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Espías sin control

La imagen de los presidentes de Rusia y Estados Unidos, comiendo una grasosa hamburguesa en el restaurante Ray's Hell Burger como dos colegiales que faltaron a clases, tal vez quería mostrar el nuevo clima entre los dos países que años ha podrían haber llevado al mundo a una guerra nuclear. Cuando Washington y Moscú eran sede de dos grandes potencias y tenían cada una a medio mundo bajo su influjo. Esa escapada era, supusieron los medios, una forma de mostrar de qué modo cambió todo desde la caída del muro de Berlín y cómo los últimos acuerdos en el ámbito nuclear se extendían a otros espacios políticos comunes.

Con lo que viene sucediendo desde entonces en el círculo del espionaje de ambas naciones, podría interpretarse que el Ray’s era el único sitio donde Dmitri Anatólievich Medvedev y Barack Hussein Obama II podrían confiarse algún secreto sin la incómoda presencia de micrófonos ocultos como los que seguramente pululan por los despachos oficiales.
Porque, es bueno recordarlo, no habían aún digerido la comida cuando el FBI anunció, con bombos y platillos, que se había desarticulado una amplia red de espías al servicio de Rusia que operaba en Estados Unidos desde hacía una dos décadas.
Entre la decena de presuntos agentes había una periodista peruana, Vicki Peláez, que durante años publicó una columna en un diario anticastrista de Miami; su marido, un fotógrafo que se hacía llamar Juan Lázaro, y una Mara Hari que según parece operaba en Gran Bretaña, Anya Kushchenko, más conocida como Anna Chapman, de insinuantes curvas y se dice que varios protagónicos en películas porno en su haber.
Voceros rusos salieron enseguida a comentar que había «muchas contradicciones» en las informaciones sobre la detención de los espías del SVR, el Servicio Ruso de Inteligencia Exterior. «El momento en el que se hizo fue elegido con especial delicadeza», deslizaron. Y por supuesto, como se usa en los protocolos diplomáticos, el Kremlin pidió explicaciones a la Casa Blanca. Pero todo se resolvió sospechosamente rápido. Los detenidos se reconocieron culpables ante la jueza federal Kimba Wood. Y a la semana fueron intercambiados por Igor Sutiagin y Seguei Skripa, que espiaban para EE.UU. y Gran Bretaña desde Rusia.
El operativo de canje fue armado como para Hollywood: en la mañana del 9 de julio un avión Jakolev Jak-42 blanco con bandera rusa descendía sobre Viena-Schwechat, el aeropuerto de la capital austríaca. No habrá sido casual la elección del lugar, ya que operan allí unos 3.000 agentes internacionales, dedicados al espionaje económico, científico, técnico y está la sede del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Después de la nave rusa bajó un chárter de la empresa Vision Airlines. Quedó bastante disimulada la escena de la permuta, pero es fácil imaginarla.

Megacanje
Los personajes implicados en la operación de megacanje fueron el director de la oficina que reveló el caso, y el titular de la CIA, la agencia que encabezó el canje. Robert Mueller ocupa su cargo en la FBI desde exactamente una semana antes del 11 de setiembre de 2001. Fue nombrado por George W. Bush luego de la renuncia del anterior jefe del espionaje interior, Louis Feeh, envuelto en el escándalo de Robert Philip Hanssen, un agente que había espiado para Moscú durante más de 20 años.
Leon Edward Panetta, en cambio, llegó a la CIA de la mano de Obama. Es un viejo militante demócrata sin experiencia previa en el mundo de la vigilancia. Fue una propuesta pensada para lavar la imagen de la agencia de espionaje más cuestionada.
Diez días más tarde, el diario The Washington Post comenzó la publicación de un extenso y profundo trabajo de investigación sobre las agencias secretas que operan en Estados Unidos. Se trata de una monumental pesquisa que demandó dos años
–o sea, desde que Obama se mostró como seria opción de poder en reemplazo de Bush– y ocupó a un equipo de 17 periodistas, diseñadores y fotógrafos.
Los datos más concluyentes de ese trabajo del matutino más cercano a los demócratas –conocido porque en los 70 publicó la trama de «Watergate» que volteó al gobierno del republicano Richard Nixon– muestran que desde ese fatídico 11 de setiembre de 2001, los servicios secretos se incrementaron hasta tal punto que actualmente hay 1.271 organizaciones gubernamentales y 1.931 compañías privadas relacionadas con el contraterrorismo, la seguridad interior y la inteligencia, que se extienden en unas 10.000 locaciones a lo largo de todo el país y que ocupan nada menos que a 854.000 espías.
Estas cifras muestran un universo de intereses impresionante, comparable al lobby bélico y militar sobre el que hace décadas alertaba el ex presidente Dwight Eisenhower, que podrían explicar en parte los hechos ocurridos desde aquella inocente hamburguesa presidencial.
El minucioso informe firmado por los periodistas Dana Priest y William Arkin, puede consultarse en (http://projects.washingtonpost.com/top-secret-america/). Allí se muestra que muchas de las oficinas superponen esfuerzos y están fuera de todo tipo de control estatal. Peor aún, que trabajan fuera de los códigos éticos o políticos que pretenda dictarle cualquier gobierno.
Un mapa incluye la ubicación de 786 sitios donde el Departamento de Defensa desarrolla tareas de inteligencia en todas sus particularidades (desde operaciones especiales hasta acciones psicológicas). Del total, 535 pertenecen al Departamento de Seguridad Nacional y 449 de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI). Además, hay 234 que dependen del Departamento de Justicia, 92 de la Dirección de Control de Drogas, 36 de la Agencia Central de Inteligencia, 34 de otras agencias civiles relacionadas con la «seguridad nacional» y 20 de la NSA, la Agencia Nacional de Seguridad, un departamento clave que concentra su actividad en el espionaje electrónico.
La base de la NSA está en Fort Meade, Maryland, considerada por el Post como «la capital de EE.UU. secreto». El diario señala que allí se desarrolla una tarea discreta, pero que tiene impacto en la sociedad. Cómo será de discreta que, dice el informe, «la mayoría de la gente no se da cuenta de que se aproxima, por ejemplo, al epicentro de Fort Meade, puesto que el sistema de orientación satelital (GPS) en sus automóviles empieza a dar direcciones incorrectas que atrapan al conductor, porque el gobierno interfiere con todas las señales», agrega.
La cuestión más peligrosa en términos de ciudadanía, sin embargo, es la cantidad de compañías privadas que tienen conchabo en el área del espionaje estadounidense. Y de personal contratado, casi un tercio del total. Unos 265.000 contratistas que, para las autoridades, representan un peligro ya que «son gente que trabaja sólo por la paga y no por vocación patriótica», corrobora el secretario de defensa Robert Gates.
El director de la CIA, Leon Panetta, declaró que trabajan en un plan de cinco años para reducir costos en ese rubro. Pero que aún dependen de los contratistas para hacer muchas tareas de inteligencia.
Algo importante parece estar ocurriendo en el secreto mundo de los agentes secretos. El caso es cómo seguirá esta historia.

Revista Acción
1 Agosto 2010

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