sus parlamentos. Un objetivo que recién se cumplió en 2011. Sin embargo, ya había sido fundamental para frenar el intento golpista en Bolivia en 2008, y luego, con Kirchner en la secretaría, el conato policial contra Rafael Correa en setiembre de 2010. Incluso antes de eso había fijado una firme posición a favor de la democracia cuando ocurrió el derrocamiento de Manuel Zelaya en El Salvador en 2009.
En ese marco, y con el telón del fondo del recuerdo de las dictaduras que asolaron la región a lo largo de su vida independiente, la presidenta argentina Cristina Fernández señaló al inaugurar la sede que «este edificio representa algo más que la UNASUR, representa la historia sufriente de nuestros pueblos desde la misma fundación hace ya 200 años y de esta segunda batalla que estamos dando en este siglo XXI, que es la reindependencia económica y la reconstrucción cultural de nuestras naciones». El homenaje a Kirchner en ese emblemático lugar es también un recuerdo al líder bolivariano Hugo Chávez. Porque la empatía entre ambos dirigentes luego de la cumbre de Mar del Plata de 2005, cuando se terminó con la propuesta estadounidense del ALCA, encontró en UNASUR un cauce para desarrollar estrategias de integración más allá de lo simplemente declarativo. Este organismo, comunión de 12 naciones, fue desde su origen el resultado del esfuerzo de gobernantes que intentaban sobrepasar diferencias ideológicas y económicas con tal de acercar intereses comunes en el entendimiento de que solo la unidad podía cambiar el futuro de estas 400 millones de almas esparcidas a lo largo de más de 17 millones de kilómetros cuadrados de superficie. Seres que además hablan idiomas tan cercanos como el portugués y el castellano y tienen un origen íntimo, más allá de desavenencias e incluso batallas puntuales.
La entidad, sin embargo, desde las muertes de Kirchner y de Chávez pareció entrar en un cono de sombras. Costaba encontrar un reemplazo que motorizara al resto de los jugadores regionales y ni la colombiana Emma Mejía ni el venezolano Alí Rodríguez tuvieron ocasión de poder desplegar su voluntad integradora.
Recién en agosto pasado hubo consenso como para nombrar a Ernesto Samper, un ex presidente colombiano que desde ese momento se puso manos a la obra para el relanzamiento, que comenzó formalmente mucho antes de la inauguración de su oficina en el centro del mundo.
El propio Rafael Correa expresó su preocupación por el letargo en que había caído la integración. «En la demora está el peligro, nos hemos demorado mucho», advirtió. «Separados, será el capital trasnacional quien nos imponga las condiciones», agregó. El mandatario ecuatoriano adjudicó los retrasos en la integración a las muertes de Kirchner y Chávez, pero también dijo: «Además, sabemos que fuerzas intra y extra regionales no quieren la integración». La presencia de todos los presidentes del espacio en al menos una de las dos jornadas que se llevaron a cabo en Ecuador revela que, con todas las diferencias que pueden existir, la voluntad integradora subsiste y deberá ponerse de relieve para avanzar en la institucionalización de las distintas iniciativas.

Ciudadanos
El corolario de la VIII Cumbre Presidencial de UNASUR fue una declaración en la que se establece que la región debe ser una zona de paz, democracia y respeto de los derechos humanos. La presidenta argentina destacó que América del Sur ha podido «superar difíciles momentos en la unidad, en la discusión y la diversidad; los cimientos de este edificio (por el de UNASUR) no solo son sólidos por el hormigón, el cemento y los ladrillos, sino porque están construidos desde la historia, la convicción de paz y la unidad».
De allí que la voluntad final de este encuentro presidencial tienda a consolidar la integración tanto en lo económico como en lo social. A eso apunta el objetivo de fomentar una ciudadanía suramericana y la creación de un pasaporte de UNASUR. De este modo no solamente se podrá circular y trabajar libremente entre los países que integran el bloque sino que también será una carta de presentación ante los otros países o instituciones regionales como la Unión Europea. También se establecieron miras más precisas en torno de la puesta en marcha del Banco del Sur, otra de las ideas que alumbró Chávez y que recibió el respaldo de la Argentina desde el primer momento. Una vez concretada una institución bancaria continental para respaldar a los distintos gobiernos y para garantizar la viabilidad de los proyectos de integración física entre los países a través de líneas férreas y carreteras, la otra etapa pasa por contar una moneda común. La experiencia del euro no parece adecuada para tomar como fuente de inspiración, pero en cambio, los países del ALBA utilizan una moneda virtual que obedece a la inventiva de Chávez y de Correa. Se trata del Sucre, que utiliza el nombre de aquel mariscal que comandó las tropas de varias naciones suramericanas en la última batalla por la independencia, en Ayacucho, hace exactamente 190 años, el 9 de diciembre de 1824.
Sucre también era el nombre de la vieja moneda ecuatoriana desaparecida cuando en 2000 el gobierno neoliberal de Jamil Mahuad –asesorado por el ex ministro de Economía argentino, Domingo Cavallo– decidió imponer el dólar como una forma de reacomodar la economía del país haciendo desaparecer la divisa local. La idea de Correa, economista él, fue crear una moneda virtual que pudiera usarse en el comercio zonal en lugar del dólar o el euro. De allí que SUCRE ahora signifique Sistema Unitario  de Compensación Regional. Por vía electrónica los países que la integran (Venezuela,  Ecuador, Nicaragua, Antigua y Barbuda, San Vicente, Cuba, Bolivia y Uruguay) cada 6 meses compensan el intercambio realizado de cada nación en dinero local. La diferencia se hace en los valores que se acuerden, con lo cual el recurso a la moneda fuerte se reduce al mínimo y tiende a que su reemplazo sea total.

