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lunes

Acciones del Estado

A fines de setiembre pasado, el gobierno logró aprobar un proyecto de ley que busca proteger la tenencia de las acciones de empresas privadas en poder del Estado al impedir que se puedan enajenar esos bienes sin los votos de una mayoría calificada de dos tercios de cada cámara legislativa. La normativa crea además la Agencia Nacional de Participaciones Estatales en Empresas (ANPEE).
El Estado nacional se quedó con un importante paquete accionario de firmas particulares que estaba en poder de las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP) cuando estatizó el sistema previsional, en octubre de 2008. Era una cartera que las AFJP habían adquirido en el marco de una ley dictada por el menemismo, y se trataba de inversiones previstas en ese modelo para la capitalización de empresas con los aportes de los trabajadores.
Más allá de reiteradas denuncias sobre el valor excesivo al que muchas de esas acciones fueron adquiridas y sobre la ventaja de las inversiones realizadas, la nueva legislación dejó en manos del llamado Fondo de Garantías una cartera con 9% de acciones de Aluar, 20% de Molinos, 27% de la productora de limones San Miguel, 11% de Petrobras, 26% de Siderar, 20% de Banco Galicia, 64% del Banco Hipotecario, 25% de Nordelta y 9% de Clarín, entre otras.
En total son 46 empresas y en 27 de ellas el Estado tiene directores. Es un paquete que refuerza los recursos que los trabajadores depositan en la Anses para su futuro y que al mismo tiempo le sirve al Estado para tener una voz dentro del directorio de algunas de las firmas más importantes del país.

Para el gobierno de Cristina Fernández, la ley es un anticuerpo contra las privatizaciones y, a la vez, un símbolo de su gestión contraria al neoliberalismo. Para la oposición es la pretensión de digitar la política del futuro gobierno e impedirle que, en caso de necesidad, busque fondos frescos. Esa fue la misma argumentación que en los 90 se usó para liquidar el patrimonio de los argentinos.

Revista Acción
Octubre 15 de 2015


viernes

Dilma en un equilibrio peligroso


En Brasil se las llama "pedaladas", literalmente pedaleo. En este lado del mundo ese procedimiento podría ser traducido como "bicicleteada". El sistema guarda ciertas similitudes con el que había sido aplicado alguna vez por el entonces zar de la economía local Domingo Cavallo, y en su interpretación más extrema se lo conoce como "contabilidad creativa". La versión más delictiva podría estar representada por el ejemplo de algunos grupos económicos que maquillaron cuentas con el propósito de obtener fondos frescos, aunque luego esos aportes terminaron esfumándose en el aire, como hizo la firma de energía Enron en los '90, que quebró dejando colgados a accionistas, inversores y miles de trabajadores en todo el mundo.

