jueves

El enemigo que viene de afuera

Los gestos de racismo son cada vez más evidentes en ese conglomerado de naciones que, aún en tiempos de vacas flacas, necesita de la inmigración para contrarrestar su baja tasa de natalidad y su necesidad de mano de obra barata.

La decisión del gobierno de Nicolás Sarkozy de expulsar de Francia a los gitanos no fue más que el último eslabón de una cadena que se había iniciado con el debate por el uso del velo islámico en los colegios, en 2004, y tuvo un fuerte impulso el año pasado, con una campaña implementada desde el gobierno para que los ciudadanos determinen cómo es la identidad francesa. Extraña iniciativa en manos de un presidente con apellido tan poco francés, hijo de un aristócrata húngaro exiliado.
Ya en ese momento, las voces más sensatas de la sociedad gala advertían sobre el peligro de una escalada racista en un país que ya tiene el 13% de la población de inmigrantes, algo fácil de advertir en los equipos nacionales de fútbol. Pero a fines de julio Sarkozy, que venía en picada en los sondeos de popularidad, decidió deportar a gens du voyage, comunidades nómades, muchas de ellas de origen gitano, pero con un 95% de nativos franceses. Los que figuran como extranjeros, rumanos o búlgaros, son sin embargo ciudadanos de la Unión Europea (UE), lo que los habilita para entrar y salir sin problemas de Francia, de donde en teoría sólo pueden ser echados si cometen delitos.
La experiencia indica que, en momentos de crisis, suele ser más fácil encontrar enemigos entre los diferentes que buscar razones en raíces más profundas relacionadas con un sistema básicamente injusto. De este modo, a medida que en Europa se extendió el riesgo de debacle económica, fueron apareciendo expresiones de rechazo hacia emigrantes de todos los rincones del mundo. Lo padecieron incluso miles de argentinos y latinoamericanos en la madre patria.
Los gestos de racismo son cada vez más evidentes en ese conglomerado de naciones que, aún en tiempos de vacas flacas, necesita de la inmigración para contrarrestar su baja tasa de natalidad y su necesidad de mano de obra barata. En primer lugar para realizar las tareas que los oriundos no harían ni por todo el oro del mundo y, además, para competir con la industria china.
El caso es que, tras las primeras repatriaciones de gitanos, se alzaron voces críticas en el mismo seno de un continente con un pasado nefasto en cuestiones raciales. A las marchas como la coordinada para hoy en Bruselas por la Red Europea contra el Racismo (ENAR) que representa a más de 700 ONG que luchan contra la discriminación en la UE, se suman partidos políticos, en su mayoría del centro hacia la izquierda, que convocan al mismo tiempo a la movilización en Francia.
El martes, el Parlamento europeo debatirá el tema en una sesión extraordinaria. La institución comunitaria, se hizo eco de voces como las del socialdemócrata rumano Ioan Enciu, quien pidió actuar ante lo que calificó de “deportaciones masivas”, y la también socialdemócrata española Carmen Romero López, quien denunció violaciones de los derechos fundamentales de ese pueblo milenario, y señaló que Francia “no hace una revisión de caso por caso antes de la repatriación, a pesar de la exigencia legal”.
Pero la Comisión Europea –el órgano ejecutivo del Parlamento- no quiso todavía echar culpas sobre el gobierno de Sarkozy. “Necesitamos más información”, coincidieron la directora general de la sección de derechos fundamentales, la francesa Françoise Le Bail, y la comisaria de Justicia de la UE , Viviane Reding.
Varios hechos registrados en estos días, sin embargo, deberían ser un aviso de que es necesario fijar desde las instituciones políticas posiciones más contundentes. De esto se hacen eco las ONG antirracistas, que meten el dedo en la llaga al recordar el caso del hombre que en Bratislava, la capital eslovaca, disparó contra una familia gitana y mató a siete personas para luego, según la información oficial, acabar con su propia vida. Para los voceros policiales fue un simple desquiciado que discutió con un vecino. Para la ENAR, el hombre en cierto modo también fue una víctima, pero “de un clima” en que se crean “estereotipos negativos” dirigidos contra las minorías étnicas en toda Europa.