Parlasur a la vista
Este fin de año movido para la región culmina con una nueva cumbre de presidentes del MERCOSUR, esta vez en Paraná, la capital de Entre Ríos. Será una buena ocasión para que el gobernador Sergio Uribarri  se muestre a nivel continental. El entrerriano avisó hace tiempo que se anota para las presidenciales de 2015 y este puede ser un estreno inigualable en un aspecto que comparte con los candidatos del oficialismo, como es el rol que se le asigna a la integración regional y sobre todo dentro del organismo que Argentina integra con Brasil, Uruguay, Paraguay y Venezuela.
Semanas antes del encuentro se abrió un nuevo debate a partir de la iniciativa oficial de poner en marcha la elección de diputados para el Parlamento del Mercosur  (PARLASUR) en 2015. Creado mediante un protocolo en Ouro Preto en 2004, el PARLASUR comenzó a funcionar en mayo de 2007. El proyecto original consistía en que desde 2011 los legisladores fuesen elegidos por el voto directo de los ciudadanos. Más aún, los países consensuaron que desde este año los parlamentarios sean elegidos en elecciones simultáneas con las presidenciales. Por ahora el único país que cumplió fue Paraguay.
La polémica surgió cuando en el Congreso local se debatió la ley respectiva, para que en las elecciones del año próximo se elijan diputados al PARLASUR. La oposición puso el grito en el cielo por lo que consideró un despropósito dotar de inmunidad legislativa a los representantes argentinos que resulten electos. El argumento era que esa ley solo busca darle fueros a Cristina Fernández, que según esta versión de los hechos se presentaría a elecciones solo para esquivar las acusaciones que rondan los tribunales. Desde el oficialismo, pero también desde sectores radicales encolumnados detrás de Leopoldo Moureau, por ejemplo, salieron al cruce de lo que consideraron una maniobra para desmerecer el rol del MERCOSUR, en consonancia con lo que las derechas regionales plantearon en los recientes comicios de Brasil y Uruguay.