El caso que implica a la gestión de la presidenta brasileña Dilma Rousseff, según el Tribunal de Cuentas de la Unión –un organismo de control administrativo de la Legislatura integrado por dos tercios de representantes elegidos por el congreso y el resto por el Poder Ejecutivo– sería una "grave ofensa" contra la ley de responsabilidad fiscal ya que, explicó el relator del TCU, Augusto Nardes, el gobierno retrasó pagos para programas sociales a los bancos públicos, con el objetivo de dibujar un déficit menor en el presupuesto de 2014. De paso, esa institución estatal desliza la sospecha de que el dinero se hubiera utilizado para fines más oscuros. El guante lo recoge el Tribunal Superior Electoral, que se propone investigar cómo se pagó parte de la campaña del oficialismo, con lo que les deja la puerta abierta a los opositores más extremos, que ven la oportunidad de, en caso de poder demostrar esas irregularidades, anular las elecciones que le dieron un segundo mandato a la primera mujer en llegar al Planalto en la historia de Brasil.
La cifra de esta presunta maniobra fue estimada por el TCU en el equivalente a 27.300 millones de dólares. La "pedalada" habría permitido reducir el déficit en las cuentas públicas en 1795 millones, indica el informe de 1400 páginas ¿Es dinero que se llevó la presidenta, lo utilizaron sus correligionarios del PT para provecho personal? Nada de eso, la falla consistió, de acuerdo a la presentación, en que el gobierno aplicó una medida que en la práctica le habría permitido obtener un "crédito oculto" de los bancos estatales sin el permiso del legislativo, algo que la ley no permite, violando ostensiblemente las disposiciones fiscales.
¿El gobierno niega totalmente la información que envió al tribunal? No, la oficina de prensa de la Presidencia respondió que "los órganos técnicos y jurídicos del gobierno tienen plena convicción de que hay motivos legales para el rechazo" del dictamen del TCU –es decir, para negar las acusaciones–, y agrega que el organismo sancionó maliciosamente al gobierno por las medidas que tomó en su momento para  financiar "programas sociales como la Bolsa Familia y Mi Casa, Mi Vida". Y añade que lo que busca ahora el TSE, con este argumento, es convertirse en una suerte de "casación electoral", o sea, de ponerse como tribunal de alzada para anular la voluntad del pueblo expresada en las urnas.
La decisión del TCU es, para los grupos más golpistas dentro del sistema político brasileño, la frutilla del postre para iniciar finalmente un impeachment contra la mandataria y de paso sacarse de encima al vicepresidente Michel Temer, del PMDB, aliado del PT desde hace una docena de años. Acá es donde se juega un ajedrez de alto riesgo, porque el tercero en la línea sucesoria, el jefe de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, también del PMDB, es el principal sostén del juicio político, a pesar de estar obligado políticamente a defender a su gobierno. Sin embargo Cunha aparece comprometido con los presuntos sobornos en la petrolera Petrobras, al punto que las autoridades suizas corroboraron al procurador general de Brasil, Rodrigo Junot, que el dirigente político tiene cuentas por 2,4 millones de dólares a buen resguardo en bancos helvéticos. De modo que si el partido de Fernando Henrique Cardoso, el PSDB, que perdió en octubre pasado con su candidato Aecio Neves, quiere dar un golpe perfecto, no tiene más que forzar la renuncia de Cunha y "limpiar" a la fórmula triunfante en 2014.
Así se entiende que Cunha, más reflexivo que hace unos meses, cuando fue ungido titular de la Cámara Baja, ahora dice que aceptará el ingreso del dictamen del TCU que recomienda no aceptar la rendición de cuentas de 2014 por las irregularidades que detectó. Pero que el tratamiento no será antes de 2016: entre nos, cuando las aguas se calmen... Tanto para Dilma como para él, por supuesto.
El caso es lo suficientemente espinoso como para espantar a los sectores "biempensantes" de la sociedad. Es cierto que puede entenderse como un dibujo presupuestario, pero no constituiría un delito en la medida en que el dinero no desapareció. Sucede que por más que los entretelones del hecho sean poco cercanos al hombre común de cualquier esquina brasileña, los medios lo presentan de tal manera que suena a un escándalo similar al de la petrolera estatal. Los "malpensantes", incluso, que reprueban los planes sociales puestos en marcha por el gobierno de Lula da Silva desde 2003, pueden ver en este desliz una buena ocasión para echar por tierra con este resabio del "populismo" que permitiría, de paso, reducir el presupuesto. Empero, por enésima vez la oposición no dio quórum para debatir los recortes que Dilma envió al Congreso para cumplir con las medidas que le pide su ministro de Finanzas Joaquim Levy. Sabiendo que bloquear los recortes impide la gobernabilidad, tal como la entendió Dilma en esta gestión. Avatares de este momento en el principal socio de la Argentina.
Hurgando en los archivos de O Globo, la periodista Marlen Couto encontró que no es la primera vez que el TCU encontró irregularidades en cuentas de un presidente. El antecedente que aparece es de 1937, cuando el tribunal de la época que rechazó las cuentas del presidente Getulio Vargas en el presupuesto de 1936, por pagos cuestionados por cuenta del Tesoro y del Banco de Brasil. Esto fue en abril, en noviembre, y en un clima de inestabilidad creciente en que el dictamen del TCU era una cuestión menor, Vargas clausuró el congreso y dictó una nueva Constitución que le permitió gobernar hasta 1945, cuando fue destituido.
En ese lapso, construyó el denominado Estado Novo con el que consolidó un gobierno de corte populista-nacionalista, amplió derechos ciudadanos y a los trabajadores, y creó, entre otras cosas, Petrobras. La misma empresa que ahora aparece en el centro de las críticas contra el gobierno del PT, que "corrió el arco" del varguismo hasta donde llegó.
Vargas, reelegido en 1951, se suicidó el 24 de agosto de 1954. En su carta póstuma escribió:
"Más de una vez las fuerzas y los intereses contra el pueblo se coordinaron y se desencadenaron sobre mí. No me acusan, me insultan; no me combaten, difaman de mí; y no me dan el derecho a defenderme. Necesitan apagar mi voz e impedir mi acción, para que no continúe defendiendo, como siempre defendí, al pueblo y principalmente a los humildes (…) La campaña subterránea de los grupos internacionales se alió con grupos nacionales contra el régimen de garantía del trabajo. (…) Quise crear la libertad nacional en la potencialización de nuestras riquezas a través de Petrobras, mal comienza esta a funcionar cuando la ola de agitación crece. Eletrobras fue obstaculizada hasta el desespero. No quieren que el pueblo sea independiente (…)”.

