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Berlusconi contra sus socios

El inefable Silvio Berlusconi no se anda con vueltas a la hora de calificarse. «Soy el mejor primer ministro en 150 años», se despachó hace unos días. Lo que no es poco decir en un país que se unificó, precisamente, hace siglo y medio. Pero muchos a su alrededor tienen otra mirada del controvertido empresario y ya se prueban la ropa que, piensan, habrá de dejar en no demasiado tiempo, en vista de las batallas que viene perdiendo y de la caída en el nivel de aceptación entre los votantes.

La bravuconada de Il Cavaliere se produce en un momento en que el premier aparece disputando con fiereza contra los medios de comunicación italianos que no le son afines. Entre ellos a varios periodistas de la cadena pública de televisión RAI, a los que llamó, sin pudor, «farabutti», o sea, canallas. Un poco por estos roces, que ya son un clásico en la política peninsular, y otro poco porque una cantidad considerable de ciudadanos que lo votaron hace 18 meses se hastiaron de su histrionismo, el caso es que Berlusconi bajó 21 puntos en los sondeos de opinión y muchos pronostican que será virtualmente imposible que pueda recomponer su imagen a futuro.
Atentos a la actual baja en la aceptación pública, a su alrededor ya se habla de «posberlusconismo» Un neologismo que explica las movidas de algunos de sus socios electorales que se colocaron en la línea de largada para cuando la caída sea inevitable. Uno de los primeros en anotarse fue el ministro de Economía, Giulio Tremonti, posible heredero de Berlusconi en el PDL. Tremonti estuvo en un programa de la RAI donde le preguntaron sobre su evaluación del año y medio de gestión. Siguiendo el ejemplo de su líder, dijo que había que aplaudir su «sabia y prudente» política económica. La suya propia. Fue tal la forma en que el ministro eludió hablar de su jefe y autoalabarse que el presentador, Giovanni Floris, ironizó: «O sea que lo único bueno que ha hecho Berlusconi es nombrarlo a usted...».
La Italia de hoy sería una maravilla si no fuera por algunas razones de peso: la crisis económica es bastante profunda y a pesar de los anuncios no da muestras de haber cesado; crece el descontento popular con la llegada bastante frecuente de ataúdes con los restos de soldados muertos en Afganistán; y el premier, recién cumplidos los 73, parece haber decidido beberse los últimos suspiros, enredándose en escándalos de polleras sin la menor moderación. Y como consecuencia, se enredó también en altercados de niveles profundamente mezquinos.

Mancha
El que resultó salpicado en estas pendencias fue Gianfranco Fini, presidente de la Cámara de Diputados y cofundador del partido Il Popolo della Libertá. Ex militante fascista, Fini devino en un liberal hecho y derecho: se convirtió en un freno para las tendencias separatistas de la Liga Norte, de Umberto Bossi (también aliado de Berlusconi pero que ahora insiste con vehemencia en proponer la secesión de la Padana), y para los sectores ultracatólicos enquistados en el gobierno.
Pero desde que Il Cavaliere llegó al poder, con la ayuda de esa coalición ultra, se dedicó con paciencia a denostar a sus compañeros de ruta y a tomar decisiones sin consulta alguna. Fini fue uno de los que más padeció este desprecio. Por eso últimamente mantuvo reuniones con el democristiano Pierferdinando Cassini y con Francesco Rutelli, del Partido Democrático. También adhirió a una propuesta de 50 parlamentarios que piden a Berlusconi debate interno en su partido.
Incómodo con la crítica, Berlusconi apeló a su hermano, director del periódico Il Giornale, para que sacara a relucir un escándalo de prostitución entre los dirigentes del partido Alianza Nacional, que luego se fusionó en el PDL. «La estrategia del suicidio lento. Última llamada: o cambia de ruta o deja el PDL», tituló Il Giornale. Fini, enardecido, querelló al periódico por lo que sintió como una amenaza explícita. ¿Factura por las fotos de las fiestas que dieron vuelta al mundo y provocaron la separación matrimonial del primer ministro? En todo caso, la prensa aparece en medio de estas pujas sirviendo a intereses cruzados.