viernes

Vecinos con patente del Mercosur

Es un gran paso adelante hacia la integración que en un par de años comiencen a circular los vehículos con patentes del Mercosur. Puede parecer un avance mínimo, una nimiedad incluso, pero sin dudas representa el fortalecimiento de un proyecto fundamental de cara a la sociedad de cada una de las naciones que integran el organismo regional. Es la bandera de la unidad sudamericana en cada auto, en cada ciudad, en cada rincón. Un mensaje de pertenencia que hace falta en un organismo que parece por momentos languidecer en disputas que los medios concentrados se encargan de magnificar pero muchas veces los gobiernos no alcanzan a resolver para bien del conjunto. La Unión Europea puso en marcha un mecanismo similar en 1992, casi una década antes que la moneda común y bastante después de haberse lanzado a la unión aduanera.
Cierto que con la patente no alcanza. En Europa, donde el proceso de integración está a todas luces mucho más adelantado, a las tensiones secesionistas en algunos sitios clave como Cataluña y Escocia se suman grandes capas de la sociedad que ven con sospecha o resquemor a la unión, a la que culpan de muchos de sus males. En todo grupo todos tienen que ceder algo a favor del bien del equipo. El problema se sucede cuando los vientos soplan en contra, como ocurre en muchos países del viejo continente. Es allí que las acusaciones se esparcen sobre los socios. Es entonces que aparecen sobre la mesa aquellas renuncias originales y en grandes sectores son muchos los que creen que estarían mejor fuera del paraguas de la UE que adentro.
Los británicos marchan a la cabeza entre los que dudan de las ventajas de seguir en la UE y no sería extraño que vayan a un referéndum para su continuidad dentro del organismo paneuropeo  en 2016. Partidos derechistas de Francia –el Frente Nacional– y de Holanda se posicionan de un modo similar, al igual que grupos más inclinados a la izquierda en Grecia. Lo que demuestra que el camino hacia la integración está más sembrado de espinas de lo que se cree en su inicio.
Sin haber llegado a niveles como los alcanzados del otro lado del Atlántico, hay que admitir que nuestros organismos regionales –Mercosur en primer lugar, pero Unasur y CELAC a continuación– enfrentan dificultades luego de una década de avances. En el caso del Mercado Común al que adhieren Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, a las tensiones propias de un nuevo rumbo para el organismo creado durante el decenio neoliberal se agrega el complicado ingreso de Venezuela como nuevo miembro. Además, los países más chicos mantienen históricos reclamos contra los dos socios mayores que, lejos de solucionarse, con el recrudecimiento de la crisis internacional, se fueron agravando. Lo que debería quedar claro para las dirigencias, con todo, es que la mejor opción siempre es la unidad. No hay otra forma de plantarse frente a los poderosos de turno.
En Brasil, las élites industriales, que desde la llegada de Lula da Silva a Planalto, en enero de 2003, pudieron desarrollarse a nivel global mediante políticas de apoyo, créditos oficiales y la ampliación de su mercado interno, nunca dejaron de ser críticas del PT. Lula solía decir que no le perdonaban que alguien que jamás había pasado por una academia universitaria le diera el progreso que él le había dado a Brasil. Tal vez sea que no toleran que un hombre nacido en la pobreza, y que por lo tanto estaba destinado a no trabajar de otra cosa más que de tornero, haya dado vuelta al país con un partido que demuestra su capacidad de ser el más adecuado para gobernar un territorio de ese tamaño y contradicciones. Tampoco le toleran el acercamiento a sus socios vecinales y a las naciones que buscan un nuevo orden mundial, como las del BRICS.
Los dos candidatos con mayor caudal de votos tras la presidenta Dilma Rousseff en las elecciones del domingo pasado decidieron sumar voluntades para derrotar al PT luego de 12 años en el poder. Más allá de las críticas sobre las que se asienta su discurso opositor en todos los planos, ambos hicieron hincapié en la necesidad de nuevas alianzas y miran hacia el Pacífico. Si es cierto, como los mismos sondeos indican, que la unión regional no es el principal tema de agenda en las encuestas, la única explicación para semejante compromiso antes del balotaje sería lograr el apoyo de los grandes jugadores económicos tanto brasileños como regionales.
Las élites gobernantes, que son las mismas que en los '90, cuando Fernando Collor de Melo y Carlos Menem firmaron el Tratado de Asunción que dio origen al Mercosur, apoyaron en su momento la creación del espacio común. Las empresas multinacionales también, porque les resultaba y resulta beneficioso planificar e intercambiar libremente entre los socios y con protección externa común. Entonces también firmó el uruguayo Luis Alberto Lacalle y el paraguayo Andrés Rodríguez, que poco antes había desplazado a su consuegro, el dictador Alfredo Stroessner.
Pero desde la llegada de Néstor Kirchner y Lula da Silva el enfoque con que se manejó el Mercosur fue cambiando hacia una mayor integración industrial. Que no favoreció a todos los socios pero le dio un perfil más autonómico en relación con las potencias centrales, además de haber avanzado hacia posiciones sociopolíticas más progresistas.  Sobre esta base es que crecen las críticas en Uruguay y Paraguay. Un guante que recogió el candidato opositor oriental Luis Lacalle Pou, hijo del mandatario que firmó en Asunción y que ahora intenta canalizar las quejas por lo que reclaman los uruguayos.
En Brasil el rechazo es más bien porque los caballeros de la industria paulista consideran que Mercosur es un freno para un país que, creen, está para cosas mayores. Sueñan con volver al "primer mundo". Pero fundamentalmente saben que con organismos regionales sólidos y una integración más profunda a nivel social y económico pierden privilegios obtenidos de su conexión con el establishment global.
Este domingo hay elecciones en Bolivia y nada indica que Evo Morales vaya a tener menos votos que hace cinco años, cuando se alzó con el 64% de los sufragios. Es posible, incluso, que el triunfo sea por un porcentaje mayor, con el dato adicional de que ganaría en Santa Cruz de la Sierra, que fuera foco de la resistencia a su gobierno y donde se llegó a plantear el secesionismo de la mano de sectores vinculados a la oligarquía más reaccionaria.
No es inocuo que Evo se convierta en el mandatario que más tiempo estuvo en el poder en su país desde la independencia, superando al general Andrés de Santa Cruz, quien gobernó entre 1829 y 1839. Pero aquellos eran otros tiempos y para ocupar un despacho en la casa de gobierno era necesario mucha voluntad política y bayonetas fieles, algo que nadie logró desde entonces, al punto de que en los 180 años anteriores al triunfo del MAS, en 2005, hubo 84 mandatarios –34 de ellos de facto– a un promedio de 172 días en el cargo para cada uno.
Morales encarnó las transformaciones más profundas desde la Revolución de Paz Estenssoro en 1952 y tiene el más firme apoyo popular. Hay razones para su éxito. Uno es la sólida alianza de los sectores populares y las organizaciones sociales, que ahora son un factor de poder relevante y con conciencia de su rol. También por la nacionalización de los recursos hidrocarburíferos, que le permitió disponer de un excedente para inversiones sociales y desarrollo, cuando antes iban a bolsillos privados.
Pero hay una realidad a esta altura histórica que explica este momento: en el tramo más duro del enfrentamiento en la Media Luna próspera de Oriente, Morales contó con el apoyo de las instituciones regionales y de los gobiernos de Argentina –estaba ya en el poder Cristina Kirchner– y de Lula da Silva en Brasil. ¿Podrá tener la misma tranquilidad si cambia la ecuación política en el vecino mayor y más poderoso? ¿Qué ocurriría si en Argentina llegara a ganar alguno de los candida