Nada indica que Dilma tendrá ese mismo final, pero las presiones parecen ir en el mismo camino. La cuestión será si puede mantener el equilibrio. 

Tiempo Argentino
Octubre 9 de 2015

Ilustró Sócrates


Obama mueve las fichas en un fin de año movido

En política internacional –al igual que en la vida en general, aunque esto es más discutible– conviene no creer que las casualidades existen. Durante las últimas semanas fueron corriendo en paralelo un puñado de situaciones que no podrían asociarse al azar.  Por un lado, la crisis en la frontera rusa fue generando una serie de sanciones contra el gobierno de Vladimir Putin, al que se acusa de intentar rehacer el imperio zarista. Mientras tanto, persiste el acoso al gobierno de Nicolás Maduro, que también fue sancionado por la administración de Barack Obama por lo que considera una violación de los Derechos Humanos.
En otro tablero de esta partida de ajedrez, el precio del petróleo se seguía desplomando en una operación de la que no es ajena la Casa Blanca, principal apoyo político y militar de Arabia Saudita. Es que la Organización de Países Productores de Petróleo, OPEP, fundada en 1960 a instancias del gobierno venezolano de Rómulo Betancourt, no pudo acordar una reducción en la producción del crudo ante la negativa del reino saudí. Integrada, entre otros, por venezolanos y saudíes, la OPEP cuenta entre sus miembros a países como Libia, Irak, Irán, Ecuador y Nigeria. En 1973, la organización fue clave en la crisis del petróleo que disparó los precios en boca de refinería  al doble.
A pesar de las diferencias ideológicas y económicas, durante décadas hubo marcos para el acuerdo entre un rey Abdalá bin Abdelaziz en Riad con un Saddam Hussein en Bagdad, Muhammad Khadafi en Trípoli, los ayatolás en Teherán y hasta un Hugo Chávez en Caracas. Esta vez, la negativa de Arabia Saudita a disminuir la extracción para que los precios no caigan le dio un golpe mortal a la propuesta encabezada por el presidente Nicolás Maduro. La propuesta funcionaría si todos se pliegan, si de las arenas saudíes sigue fluyendo el líquido, además de que no se evitaría la caída se reducirían aún más los precios del principal ingreso venezolano.
Como se entiende, la jugada también perjudica a Irán, Libia e Irak. Pero sucede que en estos dos últimos países hay grupos irregulares (como el EI en el caso iraquí) que venden por su cuenta y sin intervención de ningún Estado establecido. Pero este escenario golpea sobremanera a Rusia, que no integra la OPEP pero es el tercer productor mundial y obtiene del oro negro su principal ingreso, junto con el gas, también devaluado por la caída de precios.
Circula la idea de que la baja tiene como objetivo lesionar el naciente negocio del fracking, con lo cual resultaría a salvo la sospecha sobre Estados Unidos, que se coló entre los top ten productivos precisamente a través de esta nueva técnica en territorio propio.  Pero no parece un buen argumento puntual: cualquier dumping es inicialmente una pérdida para el que lo realiza, pero con suficientes espaldas, a la larga destruye a los competidores. Nadie duda del aguante que tiene quien maneje la maquinita de fabricar dólares.
Y aquí viene la otra cuestión: ayer Putin tuvo que salir a señalar que los rusos deberán soportar dos años de crisis por la debacle de la economía. El rublo se desplomó un 30% en lo que va del mes y como el mandatario explicó, la poco diversificada economía de ese país impide evitar una caída semejante porque muchos productos que se podrían elaborar en Rusia deben importarse, y en moneda dura. Para Putin, las sanciones son responsables de esta crisis en parte, y otra parte lo es el derrumbe del precio del petróleo.
La economía venezolana también sufre el embate de esta pérdida en su principal activo, que es el crudo. Hay otro país que hace fuerza por ingresar a las grandes ligas de productores y que sufre las consecuencias de otra crisis que afecta a su empresa de bandera. En Brasil arreciaron estos días las denuncias por corrupción en Petrobras que amenaza a funcionarios del gobierno, opositores y empresarios privados y además, arrastraron a la baja sus acciones a un nivel histórico, a pesar de los yacimientos marinos que multiplicaron sus reservas en los últimos años.
