jueves

La furia de los elementos

Nunca en la historia de la humanidad hubo semejante desarrollo tecnológico, ni tanta devastación ambiental. Nunca hubo tanto progreso intelectual, ni desprejuicio en la explotación de la tierra y de sus habitantes.

El 2 de mayo de 1999, en Pizotla, un pueblito del estado mexicano de Guerrero, tropas del Ejército detuvieron a Rodolfo Montiel y Teodoro Cabrera, dirigentes agrarios que meses antes habían fundado la Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petetlán y Coyuca de Catalán (Ocesp), una zona a más de 3000 metros sobre el nivel del mar, con imponentes bosques y mucha pobreza.
Montiel, Cabrera y muchos otros campesinos vieron amenazada su existencia por la tala indiscriminada iniciada por empresas locales y multinacionales, y organizaron un paro. Se habían convertido en un problema a eliminar. Presos sin orden judicial, luego de unos días les hicieron firmar confesiones de que eran cultivadores de marihuana, que tenían relaciones con grupos guerrilleros y que estaban relacionados con el crimen de un cacique. Los dos eran analfabetos. El caso trascendió cuando Amnistía Internacional los declaró presos de conciencia. Dos años más tarde, el gobierno de Vicente Fox los liberó por “incompatibilidad del encierro con su estado de salud y condición física”, pero debieron exiliarse y cruzaron la frontera hacia los Estados Unidos.
Montiel expuso ayer su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con sede en Costa Rica, donde no pidió leyes para proteger el medio ambiente, sino para controlar las actividades del ejército mexicano. Quieren volver a su país donde, se sabe, mantenerse con vida se hace difícil, como lo prueban cada día las crónicas policiales.
Mientras tanto, los medios de todo el mundo se conmovieron cuando los rescatistas trabaron contacto con 33 mineros que permanecen atrapados desde el 5 de agosto, en una mina de la región de Atacama. Deberán esperar hasta fin de año para volver a la superficie. El ministro chileno de Salud, que seguramente nunca bajó hasta los 700 metros de profundidad, declaró que “ellos entendieron” la situación. Distinto fue el tono que se escuchó cuando los trabajadores hablaron por teléfono con el presidente Sebastián Piñera: “Bajo un mar de rocas, estamos esperando que todo Chile haga fuerza para que nos puedan sacar de este infierno”, dijo Luis Urzúa.
Nunca en la historia de la humanidad hubo semejante desarrollo tecnológico, pero tampoco tanta devastación ambiental. Nunca hubo tanto progreso intelectual ni desprejuicio en la explotación de la tierra y de sus habitantes. Nunca antes, los cuatro elementos –agua, tierra, aire, fuego– habían dado tantas muestras de estar cada vez más cerca del colapso.
Algo de esto se percibió en el fabuloso embotellamiento registrado en la autopista que une Pekín con el norte de China, donde por 11 días, miles de vehículos quedaron atascados a lo largo de 100 kilómetros de un modo que sólo Julio Cortázar pudo haber imaginado. La cuestión sería determinar cuál fue la razón de semejante trabazón: para las autoridades, todo comenzó cuando se decidió repavimentar parte de la capa asfáltica de la autovía.
La explicación de los cientos de choferes de camión atascados fue radicalmente diferente. El carbón representa el 70% de la energía que mueve el impresionante coloso chino. Hasta no hace mucho, el mineral se obtenía en la provincia de Shanxi. Pero eran explotaciones tan precarias que llegaron a provocar unas 1600 muertes en un año por desmoronamientos, explosiones o incendios. Ahora se explotan las minas de la lejana región de Mongolia Interior.
Los camioneros dicen que prefieren llegar a la capital a través de la Autopista 110, que en algunos tramos tiene un sólo carril, porque hay menos controles y no se ven obligados a sobornar a los policías para que no les secuestre la carga. Como dato anecdótico, durante el embotellamiento prosperó, inesperadamente, la economía del lugar: a lo largo de esos 100 kilómetros surgieron kioscos donde se vendían alimentos, medicamentos, ropa y revistas.
A medida que fueron pasando los días y el tedio se hacía más insoportable –otro verdadero infierno en superficie– se armaron partidas de naipes, y músicos locales y bailarinas mostraron sus virtudes al aburrido público. Algo similar está ocurriendo en el poblado de Atacama, donde cientos de periodistas de todo el mundo llevaron un oasis de prosperidad momentánea a los vecinos, para nada habituados a tanto visitante con recursos económicos merodeando por la zona.