Tiempo Argentino
Octubre 10 de 2014

Ilustró Sócrates


El Juego de los Tronos no es para cualquiera

Como en Juego de Tronos, nosotros mismos enfrentamos una situación de una complejidad política incomparable, y especialmente sentimos la imperiosa urgencia de tener que hacer algo para cambiar este desastre y empezar a hacerlo ya. Por cada segundo que pasa sin que aspiremos a democratizar los lugares donde se decide lo importante, aumenta sin cesar el enriquecimiento privado ilegítimo y el sufrimiento gratuito de la gente corriente. Democratizar es sencillamente devolver a las personas la capacidad para decidir sobre sus propias vidas, una capacidad que nos ha sido robada y debe ser restituida."
La frase corresponde a un adelanto del libro que Pablo Iglesias acaba de compilar bajo el título Ganar o morir. Lecciones políticas en Juego de Tronos, la serie que hace furor desde hace algunos años, basada en las novelas del estadounidense George R. R. Martin y que detalla las impiadosas guerras dinásticas entre las familias "principales" por el control del poder en el continente de Poniente.
Iglesias se catapultó como líder de un sector en España que reniega de los partidos que gobernaron el país desde el retorno democrático –socialistas y "populares"– a los que acusa de comandar un sistema de castas que se reparten los cargos y lucran para sus propios bolsillos a espaldas del pueblo. Con esa crítica furibunda a lo que llama el "Régimen de 1978" llegó al Parlamento europeo en mayo pasado y aspira a construir una nueva opción para alcanzar La Moncloa más temprano que tarde.
En estos días, la realidad no hizo más que corroborar los argumentos de Iglesias y del partido que pergeñó, Podemos. Es que el gobierno de Mariano Rajoy sacó a subasta el Catalunya Banc, la ex Caixa Catalunya quebrada en 2011 y a la que el estado le inyectó fondos por 12,6 mil millones de euros para que no se fuera a pique definitivamente. Con el argumento de que "nada de lo que deba ser privado quedará en manos del Estado", como dijera algún ex funcionario menemista, se sacó a la venta el paquete nacionalizado. ¿La mejor oferta? Del BBVA, que prometió 1100 millones de euros, bastante más que sus competidores inmediatos pero muy por debajo de los 2500 millones de patrimonio neto que mantiene la entidad. Con lo cual la sociedad española pierde 11,6 mil millones, el equivalente a los recortes en sanidad y educación que forzó el PP para reducir el déficit presupuestario.
El problema financiero no se reduce sólo a España, ya que por estas horas el dueño de un banco portugués fue detenido en el marco de una investigación por blanqueo de capitales. Ricardo Salgado dirigió el banco Espirito Santo –por la familia propietaria– en los últimos 22 años y aparece en medio del escándalo por el giro de fondos provenientes de la institución hacia negocios oscuros tanto en Portugal como en Estados Unidos. Para evitar una corrida, las autoridades económicas habían decretado hace diez días un corralito para sus clientes.
Ese nuevo escenario que reclama Iglesias para España es el mismo por el que los países de esta parte del mundo bregan, con suerte dispar, desde hace diez años. La creación de instancias paralelas y hasta opuestas a los organismos que desde el fin de la Segunda Guerra mundial vienen gobernando el planeta tuvo un notorio avance desde la llegada de Hugo Chávez, Lula da Silva y Néstor Kirchner al poder, a principios del milenio.
La derecha regional, que para sobrevivir no tiene otra que alinearse con los "poderes constituidos" –léase el establishment proestadounidense– intenta por todos los medios poner freno a estos avances. Lo logró en parte con la creación de la Alianza del Pacífico. Pero se le escapa con la Unasur, Celac y también con los BRICS, que tienen una pata asentada en Brasil. Un golpe fuerte contra la unidad fue el derrocamiento del paraguayo Fernando Lugo. Y otro muy poderoso, de consecuencias aún impredecibles, es la arremetida de los fondos buitres contra Argentina en tribunales neoyorquinos. Un juicio punitivo contra la rebeldía de una nación que se opone a los poderes establecidos. Con lo que despierta afinidades y simpatías muy proclives a fomentar esos nuevos escenarios de los que se hablaba.