Tras la derrota electoral de los demócratas en la elección de medio término de noviembre pasado, el gobierno de Obama intentó quitarse de encima la resaca a las apuradas. La iniciativa de legalizar a millones de inmigrantes indocumentados fue una, rechazada por la oposición republicana. Los medios más influyentes, léase The New York Times en primer lugar, venían insistiendo en el carácter retrógrado de mantener el bloqueo económico a Cuba, mientras denunciaban operaciones encubiertas a través de la USAID para desestabilizar al gobierno de la revolución.
 La frutilla del postre parecía el informe del Senado –todavía controlado por los demócratas– sobre las bárbaras torturas cometidas por la CIA en cárceles ilegales e incluso en Guantánamo. Desde esa base en la isla de Cuba salieron seis presos con rumbo a Montevideo, en el marco de un acuerdo con el gobierno de José Mujica para encontrar dónde llevar a acusados de terrorismo nunca juzgados ni condenados por los delitos por los que estuvieron detenidos. Pero faltaba algo más.
Mujica había pedido a cambio de aceptar a los presos de Guantánamo un gesto de Obama para levantar las sanciones a Cuba, que ya llevan 53 años de vigencia. Parecía un pedido que caería en saco roto. Pero inesperadamente el miércoles, en ¿coincidencia? con el cumpleaños de Jorge Bergoglio y con la sesión en la capital entrerriana de los presidentes del Mercosur, Obama y Raúl Castro anunciaron un intercambio de presos y la apertura de negociaciones para reanudar las relaciones diplomáticas, suspendidas cuando Fidel Castro declaró que Cuba marchaba al socialismo. Por la misma fecha en que un grupo de aventureros con apoyo de la CIA intentaba una invasión a la isla en Playa Girón.
"Estos 50 años de aislamiento no han funcionado, es momento de cambiar de postura. No creo que debamos de hacer lo mismo durante otras cinco décadas y esperar un resultado distinto", dijo Obama en su discurso. Fue una de las tantas frases con las que trató de edulcorar el fracaso de este medio siglo. La política que buscaba aislar a Cuba, reconoció el inquilino de la Casa Blanca, terminó por aislar a Estados Unidos. Las últimas votaciones en la ONU para levantar el bloqueo –188 a favor de Cuba y dos a favor de Estados Unidos– son la prueba más evidente, analizó Obama.
La reunión presidencial de Paraná estalló en alegría. Era un triunfo no solo de los cubanos, que resistieron las peores presiones durante más de cinco décadas, sino de los latinoamericanos, que cada uno a su manera fueron desandando un camino sinuoso iniciado durante los años 60 por dirigencias teñidas de un anticomunismo cerril cuando no de una obsecuencia venal con los mandatos de Washington.
Pero la cumbre del Mercosur no olvidó tras este gesto arriesgado de Obama –los anticastristas antediluvianos abundan en Estados Unidos– de rechazar las sanciones que paralelamente su administración había aprobado contra Venezuela.
Para Cuba se inicia un período de expectativas favorables. La reapertura de relaciones permitirá despejar un flujo de inversiones latentes que se demoraban por las restricciones y las sanciones establecidas en el paquete de leyes que sustentan el bloqueo, y que castigan también a terceros países que negocien con la isla.
Castro aleccionó en su discurso sobre la necesidad de aprender "el arte de la convivencia" entre naciones con perspectivas y sistemas diferentes. Y le aclaró a Obama que lo principal, que es el bloqueo, no está resuelto. Y que tiene cómo sortear lo que seguramente será un rechazo del congreso republicano a levantar la cincuentenaria medida, algo sobre lo que el presidente estadounidense ya había anunciado avances.
Los demócratas, en tanto, despejan el camino hacia la posibilidad de un nuevo período demócrata, en las elecciones de 2016. Con un tercer Bush en la gatera –Jeff, ex gobernador de Florida– el camino de Hillary Clinton suena menos dificultoso Obama cumple con promesas hechas a la comunidad hispana en su campaña. No cerró Guantánamo, pero fue liberando presos. No levantó el bloqueo, pero fue quien más avanzó en ese sendero. No logro una ley de inmigración, pero facilitó la legalización.
Al mismo tiempo, libera tensiones en el agitado "patio trasero" latinoamericano en vista de los frentes abiertos en Ucrania, Siria, Irak e Irán. No conviene creer que una potencia es capaz de dar una puntada sin nudo y menos si un discurso presidencial termina con un "todos somos americanos". En castellano.