Libertad de prensa
Es precisamente el periodismo el gran protagonista de este momento de la política italiana. Cosa curiosa si se tiene en cuenta que Berlusconi es dueño de la mayoría de los medios electrónicos y construyó su carrera política en base a su estudiada aparición mediática. Así lo pensó cuando participó, semanas atrás, en el programa Porta a porta, de su amigo Bruno Vespa, donde despotricó contra conductores de esa misma cadena estatal.
La respuesta no se hizo esperar, y el presidente de la televisora, Paolo Garimberti, le salió con los tapones de punta: «Los hombres públicos y de gobierno que piensen que la RAI deba abstenerse de reportar críticas hacia ellos confunden el servicio público con las televisiones de Estado de regímenes no democráticos».
Son varios los periodistas que se quejan en la RAI de las presiones y trabas que reciben a diario por su posición con respecto al gobierno peninsular. Y tres programas en especial, Ballarò, Annozero y Report, padecen los humores oficiales con la cancelación de emisiones, la no renovación de contratos o la caducidad del servicio de defensa en caso de querellas.
Uno de sus críticos más feroces en la prensa escrita fue el diario Avvenire, de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), que apuntó contra la moral del primer ministro por sus affaires con prostitutas y por su política en torno de la inmigración. «Me critican porque me envidian», se defendió Berlusconi. Pero luego siguió con una andanada de denuncias contra el periódico católico, al punto que el director durante los últimos 15 años, Dino Boffo, presentó su renuncia en forma indeclinable.
«No puedo aceptar que sobre mi nombre se desarrolle durante días y días una guerra de palabras que turba a mi familia. Mi vida ha sido violentada con una voluntad profanadora que ni siquiera pensaba que podía existir», escribió Boffo al cardenal Angelo Bagnasco, presidente de la CEI. Desde Il Giornale se había insinuado que Boffo estaba relacionado, cuando no, en un caso de acoso sexual.
Algo parecido les pasó a Giulio Anselmi, que era director de La Stampa, de Torino, el diario que edita la Fiat, y a Paolo Mieli, del milanés Corriere della Sera. Ambos tuvieron que renunciar ante los ataques de Berlusconi.

Sensibles
«La sensibilidad de los italianos con la libertad de prensa siempre ha sido escasa» dijo luego Anselmi, que ya encontró empleo en la agencia Ansa, «pero hoy estamos viviendo la situación de mayor tensión que yo recuerde. Si sus ataques contra la prensa hubiesen ocurrido en Estados Unidos o en Inglaterra, habría habido una revolución». Ni qué decir en algún país sudamericano.
Otro elemento de presión cuando la diatriba no alcanza es la demanda judicial. Así lo anunció Niccolo Ghedini, el abogado del primer ministro, quien amenazó con llevar a los tribunales a publicaciones de España, Francia, Gran Bretaña, además de Italia, por la difusión de informaciones consideradas calumniosas sobre el líder político.
En Italia la demanda recayó contra el centroizquierdista La Repubblica y L’Unitá, el periódico fundado por Antonio Gramsci en 1924, lo que generó una fuerte polémica y el estado de alerta en el Sindicato de Periodistas italianos. «Se trata de un ataque directo al periodismo», reaccionó el presidente de la Federación Nacional de la Prensa, Roberto Natale.
«Toda Europa habla de Berlusconi, los italianos callan» comentó el diario El País, de España en una entrevista con el escritor Andrea Camilleri, novelista y guionista de 84 años y un sólido prestigio en los ambientes intelectuales. El diario fue el primero en publicar las famosas fotos de Berlusconi en una fiesta nudista con varias mujeres y el ex primer ministro checo Mirek Topolanek.
«Es inquietante ese silencio. La política ha sido sustituida por la magistratura, y con la oposición pasa lo mismo: como no está, la han sustituido dos periódicos, La Repubblica y L'Unità, y un canal de televisión, RAI 3. Todos los demás callan. Así que habla la prensa extranjera, que ha suplido a la nuestra en esta fase de emergencia de nuestra democracia», dijo Camilleri.
Pero Berlusconi, como un marido desvergonzado al que encuentra in fraganti, apela al recurso de negar los hechos. «No soy un dictador, porque los dictadores censuran y cierran los periódicos y yo no he cerrado ninguno». También jura que las prostitutas no existen ni han existido, evalúa que la abrumadora mayoría de los medios están en manos de los catocomunistas (extraña mixtura de enemigos católicos y de izquierda), y que «con la Iglesia y con Fini todo bien», algo que los involucrados niegan.
Sobre todo, dice Il Cavaliere, que la libertad de prensa en Italia es tan amplia que se convirtió en «libertad de calumnia».

Revista Acción
1 Octubre 2009

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