Es interesante detectar a quiénes incomoda la posición que sostiene el gobierno argentino, sobre todo fronteras adentro. Más allá de que algunos puedan ser socios locales de los buitres, lo que les preocupa no es tanto una cuestión de plata –si esperaron una década para llegar hasta acá bien pueden aguardar otros diez años– sino de obediencia a la ley dictada por el amo. Fue claro el semanario británico The Economist al comparar a la Argentina con el uruguayo Luis Suárez. A ambos los acusan de no querer respetar las reglas. La cuestión es ¿reglas dictadas por quién y en qué contexto? De eso se trata el Juego de los Tronos.
La que fue más clara quizás haya sido la diputada Elisa Carrió. Luego de protestar ante la posibilidad de caer en default, la chaqueña despotricó contra la "malvinización" de la pelea con los holdouts. Según su óptica, la Argentina debería mostrarse sumisa a los cánones para lograr mejores condiciones, algo que la realidad desde el menemato a esta parte se demostró falso de toda falsedad.  
Se entiende que la ex radical tenga prurito en formar parte de un país al que se pueda abochornar por ser un deudor. Que incluso se avergüence de que los argentinos seamos de lo peor de la cuadra por la supuesta despreocupación de funcionarios y consejeros ante semejante catástrofe."
Pero si estos pudorosos críticos buscaran información histórica descubrirían que ningún país estuvo a salvo de crisis como la que asolaron Argentina en el 2001 –y sus consecuencias actuales– y que además, el país ni siquiera es el que más veces pasó por crisis financieras de esta magnitud.
Así lo refleja una producción de la  BBC firmada por Mark Sietz con el explícito título de "¿Cuáles son los peores deudores de la historia?" En esta lista figura en primer lugar España, con 14 defaults, seguida por Venezuela, Ecuador con 11 y, Brasil con 10. Entre los peores que la Argentina, que computa siete reestructuraciones, están Francia, Alemania, México y Chile, entre otros. Con siete "convocatorias de acreedores" figuran también Portugal, Colombia y Uruguay, mientras que Estados Unidos, Rusia y Grecia aparecen con seis, junto con el desaparecido imperio austrohúngaro.                 
Podría recordarse que a las crisis de Alemania se les suma la situación de Prusia, Hesse, Schleswig-Holstein y Westfalia, que se integraron al Reich a fines del siglo XIX. Por otro lado, Berlín  terminó de pagar las indemnizaciones de la Primera Guerra Mundial, establecidas en el tratado de Versailles, el 3 de octubre de 2010. Cierto que esa es otra historia. Pero por lo que parece, para Lilita Carrió mantiene su vigencia, porque la legisladora arremetió contra la visita del presidente ruso Vladimir Putin, a quien califica como "el más perverso de los líderes mundiales" y lo acusó de estar desarrollando "una estrategia de dominación de todo Occidente". Es que, para Carrió, "volver a cometer el error de la segunda guerra sería trágico, hoy debemos conducir a la Argentina a la paz".
Para la derecha gorila, la única explicación para la pérdida de influencia del país desde la década del 40 sería el persistente populismo peronista pero, sobre todo, haber mantenido la neutralidad  con la Alemania nazi, lo que según esta visión del mundo, hizo perder los favores del imperio, que desde entonces apoya el desarrollo del Brasil, que envió un batallón para combatir en Europa. Algo así piensa la derecha brasileña, que ya prometió en boca de dos de sus candidatos, Eduardo Campos y Aécio Neves, que en caso de ganar las elecciones de octubre romperán con el "eje Mercosur-Unasur" para acercarse a la AP.
"Podemos elegirnos a nosotros mismos como buenos al modo de Ned Stark (el Señor de Invernalia en la serie, según describe Iglesias), o como la Khaleesi (Daenerys Targaryen, la heredera de la Casa Targaryen en busca recuperar el trono perdido), podemos aspirar a que todos puedan tener una vida que merezca la pena ser vivida."
De eso se trata.