Tiempo Argentino
Diciembre 19 de 2014

Ilustró Sócrates


miércoles

Brasil da el salto



http://www.accion.coop/wp-content/uploads/2013/11/134-5.jpgQue las agencias de vigilancia global de Estados Unidos pongan el foco en Brasil, y que además lo hagan sobre alguna de sus empresas más emblemáticas, como Petrobras, muestra no sólo la avidez de inmiscuirse en asuntos ajenos de los espías estadounidenses. Es una prueba de que Brasil es gravitante para Washington. Y mucho más desde que el gigante sudamericano decidió que ya no está para recibir consejos ni amenazas sino más bien para sentarse a la mesa de las grandes discusiones internacionales.
Se lo hizo saber con firmeza Dilma Rousseff a Barack Obama cuando se conocieron las revelaciones del ex agente Edward Snowden sobre el espionaje a los correos electrónicos de la presidenta brasileña y los archivos más importantes de la compañía petrolera nacional, a punto de lanzarse a una licitación sobre algunas de las cuencas descubiertas en los últimos años frente a costas brasileñas. Verdaderos tesoros que ubican al país entre los de mayores reservas del precioso recurso, a niveles que no habían soñado generaciones anteriores, al punto que alcanzó el autoabastecimiento en ese estratégico rubro y va por más.
Cierto es que EE.UU. ingresó en una etapa de declinación visible. Pero no lo es menos que Brasil es ya una potencia hecha y derecha, según se encargan de decir analistas de todo el mundo. No por nada es uno de los pilares de los BRICS, ese puñado de naciones que, según se estima, dentro de 20 años superarán en volumen económico al resto de los países desarrollados. Pero, además, tiene algunos de los factores determinantes para ser considerado una potencia: extensión territorial, riquezas naturales, población y desde hace muy poco, petróleo en abundancia. Y sobre todo, la determinación política de serlo.
Brasil, sin embargo, fue considerado una subpotencia imperial, sumisa del «hermano mayor», EE.UU., hasta no hace tanto. Para Alberto Sosa, autor de Alianza Argentina-Brasil e integración sudamericana y cofundador de la asociación AmerSur, así como los pequeños necesitan de sus padres en su etapa de crecimiento, Brasil se apoyó en EE.UU. pero no gratuitamente. «Siempre obtuvo algo a cambio». Entre las ventajas de esa colaboración Sosa cuenta que Vargas quería desarrollar la industria pesada brasileña, para lo cual pidió ayuda al presidente Franklin Delano Roosevelt. Según parece, la negociación fue en términos parecidos a: «Si ustedes no me dan una mano en Volta Redonda (la primera acería integrada de América Latina, creada en 1942) le voy a tener que pedir ayuda a los alemanes». Y la respuesta, en vista del resultado, bien puede haber sido «declaren la guerra a Alemania y manden tropas». Como sea, también, para la época, el país del samba consiguió de EE.UU. el know how para la formación de un pilar clave del despegue brasileño, el Banco Nacional de Desarrollo (BNDes), que se sustenta con un impuesto sobre las jubilaciones y no con aportes particulares y apoya la transnacionalización de empresas brasileñas. «El estatuto del BNDes le permite financiar solamente a largo plazo proyectos de infraestructura o estratégicos, de industria pesada», especifica Sosa.
También recurre a la historia reciente Ricardo Romero, autor de El Brasil de Dilma y director del Observatorio de Política Latinoamericana del Instituto de Estudios América Latina y el Caribe de la UBA. «Desde los años 30 en adelante la industrialización de Brasil tiene mayor asidero que el modelo agroexportador», lo que genera un crecimiento sostenido comparable solo con el Japón de entonces. ¿El secreto? Vargas derrotó a la oligarquía del café en 1932, pero aprovechó las buenas relaciones que ella había creado con la elite estadounidense. Y por sobre todas las cosas, «cuando las elites brasileñas se fijaron planes de metas, los cumplieron».
«No es que ellos tengan una clase política excepcional ni empresarios excepcionales, pero han tenido un patrón de desarrollo muy sostenido en el tiempo y han respetado los acuerdos básicos por décadas sin conflictos internos», abunda Fernando Devoto, docente de Historia y autor de Argentina-Brasil 1850-2000 junto con el brasileño Boris Fausto. Es más, se jactan de haber mantenido políticas de Estado con Lula y Dilma Rousseff que venían de tiempos de Fernando Henrique Cardoso, a pesar de las diferencias obvias de enfoque.
Es que sobre una base de negociación con el imperio portugués primero y el británico y estadounidense después, el país amazónico no se detuvo. «Brasil siempre ha tenido un nacionalismo empírico, no doctrinario. Los hispanoamericanos tenemos un discurso a veces antiimperalista a nivel retórico pero poco concreto en los hechos, ellos no», apura Sosa, con alto grado de razón. Esa capacidad negociadora es reflejo de los acuerdos internos entre las cúpulas del establishment, que se mostraron capaces desde la década del 30 del siglo pasado de fijarse metas de desarrollo y llevarlas a cabo. «El gobierno de Juscelino Kubischek, un desarrollista que coincidió con la presidencia de Arturo Frondizi aquí –sostiene Devoto– se propuso crear una capital en el medio del Brasil, lo que implicó una inversión pública enorme. Pero a la larga se generó un polo de desarrollo muy importante y Brasilia le cambió el rostro al país al sacar la capital de la que fuera cabecera del antiguo Imperio».
«En 1968 Brasil hace una segunda revolución industrial –tercia Romero– con el Plan Nacional de Desarrollo, que se conoció como el Milagro brasileiro». Desde ese año y hasta 1974 el país creció a un ritmo del 12% anual, y entre 1960 y 1980 pasó de 60 a 120 millones de habitantes. Ese boom económico y social es lo que explica al Brasil que encaró los 90 discutiendo en otros términos con América Latina», agrega Romero.
Es cierto que esta verdadera explosión de Brasil se hizo más explícita desde la época del ex dirigente metalúrgico. Pero tres décadas atrás, el economista e historiador estadounidense Jordan Young ya había avisado en los ambientes académicos que «Brasil es la fuerza emergente del futuro». Fue poco después de aquella otra frase más estratégica que lanzó el entonces secretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger, cuando necesitó que la dictadura brasileña ayudara en el trabajo sucio en la región: «Donde vaya Brasil irá América Latina».