Por estos días, en Alemania, un miembro del consejo directivo del Bundesbank, el Banco Central germano, desató un escándalo al presentar un libro, Alemania se disuelve, en el que echa pestes sobre los inmigrantes turcos y el riesgo que, según él, entraña el islamismo para la civilización occidental. Otro caso que podría encuadrarse como de travestismo racial, dado el apellido tan poco alemán del autor, Thilo Sarrazin, sin dudas originario de Oriente –como sugiere el término sarraceno– con el que la mayoría de las lenguas europeas identifican a los árabes desde la Edad Media.
No es que al banquero racista, con un frondoso curriculum como economista doctorado en la universidad de Bonn, se le haya soltado el lazo, porque ya había sido amonestado varias veces por su ímpetu intolerante. Pero ahora, como bien señaló el vicepresidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, Dieter Graumann, “definitivamente ha sobrepasado la línea roja.” El presidente alemán, Christian Wulff, analiza por estas horas el pedido de la comisión directiva del banco de exonerar a Sarrazin. Pero su prédica tiene seguidores.
En Holanda, una figura controvertida como la de Geert Wilders también despierta temores por su extremismo racial. Creador del Partido para la Libertad (PVV), propugna ponerle límites a la inmigración de países musulmanes, la prohibición del velo, el recorte de ayuda a los ciudadanos islámicos y el cierre de mezquitas. No hace falta recorrer muchos kilómetros para encontrar más muestras de “incomodidad” ante el extraño, el diferente. Incluso entre simpatizantes de corrientes políticas de mayor contenido social. Hace pocos días, en Buenos Aires, el presidente del partido de la independentista Esquerra Republicana de Catalunya manifestaba su preocupación ante Tiempo Argentino, porque en pocos años el 15% de la población en esa región española será musulmana.
La inquietud, como en el resto de Europa, pasa por las manifestaciones más evidentes, desde el uso de la burka y la construcción de mezquitas, hasta los cambios que registran en las costumbres, muchas de ellas nacidas, paradójicamente, al calor de la ocupación de la mayor parte del territorio peninsular durante ocho siglos, hasta 1492.
Una intranquilidad similar muestran en los Estados Unidos los grupos más radicalizados de la derecha, que intentan trabar la construcción de una mezquita cerca del Ground Zero, el hueco que dejó la caída de las torres gemelas. Son los mismos sectores que “acusan” al presidente Barack Obama de ser musulmán.
Muchos de ellos estuvieron en el mitín de la semana pasada en Washington, organizado por el también controvertido Glenn Beck junto con la ex candidata a vicepresidenta republicana, Sarah Palin. El mediático presentador de la cadena Fox, convertido en emblema del movimiento ultraconservador Tea Party, aseguró que el encuentro se proponía “restaurar el honor” en los Estados Unidos y que no tenía nada de racismo. Como prueba, llevaron a Alveda Celeste King, sobrina del legendario pastor bautista Martin Luther King. Sucede que en ese mismo lugar, exactamente 47 años antes, el líder religioso había dado su famoso discurso Tengo un sueño. Casualidades, dijo Beck con cara de asombro, como si fuera un personaje de Peter Capusotto.
Lo preocupante es que Beck y Palin juntaron 400 mil personas frente al Lincoln Memorial, y que más de un millón y medio de holandeses –el 10% de la población– votaron en junio a Geert Wilders, colocando a su partido en el tercer lugar en el Parlamento local. Además, el 48% de los franceses está de acuerdo con la expulsión de los gitanos, según un estudio realizado por la empresa Csa. Y de acuerdo a un sondeo del Instituto Emnid, de Alemania, el 51% de los consultados piensa que Sarrazin debe conservar su cargo.

Tiempo Argentino
4 Setiembre 2010

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