Tiempo Argentino
Julio 25 de 2014

jueves

Venezuela en la encrucijada

Venezuela está, una vez más, en el centro de una disputa trascendente. Lo supo Simón Bolívar cuando percibió que el Congreso Anfictiónico con el que soñaba unir a las antiguas colonias españolas no llegaba a buen puerto. Lo corroboró cuando vio que se le escapaba como arena entre los dedos la Gran Colombia en la que pretendía nuclear a las naciones del extremo noroeste del subcontinente durante la segunda década del siglo XIX. Lo sabía Hugo Chávez, a quien se lo recordó a un año de su muerte como el gran gestor de la integración regional. Y lo aprendió su sucesor, Nicolás Maduro, que no por casualidad sufre el embate de la oposición más acérrima fronteras adentro y de los sectores de la derecha continental.
Como una voltereta inesperada de la historia, aquel congreso de Panamá, que Bolívar pensó como el ámbito para integrar una suerte de federación hispanoamericana, fue la excusa con la que Estados Unidos vino presionando a los gobiernos latinoamericanos ya desde 1890 para construir «unidad continental». Una unidad, claro, basada en los principios más ventajosos para Washington.  Conviene aquí confrontar algunas fechas clave: el Congreso bolivariano logró reunirse en 1826, tres años después de que el presidente James Monroe proclamara la doctrina que establece que América debe ser para los americanos, lo que al norte del Río Bravo quiere decir exactamente que el continente pertenece a Estados Unidos.
El fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría fue el momento adecuado para que las aspiraciones de Monroe encontraran su cauce. La Organización de Estados Americanos se fundó en 1948, y tiene su sede en Washington. Son conocidos los derroteros del organismo desde entonces. Seguramente el hito más definitorio es la expulsión de Cuba en 1962 por no adherir a los «principios democráticos» al uso estadounidense.
Pero la región se modificó en la última década, y detrás de cada uno de esos cambios está la mano de Chávez y de Venezuela; tanto que Cuba tuvo que ser readmitida, en 2009, por votación de la amplia mayoría de los gobiernos regionales. Con justa razón, la respuesta de los cubanos fue que no tenían interés en reincorporarse. Para entonces, Unasur ya era una instancia de integración para los países sudamericanos que se había probado eficaz al impedir los golpes en Bolivia y Ecuador. Fue entonces que Chávez apuró la creación de una entidad que nucleara a todos los países de América y el Caribe, sin participación de Estados Unidos ni de Canadá, el socio irreductible de su vecino. Así nació la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

Mecanismo golpista
Con sagacidad, el líder bolivariano buscó integrar naciones, más allá de gobiernos circunstanciales, y por eso la primera presidencia pro témpore recayó en el chileno Sebastián Piñera, quien luego entregó el cetro a Raúl Castro. Este gesto reciente explica en buena medida las últimas jugadas de la derecha radicalizada de Venezuela. La segunda cumbre de la CELAC se desarrolló el 28 y 29 de enero pasado en La Habana. La importancia del organismo quedó reflejada en que asistió al encuentro el secretario general de la ONU, el coreano Ban Ki-moon. Pero el dato clave es que también participó su homólogo de la OEA, el chileno José Miguel Insulza. Las cartas estaban jugadas a favor de una integración entre pares y con mucho predicamento.
Para comprender mejor cómo se fue armando el mecanismo de relojería que puso en vilo a Venezuela y al resto del continente es bueno recordar que, antes de su última internación en La Habana, Chávez designó como sucesor al que fue su canciller y mano derecha desde sus inicios en la lucha política, Nicolás Maduro. Refrendado para un nuevo mandato en octubre de 2012 con 11 puntos de diferencia sobre el candidato de la oposición –el gobernador de Miranda, Henrique Capriles–, Chávez no llegó a asumir su nuevo mandato. Maduro, presidente provisional, debió enfrentar una crisis económica generada por la inestabilidad a la que se veía sometido el país a raíz del agravamiento de la enfermedad de Chávez –y también por errores de gestión–, y dispuso  una devaluación de casi el 50% de la moneda local en febrero de 2013, lo que agudizó las tensiones en una sociedad que venía enfrentando una crisis económica y el desabastecimiento de productos esenciales. Con la muerte del mandatario, el 5 de marzo, se debió convocar nuevamente a elecciones en un marco de desafío al liderazgo de Maduro, un ex dirigente gremial del transporte público. El oficialismo ganó los comicios del 14 de abril por apenas un punto y medio de diferencia, o 320.000 votos. La derecha, enrolada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) no esperó para salir a las calles a denunciar fraude. Ya entonces hubo una decena de muertos en enfrentamientos. Capriles se convirtió en el abanderado de la protesta y tildó a Maduro de «ilegítimo». Siguiendo el manual básico del «golpe blando», se sumó a las campañas para primero deslegitimar al mandatario electo, luego ridiculizarlo y finalmente forzar el derrocamiento.
El 8 de diciembre pasado los venezolanos volvieron a las urnas para elegir alcaldes en 337 distritos de todo el país. La campaña de la MUD se basó en la idea de plebiscitar la tarea aún incipiente de Maduro. Envalentonado por la escasa diferencia de abril, Capriles apostó al desgaste que iba a tener un mandatario que no había alcanzado a afianzar todos los resortes de la nación tras la desaparición física de un líder tan personalista y aglutinante como Chávez. En Venezuela, el Banco Central mide la inflación y también entrega el índice de desabastecimiento, que señala la cantidad de productos que no encuentra el público en los centros de distribución. Los últimos datos señalan una inflación del 56% para 2013 y un faltante de 28% de productos; principalmente, azúcar, harinas, aceite, café y papel higiénico. Son rubros que, se sabe, generan malestar en la sociedad y que fueron, en su momento, desencadenantes de las protestas de las clases medias contra Salvador Allende en Chile en los 70. La acción del gobierno logró revertir algunos de esos inconvenientes y, más aún, hizo rebajar los precios de electrodomésticos a valores compatibles con el dólar oficial –desde 2003 hay mercado de cambios controlado–, que está entre 6,3 y 11,5 bolívares, según qué tipo de operación se haga. A fines de noviembre hubo un boom de ventas que contradijo las expectativas más pesimistas y la derecha también se quejó por este «festival» del consumo.