Desconfianzas mutuas
Como recuerda Devoto, las dirigencias brasileñas siempre miraron con desconfianza al resto de los países que comparten el continente, «los veían como democráticos pero muy inestables». Es bueno recordar que el proceso de independencia de Brasil tiene características bien diferenciadas. Fue un proceso de autonomía surgido por la presión de la burguesía local el que impulsó a que Pedro de Braganza rompiera con su padre Juan para instaurar el Imperio, en 1822. No hubo guerra de independencia y por lo tanto no hay héroes libertadores a quienes honrar. Tampoco, claro, padecieron los largos procesos de desgarramientos internos que sufrieron las jóvenes repúblicas. Como contrapartida, la región también se hizo desconfiada de esa elite imperial que mantuvo la esclavitud hasta 1888 y aprovechó cualquier resquicio para expandirse a costa de sus vecinos. Y eso se hizo patente incluso en sectores críticos de Brasil como es el caso del sociólogo Ruy Mauro Marini, quien definía al Brasil de la dictadura como una subpotencia de los poderes centrales más dispuesta a sofrenar cualquier proceso antiimperalista en la comarca que a plantear la integración.
Desde que el Partido de los Trabajadores (PT) gobierna el país, sin embargo, el rumbo de Brasil aparece direccionado hacia América Latina y, a la vez, distanciado cada vez más de Washington. ¿Se puede confiar en que el cambio es genuino? El uruguayo Raul Zibechi, autor de Brasil potencia: entre la integración regional y un nuevo imperialismo lo plantea claramente. «Ellos tienen una alianza estratégica con Argentina y Venezuela. Esa alianza los lleva a negociar permanentemente sus vínculos. Hay una negociación permanente: Brasil no impone todo lo que quiere. Obviamente, tiene la quinta industria del mundo, tiene multinacionales muy poderosas, no puede haber igualdad total. Pero sí hay negociación».
Para Sosa, sin embargo, el peso del gigante se hace sentir fundamentalmente en América del Sur. «Brasil es una potencia a nivel latinoamericano, pero no es una potencia mundial. No es China, no es Rusia, no está en el club de miembros permanentes del Consejo de Seguridad, tampoco es la India porque no tiene su peso demográfico ni militar y no tiene la bomba atómica». Por otro lado, la base de su comercio es la región, por más que entre sus objetivos están las naciones africanas, fundamentalmente por los lazos que la esclavitud dejó, es decir, tener una población con un 65% de habitantes afrodescendientes en distintos grados. Así, Brasil tiene superávit comercial con todos los países sudamericanos salvo con Bolivia».