Mientras tanto, en Pakistán, 20 millones de personas –la mitad de la población argentina– resultaron afectadas por los ríos desmadrados, que causaron el mayor desastre ambiental en la historia de ese país. La ONU lanzó varias peticiones de ayuda urgente. La cantidad de muertos supera los 1600 y, todavía ayer, las autoridades ordenaron la evacuación de 400 mil habitantes de tres ciudades sureñas, en el Valle del Indo.
Al menos 253.500 personas fueron simultáneamente evacuadas en la provincia de Liaoning, en el noreste de China, por el desborde del Río Yalu, frontera natural con Corea del Norte. Las lluvias torrenciales provocaron una subida inusitada del curso de agua, que derrumbó un dique de contención y arrasó centenares de viviendas. Algo más al sur, Nueva Delhi decretó el estado de alerta por las precipitaciones extremas que elevaron el Río Jamuna a niveles dramáticos. En el área urbana de la capital india viven cerca de 20 millones de personas. Las lluvias torrenciales también causaron 21 muertos en Afganistán, 8 en Turquía y 28 en la más lejana Nicaragua.
El otro elemento, el fuego, destruyó millones de hectáreas de bosque en Rusia y hasta amenazó plantas nucleares, arrasó cultivos y puso en riesgo a millones de vidas. El daño podría haber sido “de tres a diez veces mayor” que lo indicado por las autoridades de ese país, según evaluó Greenpeace en Moscú. Para la ONG, las llamas afectaron al menos 12 millones de hectáreas, y provocaron perdidas por unos 255 mil millones de dólares, cifra equivalente a los gastos presupuestarios anuales de Rusia.
Pero no es el único lugar de riesgo. Más de 30 mil incendios se registran en todo Brasil, especialmente en la región amazónica. Algunos focos están cerca del Palacio del Planalto, la casa de gobierno brasileña, según indicó un vocero del Instituto Brasileño del Medio Ambiente a la agencia italiana Ansa. “Los productores queman indiscriminadamente para abrir nuevas explotaciones agrícolas, el fuego es más barato que usar maquinaria, se economiza en tractores, pero con un gran costo ambiental”, señaló el especialista.
Las mismas razones se invocan para explicar los incendios que se registran en Bolivia, donde, como cada año, se produce el “chaqueo”, la quema de rastrojos y zonas boscosas para ampliar las áreas de cultivo. Allí, el director general de Gestión y Desarrollo Forestal boliviano, Weimar Becerra, sostuvo que se necesitarán unos 200 millones de dólares para reforestar las zonas arrasadas por el fuego. “Los latinos tienen un 83,3% más de probabilidades de estar expuestos a contaminación industrial que un estadounidense promedio”, dice un estudio de la Universidad de California en Irving. La explicación es que “son inmigrantes con poco o ningún conocimiento del inglés, con lo que quedan al margen de información crucial para protegerse”. Además, no están en condiciones de elegir mucho, aunque entiendan el idioma.
Hace cinco años, el 29 de agosto de 2005, el huracán Katrina destruyó el 80% de la ciudad de Nueva Orleans. Los fuertes vientos y la tormenta provocaron la ruptura de los diques de contención, 1800 personas murieron y 134 mil viviendas terminaron destruidas, entre la población pobre de la capital del jazz.
Felipe Arriaga era otro campesino de la Sierra de Petatlán. Al igual que Montiel, había sido detenido en forma ilegal por un crimen que no había cometido, y fue finalmente liberado por la presión internacional. Recibió en 2005 el Premio Chico Mendes, del Sierra Club, la organización ambientalista más antigua de los EE UU. En septiembre de 2009, una combi lo atropelló cuando iba a cruzar una ruta. Murió pocas horas después. El conductor del vehículo huyó.
Chico Mendes es aquel trabajador de las plantaciones de caucho que luchó contra la deforestación del Matto Grosso. “No firmen nada”, les decía Chico a los seringueiros, cuando eran presionados por los hacendados, para comprarles los terrenos. “Esta tierra es de ustedes. Cuando la transforman en dinero, pierden la posibilidad de sobrevivir. La tierra es la vida.” Mendes recibió el Premio Global 500 de la ONU, en 1987. Fue asesinado por dos fazendeiros el 22 de diciembre de 1988.
Como los campesinos mexicanos, los brasileños son gente sin instrucción. Pero saben del valor de la Tierra.

Tiempo Argentino
28 Agosto 2010

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