Hablaron las urnas
En definitiva, el chavismo logró una diferencia de un 10% sobre la derecha en la sumatoria de los votos y retuvo más del 70% de las comunas. Cierto es que perdió en distritos claves como Caracas, Barcelona y Chacao, por mencionar a algunos. Pero si la oposición esperaba apurar algún referendo revocatorio –por la Constitución, correspondería recién en 2016– o pensaba generar condiciones para un levantamiento masivo, no tuvo cómo. De todos modos, tampoco es que la MUD fue aplastada, ya que mantuvo e incluso amplió presencia en bastiones tradicionales del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV).
El resultado de diciembre no sólo hizo acallar las sospechas de fraude sino que dejó emerger las diferencias que existen entre los distintos actores de la derecha desde la fundación de ese conglomerado que reúne intereses diversos y hasta contradictorios con el único objetivo de acabar con el modelo chavista. Es decir, a la MUD no la une el amor sino el espanto.
Capriles, el activo gobernador de Miranda, se cargó la campaña al hombro, jugándose una patriada que lo expuso demasiado en un sendero que no todos comparten a su alrededor. El líder opositor fue uno de los más implacables críticos del acercamiento a Cuba y llegó a ocupar la sede diplomática cubana en Caracas en la intentona golpista de abril de 2002, violando las convenciones internacionales. Ante cada protesta del gobierno por la injerencia estadounidense, siempre respondió alegando injerencia cubana. Suele decir que Maduro viaja a La Habana «a recibir instrucciones de los Castro». Su jefe de campaña fue otro notorio anticubano que lo acompañó en aquellas jornadas de 2002: el ex alcalde de la comuna capitalina de Chacao, Leopoldo López. A los 42 años, este economista con un máster en Harvard ya no quiere esperar más y, tras la derrota de diciembre, aceleró su decisión de salir a las calles de todo el país para apurar la caída de Maduro. Poco importaba el apoyo electoral al PSUV; para él, el imperativo era derrocar al presidente. Y no lo disfrazó con un discurso políticamente correcto, lo dijo con pelos y señales.
Lo acompaña en esta gesta la diputada Corina Machado, quien, al margen de su anticubanismo visceral, aparece en filtraciones de Wikileaks como asidua visitante de «la embajada», además de haber sido recibida en alguna ocasión por el entonces presidente George W. Bush para tratar precisamente la situación venezolana. Tampoco ella es de callar sus objetivos: quedarse en la calle hasta que el gobierno se vaya. La disputa estratégica se venía deslizando desde hacía meses. Capriles, si bien usaba todos los micrófonos y estamentos políticos para cuestionar la legitimidad de Maduro, apostaba a derrotarlo en elecciones. Por eso habla de «convencer» a chavistas descontentos para que le den su voto antes que de enfrentar al oficialismo de un modo violento. Sabe que así lo único que lograría sería asustar a quienes temen perder las conquistas que lograron en estos 15 años. Por eso, también, casi le gana a Maduro prometiendo «mejorar» lo que no está bien y mantener los beneficios obtenidos por las capas más bajas de la población.