Tecnología y desarrollo
Ernesto Mattos es investigador en el Departamento de Economía Política y Sistema Mundial del Centro Cultural de la Cooperación. Para hablar de Brasil como potencia, el también miembro de la Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche de la UBA, aporta datos estadísticos. «La deuda en relación con el PBI está en 40%, la desocupación del 5,6% y las reservas de casi 370.000 millones de dólares implican que pueden mover el tipo de cambio como quieren». Como falencia, Mattos señala que tienen un 40% de las tierras extranjerizadas y que en los últimos años fue creciendo el porcentaje de inversión extranjera directa (IED) hacia la soja y la caña de azúcar. Para colmo, el porcentaje de las exportaciones de productos primarios pasó de 40% al 60%, lo que representa un reflujo en sus aspiraciones de convertirse en exportador industrial.
Otro dato para contar al país como potencia pasa por el peso que tiene la tecnología propia en su desarrollo. Romero resalta los avances en ese sentido en la industria petroquímica, el hardboard informático, la industria de los jugos procesados. «Ellos tienen un sistema universitario de elite que potencia y financia procesos de investigación. Hay mucho dinero para investigación y desarrollo y están buscando potenciar el desarrollo de industrias de base», añade el politólogo de la UNSAM. Zibechi plantea que también hay un despegue importante en el área nuclear. «Brasil está construyendo su primer submarino nuclear. Hay sólo cinco países en el mundo que pueden hacerlo. Eso quiere decir que Brasil domina buena parte del ciclo de la tecnología nuclear y, aunque no tiene bombas atómicas, podría hacerlas». En este aspecto, Sosa es algo menos entusiasta: «Cuando en tiempos de Lula le quisieron vender aviones Embraer a la Venezuela de Chávez, EE.UU. vetó la operación con el argumento de que si lo hacían le dejaban de proveer la tecnología», considera Sosa, quien apunta al mismo tiempo un detalle que figura como perdido en las negociaciones de Brasil en ese sector. Lula había firmado un acuerdo con el gobierno de Francia a cargo entonces de Nicolas Sarkozy. El proyecto era la provisión de aviones de combate Rafale por una suma multimillonaria. «El acuerdo era fabricar una parte en Brasil y con transferencia de tecnología», pero aún está en veremos por las presiones de EE.UU., que pretende colocar aeronaves fabricadas por Boeing.
Lo cierto es que desde aquel 1º de enero de 2003 cuando Lula se calzó la banda presidencial, Brasil consolidó una producción agrícola abrumadora, pagó sus deudas con el FMI e incrementó sus reservas hasta casi 400.000 millones de dólares mientras descubría las riquísimas fuentes petroleras del denominado Presal, en el Atlántico (ver recuadro). También, junto con Argentina y Venezuela, sepultaron el ALCA ante las narices de George W. Bush. Fue entonces cuando, no por casualidad, EE.UU. decidió revivir la IV Flota, creada en la Segunda Guerra para «custodiar» el Atlántico sur y desactivada en 1950. En coincidencia, se abría un abanico de bases militares estadounidenses desde Colombia y en torno al Amazonas. Toda una señal de que el Pentágono registraba el cambio brasileño y no se pensaba quedar de brazos cruzados.
Fue también durante este período que Jim O’Neill, un analista del banco de inversiones Goldman Sachs, reunió datos de los países emergentes más poderosos en un estudio que, para facilitar las cosas, denominó BRIC, por Brasil, Rusia, India y China, al que luego se agregaría la ese de Sudáfrica. Lula, que fue amasando durante sus dos gestiones prestigio y representación, se animó a más y aparte de fomentar esa alianza con los socios del exterior, intentó mostrar las cartas de Brasil como garante de la paz y la estabilidad.

No a los golpes
Brasil jugó fuerte durante el golpe contra Manuel Zelaya en Honduras y hasta se animó a proponer, junto con Turquía, una salida negociada a la crisis por el plan nuclear iraní. La elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos 2016 y la de Brasil como organizador del Mundial de Fútbol el año próximo no fueron más que otra prueba del lugar que estaba ocupando el país.
Pero hay cifras que contrastan con el fervor positivo de los entusiastas. Así, aunque desde 2003 unos 22 millones de brasileños dejaron de estar en la pobreza extrema y 40 millones de pobres alcanzaron pautas de vida de la clase media, el índice que mide la desigualdad social, el coeficiente de Gini, marca 0,52 puntos, dentro de un rango en el que el 0 es la igualdad total y el 1 la inequidad más absoluta. Algunas de estas diferencias alcanzaron el debate público luego de las masivas marchas que en junio dejaron azorados a los dirigentes del país. El reclamo inicial fue contra el aumento de 20 centavos de real en el transporte público. Pero lo que emergió fue el rechazo a las obras faraónicas para el Mundial y los Juegos Olímpicos. Dos eventos con los que Brasil quiso mostrarse al mundo, pero que ahora lo hacen tambalear.
Otros reclamos apuntaban a modificar el sistema electoral y político, diseñado para que nada cambie aunque todos quieran cambiar algo. Un sistema que obligó al PT a aliarse con sectores de centroderecha para poder gobernar. Las críticas al modelo «trabalhista» vienen de la mano de jóvenes que eran niños hace diez años como para tener conciencia del camino que abrió el ex tornero mecánico nacido en el empobrecido nordeste. La gran incógnita para el próximo año es qué pasaría ante nuevas manifestaciones cuando el Mundial, vidriera global sin par, se esté disputando. ¿Dónde quedaría entonces la imagen de Brasil potencia?

Argentina y la relación bilateral
Desde que se conocieron las revelaciones que Edward Snowden formuló ante el periodista estadounidense Glen Greenwald, un luchador por los derechos civiles que reside en Río de Janeiro, el gobierno de Dilma mantiene una ofensiva contra el sistema de comunicaciones que, como tiene base en Estados Unidos, permite le vigilancia de todo lo que circula por los cables sin que el resto del mundo pueda más que quejarse retóricamente.
Como respuesta, Rousseff impulsa una Internet alternativa, con nodos en cada uno de los BRICS sin tocar territorio estadounidense. También fomenta una red latinoamericana para esquivar el embate electrónico foráneo. En el marco de esa nueva fuente de controversia con Estados Unidos, el ministro de Defensa de Brasil, Celso Amorim, pasó por Buenos Aires para diseñar una estrategia común en contra de esa incursión en los secretos locales.
Argentina representa para Brasil una alianza ineludible. No puede imaginarse como potencia sin tener las espaldas cubiertas. Al cabo de tres guerras en el siglo XIX y decenas de roces en la época colonial, sucede con ambos países lo que en Europa con Francia y Alemania: no pueden soñar un futuro posible el uno sin el otro. Por eso el primer viaje de Lula al exterior como presidente fue a Buenos Aires. Lo mismo haría ocho años más tarde Dilma. Amorim, continuador de esa política de Estado, viajó a la capital argentina para hablar de «las tres dicotomías» indispensables para analizar el mundo de hoy. «La primera es la dicotomía entre unipolaridad y multipolaridad», dijo, haciendo eje en la pugna entre los deseos de una potencia única frente al resto de las naciones. La segunda es entre multilateralismo y unilateralismo, donde se habla de la conformación de bloques más que de potencias individuales. El ejemplo es el de la OTAN, que forman 28 naciones pero responden en forma unilateral. «La multipolaridad se refiere a una situación en la que hay varios polos en un tablero, el multilateralismo habla de la forma de colaboración entre los polos en favor de la gobernanza global con énfasis en el Derecho y en las instituciones internacionales», aclaró Amorim.
Brasil se anota, junto con los demás BRICS, entre los países que «están interesados en promover un orden internacional que sea no sólo multipolar, sino también basado en los principios del multilateralismo». Luego detalló una tercera dicotomía, entre cooperación y conflicto, y señaló que «Brasil y Argentina son pilares de una “comunidad de paz y seguridad” que se está formando en América del Sur». De hecho, para Itamaraty, la sólida y persistente cancillería brasileña, hay tres niveles concéntricos donde quiere asentar sus relaciones. Mercosur, Unasur y CELAC. Pero a nivel económico apuesta fuerte por BRICS, con quienes teje estrategias tendientes a crear un banco de inversión y reservas paralelo al FMI y a elaborar proyectos de desarrollo estratégico.
Brasil, por otro lado, busca integrar el Consejo de Seguridad como miembro pleno, junto con India, Alemania y Japón. Y entiende, como especificó Amorim, que «para una multipolaridad efectiva, no es suficiente que existan países con peso significativo: es necesario que estén dispuestos a hacer valer este peso».

Riqueza bajo la sal
El Presal es una cuenca marina frente a Brasil que se extiende por debajo de una extensa capa de sal que, en determinadas áreas de la costa, alcanza un espesor de hasta dos kilómetros. En la web de Petrobras, que fue la que hizo el gasto en la investigación, se explica que «se utiliza el término “pre” porque, en el transcurso del tiempo, se fueron depositando esas rocas (abundantes en petróleo y gas) antes de la capa de sal». La distancia a la que pueden estar los reservorios de petróleo puede superar los 7.000 metros.
Se estima que Brasil suma unos 40.000 millones de barriles de petróleo con este descubrimiento, anunciado por Lula en 2007. Una presa apetecible como para reabrir una flota naval o enfocar los radares del espionaje electrónico. De hecho, la filtración de Snowden apareció pocos días antes de que se abriera la licitación por la cuenca de Campo de Libra, en la costa de Río de Janeiro. La adjudicación se hizo, a pesar de las sospechas sobre qué información podría haber pasado la NSA a alguno de los competidores. Como sea, ninguna de las empresas ganadoras era estadounidense. Se trata de un consorcio integrado por China National Corporation (CNPC), China National Offshore Oil Corporation (CNOOC), la francesa Total y la anglo-holandesa Shell. Petrobras será la operadora y tendrá una participación del 40%.
Hubo violentos incidentes protagonizados en las afueras del hotel Winsord, por manifestantes que rechazaban lo que denominaban «la entrega del yacimiento» y la policía carioca reprimió con gases y balas de goma. Luego de las marchas de junio, el gobierno de Dilma logró imponer una ley para que el 75% de las regalías petroleras vaya para el área de educación, y el otro 25% a salud. Pero una parte de la población aún no se muestra conforme.

Revista Acción
Noviembre 15 de 2013