Línea dura
López, en cambio, sabe que por esa vía él y los más reaccionarios dentro de la derecha no tienen cabida. Pero, además, y en esto está el quid de la cuestión, Estados Unidos necesita tener el «patio trasero» controlado para mantener la ofensiva en otros frentes, como el de Oriente Medio  y el que la Unión Europea le facilitó en Ucrania. La convocatoria de la CELAC es una muy mala noticia para esta estrategia. Y Venezuela es la llave para avanzar sobre el resto de los gobiernos díscolos ue desde el «No al Alca» de Mar del Plata en 2005 le vienen dando tantos dolores de cabeza.
Fue en este marco que López y Machado apuraron una «pueblada» aprovechando una marcha de los estudiantes para celebrar el Día de la Juventud, el 12 de febrero pasado. Bajo la irritación por algunos casos puntuales de estudiantes víctimas de violencia callejera –la inseguridad ciudadana es otra factura que le pasan al chavismo–, lo que podría haber sido una manifestación pacífica terminó con tres muertos y un clima de efervescencia que no se veía en el país desde las guarimbas de 2004. Los cultores de estas protestas violentas se amparan en el artículo 350 de la Constitución bolivariana, que señala como un deber ciudadano desconocer «cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos y menoscabe los derechos humanos». Por eso, de inmediato, los medios concentrados –y sobre todo las cadenas internacionales– pusieron el grito en el cielo contra lo que denominaron un ataque a las libertades civiles en Venezuela. La palabra represión aplicada a un gobierno como el del PSUV fue un baldón contra el que tenían que justificarse las autoridades en medio de un clima destituyente. Poco importaba el «plebiscito» de diciembre a esta altura.
La fiscalía general del país, al cierre de esta edición, había confirmado un total de 22 muertos en las refriegas, entre los que había varios militantes chavistas. También reveló que se investigaba una veintena de denuncias por violaciones a los derechos humanos cometidas por efectivos de fuerzas de seguridad, aclarando que no había en ningún caso consentimiento de sus superiores. Entre tanto, la justicia pidió la captura de Leopoldo López, quien se entregó en una estudiada maniobra tras una marcha hasta la fiscalía. No son pocos los que consideran que es un error político, porque lo hace aparecer como víctima de un régimen opresivo. Las autoridades dicen que había un plan de la ultraderecha para asesinarlo y echar las culpas sobre el gobierno.

Diálogos
Sin embargo, la pelota ya estaba lanzada, y hasta en la entrega de los Oscar el actor Jared Leto dio un mensaje de apoyo a los «soñadores» de Kiev y de Caracas. El golpe blando mostraba toda su eficacia. Sólo faltaba que alguien dentro del chavismo «sacara los pies del plato» o que las fuerzas armadas aceptaran el convite de ser la «reserva moral de la Nación», como en otras épocas latinoamericanas. Pero no es el caso y nada hace prever que lo sea en el futuro.
A todo esto, los presidentes de la Unasur mostraban diferencias de enfoques. Mientras Cristina Fernández y Evo Morales daban un decidido apoyo a la democracia y específicamente al presidente Maduro, Dilma Rousseff mantenía una distancia llamativa. Los mandatarios ubicados en el arco conservador fueron algo más evasivos y hablaron de dar lugar al diálogo y de pacificar al país. Maduro, en tanto, convocó a una Conferencia de Paz a la que acudieron todos los gobernantes del oficialismo más un par de gobernadores y diputados enrolados con la oposición, y las cámaras empresarias, que fueron claves en 2002 en el intento de derrocar a Chávez. Capriles y la gente de López y Machado no fueron, alegando que era un circo montado por Maduro para darse un baño de legalidad institucional.
Luego, el presidente de Panamá, el empresario Ricardo Martinelli, «preocupado» por la situación en el vecino país, pidió una cumbre de cancilleres de la OEA para «buscar una salida a la crisis». Venezuela rompió relaciones con esa nación en forma inmediata. Pero aquí viene lo mejor: tras dos jornadas de no menos de 10 horas cada una, y a puertas cerradas, los representes ante el Consejo Permanente del organismo no lograban destrabar un punto esencial: bajo qué condiciones la OEA podía tratar un caso semejante.
Un borrador presentado por Bolivia pedía apoyar el «diálogo nacional», defender la democracia en el país y respetar las garantías constitucionales de todos los actores políticos. Panamá, Estados Unidos y Canadá exigían, en cambio, la intervención de un mediador externo. Seguir debatiendo en esas condiciones hubiese sido una muestra peor de «rebeldía», por lo que el documento salió, pero debajo de la firma de los 29 países que avalaron el texto de consenso está el protesto de Panamá y Estados Unidos, que consideraron –y no se sonrojaron con el planteo– que la OEA debía ser neutral y no tomar partido por una de las partes, igualando al gobierno democráticamente elegido con quienes abiertamente intentan derrocarlo. La soledad en que Estados Unidos quedó dentro de la OEA es una muestra de lo que se avanzó en materia de integración regional desde que en 1999 Hugo Chávez comenzó a batallar por el objetivo de hacer realidad el proyecto de Bolívar.

Revista Acción
Marzo 15 de 2014